Nací en 1970. Mi educación musical, y la de mi hermano, corrió a cargo de la hermana menor de mi padre. Ella, por su edad, no obtuvo el permiso para ir al festival de Avándaro, pero le tocó escuchar la transmisión por radio (la hicieron por la noche, en la misma estación que escuchaban mis abuelos). Así que nosotros crecimos, por un lado, con los grupos de heavy metal (Led Zeppelin, Black Sabbath, Deep purple) y, por el otro, con el rock progresivo (empezando con Pink floyd, Jethro Tull, Yes, pasando por Focus, Camel y King Crimson hasta llegar a los grupos italianos, como Banco, Le Orme u Osanna, grupo que hace muy poco re escuché y me sigue fascinando). Mi tía tenía un amigo, vecino muy cercano, con una enorme colección de rock, de discos nacionales e importados; muchos de los grupos mencionados sólo se conseguían en versiones importadas (por supuesto, estoy hablando de LPs). Él se surtía en las discotecas prestigiosas de aquel entonces y, sobre todo, en el tianguis de la colonia San Felipe de la Ciudad de México. Íbamos a su casa, acompañados de mi tía, y Pedro generosamente nos dejaba escoger paquetes de hasta 20 discos que nos prestaba sin ninguna condición; en el librero donde estaban sus discos –que abarcaba una pared de 4 ó 5 metros– ni siquiera se notaba la ausencia de lo que nos prestaba. En realidad fuimos privilegiados al tener acceso a una colección tan buena y vasta de discos de rock. En algún momento las visitas, por nuestros propios compromisos de adolescentes, se espaciaron hasta que dejamos de visitar al buen Pedro; le devolvimos todos sus discos, lo aseguro, y él murió unos años después, con apenas treinta y tantos años de edad. Lo único que supimos de su colección de discos fue que sus hermanos se deshicieron de ella para desocupar su cuarto, así que a la tragedia por la pérdida de nuestro amigo se sumó la pérdida de su valiosísima colección. Eso fue, en cuanto a nuestra educación de música grabada.

           El otro lado, el de la música en vivo, también comienza con la tía. Por los mismos años de nuestra tierna adolescencia, ella era novia de Carlos Laguna (el del programa “Sopa de letras” con Jorge Saldaña, otro dato que permite ubicarnos en esa época). Carlos era un gran aficionado al rock: además de tocar con su grupo en turno, tenía sus propias composiciones. Con él íbamos a los hoyos funkies, siempre a escuchar al Tri, una de las bandas más emblemáticas del rock mexicano. Los hoyos eran lugares clandestinos o semiclandestinos, generalmente en viejos departamentos, sótanos o bodegas, donde los grupos de rock urbano hacían frente a la prohibición de organizar conciertos de rock. Eran clandestinos, pero también eran un secreto a voces.

El lugar al que íbamos con mayor frecuencia era un local que estaba a unas calles del metro Balderas. Era un local que debió servir originalmente de bodega o tienda. Entrabas por el estacionamiento y adentro sólo había una camioneta estacionada, la de los organizadores, que ya hacia el final de las tocadas desaparecía. La entrada era una pequeña puerta que daba a un local completamente cerrado, sin ninguna medida de seguridad de las que ahora se piden para los espacios públicos. Lo primero que sentías era el calor y la mezcla de olores: sudor, patchuli, chemo (inhalantes) y mota (mariguana). Normalmente estaba lleno, pero se podía caminar hasta acercarse al escenario. Ahí nos tocó escuchar al Tri, por supuesto, que en aquella época tenía un repertorio idéntico al de su clásico disco del concierto en la cárcel de Santa Martha (la Triste canción de amor todavía no existía, ni nos hacía falta en realidad). También pudimos escuchar a Cecilia Toussaint y a Rebel’d Punk, entre otros. Yo no recuerdo esa ocasión, pero mi hermano dice que nos tocó ver la última presentación de la Baby Batiz en un hoyo. Hace poco me platicaba que apenas había escuchado una entrevista a Javier Batiz en la que él contaba que su hermana, la Baby, había dejado de cantar en los hoyos porque en un concierto le habían aventado una cerveza. Dice mi hermano que él recuerda esa escena, alguien le había lanzado un vaso lleno, y en ese momento se detuvo la música, predecible sermón del Javier a la respetable concurrencia y despedida de la Baby de aquellos lugares. Yo no lo recuerdo, pero puede ser cierto.

     Los asistentes a los hoyos eran lo que en aquellos años se llamaban rockers (o sea, metaleros) y punks (el término punketo es posterior, cuando ya cualquier producto bajo en calorías podía llamarse así). No había conflicto entre ellos, sino que cada grupito llegaba y convivía en estos espacios de zona franca (los problemas territoriales se resolvían en sus respectivos barrios). En las tocadas se alternaban grupos como el Tri, Javier Bátiz, o los Dugs Dugs con grupos punks y nadie tenía conflicto con eso. Al final de cuentas, todo era rock. En aquellos hoyos tampoco se bailaba slam; eso llegó a México mucho después y creo que es más comprensible que ocurra en lugares abiertos y no en espacios cerrados –algo característico de los hoyos; comúnmente no había siquiera ventanas al exterior. Eran lugares que se adaptaban para estos conciertos los sábados o domingos y comenzaban desde las dos de la tarde para terminar a las nueve o diez de la noche. Eran semiclandestinos, aunque los conciertos de Balderas y del Cosmos 2000 (en Oceanía, cerca de la Romero Rubio, al noreste de la Ciudad de México) llegué a escucharlos anunciados por radio.

Adentro, cada quien bailaba en su espacio. Lo común era que los asistentes estuvieran escuchando la música parados, apenas meciéndose en su lugar, con la mona (el inhalante) o el toque (el cigarro de mariguana) en la mano o recargado entre los labios. Algunos bailaban a saltos, como se baila el rock, por supuesto. A la pareja o individuo que bailaba se le hacía un pequeño espacio alrededor, de no más de un metro, y cada quien en su onda sin afectar a nadie más. Esos conciertos están bien documentados, como lo prueba la película ¿Cómo ves? de Paul Leduc, que mezcla el documental con la ficción, pero que muestra escenas de conciertos y asistentes reales. Por lo mismo, sé que algunos de los punks que aparecen en la película los vi en conciertos o en el tianguis del Chopo[1]; me consta que no eran actores caracterizados para la filmación.

Fragmento de ¿Cómo ves?, película dirigida por Paul Leduc

La mayoría de los asistentes entraba y salía constantemente de los hoyos durante los conciertos, según las preferencias musicales de cada quien o las necesidades de comida, bebida o baño. Era similar a lo que ocurre con los festivales actuales que duran varias horas y en los que se alternan diferentes grupos. Nosotros, por ejemplo, salíamos cada cierto tiempo, cuando el calor era insoportable o el cansancio se manifestaba por estar de pie. Nos íbamos a la caribe y bebíamos un trago, que Carlos venía siempre bien provisto. Después de un rato entrábamos de nuevo, y así sucesivamente hasta que llegaba la presentación del Tri, que normalmente  cerraba los conciertos.

Otros lugares no los conocí porque yo me movía sobre todo en el centro de la ciudad. En la zona de Ciudad Nezahualcóyotl, un enorme barrio del sureste, había mucha actividad en cuanto a conciertos y espacios semiclandestinos. Un compañero de la prepa que vivía ahí me platicaba sus aventuras semanales. Pero no era la zona en la que yo me movía y tampoco era fácil llegar a esos lugares sin el cobijo de una banda de amigos. Ahí los enfrentamientos y peleas eran más frecuentes, pues se encontraban las bandas rivales de los barrios cercanos. Tampoco llegué a ir al auditorio Antonio Caso, en Tlatelolco; ese era el lugar lidereado por Pako Gruexxo.

Me parece que en realidad los hoyos funkies se terminaron en los años ochenta; a mí me tocó ver esos últimos momentos. Representaban el espacio alternativo frente a un circuito comercial en el que no se integraba este rock, porque ni los grupos ni sus seguidores estaban interesados en hacerlo. Fue la década en la que se abrieron para el rock nacional algunos espacios diferentes, espacios que lograron combinar un proyecto formal y económicamente sustentable con las alternativas musicales que hacían falta para los distintos músicos y públicos del rock. Es la década en la que se inaugura Rockotitlán, ni más ni menos. Y, después, otros lugares similares, algunos de ellos con sus altas y sus bajas; algunos sobrevivieron, otros no. Y esos mismos años había, por supuesto, otros espacios para escuchar rock, como fueron los conciertos gratuitos organizados por el mismo gobierno, tema para otra crónica.

 


[1] El Chopo es un emblemático mercado de rock en la Ciudad de México. No es grande pero sí es muy concurrido. Si bien hoy día se venden artículos relacionados con muchas otras cosas, la base sigue siendo el rock, la música, el cuero, los pósters y la ropa.