Las mujeres que ostentan liderazgo político en América Latina no la tienen fácil. Son blanco de numerosas críticas que llegan de la sociedad, los medios de comunicación y el resto de la clase política. Muchas veces se las critica específicamente por su género, como un mensaje de advertencia al resto de las mujeres, como una manera de decirles: no lo hagas.

Históricamente, las mujeres con poderío intelectual, político o económico han sido vistas como una amenaza. A la sociedad machista y patriarcal le incomoda su presencia, su poder.

América Latina da cuenta de ello. Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Dilma Rousseff en Brasil, Michelle Bachelet en Chile, Laura Chinchilla en Costa Rica, Violeta Chamorro en Nicaragua. Todas fueron o son presidentas en sus países, todas elegidas democráticamente, todas -en mayor o menor medida- atacadas por el hecho de ser mujeres.

En su conferencia “Virginia Woolf: huerto, jardín y campo de batalla”, la escritora española Laura Freixas recordó que la política también es un escenario saludable para la misoginia. “Tiene los ojos de Calígula pero la boca de Marilyn Monroe”, dijo en una oportunidad el ex presidente francés Francois Mitterrand sobre Margaret Tatcher: primera ministra del Reino Unido desde 1979 a 1990, la “Dama de Hierro”.

“[Mitterrand] la define como un monstruo, un híbrido entre dos especies distintas, dos cosas que no cuadran. Una figura que da miedo”, analizó Freixas. Una amenaza.

Las críticas por gobernar un país

Mujer u hombre, del partido político que sea, realicen una buena o mala administración, los presidentes y sus gobiernos siempre son el blanco de las mayores críticas (por más justificadas o no que sean). Sin embargo, especialistas en género advierten que si bien se ataca a las mujeres presidentas al igual que a los hombres, a ellas se les cuestiona en base a su vida privada, su sexualidad o su equilibrio emocional. A los hombres no.

Por ejemplo, el reciente proceso de Impeachment contra Dilma Rousseff, “la presidenta suspendida” de Brasil. Durante el 11 de mayo, el parlamento brasileño (90% constituido por hombres) votó en su mayoría para iniciar el juicio político contra la presidenta. Al votar y expresar sus razones, los diputados dejaron de lado las acusaciones formales contra Rousseff (las supuestas maniobras fiscales) y salieron a la luz acusaciones machistas (y hasta el miedo a que se imparta educación sexual en las escuelas) como razones para votar por la destitución de Rousseff.

El espectáculo fue tan grotesco que ONU Mujeres lanzó un comunicado condenando la “violencia política de orden sexista” contra Rousseff por parte de la oposición brasileña.

Pero para Dilma, “la misoginia no empezó ahí”, dijo la activista brasileña Tica Faleiros, integrante de la organización feminista Marcha Mundial das Mulheres. “Desde que Rousseff fue candidata a la presidencia todo era un tema a discusión: su vida privada, su pelo, su ropa”, agregó. En el 2015, se comercializaron en internet adhesivos con la figura de una mujer con la cara de Rousseff abierta de piernas alrededor del tapón donde se vierte la gasolina en los autos.

adhesivos dilma
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Los medios de comunicación también hicieron lo suyo. La revista brasileña Istoé sacó una portada con la cara de Rousseff exaltada haciendo referencia a “Las explosiones nerviosas de la presidenta”. En realidad, “la imagen fue tomada en un partido de fútbol en el Mundial, mientras Dilma festejaba un gol brasileño”, explicó Faleiros. Además, en la publicación se la comparó con María I, reina de Portugal, conocida como “La Loca”, agregó la periodista argentina Mercedes López San Miguel, especializada en política internacional.

Para Faleiros, la cuestión es obvia: se quiere mostrar a Rousseff “como si fuera una persona débil, inestable emocionalmente”. Por eso mismo atacan su vida privada, como un periodista de la revista Época que aconsejó a la presidenta “que tuviera más sexo, porque la solución a su crisis es que sea ‘más erotizada’”, contó López.

Locas, insensibles, incapacitadas para el poder, “mal atendidas” en el sentido sexual, desequilibradas que no conocen límites. Las descalificaciones son abundantes. Lo mismo para Cristina Fernández de Kirchner. “Síndrome Cristina: el estrés y los trastornos anímicos del poder que aquejan a la presidenta”, describió en su portada la revista Noticias, en mayo de 2014. En otra ocasión: una ilustración de la presidenta Fernández en actitud de exaltación sexual. “El goce de Cristina”, tituló.

Tal portada le valió a la revista dos recursos ante la Justicia y la condena pública del movimiento de mujeres. Según publicó Página 12, el goce de la presidenta que le atribuye Noticias se debe a su “autoritarismo y abuso de la cadena nacional”. La reflexión de la periodista Luciana Peker no es errada: “si una Presidenta no gozara de ejercer el poder, ¿podría ser Presidenta? Si una maestra no gozara de enseñar, ¿podría ser maestra?”. Para Noticias, el goce de Fernández por el poder tiene que ver con la “perversión”.

“La mujer siempre ha sido perseguida por su placer”, afirmó la sexóloga uruguaya Mirta Ascué. “En el siglo XIX era muy común que mujeres inteligentes tuvieran somatizaciones como ceguera, ataques de nervios, desmayos, convulsiones. Sus cuerpos gritaban la infelicidad que sentían por no tener ningún derecho como adultas, eran niñas tuteladas de sus padres, y luego de sus maridos”, dijo Ascué.

“Paren de avanzar”

Las especialistas no dudan en adjudicar la responsabilidad de tales agresiones a las cultura machista y la sociedad patriarcal en la que están inmersas. Dora Barrancos, socióloga, historiadora y feminista argentina, lo explicó así: “las relaciones con el poder político siguen presentando enormes adversidades para las mujeres. Las figuras femeninas que conquistan liderazgo son blanco de mayores hostilidades porque la estructura patriarcal no perdona ni siquiera la incidental presencia de mujeres en los cargos más decisivos de la arena pública”.

Barrancos hizo hincapié en que “la mezcla de posiciones ideológicas progresistas y condición femenina parece estimular la mayor agresividad de los ataques. No se perdona que sea mujer, y además que impulse cambios sociales en orden a la equidad y a la redistribución”.

Durante años la cultura machista ha moldeado un ideal de mujer que contrasta con la aparición de mujeres fuertes, decididas, líderes, que no están dedicadas exclusivamente al hogar y a su familia, y que en algunos casos, como el de Rousseff, no está casada y es una ex guerrillera. Son modelos de mujeres que se alejan de la actual primera dama argentina, Juliana Awada, o la esposa de Michel Temer (el presidente interino de Brasil), Marcela Temer. Mujeres recatadas, sumisas, que acompañan a sus maridos y poco les importa la política. “Arquetipos de mujeres que los medios destacan en contraste con el de las presidentas”, explicó López.

También se ha llegado a cuestionar la orientación sexual de algunas de las mandatarias, como Michelle Bachelet, o Rousseff, a quien un periodista le preguntó si era lesbiana. Como si tal cosa fuera determinante para sus gestiones.

Sin embargo, Larissa Arroyo, abogada feminista costarricense, sugiere que “hay que saber diferenciar. No toda agresión hacia una mujer, especialmente si es presidenta, se da por su condición de mujer. Hay que tenerlo claro, si no se forma una especie de impunidad en torno a su figura”, explicó.

Para Arroyo, el ejemplo de Laura Chinchilla como presidenta de Costa Rica fue bien claro: “se le criticó particularmente porque en lugar de defender los derechos de las mujeres, ella los denegó”. Sin embargo, la abogada reconoció que “las críticas a Chinchilla sobre su mal desempeño como presidenta llevó a la sociedad en general a decir que fue un error haberla elegido, y el cuestionamiento se hizo principalmente porque es mujer”.

No se juzgó a la persona como tal, si no por su género. Eso demuestra un valor diferenciado entre hombres y mujeres, porque si fuera hombre nadie cuestionaría su género. Es natural que los hombres se postulen, y estén en puestos de poder. Cuando una mujer lo hace se le cobra doble o triple”, concluyó Arroyo.

Mientras el poder político se siga pensando masculino y perpetúe la tradición de jefes de estado hombres, las resistencias a que las mujeres sean líderes políticas van a continuar.

Para las especialistas, el hecho de que se condene a las mujeres en altos cargos políticos es una advertencia para el resto, hacerles saber qué tipo de riesgos corren cuando se meten en la disputa del poder político. De todas formas, nada indica que las mujeres se detengan en su afán de llegar a la política, o como lo dijo Barrancos: “es imposible poner dique a la fuerza contestataria de las mujeres hoy día”.

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