Hace dos semanas un testimonio en un grupo de Facebook llamado “Ni una menos” nos remeció a las peruanas. Una muchacha, artista, 22 años, brillante, clase media, piel canela, de ojos bonitos, contaba con gran dolor como había sido violada por su padre. El grupo “Ni una menos” había sido creado para promover una marcha contra la violencia de género, pero ese post lo cambió todo.

Otras peruanas de 30, de 20, de 40 años empezaron a relatar historias de acoso, abuso, de violencia psicológica que habían sufrido desde niñas.  Aparecían testimonios nuevos todos los días. Todas conocíamos a alguna testimoniante, era una amiga, una conocida, alguna artista, una amiga de una amiga. Nos daba escalofríos leer siempre un nuevo relato.

En paralelo, el Poder Judicial de una región peruana –Ayacucho- le daba un año de prisión suspendida a un hombre que ante las cámaras de seguridad de un hotel había arrastrado del cabello a su pareja. El caso – que había sido noticia nacional- obtuvo una sanción mínima. Otro hombre que casi mata a golpes a su novia, Lady Guillen – una bailarina conocida en la capital peruana, Lima – salía libre después de dos años de prisión. La rubia lloraba de impotencia ante el conductor de un programa del medio día. “Casi me mata, le tengo miedo”, decía.

Las peruanas ardíamos de indignación. Las cifras sobre feminicidio en el Perú son preocupantes. En el 2015, se registraron 52 condenas por feminicidio y en la primera mitad del año 2016, van 48 casos. Tres días antes de la movilización, tres mujeres más habían muerto a manos de sus parejas.  La violencia física hacia las mujeres también ha ido en aumento: el Ministerio de la Mujer señala que solo en el 2015 se registraron más de 1300 agresiones sexuales, el 90% de los casos a niñas menores de edad. Una cifra aterradora. 

Artistas, periodistas, bailarinas, políticas, ejecutivas, madres, obstetras empezaron a organizarse. Una pequeña gráfica de fondo celeste circuló en redes sociales. Ni una menos.

La ola se convirtió en un mar de gente que enviaba felicitaciones y se sumaba a la organización. Una psicóloga ofreció dar apoyo a las mujeres que lo solicitaran, una artista propuso una intervención cultural, una abogada ofreció apoyar con las denuncias. Las peruanas ya no querían callar.

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Esta imagen circuló en redes sociales, para convocar a la marcha.

La ola nos llevó a todas

La marcha del 13 de agosto fue un desborde, una catarsis y una revolución en Lima. Por primera vez miles, quizá cientos de miles de personas caminaban por el centro cívico con pancartas, banderolas exigiendo respeto a las mujeres, igualdad de condiciones, sanciones más fuertes a quienes abusan o cometen feminicidio.

Entre los que caminaban estuvo el recién electo presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski y su esposa. Llegó  temprano al Campo de Marte –un gran parque en el corazón de Lima- para unirse a las voces de quienes exigen un país donde no mueran más mujeres. Mercedes Araoz, su vicepresidenta también se unió a la movilización. Ella confesó que unos días antes de la protesta fue víctima de acoso sexual reiteradas veces.

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Diversos sectores se unieron al movimiento, con carteles y consignas.

Frente al Poder Judicial las feministas gritaban “Poder judicial homicida”, mientras sostenían fotos de mujeres asesinadas a manos de sus parejas. La pena por feminicidio en el Perú da al menos 15 años de privación de libertad  y 25 años si se trata de una menor de edad o alguna modalidad agravante, como lo indica el Código Civil. Según cifras del Ministerio Público, las mujeres entre 25 y 35 años son las más atacadas por sus parejas. La mayoría de ellas ha muerto estranguladas o acuchilladas. A pesar de que los mecanismos legales están dados, las condenas a quienes maltratan a las mujeres siguen siendo leves y en las comisarías donde se inician las denuncias, muchos policías cuestionan a la denunciante o hacen caso omiso.

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“Poder judicial homicida”, gritaron las feministas, en el Palacio de Justicia.

 

De nuevo en la marcha, una Santa destacó entre las manifestantes. Daniela Zambrano, una artista de 22 años, cargaba la imagen de Sarita Colonia. En Lima, se trata de un ícono popular. Sarita Colonia era una joven provinciana, huérfana que un día fue atacada por dos hombres que intentaron abusar de ella. Arrinconada e indefensa se quedó muda y no intentó defenderse del hostigamiento. Cuando los hombres le quitaron la ropa interior se dieron cuenta que no tenía órganos sexuales, por lo que huyen despavoridos. Este episodio es visto en Lima como un milagro. Una muchacha que se mantiene “pura”. A Daniela no le gusta esa idea de la niña virgen. La Sarita que ha graficado tiene una expresión enérgica y coloca la mano delante en señal de defensa. La Santa de Lima se rebeló como las manifestantes.

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La santa Sarita, ícono popular de Lima, también se rebeló contra la violencia de género.

En las regiones más importantes del país, otras mujeres salieron a manifestarse. La Ministra de la Mujer, María Huaita Alegre , se ha comprometido a asumir como agenda la prevención de la violencia de género.  Por primera vez, todos los canales de televisión han trasmitido una movilización desde el inicio hasta el final.

 

Conocidas empresas nacionales se sumaron repartiendo camisetas, pines, pagando publicidad en avenidas de Lima.  La marcha  tuvo la consigna de despertar a un país dormido donde la mujer ha sido atacada por políticas que la esterilizan contra su voluntad, que perdona a los agresores y que le obliga a tener hijos de su violador. Un Perú donde se ha luchado por aprobar el aborto en casos de violación, pero la negativa de parte del Congreso ha sido rotunda. Ahora que fuimos visibles, tendrán el trabajo de decirnos “no” en la cara a miles, cientos de miles de mujeres, dispuestas a luchar por sus derechos, hartas de tanta violencia.

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