“Yo me siento alegre porque me parece que lo voy a encontrar”, dice Isidora Zúñiga, una mujer hondureña delgada, de ojos grandes, nariz alargada y tez morena clara, sobre Josué, el hijo al que desde hace tres años no ve.

Josué salió de Honduras un 10 de diciembre de 2013, con rumbo a Estados Unidos en busca de trabajo, llegó al fronterizo municipio de Nuevo Laredo, Tamaulipas, en el noreste de México, el 15 de diciembre. Desde ahí le llamó cinco veces a su madre para que le enviara el dinero necesario para cruzar la frontera y luego desapareció.

También en Nuevo Laredo, Tamaulipas, se esfumó Héctor Felipe Rodríguez Henríquez, que actualmente tiene 30 años y partió hace tres de Tegucigalpa, la capital hondureña, dice su padre, Héctor Felipe Rodríguez Armendáriz.

“Él salió de Honduras un 28 de enero de 2013, y cuatro meses después me habló. Tardó cuatro meses en su trayecto y se estacionó en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Luego tuve la última llamada en abril de ese mismo año, me dijo que ya tenía el dinero –tres meses había trabajado– y que había hecho un dinerito para cruzar la frontera. Desde esa vez no he tenido noticias de mi hijo”, dice Héctor, mientras golpea con su zapato los maderos de las vías que alguna vez lo guiaron también a él en su camino a Estados Unidos.

“Yo miro estos trenes así y se me pone la piel de gallina, me da escalofríos pues, porque se que es duro ese viaje, duro, duro, es inexplicable”.

Luego de abandonar el Golfo de México y llegar al centro del país, la XII Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos anuncia este martes 22 que parte de ella se desdobla, para recorrer parte del estado de Tamaulipas, Sonora y Zacatecas. En este último estado se realizará el tercer reencuentro de este año, entre una madre y su hija, una joven hondureña presa desde hace cuatro años en el Centro de Readaptación Social Femenil Cieneguilla 3.

El resto de la caravana continuará recorriendo en el centro del país los estados de San Luis Potosí, Guanajuato y Querétaro, y se dirigirá después a la Ciudad de México para emprender, ya con la comitiva del norte, el viaje a los estados del sur.

El domingo 20 de noviembre la caravana llegó al municipio de Atitalaquia, Hidalgo, unas dos horas al norte de la Ciudad de México, y fueron recibidas en la Casa del Migrante El Samaritano por voluntarios y las religiosas encargadas de su operación desde hace cuatro años.

Atitalaquia, y particularmente la colonia de Bojay, es un punto importante de la ruta migratoria por la cercanía que tiene con la refinería Hidalgo, zona donde el tren hace maniobras y cambia de vagones y donde es más práctico para los migrantes subirse a él, explica Jorge, un joven voluntario del albergue.

La casa del migrante ofrece alimentación, servicio médico, ropa y descanso a decenas de centroamericanos que diariamente pasan por ahí en su camino hacia Estados Unidos. En ocasiones llegan hasta 80 migrantes, pero el promedio es de entre 30 y 50.

Después de la comida con la que los voluntarios recibieron a la caravana, las madres marcharon durante unos 10 minutos hacia la iglesia, donde se celebró una misa, se presentaron los objetivos de la caravana a la comunidad y algunas madres dieron sus testimonios.

El padre Arturo González, del Servicio Jesuita a Migrantes, presentó el informe anual 2015 de la Red de Documentación de las Organizaciones Defensoras de Migrantes (Redodem), actualmente conformada por 17 casas del migrante a lo largo de México.

De acuerdo con el sacerdote la política migratoria de México es dejar a los migrantes vulnerables, para orillarlos a quedarse en sus países de origen, tal como las agencias de seguridad estadounidenses vigilan los cruces fronterizos más seguros, enviando a los migrantes a zonas más peligrosas.

A partir de los datos obtenidos por la Redodem sobre operativos de seguridad y detenciones de migrantes, en México existen cuatro líneas divisorias que funcionan como muros de contención: la primera es la frontera sur, la segunda se encuentra en el Istmo de Tehuantepec, estado de Oaxaca, la tercera está formada entre los estados de Jalisco, Guanajuato y el norte de Veracruz, y finalmente la frontera norte.

El informe de la red indica que en 2015 el delito que, de todos los delitos contra migrantes atribuidos a las autoridades, el principal fue el de extorsión. El padre González añadió en su exposición que la Policía Federal pide, en promedio, mil pesos mexicanos (50 dólares) a los migrantes que detiene para dejarlos libres, mientras que los agentes del Instituto Nacional de Migración suelen exigir 100 dólares. El cálculo de la Redodem es que ambas dependencias obtuvieron 300 millones de pesos (15 millones de dólares) en 2015 por extorsiones a migrantes.

Pero el lema de la caravana es “buscando vida en caminos de muerte”, y la encuentran en cada uno de los puntos donde se detienen. Al mismo tiempo que algunas autoridades agreden a los migrantes, otras los protegen y auxilian de la mano de las organizaciones defensoras de derechos humanos. Luego de la presentación del informe de la Redodem, las religiosas encargadas de la Casa del Migrante El Samaritano entregaron un reconocimiento a los policías municipales que instalaron un módulo de vigilancia justo frente al albergue, y recientemente ayudaron a trasladar a un joven hondureño al hospital, donde fue operado de apendicitis.

En la caravana también viajan quienes buscan a sus familiares desde hace décadas y quienes ya han encontrado a los suyos. David busca a su hermano mayor Domingo Marcelino, que salió de Guatemala hace más de 20 años, en octubre de 1995 junto con otras cinco personas que tampoco han regresado. Domingo ya había vivido y trabajado tres años en Estados Unidos y regresó a Guatemala por asuntos familiares. No estudió y se dedica al campo; David sí se graduó como maestro pero a sus 26 años no tiene esperanzas de encontrar empleo. Siembra para su propio consumo, colabora con un medio local que se llama Prensa Comunitaria y organizaciones que defienden los derechos humanos en Guatemala.

Sonia María ya encontró a su hija, al menos sabe de ella por Facebook, desde donde se puso en contacto con su familia luego de un año de incertidumbre y casi cuatro de haber dejado Honduras. Sonia sabe que su hija está en Matamoros, Tamaulipas, que está casada y tiene un hijo, aunque no ha podido escuchar su voz pues no contesta las llamadas. “No se si es que el marido no la deja, por eso yo quise venir para saber si realmente está bien o no, porque si está bien como dice se comunicaría más seguido o habláramos”.