¿Qué ocurrió con los hombres aquel sábado 23 de abril, mientras las mujeres tomaban las redes sociales desde el hashtag #MiPrimerAcoso?

Apenas se lanzó la propuesta de contar experiencias de acoso y violencia sexual, las mujeres precipitaron testimonios que iban de lo incómodo a lo escalofriante. Lo perturbador es que sus historias ocurrían en la cotidianidad: hogares, transporte público, salones de clase, fiestas. Y peor, los responsables éramos sus esposos, novios, primos, amigos, tíos o maestros. Desde ahí, el ejercicio naturalmente se desbordó a expresiones coléricas contra muchos comportamientos masculinos. El hashtag detonó -no podía ser de otra forma- reclamos postergados, enfrentamientos rabiosos, sarcasmos, descalificaciones; en poco tiempo los hombres nos convertimos en un adversario ambiguo: tan difuso como el albañil que murmura obscenidades, tan preciso como el primo abusador que se sigue viendo los domingos de comida familiar.

Simultáneo a las denuncias, otro movimiento ocurría en las catacumbas de las redes: en mensajes privados, chats personales o conversaciones de Whatsapp, hombres confundidos, con culpa, enojados o abrumados, reinterpretaban las historias y les sorprendía saberse actores de episodios de violencia. ¿Entonces un beso a la fuerza es violencia? Si se ve tantas veces en películas y series…

Porque es sencillo reconocer y reprobar una violación de escenografía sórdida: callejón oscuro, ropa desgarrada, agresores como animales incontrolables, gritos, manifestaciones altisonantes de poder. Pero esa relación sexual del matrimonio en la mañana, cuando el marido tenía ganas y la esposa no, ¿fue violación? La noche de coqueteos e insinuaciones, mucho alcohol, mucho cortejo y mucha promesa, que terminó con el rechazo de ella y la terquedad de él, ¿se traduce como acoso?

Los límites entre las educaciones sentimentales y los reclamos se confunden. Y los hombres respondieron, sobre todo, con dos actitudes: quienes asumieron culpas y avergonzados aseguraron que estas cosas “no volverán a pasar”; quienes agresivos relativizaron los errores: explicaron las circunstancias ambiguas que llevaron a los episodios incómodos y protestaron contra el “linchamiento feminazi”.

Entre ambos extremos, un tercer grupo, llámenle justo medio o mediocridad, preferimos rumiar dudas en vez de apresurar la autoflagelación o el enfrentamiento. “Nos fuimos a nuestra cantina de los Machos Rumiantes”, le dije a una amiga en un mensaje directo.

El machismo: una matrix

Hay que partir desde cierta honestidad: aceptar y asumir el propio machismo. Dudo de los hombres feministas que se han trepado a su podium de autoridad moral para pontificar y descalificar a los animalitos silvestres que seguimos entre dudas y replanteos. La arrogancia con la que erigen su pericia en los temas de igualdad de género sigue teniendo un tufo concentrado de machismo genérico.

El machismo va más allá de dos o tres conductas desafortunadas. Es un sistema, una matrix. Hombres y mujeres nacemos, crecemos y nos educamos desde él. Ya se sabe: autos y golpes para los niños, muñecas y romances para las niñas. Y después crecer, madurar, entender de qué se trata la vida, tiene que ver con hacer propios los códigos de conducta machista. Un niño y una niña llegan a la secundaria con cierta apertura para conocerse; el crecimiento adolescente consiste en identificar roles: lo que no se puede hablar entre ellos y ellas, apreciar los cuerpos de las chicas como diseños eróticos, pero también las habilidades físicas o de temple de los hombres como valores que los certifican como garañones orgullosos. Ahí sabemos que el pito de los hombres no solamente se mide por su tamaño, también por el número de mujeres que lo han conocido. La competencia por ser un semental podría parecer absurda, pero tiene gran importancia para pertenecer al grupo.

Y después, aun con lo chocante, el imperativo machista se convierte en herramienta necesaria para la interacción social. Las oportunidades se arrebatan, es decir, se depredan, como machos. La competitividad, el liderazgo, el pragmatismo para la toma de decisiones, la fortaleza ante los embates y el arrojo para remontar adversidades, vienen de consignas, disciplinas, aprendizajes machistas. Y no estoy seguro que todos estos valores sean nocivos a priori. Por lo menos -se va aprendiendo- se hacen obligados para quien busca éxito, trascendencia o al menos cierta seguridad.

Los “hombres suaves” no sirven en este sistema, se les reprocha mediocridad, falta de carácter, ser afeminados. Pocos sabrían darle la vuelta al insulto y convertirlo en virtud. La mayoría, aun cuando no nos interese, participamos de los universos estereotipados de la virilidad. Tolerar mucho alcohol. Manejar y arreglar autos como experto. Saber comentar deportes. Ser buen negociante. Ser mejor seductor. No perder los estribos. Aguantar vara. Ser un cabrón.

No hay virtud machista en la timidez, el retraimiento o el candor. La ansiedad se traga, la torpeza se relativiza, el fracaso no existe, y si existe es un estigma que desaparece cuando uno demuestra que sí tiene güevos, que sabe y puede remontar el reto. En estas estructuras no hay espacio para las dudas. Los hombres como islotes autosuficientes, encerrados en sí mismos, concentrados en ser fuerza, disciplina, rigor, o de lo contrario derrumbarse en las contradicciones de este sistema tan demandante y que, de todos modos, no asegura del todo un crecimiento como persona.

La decepción es que acaso, el único personaje que hubiera logrado hacer mérito de las inconsistencias masculinas, el atormentado y acomplejado Woody Allen, terminó siendo uno de los machos más grotescos y lamentables de nuestro imaginario emocional.

Cállense: como hombres

Frente a la adquisición de la destreza machín, frente al arduo entrenamiento de la virilidad, de la voz grave y el gesto seguro-de-sí-mismo, vienen las pedagogías feministas.

Era fácil acompañar las luchas de las mujeres cuando comprendían objetivos de amplio aliento, como el derecho a la participación política, a la educación y el trabajo, incluso a decidir sobre el propio cuerpo (entiéndase: el derecho al aborto), que salvo los obvios sectores conservadores se ha acompañado con comprensión. La aspereza de los últimos tiempos ha ocurrido cuando los feminismos evalúan y reclaman contra las interacciones íntimas y cotidianas, lo que se ha llamado micromachismos. No es una cruzada ociosa: detectar y denunciar comportamientos machistas sutiles, de alguna manera contienen y previenen el desborde de la violencia familiar, o los extremos macabros del feminicidio.

El universo de la crítica al micromachismo, entonces, se extiende de lo pertinente a lo excesivo: el reconocimiento de las manipulaciones psicológicas o financieras, la exhibición mordaz al macho-progre, el rechazo a la dictadura de la talla cero, la ostentación de los vellos en las axilas o la provocación del arte menstrual, el orgullo de la celulitis y las estrías, firmar para que Axan lleve el pelo largo; pero también cruzadas insólitas como indignarse contra el gandalla que se sienta en el metro con las piernas abiertas, denunciar a los expresivos del mansplaining, rechazar el culto a la caballerosidad (De Esos Machistas A La Antigua Que Suelen Todavía Mandar Flores) o imputarle un machismo tóxico al pretendiente no correspondido (lo que en el argot cibernético llamamos pagafantas o inquilino de la friendzone).

La cruzada contra los micromachismos funciona como quimioterapia: ataca conductas perniciosas, pero en su ejecución también magulla expresiones genuinas, o inconscientes, incluso de sobrevivencia, de los hombres. No hay lío: estamos en deconstrucción.

Y lo que sigue es gracioso porque es constructo: como esposa sagaz, de sexto sentido afinado que siempre gana las discusiones, mucha de las argumentaciones feministas parecerían irrebatibles; prueban de manera irrefutable el error machirrín y pasan rápidamente, tanto como lo exige la ideología, de la propuesta al dogma; y si un hombre se atreve a protestar se le manda a informarse antes de opinar, se hace mofa de su victimización (pórtese como hombre, pues), se menosprecia la obviedad de su dicho (te lo explico con manzanitas porque eres hombre), se le exige callar y escuchar.

Callar, como los hombres.

Suelen descalificarse a las expresiones masculinas que opinan sobre las actividades de los feminismos por lo poco informadas, victimizadas, ofendidas; por ser expresiones esgrimidas desde el privilegio. La cruzada feminista pretendería desmontar dicho privilegio en búsqueda de una sociedad con mayor equidad, donde los diálogos sean más honestos y constructivos. La paradoja es: ¿cómo crear diálogo con un grupo al que se le pide que se calle? Más aún: si la tendencia masculina -los hombres no expresan sus sentimientos- es guardar silencio y observar -pensar, argumentar, conceder, no estar de acuerdo- desde la implosión.

¿Quién hace un mansplaining del silencio de los hombres?

Malestar que no tiene nombre

Otra noche de confusiones confesiones masculinas, en otro mensaje directo me dicen: “a mí me jode ese feminismo a la Robespierre”. Más que enredarme en la exageración del Terror, me quedé con la alusión a lo revolucionario. Al objetivo, la pretensión, de cambiar el orden de las cosas. El hashtag #MiPrimerAcoso (y la marcha contra la violencia machista del día siguiente) funcionó entonces como Toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno. Y seguirá lo que sigue con las revoluciones: la caída de los privilegios de los dominantes, la instauración de un orden nuevo, con códigos frescos, fervor creativo, ideas bullentes, pero también dogmas, purgas, desdén hacia aquellos a quienes se tiene como adversarios. Y estos vencidos, tras las tormentas se van evidenciando como seres de caricatura, grotescos, melancólicos, autocompasivos y en consecuencia objetos de burla; anquilosados y con procedimientos rebasados, contándose una y otra vez el puñado de valores que les daba cierta porción de identidad.

Así es la cantina de los Machos Rumiantes. José Alfredo y Edmundo Rivera en la sinfonola, carteles de tauromaquia o James Bond en las paredes, la mesera que quiso quedarse trae la nueva ronda y al verla solícita hay una sensación incómoda, diría Betty Friedan, “un malestar que no tiene nombre”. El machismo como una aristocracia decadente. Rumiando argumentos en voz baja; parcos, estoicos. Como nos han enseñado.

Cantina_baile
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