Los escenarios y temas de Alberto Chimal son extensos pero reconocibles, participan de un ámbito fantástico que, sin embargo, pugna por no caer en la chabacanería mercadotécnica del fantasy y sus derivados. En sus libros de cuentos, Chimal parte del subgénero para indagar en la tradición de los grandes relatos fundacionales. De ahí la extrañeza cuando su primera novela, Los esclavos (Almadía, 2009), explora temas en apariencia ajenos: un hiperrealismo agresivo anclado en lo sexual, sin permitirse el regodeo erótico. Su primera novela participa del mismo riesgo estético de sus cuentos: lindar con el cliché del subgénero (la pornografía, en este caso) y escapar de él gracias al rigor en el tratamiento del tema.

En hablar de esta novela, pero también de los hábitos lectores en México, de editoriales y hasta de los festejos patrios nos gastamos tres cafés. Y esto fue, más o menos, lo conversado.

Las ilustraciones son de Juan M. Tavella ([email protected]), ilustrador argentino.

El proyecto de Los esclavos nace de un reto formal que te imponen de escribir algo realista. A mi me extrañó el tema específico de dominio y sumisión, ¿cómo apareció?

El editor que iba a publicar originalmente la novela me preguntó por qué no escribía algo a la manera de otra historia que ya tenía ya publicada, un cuento que se llama “Mogo”, donde un personaje maltrata a otro. Ese cuento es a su vez un hermanito temático de otro cuento más antiguo, “Golo”, que apareció en 1991. En ese cuento aparecía este asunto de dominio y sumisión en un entorno fantástico. La novela es una especie de hijo temático de estos textos. Como la idea era hacer algo realista, no quería hablar de política o de un entorno aparentemente normal. Quizá eso sea un punto de contacto entre Los esclavos y lo que antes he hecho: me interesa lo anormal, lo marginal, lo inusitado, y el tema se prestaba bien.

En internet existen muchas historias de este tipo, ¿fueron referentes para Los esclavos?

Muchas de las referencias sobre dominio y sumisión están en internet, ahí florecen más estas comunidades porque nadie las censura. Todo el mundo piensa que manifestar estas preferencias es humillante, pero en la red no existe esa vergüenza y encuentras cosas impresionantes.

¿Hubo algo que te llamara la atención de estas comunidades?

Hay una división tajante en su contenido: por un lado están las historias de ficción, y por otro las relaciones de la vida real. En los casos de la vida real, estas relaciones se producen de manera consensuada, las parejas juegan a que son forzadas pero no es cierto, es parte de una representación: en el sadomasoquismo, quien es sumiso está siguiendo un papel, lo mismo que el dominante, el sumiso tiene derecho a parar la representación si empieza a sentirse incómodo, y el dominante también está obligado a parar si se le pide. No es más ni menos que los juegos sexuales habituales: las reglas simplemente son distintas, pero se propone como una relación consciente, responsable y entre adultos.

Sobre estas fantasías suele haber dos extremos: quienes sienten fascinación por este tipo de historias, y quienes las estigmatizan. Creo que Los esclavos se coloca en medio. ¿Querías situarte ahí?

Yo no quería que el texto fuera pornográfico, que estuviese pensado para excitar. El sexo y la pornografía son elementos del texto, pero no su centro. Su centro está en el tema del poder, quería mostrar a estas personas en esta especie de laboratorio que son sus vidas, hasta dónde llega su deseo de ceder su propia libertad a otro.

Sé que inicias en la realidad y que no te despegas de ella, pero el extremo al que llegan los personajes se vuelve, si no fantástico, sí irreal, absurdo.

Sí, porque no quería hacer este realismo pedestre del personaje sentado en una habitación infecta, que “siente hueva” del mundo y de pronto se para y se tira al metro; no quería pasar por los argumentos manidos del realismo sucio mexicano. Quería jugar con las fantasías sexuales, que son análogas a la creación artística en la medida que son la expresión de la imaginación, que es algo que me ha importado siempre: la imaginación, la invención de locuras…

No es sólo tu imaginación como autor, también la imaginación de tus personajes…

Y también la imaginación de cualquier persona. No todo mundo podrá escribir un cuento o hacer una película, pero todos tenemos una mínima capacidad de imaginación, que habitualmente se vuelca en los ensueños más rutinarios, como las fantasías rencorosas de asesinar a tu jefe o fastidiar a un compañero de trabajo. Eso es el nivel cero de la imaginación, una posibilidad que está abierta a cualquiera de nosotros. Desde ella también manifestamos lo que traemos dentro, aunque es una creación reducida a su mínima expresión. Eso me interesa mucho, los personajes que todo el tiempo están tratando de articular sus fantasías y que son creadores en este grado mínimo.

Pero hay de fantasías a fantasías, los de estos personajes son terribles, ¿no será Los esclavos una crítica a la fantasía?

A lo mejor. Yo diría que la forma más elevada de la imaginación siempre es libertaria, un intento de romper con los moldes o la opresión, pero eso no quiere decir que toda la imaginación sea así; la imaginación también puede sujetar o destruir, y la mayor parte de lo que imaginamos en la vida cotidiana es más destructor que creador. A mi me encanta la parte luminosa de la imaginación, pero Los esclavos también es decir que no me engaño respecto de sus otras posibilidades. No todos somos un Goya, un Dalí o un Buñuel en potencia; la mayoría somos como animales con un extra de vida interior, que se vuelca las más de las veces en cosas mezquinas…

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