El tema sobre el que se me pidió reflexionar en este artículo fue “¿ha superado México la crisis económica de 2009?”. La no tan certera respuesta es que todo parece indicar que, si no lo ha hecho en su totalidad, al menos va por buen camino en el sentido de que nuestros indicadores no son tan malos como en ese año. Esto, sin embargo, no significa de ninguna manera que México esté entrando en un periodo de crecimiento económico, como veremos posteriormente.

Tampoco significa que los mexicanos hayamos percibido la crisis de 2009 como una caída vertiginosa en nuestros indicadores macroeconómicos más importantes (producto interno bruto, estabilidad en los precios y niveles de empleo). Más bien lo que sucede con la economía mexicana es que desde hace ya décadas ha tenido un nivel de crecimiento mediocre e insuficiente; en un contexto así, un shock proveniente del exterior – como la crisis financiera de 2009 – agrava la situación sin que ello implique un cambio radical en su tendencia.

Digamos que, en otras palabras, nuestra generación es capaz de distinguir sólo entre un contexto de ausencia y presencia de crisis. Entenderá el lector, por supuesto, que decir ‘ausencia de crisis’ no implica ‘presencia de crecimiento’[1].

Veamos, por ejemplo, la siguiente gráfica[2] en que se muestra la tasa de crecimiento del producto interno bruto anual desde el año  2000 hasta 2010:

Dos años antes de la crisis de 2009, la economía mexicana había crecido 3.60 y 1.85, respectivamente. Estas cifras son bajísimas incluso para el criterio más conservador; entre los economistas, por ejemplo, existe cierto consenso de que una tasa de crecimiento anual de 4% es lo mínimo que debe crecer nuestro PIB para asegurar el elemental criterio de que la siguiente generación empiece con los mismos recursos que la nuestra[3].

En el 2010 se presenta una tasa anual de crecimiento de 5.33%. Claro que, no debemos olvidar que este cálculo se hace con respecto al año anterior, lo cual quiere decir que México no está tan mal como en el 2009, pero no quiere decir que nuestra economía sea saludable (justo porque el año anterior hubo decrecimiento y miren, que hasta 5.33 sigue siendo menor a 5.80, o sea que en el 2010 ni siquiera nos quedamos igual que antes de la crisis).

Cosas parecidas pasan con la inflación y el desempleo, indicadores en los que el 2009 agrava una situación precedente. En la gráfica 2 vemos las tendencias en la inflación acumulada anual (según variaciones porcentuales, es decir, cómo se comporta este indicador respecto al año anterior):

Aunque el 2009 presenta un elevado aumento en la inflación de 5.3 por ciento, podemos ver que esta tendencia creciente se presenta en la economía mexicana ya desde el 2007. Otro dato que podemos destacar de la gráfica 2 es que en todos los años esta variación es positiva, lo que quiere decir que el índice de precios al consumidor en la economía mexicana ha aumentado año con año desde por lo menos el inicio de la década del 2000.

Se dirá, por supuesto, que éste es un comportamiento no muy deseable pero tampoco muy escandaloso en la economía nacional: es lo que sucede en la mayoría de los países. La diferencia con México, sin embargo, es que este aumento de la inflación ha ido acompañado de una precarización en el mercado laboral que imprime cierta gravedad a los datos presentados.

De esta forma, si se compara el aumento de la inflación con el incremento en el salario mínimo podemos ver claramente de qué forma las personas trabajadoras en México ganan cada vez menos en términos reales. Esto se ilustra en la gráfica 3, en la que se presenta la tasa de variación porcentual anual en el salario mínimo considerado por el Instituto Mexicano del Seguro Social:

Así, por ejemplo, si en un año como el 2008 el incremento real en los salarios (aumento salarial menos inflación) fue de apenas .2 por ciento, en un año como el 2009 la pérdida en el poder adquisitivo se hace aún más evidente y pronunciada.

Para profundizar un poco en este análisis a vuelo de pájaro sobre la economía mexicana, en la siguiente sección se presentan algunas estadísticas referentes al mercado laboral mexicano que, desde mi punto de vista, es el sector más representativo de la mala salud económica de nuestro país.

Siguiendo los criterios de la economía ortodoxa, en México se ha hablado de ‘salarios eficientes’ y de la necesidad de un ‘mercado laboral competitivo’, como si el trabajo de las y los mexicanos fuera uno más de los factores productivos, con un estatus igual que el de la tierra y el capital.

Este enfoque muy pobre desde el punto de vista social ha permitido que se trabaje en las condiciones que a continuación describo. Como sería un poco tramposo presentar sólo datos del 2009 (situación en la que sería sencillo decir que ‘es por la crisis’), comparo datos de este año con los del 2007, periodo de ‘ausencia de crisis’. Como veremos, las variaciones no son tan pronunciadas: la precarización la traemos desde antes.

 

El mercado de trabajo en México: algunas consideraciones

Para analizar la situación del mercado laboral en México he decido concentrarme en cuatro aspectos principales que considero representativos: la posición en la ocupación, el nivel y forma en que se reciben los ingresos y el acceso a prestaciones de salud.

Como dato general, quizás antes de entrar al análisis más detallado de la población ocupada se deba tener en cuenta la tendencia que presenta la población desocupada como porcentaje de la población económicamente activa. Como es de esperarse, esta proporción ha crecido desde inicios de la década pasada, desde un 2.6 en el año 2000 hasta un 5.5. en el 2009, con una ligera disminución en lo que va del  2011 ubicándose en 5.1 por ciento.

Aunque una tasa de desocupación de aproximadamente 5% es relativamente baja si se compara con otros regiones o países como Estados Unidos o Europa[4], esto puede ser explicado porque los y las mexicanas no pueden darse el lujo de estar desempleados por mucho tiempo; la solución  – endeble pero solución a fin de cuentas – a menudo se encuentra en el empleo informal, precario e incluso no pagado.

Pese a ello, en México la mayoría de la población ocupada son trabajadores subordinados o remunerados, como se muestra en el cuadro 1:

Como ya había adelantado, las diferencias entre el 2007 y el 2009 no son muy significativas, aunque consideré necesario comparar ambos años justo para sostener el argumento de que la crisis en México sólo agudizó tendencias. Sin embargo, podemos ver que hubo un incremento muy pequeño en el rubro de ‘trabajadores por cuenta propia’, que es la categoría integrada en su mayoría por personas que se ubican en el sector informal.

Esta composición de la población ocupada nos ayuda a entender la creciente disminución en las prestaciones sociales que los y las trabajadoras reciben. Es verdaderamente escandaloso que en México más de la mitad de la población trabajadora no reciba ningún tipo de prestación, como se ilustra  en el cuadro 2:


Trabajar sin seguridad social podría significar únicamente una transformación en las formas del trabajo y no ser malo en sí mismo. Que el Estado haya decidido adelgazar y transferir este tipo de servicios al mercado en aras de la eficiencia económica no sería tan grave (ni tan indignante) si al menos los y las trabajadoras tuvieran el ingreso necesario para satisfacer (si, ajá, por medio del mercado) las necesidades más básicas como salud y vivienda. Esto, sin embargo, parece poco probable en un mercado laboral en el que cerca del 63 por ciento de la población trabajadora gana hasta 3 salarios mínimos mensuales (aproximadamente $5,200 pesos, algo así como 446 dólares), como vemos en el cuadro 3:

Para terminar de delinear este panorama, es importante observar no sólo cuánto reciben las personas trabajadoras, sino cómo adquieren estos ingresos. La cereza en el pastel es que únicamente menos de la mitad de la población ocupada recibe su pago en forma de sueldo o salario fijo que, aunque no sea muy elevado, al menos representa cierta estabilidad económica. El resto de las personas que trabajan, como vemos en el cuadro 4, obtienen sus ingresos en forma de propinas, ganancias de algún negocio, comisión, etcétera:

En este último cuadro hay que considerar que algunos trabajadores pueden recibir su pago en más de una forma (con salario y con propinas, salario y bonos, etc.).  Pese a que no se detallan estos datos, el cuadro 4 nos da al menos una idea general de otro elemento importante en la precarización: la imposibilidad que tienen los trabajadores de hacer planes de consumo y ahorro a mediano y largo plazo en vista de la variabilidad de sus ingresos.

Breve conclusión

Mi intención en este breve artículo ha sido argumentar que el debate sobre la economía mexicana quizás deba trascender un poco la discusión en torno a si la crisis de 2009 ha sido o no superada. Por el contrario, ese año pudo haber profundizado ciertas desigualdades que sin embargo estaban presentes desde antes y que, a menos que haya un cambio en el modelo económico del país, seguirán siendo el día a día de quienes vivimos y trabajamos en México.

El trabajo es el único ‘factor de producción’ que la mayoría de los ciudadanos tenemos para sobrevivir (todos aquellos que no tenemos tierra ni capital), por lo que en términos sociales es por lo menos cuestionable que se evalúe con los mismos criterios de eficiencia, productividad, racionalidad, etcétera. Ello sin considerar, además, que el trabajo no es únicamente una forma de satisfacer nuestras necesidades materiales, también puede ser una fuente de  bienestar o malestar cuando – como en el caso mexicano – se realiza en condiciones de inestabilidad, baja remuneración y ausencia de prestaciones sociales[5].

Dice Albert Camus en La Peste que “una manera cómoda de conocer una ciudad es la de investigar cómo se trabaja, cómo se ama y cómo se muere en ella”. Esperemos que el amor salve a México porque como hemos visto, aquí se trabaja mal y, hoy en día, tampoco se muere mucho mejor.


[1] Los economistas podemos decir frases tan disparatadas como que la ausencia de crisis no indica presencia de crecimiento, o que se presenta un ‘crecimiento decreciente en la economía’. Si a quien lee esta frase le parece demasiado absurda, recomiendo sustituir ‘crecimiento’ por ‘abundancia’: “la ausencia de crisis no implica presencia de abundancia”. Cosa de semántica.

[2] Todos los datos que se presentan en este artículo fueron consultados en el Banco de Datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática, http://inegi.org.mx, en abril de 2011

[3] Se asume que una ‘generación económica’ dura 25 años. Si durante este tiempo se presentara una tasa de crecimiento anual de 4 por ciento, esto da como resultado un 100 por ciento (25 * 4), es decir, ‘quedamos tablas’ con la siguiente generación: ni les heredamos riqueza, ni les dejamos menos recursos de con los que nosotros empezamos. Y ojalá ustedes lo hagan mejor.

[4] En países como Estados Unidos este indicador está alrededor del 10 por ciento (Economic Web Blog, http://economy.blogs.ie.edu)

[5] Por supuesto, aunque aquí he presentado datos generales, estas condiciones de precariedad se agudizan por género, etnia, ubicación geográfica, etc.