Además de los hoyos funkies, había otro tipo de conciertos a los que me tocó asistir. En la época en que estuve entre la prepa y los primeros años de la universidad (mediados de los ochenta), se anunciaban las tocadas en el Tiempo libre, suplemento del diario Unomasuno. Así, me tocó ir, por ejemplo, a la presentación del libro La banda, el consejo y otros panchos, de Fabrizio León, en el Museo Nacional de Arte, en Tacuba. En aquellos años Televisa había hecho algunos reportajes sobre la banda de los Panchitos, en Santa Fe. Pronto se volvieron parte de la prensa y los noticiarios amarillistas, pues se decía que era una banda de más de docientos integrantes que estaban aterrorizando aquella zona de la ciudad. Fabrizio León publicó su libro poco después y la presentación, a la que yo fui, se hizo en el Museo Nacional de Arte, en el Centro Histórico, frente al Palacio de Minería. Además de los asistentes  normales a las presentaciones de libros, se presentaron algunos chavos banda para escuchar y ser escuchados. Al final de la presentación tocó un grupo que estaba empezando. Me sorprendió su sonido. Era una mezcla que no había escuchado antes de rock y sonidos y ritmos en ese entonces ajenos a lo que estábamos acostumbrados a escuchar. Era La maldita vecindad y los hijos del quinto patio; incluso el nombre me pareció novedoso y por eso me lo grabé.

Afuera del mismo museo, frente al palacio de Minería, también me tocó escuchar al Rebel’d Punk. El Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA) organizaba conciertos gratuitos en la ciudad de México. Los conciertos eran de lunes a viernes y a las 12:00 del día, en lugares públicos: el Zócalo, frente a Minería, en la Glorieta del metro Insurgentes, y algunas otras plazas. Yo en aquellos tiempos tenía un horario flexible (o porque estaba en una prepa de la UNAM o porque estaba en el turno vespertino de la UAM) así que podía asistir a esos conciertos cómodamente. Al concierto de Rebel’d Punk asistí porque ya los había escuchado en los hoyos. El público era variado. Pocos punks con sus vestimentas y peinados. Lo demás eran algunos transeúntes habituales del centro, que se detenían un momento para escuchar al grupo; oficinistas o empleados de las tiendas cercanas que se habían podido escapar un momento para ir al concierto; y claro, algunos otros jóvenes como yo, que no vestíamos punk pero nos gustaba el grupo. En los edificios frente al Museo había también algunos jóvenes en los balcones. Eran los que habían interrumpido un momento su trabajo para asomarse; vestidos de camisa y corbata, pero moviéndose al compás de la música. El grupo, como todo grupo del género, se caracterizaba por su lenguaje agresivo y desenfadado. En lugar de aplausos pedía mentadas de madre al final de las canciones. No les cohibía el espacio en el que estaban tocando, de hecho parece que eso los divertía un poco. Les mandaban saludos a los oficinistas de los balcones, también de mentadas de madre, que el público amablemente silbaba y los aludidos agradecían con ademanes. Las tocadas terminaban después de aproximadamente una hora, tal vez menos, y todos regresábamos a nuestras actividades cotidianas con la satisfacción de haber estado en un buen concierto, y además gratuito.

Recuerdo uno en especial de Jorge Reyes. A él ya lo había escuchado antes en los conciertos del Museo del Chopo, tocando con el grupo Chac Mol. Para el concierto al que me refiero él ya estaba de solista y en un estilo más electrónico y experimental. Fue la época en la que grabó los discos con Antonio Zepeda. En dicho concierto, a las 12 del día, tal vez por abril, estábamos junto al Templo Mayor, a un lado de la Catedral. Los conciertos que hacían en ese espacio en particular no contaban siquiera con una tarima, era como asistir al espectáculo de los merolicos que habitualmente comparten ese lugar. Jorge Reyes bajó sus instrumentos de una camioneta, dos sintetizadores, bocinas, y lo necesario para amplificar el sonido. Intentó comenzar su concierto, así que trató de sincronizar sus sintetizadores; en uno programaba ritmos y bases sonoras, en el otro comenzaba a ejecutar sus melodías. Pero el sol, que pegaba bastante fuerte ese día, le desprogramaba el aparato de los ritmos, y entonces tenía que interrumpir para volver a programar y comenzar de nuevo. Al final, después de varios intentos, tuvo que desistir y se limitó a dar el concierto con un solo sintetizador (el otro quedó tapado con unas mantas para que el calor no lo dañara). La espera y la asoleada valió la pena para todos, y él, cuando vio que la gente comenzaba a disfrutar la música, olvidó su mal humor y pudo concentrarse en su ejecución. Ritmos electrónicos, que me recordaban a Tangerine Dream, con una mezcla de sonidos y ritmos prehispánicos. Una locura y un hallazgo en aquel momento.

         En el Museo del Chopo los conciertos no eran gratuitos pero sí bastante accesibles. Eran los jueves a las 7 de la tarde, según recuerdo. Ahí escuché a Chac Mol, como ya lo mencioné líneas arriba, y a otros grupos, por ejemplo, las Insólitas imágenes de Aurora, si la memoria no me falla. Estos conciertos eran un espacio intermedio entre los hoyos funkies, y los conciertos gratuitos, con un público muy amplio y, digamos, no especializado. Eran conciertos más clasemedieros, en cuanto a grupos y público. El museo tenía un mezzanine desde el que uno podía ver la tarima, en la planta baja. Se llenaban lo suficiente, sin llegar a estar abarrotados. Uno circulaba libremente por los dos niveles; no había asientos, por supuesto. Tocaban uno o dos grupos cada jueves. A ese lugar iba con mi hermano y con mi primo Javier, del que hablaré más adelante. En uno de esos conciertos recuerdo que estaba yo en el barandal del mezzanine viendo a Chac Mol, mi hermano y mi primo andaban por algún otro lugar. En algún momento empecé a sentir hambre y recordé que, por no sé qué razón, traía un chocolate pequeño en la bolsa. Así que lo saqué, le quité la mitad de la envoltura y mordí un pedazo. Algún chavo que pasaba junto a mí, un poco adormecido, se me acercó y me hizo una seña de que compartiera con él un poco de lo que yo estaba consumiendo. Evidentemente no buscaba chocolate (o no de esos) así que le mostré mi mano con la envoltura del chocolate Vaquita y gesto de “lo siento pero no es lo que tú piensas”. Él hizo un gesto de decepción, por decir lo menos, y me dio la espalda, para seguir circulando en busca de algo más divertido.

Había en aquellos años, esto fue antes del 85, un gran lugar para escuchar rock. Era el Wendy’s Pub, en la glorieta del metro Insurgentes. Era un pequeño bar arriba del cine que está en la Glorieta. Se entraba por un pequeña puertita, a un costado del cine, y se subía una larga y estrecha escalera. Mi hermano, mi primo Javier, que en ese momento vivía con nosotros, y yo, ahorrábamos nuestros domingos, o lo que se pudiera, para ir con cierta frecuencia a ese bar. Los tres éramos menores de edad en ese tiempo, pero los reglamentos y medidas de seguridad no eran tan estrictos, así es que nunca tuvimos problemas para entrar y pedir una jarra de cerveza. Ahí tocaban grupos de heavy metal. No eran grupos consagrados, pero sí bastante buenos en la ejecución de covers de metal inglés y español. Nos gustaba uno en particular, el grupo Pókker. Tenían un sonido fuerte y limpio, los chavos sabían tocar y prender el lugar con los sonidos de lo que es el buen metal. El bar era muy pequeño, con espacio suficiente para el grupo, unas cuantas mesas chiquitas, de esas de bar redonditas, y taburetes. Los meseros y la gente que cuidaba la entrada eran fisicoculturistas, así, literalmente. Eran chavos jóvenes, de 1.70m. mínimo, con camisetas muy apretadas y músculos de horas en el gimnasio. Está claro que quien los contrataba los escogía con ese perfil muy bien definido. Sin embargo eran muy amables y a nosotros tres, imberbes de apenas 50 kilos, nos trataban bien como a cualquier otro cliente.

En una ocasión pedimos nuestra jarra de cerveza oscura. Comenzamos a beber, a escuchar a los grupos y a pasarla bien. Normalmente tomábamos una o dos jarras, según nuestro presupuesto y el tiempo del que dispusiéramos. Salíamos alegres, pero enteros. Ese día, notamos que a Javier se le empezaba a subir la cerveza, pero no le dimos demasiada importancia. En algún momento, ya avanzada la noche, en medio de la emoción de la música, Javier se inclina y vomita sobre la pequeña mesita. Mi hermano y yo nos volteamos a ver asustadísimos. Nos imaginábamos por lo menos cargados y aventados a la calle por el ejército de fisicoculturistas. Mientras esas escenas pasaban por nuestra mente, uno de ellos, nuestro mesero, se nos acercó a la mesa. Le dijimos, “oye, nuestro primo se acaba de vomitar”. Él con toda tranquilidad dijo: “no se preocupen, chavos, ahorita les limpio”. Y rápidamente limpio la mesa con el trapo que ya traía en la mano. Cuando vimos su reacción descansamos y ya pudimos encargarnos de Javier. Yo lo llevé al baño, había que subir otra escalera larga y estrecha. Cuando llegamos los dos, estaba ocupado, así que nos quedamos esperando en la puerta. Mientras esperábamos llegó el vocalista de Pókker, que también quería usar el sanitario. Se formó atrás de nosotros. Yo lo reconocí y aproveché para felicitar al cantante y decirle que nosotros íbamos sobre todo a escucharlos a ellos. Él me veía, veía a mi primo pálido y semiconsciente, recargado en la pared, y asentía con la cabeza y decía “órale, qué buena onda, gracias”.

El Wendy’s Pub era un gran lugar. Pero después del temblor del ‘85 lo cerraron, igual que el cine donde se encontraba y otros edificios de la zona, que resultaron dañados. Completaba el espectro en cuanto a la oferta de espacios para escuchar el rock a mediados de los 80’s.