Los sistemas geopolíticos de pretensiones totalitaristas echan a andar mecanismos de control y regulación cuyos fines si bien se expresan bajo argumentos de bienestar esconden intereses de otras índoles, esencialmente mercantilistas y financieras bajo una lógica de voracidad, explotación y saqueo. De ello deviene una serie de consecuencias que se materializan en políticas prohibicionistas y de castigo, justificaciones discursivas para asegurar la reproducción del sistema, y acciones en detrimento de la población, en particular de los sectores vulnerables –vulnerables tras ser vulnerados mediante exclusión y violencia, legitimadas institucionalmente y perceptibles en los racismos y otras discriminaciones. Resulta evidente la necesidad de plantear otro proyecto-sistema.

El interés de este texto es desentrañar, desde el fenómeno del narcotráfico en México, los mecanismos de control que operan en la sociedad tanto en lo público como en lo privado, y revisar el proyecto decolonial como una alternativa para cambiar de paradigma e imaginar nuevas formas de vida.

Narcotráfico: contexto y pretexto

Durante la ‘guerra contra el narco’ o ‘combate frontal al crimen organizado’ del sexenio de Felipe Calderón, las muertes violentas –de manifestaciones terroríficas (ejecutados con huellas de tortura, cadáveres diluidos en ácido, o decapitados, o cercenados, o pendiendo de los puentes, o carbonizados, o entambados, o encajuelados, o encobijados)–, desapariciones, secuestros, extorsiones y la criminalidad en general (bloqueos carreteros; balaceras dentro de casas, salones sociales o a la intemperie) incrementaron considerablemente, todo ante una postura de ‘mano dura’ que el gobierno federal justificó mediáticamente con el eslogan: “para que la droga no llegue a tus hijos”.

Bajo ese argumento, se desplegaron programas de seguridad como la Estrategia Integral de Prevención del Delito y Combate a la Delincuencia[1], que ante las estadísticas se puede ver que sirvió de poca cosa, al menos en el sentido protector que alegaba el Estado. En Tijuana, por ejemplo, los índices de actos violentos perpetrados por el crimen se elevaron en 2008[2]. Respecto al país entero, el Observatorio Nacional Ciudadano[3], con base en cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) acerca de los índices de homicidios dolosos del sexenio pasado, indica que “en México durante los últimos seis años hemos experimentado altos niveles de violencia vinculados con diversos factores como la falta de un control efectivo de la delincuencia tradicional, las luchas territoriales del crimen organizado y la importante circulación de armas” [Observatorio, 2012:6].

Asimismo, el análisis de José Miguel Cruz [2010:69], aunque se enfoca en Honduras, dadas las similitudes políticas y sociales sirve para explicar los componentes estructurales que dan origen a la criminalidad en México, entre los que distingue la desigualdad socioeconómica, el crecimiento de las redes del crimen organizado, la ineficiencia de las instituciones y el endurecimiento de las políticas de seguridad del Estado. A esta ruta de elementos se le puede sumar, para el concreto mexicano, la corrupción y la impunidad (quizá contenidas en la noción de la ineficiencia de las instituciones mencionada por Cruz); aspectos que desarrolla José Manuel Valenzuela Arce [2009:322] al señalar respecto al sexenio de Calderón que en un “marco de creciente poder ilegítimo e impunidad del crimen organizado, de una guerra plagada de complicidades, connivencias, desconfianza ante sus protagonistas y sus estrategias, se ha incrementado la violación de derechos humanos”.

Pero no se trata solamente del incremento en la violación de derechos humanos sino además de su legitimación mediática, discursiva e institucional. Es decir, el narcotráfico como contexto se convirtió en pretexto del gobierno federal para justificar toda situación de violencia: asesinatos y desapariciones, feminicidios, militarización de ciudades, retenes policiales, cateos, toques de queda… todo encontró su respuesta (enunciativa y fáctica) en el narcotráfico y ello se vio masificado a través de los medios: spots maniqueos en radio y televisión acerca de la política de seguridad, sesgos o manipulaciones en los noticieros de mayor audiencia, e incluso el surgimiento de programaciones de ficción cuyas temáticas se tornaron evidentemente alineadas a un discurso oficial en una intención legitimadora de las prácticas del Estado. El especialista en audiencias Guillermo Orozco[4] tiene amplio trabajo hermenéutico, semiótico y lingüístico al respecto (por mencionar un ejemplo: la teleserie La rosa de Guadalupe transmitida por la cadena Televisa enclava su esencia en la moral católica y desde esa perspectiva presenta temas vinculados a la criminalidad y al narcotráfico, trasladando una problemática social al terreno de lo moral y disociando así todo análisis estructural del fenómeno. Para esta teleserie la solución a la inseguridad, y a todo, se encuentra en rezarle a la Virgen de Guadalupe, y no tiene empacho en [re]presentar casos trágicos como la balacera ocurrida en 2010 en Ciudad Juárez dentro de una fiesta donde hubo más de una decena de jóvenes masacrados[5]).

El contexto ha sido, pues, de incremento de la criminalidad y de violaciones a los derechos humanos, endurecimiento de las medidas de seguridad dispuestas por el gobierno (mayor vigilancia, mayor presencia militar), y del respaldo un tanto burlesco de los medios de comunicación para excusar toda acción gubernamental.

Estructuración e introyección del miedo

El Estado hizo de las drogas (las criminalizadas: cocaína y mariguana principalmente) el problema [social] que habría que eliminar, idea que prevalece y se mantiene por la moral católica, el colonialismo interno (como sistema reproductor de un orden social fundado en la desigualdad, reproductor de prácticas opresoras y diferenciadoras), y la legitimación de tales visiones mediante efectivas estrategias mediáticas…  Es decir, por las estructuras estructuradas y estructurantes, en términos de Pierre Bourdieu, donde la noción de habitus explica cómo operan los pensamientos, percepciones y acciones de los individuos, ergo de las sociedades. Sin afanes pesimistas cabe aquí decir que como sujetos en sociedad se está ya estructurados, pues se cuenta con disposiciones “duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas para funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas y representaciones” [Bourdieu, 2007:86]. Esto es: hay condicionantes, componentes del contexto específico del espacio social (que al hablar del espacio social Bourdieu [1997:23] refiere a clases no en el sentido economicista de Marx, sino considerando propiedades culturales, políticas y sociales, además), que determinan la manera en que se “comprende” el mundo.

Las cuestiones moral y colonial (que tal vez no son muy distintas entre sí) como estructurantes de la sociedad mexicana tienen muchos más alcances que los discursivos; implican consecuencias más allá que el ‘mero’ (sin menoscabo) sostenimiento y reproducción de narrativas: se trata de un sistema de dominación que penetra lo público y lo privado, que regula y limita la agencia. Y se puede ver esto en el miedo. El miedo como política pública, el miedo como acción, como justificación, como herramienta para la subordinación. Fundamentalmente, como mecanismo de control. Valenzuela [2009:320] sitúa al miedo y al peligro (factores o acaso consecuencias) como elementos constitutivos de la vida social en México “que afectan la convivencia”, elementos enmarcados en “la fuerte obstinación gubernamental de mantener una receta fallida que apuesta por opciones policiales y militares”.

Pero antes de hablar sobre cómo se socializa con el miedo, es importante considerar lo anterior (o lo interior): el regulador moralizante que opera en distintas dimensiones y que encuentra su origen en la culpa católica (y acaso protestante, con ciertos matices) con su sistema de pecados, penitencias, flagelos y arrepentimientos; en la polaridad del bien y el mal. Michel Foucault deconstruye las disposiciones de “los cuerpos dóciles”, cuerpos disciplinados, para ceder (previa introyección) al poder, entendido como biopoder o anatomía política [Foucault, 2003:141]. Metaforiza esto con el panoptismo, donde las tecnologías dispuestas para vigilar son tan efectivas que el control viene ya del propio individuo, quien internaliza la regulación: se autovigila (no requiere ver  a su custodio para sentirse acechado y frenado en las libertades; y no hay forma de escapar a ello). En este sentido, el monopolio discursivo del Estado juega un papel preponderante en cuanto a dominación (opresión, represión). Stuart Hall recupera de Foucault la importancia que tienen los regímenes discursivos y las relaciones de poder en la cognición, y la importancia del momento histórico. Para Foucault “en cada período, el discurso producía formas de conocimiento, objetos, sujetos y prácticas de conocimiento, que diferían radicalmente de período a período, sin necesaria continuidad entre ellos” [Hall, 1997:29]. Así, los discursos producen sujetos y lugares que poseen atributos específicos “de regímenes discursivos y períodos históricos” particulares [Hall, 1997:38]. Pero ¿qué ocurre cuando el discurso se mantiene, cuando lo que se busca es precisamente la continuidad? Cabe suponer que el sujeto producido es entonces el mismo.

El gobierno mexicano, apoyado en un consenso global prohibicionista, emite mensajes de forma permanente (a través de los medios, como aparato adoctrinador y de control) en torno a un “enemigo público”: las drogas. De esta manera, el consumo de drogas se convierte en el principal cómplice del narcotráfico, actividad ilegal y altamente penada no solo en términos jurídicos. El consumidor, pues, queda en el campo de la ilegalidad (al margen de qué tipo de consumidor sea o con qué fines consuma). Es criminalizado aunque se mantenga en la clandestinidad; su placer no solo es prohibido, es maléfico; es nocivo y es inmoral. Además de todo se sabe criminal, es decir, se siente como tal. Y cómo no hacerlo si la sanción viene de todos lados: existe la reprimenda social-moral de que no hay dosis que no esté bañada en sangre. El miedo a ser descubierto, por las autoridades o por el entorno social-familiar, está siempre presente.

Mas no se trata solamente del consumo sino también del no-consumo, es decir, de las experiencias. De tal suerte que el miedo regula el no-consumo en dos sentidos: por un lado, está el temor a la sanción (penal y social) y, por otro, a las consecuencias corporales, pues el estigma es simple (convincente, cuasi dogmático) y poderoso: las drogas son tan dañinas que los riesgos son la adicción y la muerte. La introyección de tales prenociones, prejuicios, administra las experiencias, acaso los placeres: los individuos son su propio carcelero.

Sin embargo, en un Estado fallido el miedo no puede existir únicamente en una dimensión subjetiva: ser violentado se convierte en una de las condiciones objetivas dentro de las cuales se inscribe el miedo. Valenzuela [2009:322] lo señala con datos documentados: las violaciones de derechos humanos han ido in crescendo. Tal vez no sea necesario reparar demasiado en este punto: las muestras están a la vista con las movilizaciones ciudadanas que claman justicia por los asesinados y las asesinadas –víctimas que el discurso gubernamental ha insistido en agrupar y catalogar como “muertes colaterales”, casi como un mal necesario. Están con los datos ya mencionados al inicio respecto a los índices de crímenes de alto impacto, frente a lo cual “resulta inevitable reconocer la derrota de las políticas de combate a las drogas, así como sus resultados perversos” [Valenzuela, 2009:326]. El miedo es bien fundado y “nos expone a condiciones límite que hacen aflorar los buenos y los malos sentimientos” [Valenzuela, 2009:354].

Es así que se tienen estructuralmente las condiciones idóneas para que opere el miedo (de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera). Frente a este escenario parece sensato se piense más en la supervivencia y la individualización que en la cohesión y la comunidad. Encima de todo el miedo se reproduce y se hereda.

La opción decolonial: deconstruir para construir

Ahora bien, ¿qué hacer además de desentrañar el funcionamiento de la sociedad en términos de control? ¿cuál es la responsabilidad desde la academia ante modelos sociopolíticos (y económicos) articulados bajo principios reaccionarios, pero con la ficción de ser presentados como bondades “modernas”? En una ruta que puede parecer simplista se revelan tres posibles momentos: comprender, explicar y proponer. Algo así como deconstruir para construir. Virginia Vargas es una de las voces académicas que asumen el activismo, y desde ahí plantea –para lograr la deconstrucción epistemológica– tres dimensiones: propuesta, perspectiva y lucha[6].

Resulta, de esta forma, pertinente recurrir a planteamientos como el de Walter Mignolo, quien después de analizar la lógica de la colonialidad refiere a la opción decolonial como alternativa justamente frente a “la esfera de las opciones políticas controladas, en el mundo/moderno colonial, por la hegemonía/dominación de los macrorrelatos de la teología cristiana (católica y protestante), la ego-logía […] conservadora y liberal, y la ego-logía socialista-marxista”. Puntualiza: “La opción de-colonial presupone desprenderse de las reglas del juego cognitivo-interpretativo” [Mignolo, 2009:246-247].

En la tertulia sostenida con otros académicos en Buenos Aires, Argentina, en diciembre de 2012, Mignolo apunta hacia una propuesta que se antoja viable: “Enseñar a pensar analíticamente pero al mismo tiempo imaginar que hay otras formas de vida” [Pensamiento, 2012]. Así, identifica tres ejes a partir de los cuales puedan pensarse las transformaciones necesarias, en el sentido de liberación de añejos pero muy vigentes y profundos esquemas: la economía, el constitucionalismo y la educación; ésta con base en la idea de la desescolarización de la sociedad que recupera de Ivan Illich, cuyos ensayos Mignolo cita: “la institucionalización de los valores conduce inevitablemente a la contaminación física, a la polarización social y a la impotencia psicológica; tres dimensiones en un proceso de degradación global y de miseria modernizante” [Pensamiento, 2012].

La decolonización representa una especie de desprogramación histórica –individual y colectiva–, una oportunidad para construir nuevos paradigmas sin que necesariamente se plantee como un proyecto político de ideología izquierdista, pese a que se oponga a los modelos entendidos como neoliberalismo, capitalismo, modernidad e incluso posmodernidad (que, valdría agregar, Mignolo observa lo posmoderno como cambios en la misma lógica de la modernidad). Lo decolonial es un giro: “es la apertura y la libertad del pensamiento y de formas de vida (economías-otras, teorías políticas-otras), la limpieza de la colonialidad del ser y del saber; el desprendimiento del encantamiento de la retórica de la modernidad, de su imaginario imperial articulado en la retórica de la democracia” [Mignolo, 2009:253]. Implica acción, sin duda. Es pensar y es hacer.

En el ‘hacer’ existen, sin que se autodefinan como decoloniales, tópicos puestos a debate que –por estar inmersos en un marco social moralizante y colonizado, seducido por el discurso de la modernidad– se erigen como posturas radicales y controvertidas, por lo tanto cuestionadas y descalificadas bajo argumentos que transitan por campos que para tales discusiones resultan inconexos: defensas de carácter moralista frente a proyectos de alcances sociales. La legalización de las drogas (con su consecuente despenalización al consumo) es uno de esos tópicos. Valenzuela mediante textos y declaraciones[7] se pronuncia a favor de tal opción desde el terreno académico, con la perspectiva analítica que ello implica. No obstante, el tema por sí mismo se enfrenta a acusaciones enfrascadas en el ámbito del conservadurismo del cual es muy difícil salir, especialmente cuando se tiene toda una estructura cuya reproducción es garantizada mediante un bombardeo de mensajes condenadores –homogeneizados y homogeneizantes–, cuando se ejerce el poder desde afuera y desde adentro de los sujetos. Lo mismo sucede con debates respecto a la despenalización del aborto, la educación sexual desde el nivel básico, la autonomía de las comunidades indígenas, los derechos de personas homosexuales o de identidades sexuales que escapan a la heteronormatividad, en fin: con los temas sensibles para ciertas conciencias. Conciencias hegemónicas.

Frente a este escenario, la apuesta que parece más factible es –efectivamente– la educación, educación que trascienda la esfera escolar. Walter Mignolo lo explica en la inducción de deseos, que reconoce como “uno de los grandes éxitos del capitalismo: capitalizan el deseo, es decir, el deseo-terreno”. Propone así: “Tenemos una educación hegemónica que educa cierto tipo de deseo. La educación deconolonial analítica es mostrar cuáles son las tecnologías que producen ese deseo […] y qué ofrece como alternativa para liberarse de ese deseo” [Pensamiento, 2012]. Podríamos usar su mismo planteamiento para entender y repensar el miedo: desmontar las tecnologías que generan el miedo y presentar alternativas para desprender (y desaprehender) el miedo, con lo que los mecanismos de control fundados en ello quedarían obsoletos. En ese ánimo, cabría aquí imaginar la disolución de otros hándicap sociales: el binarismo sexual, las categorizaciones por cuestiones étnicas o de clase, la idea del éxito centrada en lo material, la individualización (e hiperindividualización). Se trata de un cambio de subjetividad que se reflejara en el abandono de prácticas diferenciadoras y autorreguladoras, una negación a los discursos impuestos y a los discursivisadores.

Si hablamos de un cambio de subjetividad a través de una educación que rebase la dimensión escolar tendríamos que voltear hacia los planteamientos en torno a la pedagogía crítica de Peter McLaren, planteamientos que construye en el contexto estadunidense frente a una sociedad que identifica como tremendamente segregacionista en todos los ámbitos: étnico o racial, de clase, religioso, de género. No emplea propiamente la idea de lo decolonial sino más bien la cuestión poscolonial, y es comprensible: su búsqueda es trascender lo colonial.

Mientras Mignolo alude a una analítica, McLaren refiere a una racionalidad crítica, la cual tiene su punto de partida en el reconocimiento de las diferencias desde una perspectiva multiculturalista y de justicia social. Si bien se centra en una postura anticapitalista que desarrolla –y lo dice así– desde la ira y la desesperanza, McLaren también (como la visión decolonial) propone un cambio de subjetividad en un nivel colectivo que asimismo se construya en marcos alternativos a la escuela (o además de) y donde los educadores críticos sean todos aquellos quienes resistan a las “costumbres sociales”, pudiendo relacionarlas “con la materialidad de la vida social y con las relaciones de poder que las estructuran y sostienen”. Apela, en plural, a “reconocernos como agentes revolucionarios” [McLaren, 1998:13].

El concepto de esperanza (espacios de esperanza) que aparece en su enfoque adquiere especial sentido frente a realidades como la mexicana donde el adoctrinamiento moralizante y colonizador merma las intenciones –colectivas e individuales– por la liberación, frena las oportunidades, las luchas; paraliza y produce miopía. Es un “sí se puede” que parte de la identificación de aquello que ancla, es un “yes, we can” (mucho antes del eslogan de Obama) originado no en el optimismo sino en el cinismo: “La lucha de la subjetividad crítica es la lucha por ocupar un espacio de esperanza… un espacio liminal, un indicio de la antiestructura” [McLaren, 1998:14]; “Los espacios –con frecuencia privados– deben darse a conocer al público; deben ampliarse para que dejen de ser espacios y se conviertan en ámbitos, para que dejen de ser espacios individuales y epistemologías privadas y se conviertan en ámbitos públicos de esperanza y lucha e identidades colectivas” [McLaren, 1998:2].

En ese tenor, algo que resulta relevante en la visión de la pedagogía crítica mclareniana es la discusión que establece con la academia, de la cual dice sentirse ajeno, proscrito. Y es relevante porque la distinción encierra en sí misma una propuesta y una crítica: habla de la necesidad de elaborar “un lenguaje que no solo hable sobre la gente, sino a la gente, acerca de lo que es posible llegar a convertirse en un mundo que violentamente alista nuestra identidad para que esa idea de conversión parezca ridícula” [McLaren, 1998:13]. Es relevante porque busca llegar a los individuos y superar los límites del discurso académico, demanda una transformacción social.

Tanto Mignolo como McLaren corren el riesgo de parecer demasiado idealistas; lo decolonial y la educación analítica de uno, y lo poscolonial y la pedagogía crítica del otro pueden ser entendidas como utopías, pues ambas opciones niegan a la democracia (mito de la modernidad) como el fin último, y ubican al bienestar, a la armonía, la plenitud, el buen vivir, la dignidad colectiva, la felicidad… como los fines que ha de perseguir la sociedad. La democracia es entonces un medio para tales fines y por ello ambos se pronuncian en favor de buscar otros medios. La clave seguramente radica ahí, en ver –con cinismo, esperanza o hartazgo– que es posible discutir con las hegemonías ontológicas y epistemológicas, refutarlas, desenmascararlas. Tendríamos así que no se trata de utopías sino de contraficciones[8], alternativas que derriban los mandatos del capitalismo y la modernidad, de la iglesia y del Estado, de los destinos manifiestos.

En pocas palabras…

Si bien existe toda una estructura de aparente solidez histórica que sustenta los mecanismos de control, en dimensiones social e íntima, y si bien la deconstrucción acaso derrotista de Foucault de las tecnologías dentro de las que se ejerce el poder pareciera no dar cabida a la agencia, a la lucha por la liberación; hay asimismo opciones que desde planos académicos con perspectivas políticas se ofrecen para replantear modelos sociales o construir nuevos, opciones que basan su enfoque en la justicia y la felicidad a través de propuestas que parten de la necesidad de un cambio cognitivo-subjetivo-interpretativo. La pregunta de “¿por qué una buena parte de la población en México es conservadora o reprimida?” halla su respuesta en la forma en que se aprende y aprehende el mundo, donde pesan los componentes moralizantes y coloniales, y su refuerzo permanente mediante discursos legitimadores que buscan garantizar la reproducción del sistema de dominación. Aun así, es posible pensar en otras formas de vida, no enraizadas en la idea de la modernidad ni en la dualidad entre el bien y el mal. Las drogas, todo el discurso del Estado en torno a ellas (con su respectiva sanción moral y penal), son un ejemplo del control ejercido tanto en lo público como en lo privado, pues permite ver el papel que juega el miedo emanado de hegemonías discursivas. No obstante, desaprender (y desaprehender) es posible a través de la educación [no necesariamente escolar], como lo sugieren planteamientos como el de Mignolo con la analítica decolonial y el de McLaren con la racionalidad crítica. La desestructuración se vislumbra no solo posible sino urgente, las condiciones objetivas lo demuestran.

Referencias

Bourdieu, Pierre (2007), “Estructuras, habitus, prácticas” en Pierre Bourdieu, El sentido práctico. Siglo XXI Editores. Argentina, pp. 85-105

Bourdieu, Pierre (2007). “Espacio social y espacio simbólico. Introducción a una lectura japonesa de la distinción” en Pierre Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción, Siglo XXI, México, pp. 23-40

Cruz, José Miguel (2010). Estado y violencia criminal en América Latina. Reflexiones a partir del golpe en Honduras. Nueva Sociedad, No. 226. Argentina, pp. 67-84

Foucault, Michel (2003). Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores. Argentina.

Hall, Stuart (1997). El trabajo de la representación. Perú: Instituto de Estudios Peruanos, pp. 1-55.

Mclaren, Peter (1998). Multiculturalismo revolucionario, México, Siglo XXI.

Mignolo, Walter, “El pensamiento Des-Colonial desprendimiento y apertura: un manifiesto”, localizado en www.tristestopicos.org, 29 de enero de 2009.

Observatorio Nacional Ciudadano. Reporte periódico de monitoreo sobre delitos de alto impacto mayo-agosto 2012. http://onc.org.mx/sites/onc.org.mx/files/vreportemonitoreo_mayo-agosto2012.pdf (consultado el 25 de febrero de 2013)

Pensamiento descolonial y educación (fragmentos de una tertulia), 2012, Buenos Aires, Argentina. BioeconTV. Video: http://vimeo.com/58011376 (consultado el 19 de mayo de 2013)

Valenzuela Arce, José Manuel (2009), “Prohibicionismo y proyecto nacional”, en José Manuel Valenzuela Arce, Impecable y diamantina. P.S. Democracia adulterada y proyecto nacional, COLEF/Juan Pablos, pp. 317-368



[1] Este plan puede consultarse en el sitio en línea de la Organization of American States: http://www.oas.org/dsp/documentos/politicas_publicas/mexico_estrategia.pdf

[2] El procurador de justicia del estado, Rommel Moreno Manjarrez, presentó cifras oficiales de homicidios anuales en Baja California de donde el número más elevado se registró en 2008, según lo documenta la prensa local el 2 de enero de 2013: El Sol de Tijuana (http://www.oem.com.mx/elsoldetijuana/notas/n2827003.htm), El Vigía (http://www.elvigia.net/noticia/la-baja-homicidios-en-estado-en-el-2012) y San Diego Reader (http://www.sandiegoreader.com/weblogs/news-ticker/2013/jan/02/homicide-count-continues-downward-for-baja-califor/)

[3] El Observatorio Nacional Ciudadano en su portal (http://onc.org.mx/) se define como “una organización de la sociedad civil que fomenta el entendimiento de las condiciones de seguridad, justicia y legalidad del país, buscando incidir en la eficacia de las políticas y acciones de la autoridad”. Así, presenta reportes periódicamente (en bloques de cuatrimestres) con cifras en relación a los delitos de alto impacto a nivel nacional. El reporte consultado para este trabajo es el quinto.

[4] En 2011, Orozco presentó en Tijuana, en una conferencia magistral, parte de su trabajo acerca de la propagación de una visión oficialista que busca mediante la afectividad orientar la perspectiva y la opinión de las audiencias mexicanas, particularmente refirió a la ficción de las telenovelas y las teleseries mostrando ejemplos de la masificación del discurso del gobierno federal (http://la-ch.com/index.php?option=com_content&view=article&id=8030:la-violencia-no-se-resuelve-con-la-rosa-de-guadalupe-orozco&catid=42:general&Itemid=62).

[5] Nota en línea en el sitio de CNN México (http://mexico.cnn.com/nacional/2010/10/23/masacre-en-ciudad-juarez-durante-una-fiesta-juvenil)

[6] Esto lo expresó en el Seminario Estratégico “Crisis múltiples y actores emergentes de la transición entre épocas: Coyuntura, riesgos y oportunidades”, realizado por el Colegio de la Frontera Norte (sede Tijuana) el 12 de junio de 2013 en colaboración con El Colegio de Sonora (ColSon) y ONU-Mujeres.

[7] Como lo documenta el reportaje ‘Abre controversia propuesta de legalización de mariguana’ publicado el 1 de enero de 2013 en el portal Norte Digital Mx: http://www.nortedigital.mx/article.php?id=30879

[8] La investigadora Margarita Sayak Valencia Triana del departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (Colef) plantea esta posibilidad: contraficción vs. utopía.