Para Marcela Ribadeneira escribir siempre ha sido algo intuitivo e inmediato, desde muy temprana edad. Quizás se deba a que de niña prefería leer que ir a la playa, jugar o socializar. Sin embargo, Ribadeneira considera que solo empezó a escribir “en serio” cuando tomó conciencia y control del proceso. Y entonces se dio cuenta de que odiaba lo que estaba escribiendo, y que debía trabajar para perfeccionarse. La escritora, que es una de los 22 autores del continente americano que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo, conversó con Distintas Latitudes acerca de la creación de un estilo propio, sus ideales, su trabajo y su vida en general.

¿Cómo te acercaste a la literatura?

Cuando crecía, de niña, en mi casa tenía acceso a una librería modesta, pero dentro de todo, variada, por mis papás, pues ambos eran grandes lectores. En vacaciones no me gustaba ir a la playa, por ejemplo, y siempre que íbamos con mi familia yo me llevaba algún libro. Por ahí empezó todo, leer me gustaba más que jugar, más que estar en el mar o en la playa; en mi tiempo libre más que socializar, leía. Era algo lógico, por la personalidad mía, y en la niñez era mucho más acentuado lo introvertida que soy.

¿A qué edad empezaste a escribir?

Me han hecho esta pregunta en ocasiones, y a veces he contestado con lo que me acuerdo, los primeros garabatos, digamos, que hice, el acto súper visceral de poner en papel cosas que se ocurrían, y eso fue muy niña. Pero a veces me arrepiento de decir esto, porque como acto consciente siento que se dio mucho después. Creo que pasé toda una etapa inicial desde esos primeros impulsos, que quizás eran como una purga. Recién empecé a escribir, como un ejercicio mucho más reflexivo, más pensado, con más control sobre el acto, fue a partir de los 20 años, por ahí.

Fue mucho después de llenar docenas de cuadernos con otras cosas, que ahora no catalogaría como escritura en sí.

¿Qué recordás sobre esas primeras cosas que escribiste cuando eras niña?

Escribir siempre fue un primer impulso, algo muy inmediato y muy instintivo para mí. Creo que esos poemas que escribí cuando tenía 8 años eran como una protoliteratura, protopoesía, no los calificaría ahora como algo digno de merecer, sino el caldo de cultivo a partir del cual mucho después se generó el acto en sí de escribir, con esa reflexión, con ese control y esa consciencia que te comentaba antes.

 ¿Cómo considerás que empezaste a desarrollar tu estilo propio?

Creo que es un proceso que sigue en curso, que sigue en marcha, y creo que empecé a desarrollar un estilo en el momento en que empecé a tener conciencia de lo que escribía, y cuando me di cuenta que odiaba lo que escribía. Releía y realmente eran cosas que no me gustaban, porque fui justamente capaz de darme cuenta que realmente es solo como la primera piedra, y después de eso viene mucho trabajo, escribir, reescribir, editarse a uno mismo.

Ese estilo empieza a esbozarse o a cristalizarse desde el momento en que tomo control y consciencia de cada palabra, de que no quiero tener nada gratuito ahí, que quiero ser muy calculada con las palabras. Creo que en una primera instancia, mi instinto me llevó a desarrollar un estilo quizás equivocado, muy minimalista, por así decirlo, y eso me condujo al relato muy corto y al relato corto, que veo ahora como un ejercicio, y que podría, si tú lees esos relatos o yo leo esos relatos, perfilar un estilo bastante definido, de oraciones como medio ametralladora, muy cortas, mucho punto seguido, pocos adjetivos.

Creo que ahora esa etapa, que se perfilaba como estilo, más bien fue como un gimnasio, un campo de ejercicios, donde practiqué eso, pero después se adhirieron muchas cosas más en cuanto a forma y al tratamiento del fondo.

Sos ecuatoriana, pero has vivido en Italia, en Israel, Palestina… ¿Cómo considerás que tu identidad y el paso por estos sitios ha influido en tu obra?

En Italia viví, sí, en Roma, particularmente, que vivir en Roma es muy distinto a decir viví en Italia. Creo que es injusto decir que viví en Israel o Palestina, incluso irresponsable, porque realmente puedo hablar de estadías un tanto largas, pero cuando estás ahí y ves lo que la gente de ahí está sujeta en su cotidianidad, en los territorios palestinos, totalmente desconectados a través de las carreteras estranguladas por checkpoints y toda esa segregación que hay, creo que eso, por más tiempo que yo hubiera estado ahí o que vuelva a estar, jamás voy a poder decir “viví ahí”. En esa cuestión del término me gustaría hacer la distinción.

Para mí, es el mayor detonante que hay, el moverme, llegar a un nuevo lugar. Es muy difícil para mí describirlo. Cuando llego a un lugar nuevo son como misiles los estímulos: el sonido de las ambulancias es distinto al del otro lugar donde vivías, el murmullo de ese idioma particular que ahora estás escuchando, que habla todo el mundo, el mismo viento que es distinto cuando hay montañas, o cuando es desierto, todo eso lo siento como misiles que se me clavan súper fuerte; entonces es como recibir una carga eléctrica, que capaz que tu cuerpo no lo puede soportar, y la eso detona la escritura.

Los lugares en los que he estado me han dado esa energía, esos estímulos, que los he canalizado en ese momento escribiendo, quizás muy poco en ese momento, pero ya cuando he digerido más adelante he desarrollado esas ideas y esas preocupaciones, y esas sensaciones que visten estos distintos lugares.

Las ideas que tuve al estar en Jerusalén antiguo, en un momento de que la Basílica de Natividad de Belén estaba tomada, era un momento muy extraño, que me encendió ciertas preocupaciones e intereses, incluso políticos, que en las cosas que escribo no van a estar del todo explícitos, pero sí se van a mover ciertos hilos y a líneas de historia que van ahí, a esas preocupaciones.

Por otro lado, estar en otro lugar, como Roma, es totalmente distinto. Es realmente una burbuja en la que toda la estética de la ciudad, la misma arquitectura caníbal que tienes los templos antiguos, que fueron convertidos en iglesias, llama mucho a las estéticas, a pensar las formas de las estructuras narrativas, a pensar en tu lugar en el mundo. A nivel de estilo, de forma, fue muy estimulante, y a nivel también de historias, de todo ese mundo muy cosmopolita que aparentemente domina ciertas partes de Roma. El cine, el arte contemporáneo, no solo el arte clásico, la arquitectura, toda esa herencia cultural y artística, arquitectónica es abrumadora, entonces te despierta esa vena por la estética. Eso se traduce en cómo se construyen los relatos.

¿Cuáles son los destinos que más te llaman la atención?

El único destino que he tenido al cual quería ir mucho era Egipto, cuando era niña. Eso es lo único que recuerdo. Llegué a conocerlo y todo, pero muchos años después. No sé por qué me interesaba ir, quizás veía Discovery Channel, no lo sé.

Pero ahora, lo que me interesa es la idea de cómo el simple desplazamiento físico, de poner distancia entre tu lugar de origen y el lugar al que llegas, solo esa distancia puede traer muchos procesos, muchas ideas, y el cambio cuando llegas a un lugar que es completamente diferente, y al final las cosas que te sorprenden es lo mucho que se parece ese lugar al tuyo, más que las diferencias.

Me gusta esa especie de degustación cultural, y a través de esto todo lo que se puede detonar en ti, y todas las reflexiones que esto conlleva.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Ahorita estoy trabajando en una colección de relatos, lo estoy llevando a fuego lento. Con respecto a mi primer libro de relatos, no eran relatos de muy largo aliento, quizás había unos tres o cuatro que sí lo eran, y ahora estoy concentrándome en estos relatos de más largo aliento, y me lo estoy tomando con calma.

A lo que estoy tratando de dedicarme más es al collage digital, que en cambio me permite experimentar con otro tipo de narrativa, que quizás es mucho más inmediata, que quizás es una herramienta narrativa visual, que no domino tan bien; entonces también me gusta como en ese terreno de exploración de ensayo y error, y de ir descubriendo la herramienta y lo que puedes plasmar; es un poco fascinante eso, como cuando un niño empieza a caminar y se da cuenta de todo lo que puede hacer, y vas explorando y te vas golpeando, y te caes y todo.

Entonces, estoy un poco fascinada en esta etapa, desde la creación a través del collage digital. Soy muy mala con las manualidades, y era muy mala con las computadoras hasta que empecé a jugar con el Photoshop, y ahora ya llevo algún tiempo haciéndolo, y tengo algunas series creadas. Ahorita estoy fascinada con eso y estoy jugueteando con la idea de hacer un tipo de libro objeto que mezcle el collage con microrrelatos. Estoy en eso.

¿Qué tipos de ideas o historias estás plasmando en estos collages?

Me gusta el hecho de que no parto de una idea, sino que es totalmente lo contrario a lo que me está pasando en escritura. En ella, parto de una idea, parto de una historia, hasta cierto punto. A veces la historia no la tienes completamente en la cabeza, a veces no es ni siquiera una historia, sino un personaje, y luego se convierte en una historia en la medida en que escribes. Pero esto es lo contrario. Parto con sensaciones e ideas que ni siquiera me he dado cuenta que tengo, y que a medida que voy trabajando y llenando el cuadro, las voy descubriendo.

Voy haciendo las piezas, y no me doy cuenta, pero al rato que las pongo juntas, veo que estoy muy monotemática en el sentido de la figura femenina frente al entorno. A un entorno que en la superficie no es violento, no es feo, puede ser hasta bonito, pero detrás del cual siempre hay una amenaza latente, una amenaza fuerte.

Quizás es mi respuesta a esta gran agitación alrededor del concepto del feminismo, que en varios países de América Latina la tasa de feminicidios es altísimas, es un momento en el que se está hablando mucho de micromachismos, de feminicidio, de igualdad de género, de brecha salarial entre género. Y hay también una reacción muy fuerte de rechazo a estas posiciones que se las tilda de “radicales” y entonces se utiliza el término “feminazi”. Creo que yo he absorbido eso de una manera inconsciente, y no me había dado cuenta hasta qué punto mi subconsciente se ocupa de esas temáticas y de esas preocupaciones. Las veo surgir mucho en mis collages, pero cuando las veo con detenimiento, una pieza junto a otra, me doy cuenta.

Me gusta jugar con la estética, con la composición del encuadre, con los colores, con las formas. Pero veo que más allá subyace completamente esa preocupación que te decía.

¿Cuáles dirías que son las convicciones o ideas que se materializan a través de tu trabajo?

Mira, yo tengo muy pocas convicciones en la vida. O sea, tengo convicciones férreas, por supuesto, no quiero entrar mucho al terreno de la ética y la moral en este momento, porque no quiero tener ese tufo moralino, pero creo que justamente lo que transmito es justamente poner en duda, encontrar otro punto de vista a lo que uno en apariencia tiene como certeza, y eso es algo que definitivamente aplico a mí misma vida en muchas cosas.

Como te decía, hay otras convicciones que son férreas. Yo, por ejemplo, no como carne, trato de realmente de llevar un estilo de vida cada vez más que respete otras formas de vida. Sé que eso es visto todavía, especialmente en Latinoamérica, como algo totalmente radical e insensato incluso; entonces creo que tal vez pueden filtrarse esas ideas en mis historias, pero en mayor parte lo que se refleja es poner en tela de duda todo. De ser el abogado del diablo frente a uno mismo. De cuestionarte todo, y no dar nada por sentado. Eso es lo que está debajo de mis intentos narrativos, ya sean visuales o literarios.

Si fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo y cuál sería tu desenlace?

Si supiera eso ya no habría chiste. Para una persona como yo que puede tener un autor favorito o un autor con el que se obsesiona un día, y al día siguiente con otro, es una pregunta superdifícil. No tengo una certeza de qué quiero ser, creo que me apasiona la búsqueda, la construcción pedazo a pedazo de eso.

Me lo pones difícil. Te voy a decir un personaje no literario enteramente; existe, pero yo te estoy hablando del personaje como está narrado en la novela de Emmanuel Carrère y el Eduard Limónov. Me fascina como personaje. Y te estoy respondiendo a la pregunta como un ejercicio lúdico, no como una certeza.