Texto: Bun Alonso

Fotos: Erika Soto

La Plaza de Armas de Torreón fue el punto de reunión para la marcha del #25N. Eran pasadas las seis de la tarde y comenzaba a anochecer. Había mujeres con veladoras aún sin encender mientras otras preguntaban y esperaban por unas playeras que habían mandado a hacer exclusivamente para este día y que no llegaban. Entre ese grupo que se preparaba para salir a la marcha —si acaso 130 personas—, estaba Rosa María Rocha González.

Dos días más tarde, me contaba su historia, que era la historia de su hija Dana Milagros Cigarroa Rocha. Que era la historia de un feminicidio en Torreón. Cuando niña, Dana se había ido junto con su mamá a vivir a Dallas, Texas. En algún momento, Rosa María, su madre, había conocido a un mexicano allá, se habían casado, tenido hijos. Regresaron a Torreón cuando Dana tenía 16 años. El esposo de su madre se había quedado en Dallas. Pero Dana no quería que sus hermanos crecieran sin su padre como ella lo había hecho. Le dice pues a su madre que se regrese, que ella se quedaba ahí con su abuela. Rosa María accede y regresa a Dallas. Desde entonces sólo los vería crecer, a ella y luego a sus nietos, mediante fotografías, la única manera en que podía seguirle la pista al tiempo.

Al poco tiempo, Dana conoció a Roberto García Estrada, un chico de una colonia vecina. Se hicieron novios, quedó embarazada, su madre le dijo “bueno pues no eres la primera ni la última, pues sabes que como quiera cuentas conmigo”. El chico, por su parte, le dijo que le correspondería con el bebé en camino y que quería casarse. Su madre le volvió a aconsejar: si te vas a casar, que sea por amor, no por obligación porque ya estás embarazada. Y su hija sí, que sí era por amor.

Se casaron. Tuvieron dos hijos: una niña y después vendría un niño. Rosa María, la madre y ahora abuela, les mandaba dinero, estaba al pendiente de todo lo que necesitaran. Así pasaron cerca de diez años. Roberto comenzó a consumir drogas y Dana a ser víctima de violencia doméstica. Ella buscó el divorcio pero se arrepintió. Un sábado la pareja e hijos acudieron con la familia de Roberto a un convivio. Por la noche, al regresar a casa, Dana y Roberto comenzaron a discutir. Él tomó un cuchillo de la cocina que clavó en el costado derecho del tórax de ella. Dana todavía alcanzó a salir a la calle en busca de ayuda. Unos vecinos la auxiliaron. Roberto intentó obligarla a regresar, así herida, a casa. Dana se fue en la ambulancia todavía consciente, suplicando a los paramédicos que hicieran todo lo posible para que no muriera, que no quería morirse, que sus hijos. Murió horas más tarde en un hospital. Era la madrugada del domingo 11 de octubre de 2015. Ella tenía 26 años. Él, 29.

Ahora, un año y un mes después, Rosa María participa en la marcha del #25N. La marcha recorre la avenida Morelos, donde ahora está casi terminado el llamado Paseo Morelos, un intento municipal por reactivar la economía de la zona. La mayor parte del lugar está oscuro y hay poca gente por la calle. Una señora de baja estatura usa un megáfono para animar el grito de las consignas, aunque más tarde parece olvidarlo y decide gritar con sólo la fuerza de su garganta.

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De madrugada, Rosa María llegó sola, desde Dallas, directo al velorio preguntando por sus nietos, que estaban en casa de una sobrina. Y entonces fue a conocer en persona, por fin, a esos niños. Ya en el lugar, su sobrina le preguntó a la niña, la mayor, que si sabía por qué estaba su abuela aquí, “¿te acuerdas lo qué pasó con tu mamá?” Y la niña respondía que sí, que se acordaba lo que había pasado. Luego su sobrina y sus hermanas voltearon a ver a Rosa María instándola a que le diera la noticia.

—Pero yo no pude decírselo, o sea, se me hacía un nudo en la garganta que no podía yo ni hablar. Y ya mi hermana es la que les dice a los niños que su mamá falleció.

Y la niña soltó entonces un llanto con mucho dolor, lo recuerda ahora Rosa María, y no se explicaba, decía ¿por qué su mamá? ¿por qué a ella tenían que habérsela llevado? Nieta y abuela se abrazaron después. “Abuela, ¿por qué es tan injusto?” y la abuela que no pudo responder nada porque el nudo en la garganta seguía ahí impidiéndole decir cualquier cosa.

Hay quienes opinan que violencia es violencia en cualquiera de sus formas, que la palabra «feminicidio» sobra y que, en todo caso, debería llamarse «humanicidio». Lo mismo ocurre con «feminismo»: eso está mal, dicen, si tanto buscan igualdad, ¿por qué no se llama «igualismo»?, se preguntan.

Pero quitar esos conceptos es hacer invisible todo un contexto social, una estructura de poder que históricamente ha privilegiado a un género. Es, también, eliminar cualquier posibilidad de entender esa violencia —y para evitar esa violencia, antes es necesario entenderla. Porque es diferente que te maten a que te maten por ser lo que eres.

Ahora, cerca de una hora después, la marcha ha llegado a su destino. Hay una tarima frente a la Fuente del Pensador de la Alameda. Los participantes se acomodan en una media luna delante de ella. Debajo, un breve altar formado con rejas de madera y una cruz rosa con una leyenda muy obvia: El machismo mata. Habrá música, pronunciamientos, y un grupo de tambores.

—Qué bonita, ¿verdad? —le decía una señora a otra extendiendo su playera conmemorativa del #25N, esas que habían tardado en llegar pero que, a fin de cuentas, habían llegado.

Roberto hoy está en la cárcel esperando sentencia. Rosa María sigue aquí en Torreón luchando por obtener la patria potestad de sus nietos —de seis años el niño, de nueve la niña— y poder volver con ellos a Dallas. 

—Yo no me quiero ir sin ellos porque es dejarles en ¿qué manos? ¿En la familia de él? Imagínese, si no supieron educar a su hijo, mucho menos van a poder educar a mis nietos, que son mis hijos ya, porque no son mis nietos, son mis hijos.