«La autobiografía tiene que ver con el tiempo, con la

secuencia y aquello que compone el flujo continuo de la

vida. Aquí, estoy hablando de un espacio, de momentos y

discontinuidades.»

Walter Benjamin, Berlin Chronicle

Todo ensayo está escrito alrededor de la metáfora de un paseo. Papeles falsos (Sexto Piso, 2010) de Valeria Luiselli (México, 1983) no es en este sentido la excepción; su singularidad consiste, en cambio, en que ha decidido hacer explícitas las señas de su recorrido: enunciar una cartografía a partir de los lugares recorridos (el cementerio de San Michele, en la Isla de los Muertos, Venecia, y el de San Fernando, en la ciudad de México; pero también las lecturas trashumantes de Joseph Brodsky, Fernando Pessoa y W. G. Sebald, entre varios otros), que sea capaz de burlar las restricciones del tiempo.

Esto es: la memoria no como remembranza, sino como un espacio por habitar. A la manera del mapa que Walter Benjamin garabateó en el Café de Doux Magots, en París, donde se inscribían claramente, mediante un colorido sistema de signos, las casas de sus amigos, de sus amantes, los lugares de reunión de sus compañeros de juventud y colegas, así como los cuartos de hotel que ocupó tan sólo una noche o las escuelas y tumbas que marcaron su vida.

Escribe Luiselli en las primeras páginas de su libro: «el espacio que un plano cartográfico despliega ante nosotros –silencio y quietud del territorio abstracto–, espolea la imaginación. Sólo sobre una superficie estática y sin tiempo puede andar la mente a sus anchas.» Los ensayos de Papeles falsos están escritos entonces como una suerte de genealogía hacia delante. No una narración del pasado, sino un diagrama extenso de su linaje intelectual y sensible.

Hija de un embajador, Luiselli gastó buena parte de su vida fuera de México, en países como Italia, India y Sudáfrica. Sólo al momento de su educación universitaria se restableció en la ciudad de México para iniciar sus estudios de filosofía en la UNAM, que luego completó en la ciudad de Nueva York. Durante este intervalo, el trabajo de Luiselli –traducciones de poesía y ensayos literarios, sobre todo– figuró en las revistas literarias más prestigiosas del país, a la vez que fungió como editora de la edición digital de la revista Letras Libres.      Ante el desarraigo que filtra su biografía, Luiselli propone en Papeles falsos, la inscripción de nombres, lugares y literaturas en un mapa personal como alternativa recelosa al pasaporte y las cédulas de identidad. Esto, no sin una muestra de saludable escepticismo: «Nada más lejano a la verdad, en mi vida al menos, que la metáfora de la literatura como un hogar habitable o una morada permanente. En el mejor de los casos, los libros que leemos, como los textos que escribimos, se parecen mucho a ciertos cuartos de hotel donde entramos exhaustos a medianoche y de los cuales nos expulsan a mediodía.»

El título mismo del libro de Luiselli está concebido como una alusión a la condición inestable de la identidad (nacional, literaria, etc.), así como a la de los documentos y artefactos que quisieran disimularla. La autora recuerda, en las páginas que cierran Papeles falsos, la atrabancada forma en que pasó a convertirse, en cuestión de horas, en ciudadana de la más literaria de las ciudades: Venecia –después de un fulminante dolor que la obligó a tramitar su residencia y cartilla médica– con tan solo una fugaz visita al registro médico y el ministerio de salud.

No es extraña, entonces, la  insistente preocupación en Papeles falsos no sólo por el padecimiento propio del desterrado –la nostalgia–, sino también por su (sintomática) imposibilidad de traducción. Anota Luiselli sobre la versión propiamente peninsular de esta aflicción:

«La saudade no es homesickness ni es heimweh. El kaihomielisyss finlandés, aunque recuerde a home y a miel, expresa solo su dimensión más invernal. El sökundur islandés es seco, el tesknota polaco apenas la toca; al lack inglés le falta algo, el steak checo se encoje; y en el ihaldus estonio la “h” es helada. La morriña rueda hacia ella como una piedra de trayectoria asintótica. Los brazos largos del longing no la alcanzan. En Sehnsucht se demora demasiado una “e”. La saudade no es nostalgia y no es melancolía: quizá la saudade tampoco sea saudade.»

La nostalgia, el sello del los hijos de Saturno –entre quienes Walter Benjamin, lo mismo que en la constelación de Luiselli, ocupa un lugar de privilegio–, no como un padecimiento imposibilitante, sino como un déficit productivo y alegoría de la obra propia:

«Pero la nostalgia no es siempre nostalgia de un pretérito. Existen lugares que nos producen una nostalgia por adelantado. Lugares que sabemos perdidos en cuando los encontramos; lugares en donde nos sabemos más felices de lo que jamás seremos después. En estos parajes el alma se desdobla como en un simulacro voluntario para mirar su presente en retrospectiva. Como un ojo que se mira a sí mismo desde un después, el ojo mira de lejos su presente y lo anhela.»

El libro de Luiselli se despliega así como una táctica o método de la memoria. Pero, ¿una táctica frente a quién o qué? Una táctica frente al destierro y el olvido, pero también frente a una ciudad salvaje –la ciudad de México–, que prolifera, se devora y regenera como una bestia que pierde la cabeza de noche y vuelve a nacer todos los días. Esto es, la postulación de la ciudad de México que, no por estar del otro lado del Atlántico, es menos contemporánea de  todas las otras ciudades devastadas de la modernidad –Londres, París, Varsovia, Dresde y Berlín– cuyo «contrasueño» ha diagnosticado perfectamente George Steiner hacia 1830, en la pintura romántica del momento.

Esto es: la ciudad de México, como, diría el propio Steiner: «ville tentaculaire…megalópolis cuya incontrolable división celular y su expansión amenaza con ahogar buena parte de nuestras vidas… el conflicto entre el individuo y el mar de cemento que en cualquier momento puede asfixiarlo… la visión de la ciudad devastada, las fantasías de invasiones de escitas y vándalos, los corceles de los mongoles apagando su sed en las fuentes de los jardines de las Tullerías.»

La ciudad de México como engendro inabarcable. Escribe Luiselli: «a los habitantes de la ciudad de México no les está concedido el punto de vista de la miniatura ni el del pájaro porque carecen de punto de referencia. Se perdió, en algún momento, la noción de un centro, de un eje articulador.»

Ya tan sólo para rematar, Luiselli registra, tras su visita a la mapoteca del Servicio Meteorológico Nacional, el mito fundacional del desorden y lo inconmensurable de nuestra megalópolis:

«Existen mapas de la ciudad del siglo XVI, por supuesto, pero ninguno precedió a la planeación de la cuadricula del centro histórico. El modesto soldado español García Bravo, “auxiliado por el ingenio, la experiencia y la sabiduría de los aztecas –como reza la placa en su honor, enterrada entre lonas de puestos ambulantes en una plaza de La Merced–, hizo algunos surcos sobre la tierra húmeda del valle por abril de 1522 y se convirtió en el primer urbanista de las gran capital de la Nueva España. No sorprende que así sea. Todos los habitantes de la ciudad de México intuyen que si alguna vez hubo un trazo para ella fue, acaso, una insinuación, y que lo que ahora llaman los urbanistas “planificación urbana” es pura nostalgia del futuro. En todo caso, la ciudad de México fue su propio plano. Habitamos, como los descendientes de aquel imperio que describía Borges, las “ruinas de un mapa desmesurado»

Pensaba Susan Sontag que para los temperamentos nacidos bajo el signo de Saturno, el tiempo es el medio de la constricción, lo inadecuado, la repetición y la satisfacción apenas. En el tiempo, dice, uno es lo que uno es: lo que siempre ha sido uno. En el espacio, en cambio, uno puede ser otra persona. El espacio está plantado de posibilidades, posiciones, intersecciones, pasajes, desvíos, callejones sin salida, calles de un solo sentido. Es decir: la definición exacta del temperamento de Papeles falsos, un libro escrito para, como lo quería

Gabriel Zaid, leerse en bicicleta, viaje relámpago por la ciudad de México y sus ruinas. Luiselli ha engendrado así un libro que opta por la arquitectura más que por la memoria: un paraíso en obras. ~