Con el cuestionamiento al modelo neoliberal que proponía que la “mano invisible” del mercado se encargaría de generar el crecimiento económico y derramar el bienestar, regresa al debate político y a la agenda pública latinoamericana el tema del desarrollo. Esta vuelta a la escena del desarrollo se ha visto impulsada por la llegada al poder de gobiernos autodenominados progresistas o de izquierda en la región. [1]

En el presente artículo nos interrogamos acerca de la imposibilidad que tienen dichos gobiernos de incorporar las cuestiones socio-ambientales que les reclaman muchos grupos en sus países en la definición de sus modelos político-económicos neodesarrollistas basados en el extractivismo. Estos regímenes políticos al no cuestionar las bases del modelo de producción capitalista están conduciéndose a una crisis climática, ambiental y social que paradójicamente imposibilita el desarrollo. Intentaremos mostrar la no sustentabilidad de dicho modelo si no se incorporan a la discusión las cuestiones ambientales pensando en una alternativa al desarrollo que deje de lado el productivismo y el consumismo, plantee nuevas formas de paliar la dependencia del petróleo y tenga en cuenta a las comunidades locales y sus formas tradicionales de producción y relación con el ambiente natural.

Neodesarrollismo y neoextractivismo: el debate sobre el desarrollo en la nueva izquierda sudamericana

En la década de los noventa el recetario neoliberal impuso la sumisión consentida al llamado Consenso de Washington. Las reformas estructurales tuvieron como consecuencia el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales de la población. Por las recurrentes crisis económicas y financieras (mexicana, brasilera, argentina, ecuatoriana y boliviana entre otras) el agotamiento del modelo neoliberal empezó a hacerse manifiesto y, como consecuencia, la cuestión del desarrollo reapareció en el escenario cada vez con más frecuencia.

Para superar las sucesivas crisis financieras, desde la CEPAL se ha impulsado un conjunto de políticas tecnológicas, productivas e institucionales como base de una “estrategia mixta” de desarrollo que contempla la sustitución de importaciones y la expansión simultánea de las exportaciones. (Rodríguez, 2007:464) En esta estrategia mixta de desarrollo se apuesta al aumento de la producción industrial pero con un énfasis marcado en el modelo exportador de manufacturas, por lo que la producción de bienes de capital no es una prioridad. En general ésta ha sido la estrategia de desarrollo seguida por muchos de los gobiernos progresistas sudamericanos.

La consolidación de este modelo de desarrollo también fue impulsada por el extraordinario aumento del precio de las materias primas en la última década, lo que ha apuntalado la matriz productiva de corte extractivista basada en la sobreexplotación de recursos naturales y en la expansión de las fronteras hacia territorios antes considerados como improductivos. [2]

La llegada de los gobiernos progresistas o de la nueva izquierda significó un recambio político comprometido con abandonar el reduccionismo de mercado y volcarse hacia otra estrategia de desarrollo. En algunos frentes se han dado avances sustanciales, como en la política internacional (enterramiento del ALCA en la cumbre de Mar del Plata en 2005, por ejemplo) y algunos enérgicos programas de ataque a la pobreza (el programa Juancito Pinto en Bolivia, el programa alimentario en Brasil, la reciente asignación universal por hijo en Argentina). Respecto a la política económica, se ha seguido profundizando el modelo extractivo-exportador con graves consecuencias socio-ambientales.

En este contexto las poblaciones afectadas por los emprendimientos extractivos son puestas en un brete, ya que estar en contra de dichos proyectos es estar en contra del desarrollo del país y por ende se las condena, desde la retórica oficial, por retrasar el desarrollo y obstaculizar el combate a la pobreza en la región. No es difícil escuchar declaraciones como la del presidente ecuatoriano Correa que dice que es imposible estar sentados sobre minas de oro y no utilizarlas, haciendo clara referencia al petróleo y a los minerales existentes en el Yasuní, que hasta ahora no han podido ser explotados.

De esta manera, el modelo de desarrollo actual mantiene sus críticas a las reformas de mercado y a los gobiernos de inspiración neoliberal mientras que refuerza el papel del Estado en la economía, posibilitando la captación de una proporción mayor de la renta originada en los recursos naturales a través de la imposición de impuestos, retenciones y obligación de regalías mayores; pero sigue poniendo en el centro la idea de progreso y crecimiento económico. [3]

Como este modelo de desarrollo neo extractivo trae aparejadas tantas consecuencias socio-ambientales, por todo el continente comienza a emerger una cartografía de las resistencias sociales al modelo. Si bien entre las élites políticas y económicas este modelo no se cuestiona desde “la calle”, “el barrio” o “la comunidad”, sí empiezan a discutirse nuevas formas de relacionarse con el desarrollo de las que surgen otros modos de vida y producción que muestran que es posible ir más allá del modelo de capitalismo socialmente compensado de los gobiernos progresistas sudamericanos.

¿Desarrollo alternativo o una alternativa al desarrollo? Pachamamismo y buen vivir

“Hijos suyos somos

¿Cómo se la puede vender?

¿Cómo se ha de comprar?”

(Eduardo Galeano)

El “neo-extractivismo progresista” continúa siendo parte de la ideología del desarrollo que se nutre de las ideas de la modernidad y del progreso. Si bien hay aportes nuevos, el modelo actual es heredero de los principios progresistas y, por tanto, productivistas y consumistas de la modernidad, permeado por la idea del dominio social y la mercantilización de la naturaleza. Por lo tanto, no resulta extraño que ninguno de estos enfoques y modelos de desarrollo haya puesto énfasis en un efecto fundamental de dicho proceso: la destrucción del sistema de recursos naturales y la degradación del potencial productivo de los ecosistemas que constituyen la base de la sustentabilidad de las fuerzas sociales en nuestros países.

Para empezar a pensar en una alternativa al desarrollo más equilibrada, igualitaria y sostenible es necesario comenzar por abandonar el negacionismo ecológico: definitivamente, los problemas ambientales, la contaminación, la deforestación, la basura urbana y tantos otros son reales, graves y afectan a mucha gente. En seguida, debe reconocerse la existencia de límites ecológicos. No es posible continuar con la defensa de una producción expansiva y un crecimiento económico perpetuo, ya que no hay recursos para ello y el planeta no soportaría sus efectos.

Este debate en torno a generar alternativas al desarrollo está emergiendo en los países del Sur Global y ha sido retomado por varias corrientes de pensamiento. Entre otras la de “el buen vivir” y la alternativa “pachamamista”. La idea del pachamamismo ha surgido principalmente de corrientes quechuas y aimaras y está ligada a la cosmología andina, aunque el debate más intenso sobre el “pachamamismo” gira alrededor de los discursos y posiciones del presidente Evo Morales y su canciller, David Choquehuanca, sobre la Madre Tierra (o Pachamama) y cuenta con numerosos apoyos.

Esta idea se ha ido plasmando en diversas declaraciones, siendo la más importante la declaración de los Derechos de la Madre Tierra que surgió como corolario de la cumbre de los pueblos que tuvo lugar el año pasado en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, como respuesta y crítica al fracaso de las negociaciones en la cumbre de las Naciones Unidas de Copenhague.

La ideología pachamamista reconoce un giro de la centralidad del hombre como dominador de la naturaleza hacia un igualitarismo biocéntrico en el que los hombres somos parte de la naturaleza. En relación a los defensores “biocéntricos” hay muchas posturas, desde quienes sostienen que los seres vivos son más importantes que los humanos, los que sostienen que existe igualdad entre ser humano y ecosistemas y quienes sostienen y reconocen los valores propios de la naturaleza y de todas las formas de vida, pero también aclaran que éstos no son iguales. A pesar de la diversidad de corrientes. todas afirman el biocentrismo antes que el antropocentrismo. Al reconocerse el valor propio de todos los seres vivos, los ecosistemas, el ambiente, la naturaleza y la madre tierra pasan a ser sujetos de derecho.

Otro enfoque diferente pero que va en el mismo sentido es la idea del “vivir bien” que estuvo a la base de las discusiones de la constituyente ecuatoriana. El “vivir bien” proviene principalmente de las cosmologías amazónicas. En la Asamblea Constituyente de Ecuador se planteó el buen vivir o sumak kausay (en kichwa) como una oportunidad para construir otra sociedad a partir del reconocimiento de los valores culturales existentes en el país y en el mundo. Esta concepción desnuda los errores y las limitaciones de las diversas teorías del desarrollo. En las sociedades indígenas se ha propuesto que en la idea del buen vivir no existe algún concepto tal como desarrollo entendido como un proceso lineal que establece un estado anterior (subdesarrollo) en tránsito hacia un estado posterior (desarrollo). En esta propuesta, los bienes materiales no son los únicos determinantes de que se viva bien, ya que entran en juego otros valores, como el conocimiento local, el reconocimiento a la diversidad social y cultural, la ética ambiental y conductas particulares en la relación con la sociedad y la naturaleza. De manera que “cuestionan la idea tradicional del progreso material acumulativo e indefinido, y para superarlo proponen nuevas formas de organización de la vida misma. La búsqueda de estas nuevas formas de vida implica revitalizar la discusión política, ofuscada por la visión economicista sobre los fines y los medios”. (Acosta, 2009:38). El buen vivir se presenta entonces como una oportunidad para construir colectivamente una nueva forma de vida más que un modelo nuevo de desarrollo.

Más allá de estos ejemplos de alternativas al desarrollo, quisiéramos concluir diciendo que es necesario que pensemos al desarrollo como un concepto histórico y localizado (moderno y occidental) y que, por tanto, no debe ser asimilado de manera sumisa y sin cuestionar. Esta idea nos permitirá poner en debate diferentes concepciones de desarrollo, no sólo de los detentadores del poder mundial, sino también de las comunidades, de los movimientos sociales, de otros actores no gubernamentales que disputan en el espacio simbólico la posibilidad de inscripción de las mismas en la agenda pública. Por lo tanto, más que en un modelo de desarrollo alternativo se estaría planteando, desde estas posiciones, una alternativa al desarrollo “raizal”, sustentable en sentido fuerte y comunal. Algunos de estos modelos, que más que modelos de desarrollo son modos de vida, se asemejan a las alternativas que presentamos sucintamente del pachamamismo y del vivir bien.

[1] Entendemos los modelos de desarrollo a partir de la articulación de tres elementos: una manera de acumulación de capital, una configuración de las relaciones de poder y dominación, es decir una configuración política particular y una forma de relación e interacción social, una forma de socialización.

[2] En dicha matriz productiva no solo entran los minerales e hidrocarburos sino también los monocultivos extensivos con semillas genéticamente modificadas (producción de soya y palma aceitera para agrocombustibles y plantaciones de eucaliptos para producción de pasta celulósica). Estos emprendimientos de corte extractivista-primario-exportador avanzan por toda la región provocando graves consecuencias ambientales (deforestación, desertificación, contaminación del suelo y el agua, y pérdida de biodiversidad) combinados con efectos sociales como el desplazamiento forzado de la población, enfermedades, mutaciones genéticas y muertes.

[3] No es de extrañar que en Argentina no se haya modificado la legislación minera creada en la época menemista en la que el Estado se autoexcluyó de la posibilidad de explotar los recursos minerales, que le otorga a las empresas exenciones impositivas por 30 años y le pone un tope máximo a las regalías del 3% o que la presidenta electa de Brasil afirme que se va a construir la represa más grande de Sudamérica sobre el río Amazonas inundando más de 700 mil hectáreas de selva donde residen pueblos originarios y que la estabilidad macroeconómica sea el objetivo primordial de estas administraciones.

Bibliografía

Acosta, Alberto (2009) El buen vivir, una utopía por (re)construir. En Revista de la Casa de las Américas. Num. 257 Pp. 33-46. Disponible en http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3177447 [página web consultada el 15/11/2010].

Rodríguez, Octavio (2007) La agenda del desarrollo. En Repensar la teoría del desarrollo en un contexto de globalización. Homenaje a Celso Furtado. Editado por Gregorio Vidal y Arturo Guillen R. Buenos Aires: CLACSO. Pp. 439-467.