Podría hacer una descripción sombría de Mario y no estaría mintiendo: un tipo gordo con brackets y una melena rizada cayéndole en la cara, como puberto recién bañado –pero cuarentón–, contando algún chiste a expensas de alguien, carcajeándose. Podría describirlo así, ridículo y monstruoso, sólo para sonreír cuando su imagen de hecho coincidiera con mi retrato, pero temo que eso podría desdibujar las sutilezas: el acoso no es más grave sólo por venir de un panzón.

Lo cierto es que además Mario era un gran escritor. Un escritor conocido con grandes publicaciones, voz en el medio, varios premios en su andar y un taller de escritura que gozaba de cierto renombre: se contaba que a él habían asistido Fulano y Zutano, nombres frescos que habían despegado gracias a ese taller y que ahora se apuntalaban como grandes promesas de la literatura mexicana, y no de cualquiera sino la de a de veras, esa que se escribe a ras del suelo. Mario sacaba lo mejor de ti como escritor –se decía– y eso hacía que todos fueran indulgentes con sus canalladas. Era parte de la formación: las pequeñas vejaciones, las exposiciones y las burlas eran sólo ritos de paso, recursos para que el aprendiz pudiera despojarse de lo que le sobraba: las cursilerías, el pudor literario, la moralidad, el barroquismo estilístico, la ingenuidad, la fe en el mundo.

Quien iba a su taller solía presumirlo: estar entre los elegidos de Mario parecía una conquista en sí misma. Al final, ¿quién no iba a querer tener La Formación de escritor? Al menos yo quería tenerla. A menudo escuchaba hablar del dichoso taller a dos de mis compañeros de trabajo y lo idolatraban tanto que al escucharlos no podía sino sentir envidia: yo también quería “tomarme en serio” y “llevar mi escritura hasta las últimas consecuencias”.

Entonces, sólo conocía a Mario de vista. En algún festejo se había sentado enfrente de mí, del otro lado de la mesa. Recuerdo que en un punto de esa noche prensó una de mis piernas con las suyas y yo me desconcerté, pero no pensé nada en específico. Aún no tenía el aparato crítico de denuncia feminista y la verdad es que siempre he sido un poco ingenua a la hora de juzgar a los demás, así que sólo lo dejé pasar como un malentendido; tal vez se había equivocado de persona, o tal vez había sido algo accidental. Me zafé y no volví a pensar al respecto.

Así que cuando por fin decidí unirme al taller ya ni siquiera tenía el evento presente. Fui nerviosa y emocionada porque para mí significaba una decisión trascendental, un compromiso con mi deseo de ser escritora. Mi texto fue el primero que se leyó y todos comentaron. Después fuimos en grupo por una cerveza y noté que Mario me estaba mirando, pero una vez más no hice caso. Sabía que estaba buscando incomodarme, pero según yo era sólo uno de sus ritos de paso, un entretenimiento personal suyo sin implicaciones reales (ni connotaciones sexuales).

Al salir, me pidió aventón. Dudé, pero ya le había dicho a dónde iba y su casa me quedaba de paso. Lo llevé. Al llegar me ofreció pasar a su casa por un mezcal y aunque me resistí al principio, terminé por aceptar. Si quería pertenecer al grupo de escritores borrachos, más me valía participar de sus dinámicas y relajarme, pensé. Tonta. Tontísima. Más adelante me recriminé mucho por haber ido en contra de mi intuición por pura cordialidad, por haberme “prestado”.

La siguiente parte de la historia es bastante predecible: me arrinconó, me besó y me quité. Tomó a mal que me quitara y yo todavía quise calmarlo y matizar mi rechazo, como si se tratara de un ciervo herido. Después de eso todavía me quedé un rato: quería acabarme mi mezcal antes de irme para “no verme grosera”. Eso derivó en una conversación incomodísima, una especie de interrogatorio en donde cada fragmento de información que tenía de mí era usado en mi contra, incluido el escrito que había presentado horas antes en el taller y que Mario, gran lector, supo explotar para intuir algunas de mis inseguridades (“se ve que te gusta lo prohibido”, me decía). Y entre más intentaba defenderme de sus provocaciones, más me acorralaba y más me incomodaba. Si la parte del beso no había sido suficiente indicio del acoso, el cuestionamiento intrusivo posterior definitivamente lo comprobaba.

Al día siguiente no sabía cómo sentirme. Tenía un mal sabor de boca pero todavía no acababa de dimensionar lo ocurrido, ni siquiera me había decidido a dejar el taller. Quería pensarlo como una de esas “cosas que pasan”, como si se tratara de un pretendiente impertinente. No estaba lista para reconocer la asimetría: él era mi profesor y había abusado de la autoridad que yo le confería (no suelo meterme a casa de extraños), había actuado con alevosía y encima había buscado intimidarme por mero deporte.

Pero ahí no acabó la historia. El lunes llegué a la oficina y les conté a mis compañeros. A ninguno le sorprendió: aparentemente era una práctica común de Mario. Yo, todavía indecisa sobre si continuar en el taller –no quería ser una desertora–, le pregunté a uno de ellos, Carlos, si podía echarme la mano en futuras ocasiones, para que yo no tuviera que pasar tiempo a solas con él. Para mi sorpresa, su negativa fue rotunda: yo tenía que saberme cuidar a mí misma, él no era mi papá.

Después de darle muchas vueltas, decidí por fin salirme del taller y le envié a Mario un correo puntual en el que le decía que no me había sentido cómoda y que ya no asistiría más. Su reacción acabó de constatar su mezquindad: no sólo me contestó con una serie de vituperios, sino que además le puso copia a mis compañeros. Me dijo –entre otras cosas– que el agraviado había sido él, que aún le debía la inscripción del taller y que “aunque yo me creyera una mujer psicoanalizada, una mujer-varón, todos sabían que me gustaba agarrar vergas por debajo de la mesa” (?).

El correo me escandalizó por sí mismo, pero cuando me di cuenta que además mis compañeros lo habían recibido, me eché a llorar. Cuando busqué el apoyo de Carlos, me culpó por mi proceder: él me había dicho que mejor lo solucionara por teléfono y como yo había desestimado su consejo, ahora tenía que hacerme cargo sola, porque era claro que Mario era bueno con las palabras y al escribirle le había dado más poder: yo me había metido solita en la ratonera, ergo era mi culpa.

El tema me obsesionó durante días: quizá Mario estaba acostumbrado a que las chicas le dijeran que sí, quizá la desubicada era yo por no acceder al rito de paso –por no preverlo siquiera– o por no sentirme elogiada porque el maestro expertísimo me eligiera y me llevara a su casa, en medio de sus vastos libreros. Quizá sí le había dado falsas señales, inconscientes, porque me gustaba lo prohibido y no sé qué más. Aun después de todo lo ocurrido, seguía teniendo cierta propensión a darles la razón: no sólo era la agraviada, también era la responsable de mi propio agravio y eso anulaba cualquier posibilidad de denuncia.

Tardé varios meses en entender el tamaño de la traición: no sólo era la estereotípica víctima culpabilizada, sino que además Carlos y yo habíamos tenido un amorío tiempo atrás y, ya reconstruyéndolo, caí en cuenta de que eso de que “me gustaba agarrar vergas por debajo de la mesa” era una alusión tergiversada y fuera de contexto de algo que había ocurrido con Carlos y que seguramente él le había contado a Mario, como buen campeón conquistador de tercera. Lo demás venía por añadidura: como yo era un ser sexual, entonces tenía que serlo con todos; como tenían noticia de mi deseo, entonces era un deseo público, del que cualquiera podía hacer uso.

Era una misoginia de común acuerdo: los hombres en tanto hombres tenían que mantenerse unidos, porque en el fondo yo era una putilla más, una buscona, una histérica que se mete a deshoras a la casa de sus profesores. Y ellos, unos caballeros sin memoria y más aún, unos héroes, encargados de desenmascarar a las falsas víctimas como yo y hacerlas hacerse cargo de su deseo porque –y esto es un secreto—en el fondo todas mueren porque les abran las piernas.

Me tuve que contener muchísimo para no contestar ese último correo y no volver a enredarme en defensas personales, como aquella noche. A veces es la única forma de terminar la conversación: dejar que el cabrón se quede con la última palabra.