Chimalhuacán, Estado de México.- En medio de un terreno polvoriento salpicado de desperdicios, a la orilla de un canal de aguas residuales, una joven de blusa negra y con tiras de tela amarilla y roja atadas a su cintura habla a través de un megáfono: “Mi nombre es Aideth Solano (…) a los 17 años me enamoré de un chico, tuvimos relaciones sexuales, quedé embarazada y me abandonó”.

La joven sigue hablando iluminada por los últimos rayos de sol y la tenue luz de 20 antorchas clavadas en el suelo, y acompañada del zumbido de las torres de alta tensión que rodean el lugar. “Mi madre, al igual que yo, era madre soltera (…) fui asesinada en una ocasión que asistía a mi trabajo, una fábrica de plásticos”. Acaba de prestarle su voz a Aideth Valdés Solano, quien a los 19 años fue acosada sexualmente, asesinada, y su cuerpo abandonado en un terreno baldío del municipio de Chimalhuacán, Estado de México, mismo lugar donde el sábado 5 de marzo una centena de mujeres marchó para protestar contra los feminicidios y la violencia de género.

El canal Río de la Compañía es una frontera de agua podrida que divide los municipios de Nezahualcóyotl y Chimalhuacán. Ambos forman parte del cinturón de pobreza que rodea a la Ciudad de México y son, sólo después de Ecatepec, los municipios que concentran el mayor número de feminicidios en el Estado de México, entidad a la cabeza de dicho indicador a nivel nacional.

En esa línea divisoria de aguas negras sobre cuyas márgenes se levantan casas grises con techo de lámina y donde no hay alumbrado público, siguen siendo arrojados cada cierto tiempo cadáveres de mujeres, muchas de ellas violentadas sexualmente. Y nada ha cambiado pese a que hace siete meses el gobierno federal emitió la Alerta de Violencia de Género para 11 municipios del Estado de México, entre ellos Nezahualcóyotl y Chimalhuacán.

Sobre sus calles siguen desapareciendo niñas y adolescentes -de 2005 a 2014 han desaparecido 4,281 en todo el estado- pero el sábado 5 de marzo unas cien mujeres las utilizaron para marchar durante dos horas en las que fueron pegando sobre postes de luz los nombres de víctimas de la violencia machista.

Las integrantes de colectivos y organizaciones feministas o simplemente simpatizantes de la causa, viajaron desde varios puntos del Estado de México al epicentro de los feminicidios para pintar bardas con leyendas como “Ni una más” o “Nos queremos vivas”, para rayar sus siluetas sobre el asfalto o gritar “Justicia para las muertas”, aunque Irinea Buendía, emblemática activista que consiguió que el caso del feminicidio de su hija llegara a la Suprema Corte, las corrigiera “Justicia para las asesinadas”.

El trayecto de dos horas ocurrió entre el enfado de algunos conductores, la aprobación de varios peatones, y el asombro de otros que ignoraban el motivo de la manifestación y la gravedad del problema: los 933 homicidios dolosos de mujeres entre 2005 y 2014 registrados por el gobierno, de los cuales sólo 239 han terminado en una condena.

Al llegar al Bordo de Xochiaca, como se conoce a los terrenos que rodean el canal de aguas negras Río de la Compañía, las mujeres realizaron un performance en el que encendieron antorchas y relataron en primera persona casos de víctimas: “Me llamo Sofía Sánchez Anaya, fui violada y torturada dentro de un microbús; Mi nombre es Miriam Robles, Ruth Abigail Zamora…

“Estamos aquí para desde nuestro cuerpo dar rostro y luminosidad a ellas y a otra mujeres, a las que por caminar, ser libres, fueron también violadas, humilladas, estranguladas, descuartizadas, desdibujado el rostro a martillazos y quemadas vivas en esta era del neoliberalismo donde a nosotras a las mujeres y las mujeres pobres de la periferia se nos ve como menos, como objeto, como mercancía, como algo devaluado y se puede usar, aniquilar y desechar”, dijeron al finalizar el acto.

chim2
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