No sé mucho de rock chileno, pero sé lo que me contaron Claudio Valenzuela y Eduardo Caces hace algunos años, en 2007. Ni siquiera es algo sobre rock chileno en especial (mencionaron a Javiera Parra, mencionaron a De Saloon, mencionaron como siempre, porque parecen estar obligados, a Los Tres y Los Prisioneros). Por alguna razón, la entrevista se fue decantando de lo general a lo particular y, como soy muy fan de ellos, no pude evitar caer en la tentación de ponerme a hacer un análisis del discurso en sus canciones. En algún momento llegamos al tema-no tema y Claudio Valenzuela se puso sincero, dejó de hablar de sus “planes a futuro” y quién les produjo qué, y acabó con esto:

“Crecer en una cultura de miedo se refleja en que nos cuesta hablar. Hasta cierta edad hablamos despacito, pero los chilenos ya no son así, ahora los chicos gritan y hablan. En esa época estaban prohibidas muchas cosas. No teníamos computadoras, ni teléfonos, no podíamos comunicarnos. Yo no tuve teléfono hasta que me fui de casa. Era un lujo, ¿cachai? Era vivir en una forma muy diferente a como se vive ahora, y eso te marca. El Chile ruidoso de ahora es resultado de contrarrestar el Chile calladito que éramos antes”.

Rock chileno en los noventa

Conocí a Lucybell algo tarde, cuando grabaron Sesión futura, un disco en vivo de 2001 grabado en el Teatro Cultural 602 de Santiago de Chile. Con este álbum maravilloso, maduro, de confección artesanal, Lucybell celebraba 10 años de carrera.

En ese entonces, sólo había dos miembros de la agrupación original: Claudio Valenzuela y Francisco González. Los dos músicos se conocieron en la Universidad de Chile en un lejano 1991, o quizá antes. Durante la década de los noventa sacaron varios discos, todos muy buenos, pero hay que recordar que el rock chileno estaba en un momento maduro. Sobre todo porque contaba con un exponente más o menos internacional, que mezclaba el rock con el pop hasta hacerlos indistinguibles: La Ley, esa banda signada por la tragedia que después de perder a uno de su fundadores en un absurdo accidente de moto, lanzó Invisible, un disco clave en el rock latinoamericano, en los años noventa y en América Latina en general –todo, antes del descenso que empezó con Vértigo, más experimental y a la vez más parecido a toda la música de fines de los noventa, influida por el electrónico industrial.

Si La Ley era la carátula liviana de un libro grueso que tenía en su interior a Los Tres y el fascinante unplugged que grabaron en 1996, Los Prisioneros era el antecedente absoluto, el Ingenioso Don Quijote de la Mancha, la piedra angular. En una época de dureza política, Los Prisioneros hicieron honor a su semilla punk y cantaron contra el tata Pinochet.

Esta explosiva cita en Wikiquotes de Jorge González, fundador de Los Prisioneros (epíteto que describía a todos los chilenos que vivieron entre 1973 y 1990):

Yo no sé quienes fueron los pelotudos que votaron esto, pero los que votaron por los otros, los que votaron a la Bachelet, a Lagos. Esos weones ni siquiera cambiaron la constitución. Chile todavía se rige por la constitución de Pinochet. Es como si Alemania se rigiera por la constitución de Hitler, con la diferencia que Hitler mandó a matar, y fue en guerra, contra otros países que estaban armados. Los cobardes de acá mandaron a matar a su propia gente, y esos propios cobardes son los que manejan todavía el país: Matte, Angelini, Luksik, el conchesumadre que dirige El Mercurio, ¿cómo se llama?, Edwards, ese weón, todavía está vivo y coleando, y es súper millonario y se caga de la risa. Es una vergüenza.

Entonces, ¿qué ocurrió después de 1990, con el Chile libre y democrático que ya podía prescindir del toque de queda por las noches?

Supongo que el rock chileno en los años noventa no es tan diferente del rock argentino o el mexicano de la misma época. Había necesidades, temas. El tema era muy de lo nuestro. Ese famoso título: rock en tu idioma. Rock que tú consumes y, además, creas. Rock cercano a ti, que trata sobre las cosas que te ocurren a ti, en tu pequeño país tercermundista que habla español y consume, de lejos, la cultura gringa.

Se respiraba. Pero las cosas no se decían. Estaba ese tabú, lo que se sabe pero no se menciona.

Río que da vida

En 2007, tal vez porque leía Mapocho (de la que escribí aquí) mientras escuchaba mucho Lucybell, empecé a notar las coincidencias. En esa entrevista que entonces les hice para La Mosca traje a colación algunas de mis observaciones.

–       Mencionas mucho el río, –pregunté a Claudio Valenzuela– ¿es el río Mapocho?

–       ¿Sabes que no me había fijado? Es una gran pelea analizar lo que escribo, las letras están ahí, solas, y a veces no sé cómo llegaron. Al intentar la melodía ya ahí están las palabras, aunque no lo creas, no puedo pelear contra eso. No sé por qué río, le da un simbolismo medio junguiano, estoy buscando algo por ahí. Hay un poder, ahora que lo analizo… En Chile es poderoso el asunto del río.

Hablamos otra vez de los cadáveres en el río y de lo que significó crecer en una dictadura. Como paréntesis pertinente, ahora el término políticamente correcto es régimen militar, que según el Ministerio de Educación chileno designa más acertadamente lo que ocurrió en Chile de 1973 a 1990. Para más información, leer esta durísima pieza de Marcos Roitman Rosenmann en La Jornada, que persigue la idea de que la clase política chilena está plenamente dedicada a un proceso de revisionismo histórico. La función de aligerar el pasado es limpiar la imagen presente de los herederos de la dictadura, de los que participaron en ella –y aun en el golpe de Estado– y hoy son parte de la vida chilena en lo más alto. No borrar, pero atenuar.

Para una idea breve, el tuit de Camilla Vallejo, líder comunista de los estudiantes chilenos:

–       Para el ser humano es muy importante el río. –dijo Eduardo Caces esa vez.

–       Sí, si no tienes un río cerca estás perdido. –completó Claudio.

–       Es herencia y vida, es caudaloso, renueva la energía.

–       En la dictadura, tiraban los cadáveres desde un helicóptero.

–       ¿Y cómo interpretan eso? –tuve el atrevimiento (sin Capitán Obvio a la mano) de preguntar.

–       Lo interpretamos como una total mierda. –asestó Eduardo.

Hay una canción en Lúmina, el quinto disco de Lucybell, llamada “Piedad”. Uno de sus versos dice: Estoy listo para odiar / aquel que cree que tiene tanto poder / que me hace callar. / Me hiciste el favor de dar a luz entre miseria.

 

“Cuando no tienes cuotas de referencia y creces en esa situación, en el momento no lo ves tan malo porque eres niño, estás creciendo y piensas que hay cosas que no puedes decir. Me pasó alguna vez que por televisión estaba el Tata, el Innombrable, y yo le dije a mi papá: ‘ahí está el viejo feo’. Mi papá apagó la televisión y me dijo: ‘por favor no repitas eso en ninguna parte, ni siquiera si te preguntan en el colegio, porque es peligroso’. Yo pensé que ya no podía decirle viejo feo a nadie. Era vivir apretado, ¿cachai? Me dio pánico.”

Escucho la grabación y me doy cuenta de que, a medida que nos adentrábamos en estos temas, el acento de Claudio Valenzuela cambia, se hace más rápido y más pletórico de expresiones regionales: se achileniza.

“Yo quería salir a carretear, pero había una ley en la que 25 personas no podían estar reunidas en un lugar cerrado, pues te llevaban preso. Creces con eso, con que a las 10 tenías que estar encerrado en tu casa. La felicidad se murió en Chile”.

Al final de la entrevista nos dimos las manos y cada quién se fue para su lado. La entrevista nunca se publicó, no sé por qué. Para cuando los entrevisté, Claudio era el único miembro original. El segundo de los fundadores, Francisco González, que en Lucybell tocaba la batería, ahora es solista y escribe sus propias canciones. Fue reemplazado por el Cote Foncea, ex miembro de una banda de nü metal, Dracma. Lucybell sacó otros dos discos, Comiendo fuego y Fénix. Tocaron en Santiago para las víctimas del terremoto; yo estuve ahí unos días antes, pero me lo perdí. El día que hablé con ellos, como fan y ya no como mera entrevistadora, les hice una solicitud ordinaria: que tocaran en vivo mi canción favorita, “Rojo eterno”. Un par de meses después los vi en el Salón 21 (hoy Vive Cuervo Salón) y me complació comprobar que su memoria, como las figuras que el mar talla sobre algunas rocas, permanecía intacta.