Para todos los mexicanos que no nacimos ahí, la leyenda de Tepito[1] es algo que se nos inculca desde pequeños. Tepito llegó a mi vida como un secreto a voces. Durante mi infancia escuché hablar de Tepito como quien habla de un santuario: un lugar sagrado al que se peregrinaba en busca de artículos electrónicos baratos, pero cuyo camino estaba plagado de peligros como ladrones, estafadores, asaltantes y policías corruptos. “Los ladrones ahí son tan ágiles que te roban los calcetines sin quitarte los zapatos”, decía mi tío.

Dado que soy chilango tardío (vivo aquí desde los trece años) y, para colmo, del sur, pasaron muchos años para que finalmente pusiera pie en Tepito por primera vez. Sin embargo, mi vida siempre estuvo salpicada de anécdotas en torno a ese barrio. En mi secundaria, por ejemplo, no faltó el maestro que nos contó acerca de los famosos duelos entre albureros profesionales de Tepito. Para desalentarnos de nuestros juegos de palabras rudimentarios, la noticia: en Tepito el albur había alcanzado categoría de Alto Arte; había albañiles lenguaraces que eran Góngora. Su capacidad alburera era tal que, antes de pronunciar el primer verbo, ya te habían cogido tres veces.

Entre mis colegas de la escuela, quienes habían cometido la osadía de visitar el Barrio Bravo lo narraban igual que los exploradores del siglo XVII hablaban de ciudades construidas con oro o como en la Biblia se habla de Sodoma: las anécdotas referían a un lugar idealizado pero a la vez perverso. Un lugar donde conseguías desde zapatos que normalmente sólo se consiguen en Estados Unidos, hasta armas que normalmente sólo se consiguen en Daguestán. Los yonquis tenían también sus historias: ellos juraban que en ciertos traspatios y callejones de las vecindades tepiteñas era posible encontrar tipos armados hasta los dientes que resguardaban enormes costales repletos de cepas de mariguanas exóticas, botes llenos de pastillas de colores y hasta montañas de cocaína.

Debido en parte a toda esa mitología que lo sostiene, mi primera visita a Tepito me decepcionó: abundaban puestos de mercancía repetitiva, de garnachas –un olor como a aceite quemado recorría los pasillos–, de ropa que ya a finales de los noventa tenía todo el tipo de haber sido fabricada por niños de ojos rasgados. Iba en busca de unos discos pirata en una época en la que los discos eran impagables para un adolescente prángana como yo y en la que el internet de banda ancha estaba reservado a los funcionarios del Pentágono. En esa visita, mi imagen de Tepito cambió radicalmente: me pareció menos un pueblo sin ley donde todo era posible y más un mercado común y corriente donde la gente hacía lo que podía por vender lo que fuera, con tal de sobrevivir. En todo caso, lo que me sorprendió de Tepito fue su magnitud: calles y calles de lonas de plástico y metal. Laberintos de mercancía que nadie parecía detenerse a comprar.

Desde el aire (a falta de un helicóptero privado, me remito a la vista satelital de Google Maps), Tepito aparece como un collage de piezas desiguales pero geométricas, un conjunto de recortes de plástico (amarillos, azules, rojos, anaranjados) que impiden mirar el asfalto. Pero Tepito no sólo es un espacio ganado a los autos, a la calle; Tepito no es únicamente un espacio bajo las lonas donde no entra el sol. Al igual que el de las ciudades prohibidas de la antigüedad, el secreto de Tepito sólo le es revelado a quienes osan entrar al barrio.

Más allá de su función histórica de recinto prohibido (es la fuente de la que brota la piratería que luego venden afuera de todas las estaciones del metro, el almacén clandestino de donde se distribuyen muchos de los polvos que van a parar a los torrentes sanguíneos de los artistas de televisión), el secreto de Tepito es la gente misma y la forma en que conciben su identidad. Y es que los tepiteños profesan una identidad de barrio que supera en intensidad a la de cualquier otra colonia chilanga. Ya quisiera la Moctezuma o La Merced ¿El Centro Histórico? Una cervecería para universitarios borrachines palidece frente a los gimnasios clandestinos donde los puños y los guantes golpean con ímpetu y rabia: cabe recordar que de Tepito han salido campeones mundiales de boxeo.

La sensibilidad tepiteña tiene formas particulares de manifestarse: si pensamos que hace apenas algunos siglos el contar con un idioma y religión propios bastaba para que los pueblos europeos exigieran ser tratados como estados nacionales, nos damos cuenta de que  Tepito tiene todo para convertirse en microestado: en su caló, los tepiteños usan hoy las palabras que los fresas considerarán suyas dentro de cuatro años. ¿Religión? En Tepito se le rinde culto a la Guadalupe, pero también a San Judas, a la Santa Muerte, a los orishas. Cuencas amarillas, blancas y verdes adornan desde hace décadas los cuellos y las muñecas de los tepiteños. Y aunque la tendencia ya agarró vuelo en el norte del país, fueron los tepiteños los primeros en construirle un templo público a la Santa Muerte.

En sus inicios, Tepito fue un barrio de mazehuales. Es decir, siempre ha sido un barrio pobre con graves problemas sociales. En situaciones límites, la gente se vuelve ingeniosa. Y los ingeniosos están siempre un paso adelante, en todos los sentidos. En Tepito no sólo empezó el grafitti, el hip hop y los sincretismos religiosos de finales del siglo XX, sino también la piratería masiva. El internet democratiza el acceso a la información, pero la piratería la lleva a todos aquellos que no tienen aún computadoras. El fenómeno en Tepito es digno de mención: hace un par de años, una amiga petersburguesa le hizo la plática a un vendedor de discos piratas de heavy metal en Tepito. Hablando de bandas predilectas, salió a relucir que el tipo conocía y hasta profesaba admiración por una de las favoritas de mi amiga: un grupo de black metal desconocido, oriundo de Letonia. Ella quedó sorprendida de que un mexicano pudiera estar al tanto de las bandas underground del Báltico, pero a mí no me sorprendió: desde niño me enseñaron que en Tepito todo es posible.

Y así es: las brechas entre los gustos musicales de algunos adolescentes londinenses y los de los tepiteños son estrechas, sobre todo si este último cuenta con buenas habilidades cibernéticas: dichosos los melómanos que saben de bit torrents, pues de ellos será el reino de la música.

Eso sí, no todo es esparcimiento, aunque sea un esparcimiento lucrativo. Existe otra tendencia importante a la que se anticipó Tepito: a mediados de los noventa, cuando China empezaba a convertirse en potencia manufacturera, los de este barrio fueron tal vez los primeros mexicanos en importar mercancía basura. Mientras el gobierno mexicano seguía haciéndole ojitos a los gringos y pensando en el capitalismo unilateral, los tepiteños aprovecharon la coyuntura. A partir de entonces, la fayuca dejó de ser algo que venía del otro lado del río y empezó a traerse del otro lado del mar. Hoy, Tepito está dominada por los productos chinos de baja calidad que nos hacen pensar que si los defeños no podemos ya presumir que aquí se consiguen “todas y cuantas cosas se hallan en toda la tierra”, al menos sí podemos decir que se consiguen todas y cuantas cosas se producen  en las cercanías de Guangzhou.

A pesar de que Tepito es una ventana a las tendencias actuales, también es un buen escaparate al pasado de la ciudad: aquí se preservan oficios y tradiciones que en otras partes de la ciudad desaparecieron hace mucho. Las pulquerías y los expendios de pan y leche, por ejemplo. Hasta las prostitutas de estas calles –con sus faldas de poliéster y cachetes espolvoreados de maquillaje rojo– nos hablan de una época en la que Betty Boop y las pin-ups gringas competían con las vedettes del cine nacional para afianzarse como el ideal de belleza de nuestro país.

La globalización y la tradición tienen su peso; sin embargo Tepito, fiel a su estilo, no se deja imponer nada, sino que toma lo que le gusta y desecha lo que no. Hoy por hoy, en Tepito existe un sincretismo de tendencias globales marginales: los jóvenes tepiteños se visten como gángsters pochos del este de Los Ángeles, escuchan reggaeton dominicano y usan pantalones (y gorras y vestidos y camisetas) hechos en China. Mientras que los más tranquilos se divierten viendo películas hollywoodenses y hasta de arte, los rudos se estimulan el cerebro fumando las resinas de alcaloides andinos.

Y tampoco se trata de romantizar. Sería un error decir que la vida en Tepito es lo máximo, que la vida aquí es fácil. Don de Dios, ni madres. No es raro caminar por las calles de la colonia Morelos y ver niños de ocho años que inhalan resistol o encontrarse con chicas adolescentes que ofrecen el cuerpo a cambio de las monedas de unos viejos que apestan a cebolla cruda. Me ha tocado atestiguar cómo ciertos hombres jalonean a sus novias del cabello, les gritan y hasta las cachetean frente a un público de transeúntes impávidos. Me ha tocado ver cómo, a las dos de la tarde, le pegan un culatazo a un vendedor de canastas en la cabeza y luego le apuntan con el revólver mientras le exigen derecho de piso. Aquí la violencia no es ficción. Que haya una devoción tan arraigada hacia los santos de los milagros difíciles sólo puede indicar que las cosas están de la chingada.

Pero mientras que en el resto de la ciudad los mercados sobre ruedas y sus horarios que se adecuan a los de las amas de casa desempleadas se vuelven menos viables que los Superama 24 horas, en Tepito el mercado sigue siendo el rey. Contrario a lo que ha sucedido en las colonias de clase media y alta, las terminales de tarjetas de créditos y los códigos de barras no han suplantado aún a las marchantas y los regateos.

Es sábado por la tarde, ya casi de noche. Errante voy por La Merced, por Tepito. Lo hago sin pensarlo, como si fuera el camino que hago diario. Sé que corro el riesgo de que me acechen, así que me apuro. Los puestos ya los están desmantelando, la calle está llena de lo que parecen ser millones de envases de plástico, bolsas y vasos de unicel. Un río de inmundicias, una imagen que pone a cualquier ecologista a llorar.

Tepito es uno de los últimos reductos salvajes de un Centro Histórico cada vez más fresa y apto para toda la familia. Es un laboratorio social, un microcosmos de la condición urbana en la ciudad, una buena lección de sociología de la pobreza para contrarrestar esa otra cara de la Ciudad de México, más ascética y ñoña, que nos presume estudios universitarios y carriles exclusivos para bicicletas.

Pero es, también, un testimonio de una ciudad que sigue siendo indomable, de una ciudad capaz de recrearse y reinventarse todo el tiempo. De una ciudad en la que abundan las pesadillas y tragedias, pero en la que la creatividad tiene formas únicas. Pocos lugares en la Ciudad tienen el dinamismo cultural de Tepito. Todas las cosas que ocurren a mi alrededor me recuerdan que en pocos barrios de la ciudad se puede sentir tanta energía. Como si fuera una acumulación histórica, la vibra de Tepito se siente como los golpes del bajo en unas bocinas que emiten música a todo sonido. Tepito y todo eso que representa (es, básicamente, el mercado urbano por excelencia de la Ciudad de México) estuvo aquí desde antes que nosotros y, contrario a otros barrios que se ponen de moda y luego caen en los terremotos o en el olvido, tengo la sensación de que Tepito persistirá, de que –salvo que algún gobierno idiota le tire una bomba al barrio para luego convertir el terreno en oficinas– seguirá más allá de nosotros también.

Llega la noche y el mercado se desmantela. Como todos los días, las mercancías entran a las cajas, los toldos son doblados, las puertas de las vecindades se abren para recibir las cajas repletas de todo lo que no se vendió. Camino rumbo al metro y paso afuera de un garito donde esperan varios travestis: hacen un esfuerzo por parecerse a Madonna, pero sus rostros duros surcados por líneas oscuras y sus miradas fieras me recuerdan a los machos de las películas de acción. A algo así como Charles Bronson o Sylvester Stallone con peluca.

Camino por Tepito. Oscurece. Me detengo justo afuera de una estación del metro y apunto en mi libreta:

 

“Cae la noche sobre Tepito y, en cuestión de minutos, la colonia se convierte en un pueblo fantasma, en un laberinto de barras de metal donde los mendigos recorren las calles impasibles y silenciosos, como espectros. Las calles parecen ríos de basura y por la avenida dan tumbos cientos de bolsas de plástico que el viento arrastra: una imagen que me hace pensar en los estepicursores del desierto pero también en el apocalipsis como algo que ya está aquí.

Ahora que está oscuro, ¿a dónde se fue Tepito? ¿A dónde se fue la energía? ¿La vida? ¿Por qué este barrio puede lograr lo que otros no pueden? ¿Será porque aquí la vida es más efímera que en otras partes que se siente tanta energía? ¿Será porque las pistolas están cargadas de tantas balas sedientas o porque las calles están tan llenas de altares recordando la muerte, que la gente aquí parece tan ávida de vivir?”

La vida en este barrio es incierta, es más frágil que en otros lados. El día menos esperado te encarcelan, te matan, te atropellan, te hacen brujería, te mueres. Pero a pesar de la incertidumbre de la vida en uno de los barrios más peligrosos de la ciudad, aquí quedan algunas certezas: que mañana, los puestos se vuelven a armar. Que mañana las mercancías se vuelven a colgar de los ganchos. Que mañana, los diablitos vuelven a rodar por los pasillos y vuelven a golpear los talones de los distraídos. Que mañana, durante otro día más, el mercado volverá a tomar las calles. Y así será: como la historia o como los mercados mexicanos: otro día más, otro día más, otro días más.

 


[1] Para hablar de Tepito es necesario hablar de mercados y para hablar de mercados hay que ir muy atrás. No me da tiempo de explicarlo a detalle, pero vale la pena hacer una recapitulación: la Ciudad de México, mucho antes de ser la capital de un virreinato o de una nación independiente, era un mercado. Antes de que los mexicas construyeran sus templos y antes de que los españoles los derrumbaran para construir palacios e iglesias, aquí ya había mercados.

La primera descripción de un mercado mexicano por parte de un europeo la hace el mismísimo Hernán Cortés quien describió en sus Cartas de relación una plaza de dos veces el tamaño de la ciudad de Salamanca (la Plaza de las Tres Culturas, Tlatelolco) donde era posible encontrar todos los días más de sesenta mil ánimas comprando y vendiendo desde oro y latón, hasta cueros, guacamayas, plumas, medicinas, conejos y copal. “En los mercados se venden todas y cuantas cosas se hallan en toda la tierra, que demás de las que he dicho, son tantas y de tantas calidades, que por la prolijidad y por no me ocurrir tantas a la memoria, y aun por no saber poner los nombres, no la expreso”, termina confesando Cortés, que ante lo nuevo se quedó sin palabras.

Los mercados son los responsables de que la ciudad haya surgido: fue a través del comercio con sus vecinos que los mexicas prosperaron y se enriquecieron hasta convertirse en imperio. La eficiencia de los mexicas como agricultores los fortaleció como productores, mientras que sus armas y su valentía los destacaron en la guerra. Pero les faltaba algo. Y fue por eso que en 1473 los mexicas conquistaron Tlatelolco. Lo hicieron porque sabían que controlar el mercado sería esencial si aspiraban a controlar la nación.

Tras la conquista, los españoles reorganizaron la sociedad en encomiendas. Sin embargo, los mercados siguieron formando parte del día a día novohispano. Había mercados para indios y otros para criollos, y en ambos se ofrecían productos diferentes. En ciudades como la de México, los merolicos y los vendedores callejeros formaban parte de la economía urbana. Vendedores de agua, de leña, de carbón, de tortillas, de nopales, de chiles. Hombres que se ganaban la vida vendiendo la leche que le ordeñaban a una burra en la vía pública o fermentando y ofreciendo el espeso y embriagante pulque que fue nuestra bebida predilecta hasta que las cerveceras nos convencieron de beber sus productos con el obtuso argumento de que la chela era más “higiénica”.

No hay pueblo sin mercado, así que cuando se quiso construir la identidad nacional mexicana, el mercado como espacio de lo popular se convirtió en un lugar común de lo mexicano. Diego Rivera retrató el Mercado de Tlatelolco en los muros del Palacio Nacional y Olga Costa pintó “La vendedora de frutas” en 1951 (cuadro que nos recuerda que, en lo que a disponibilidad de fruta fresca y deliciosa refiere, el país va en retroceso).

El D.F. necesitaba un mercado que fuera también un emblema y fue así como Tepito, que a principios del siglo XX era un  punto de comercio incipiente, terminó por ser el mercado chilango por excelencia. Un barrio mercado. Una ciudad mercado, quizá. Pero, sobre todo, un mito.