Ricardo Piglia es uno de esos escritores raros que publican cada vez que les viene en gana por la simple y sencilla razón de que pueden y quieren hacerlo. Por fortuna, todavía hay gente que sabe que escribir no significa publicar, igual que hay gente que sabe que leer no significa comprar: lo demás es la mesa de novedades de cualquier librería.

Esto no significa que Piglia sea un santo. No hay heroísmo en el hecho de publicar una novela luego de trece años de no hacerlo, como tampoco debería calificarse de flaqueza si uno publica un libro al año. Si los hubiera, los lectores tendrían la posibilidad de discriminar y decidir a quién se el otorga mérito y a quién no. Pero en un mundo en donde hay más gente involucrada en el proceso editorial que lectores, el silencio a veces cae de maravilla, sobre todo porque no estorba.

Piglia publica poco pero escribe mucho. Desde 1997 –año del escándalo que suscitó el Premio Planeta para su Plata quemada (http://edant.clarin.com/diario/2005/03/01/sociedad/s-03015.htm)– prefirió guardar su ficción, seguir con el diario que escribe desde 1957 y hacer públicos apenas tres libros de crítica, o de ese tipo de crítica inteligente y creativa que él sabe hacer y que ofrece otro camino al oxidado género académico:  Formas breves (1999), Diccionario de la novela de Macedonio Fernández (2000) y Él último lector (2005).

La novela se divide en dos partes. La primera es una historia policiaca. Hay un pueblo, un extranjero que luego es un cadáver, unas gemelas de buena pierna y pocos escrúpulos, un comisario listo y un drama familiar. Al cabo aparece Renzi, protagonista de Respiración Artificial y fantasma en casi todas las novelas de Piglia. Su aparición convierte a la novela en otra cosa. Esa otra cosa es la segunda parte, donde se narra el drama familiar y donde el personaje de Luca Belladona se roba la atención que hasta antes había tenido la pesquisa por el asesino.

Los fieles de Pigla le festejan lo que hay de metaliterario en sus libros. Los detractores de Piglia desprecian lo que hay de metaliterario en sus libros. A quienes no lo conocen, lo que hay de metaliterario en la obra de Piglia les da igual. En Blanco Nocturno el carácter metaliterario es mucho más sutil. Para los que no hayan leído a Arlt, la novela es una historia policiaca con buenos y malos momentos. Para quienes sí se acuerdan quién es Remo Augusto Erdosain, la novela es una historia policiaca con buenos y malos momentos y una muestra de que quizá Roberto Bolaño estaba equivocado cuando escribió que

“La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura” (Roberto Bolaño, “Derivas de la pesada”, en El secreto el mal, p.96)

Para Piglia, la obra de Roberto Arlt siempre ha sido una preocupación artística y, a diferencia del chileno, él siempre pensó que allí había un camino posible a seguir. El primer ejemplo de esto fue “Nombre falso”, una ficción sobre la búsqueda y el hallazgo de una manuscrito perdido de Arlt, un estudio policíaco sobre la creación artística. En la primera parte de esa narración, Piglia escribe sobre Roberto Arlt: el narrador encuentra un cuento perdido y se esmera por confirmar su procedencia. En la segunda, Piglia escribe como Roberto Arlt y le ofrece al lector la transcripción del manuscrito encontrado.

Luego, Arlt siempre está allí. Está allí en Respiración Artificial, en esos largos debates entre Renzi y el polaco. Está en La ciudad ausente, aunque su presencia se ensombrece debido a la de Macedonio Fernández. Está allí en sus entrevistas, en su obra crítica, en Plata quemada, como trasunto del plan y la ejecución de un robo. Pero en Blanco nocturno, Arlt aparece de otra forma, porque Piglia ha sido capaz de escribir no sobre Arlt, ni como Arlt, sino con él, luego de él.

En Blanco nocturno están los temas de Arlt –la traición, la revolución, la invención, el margen, la crónica apócrifa– pero no como imitación o como punto de referencia, su presencia responde a un criterio de función, de ejecución y de estructura. Esto, por supuesto, no hace que la novela sea buena, pero sí hace que sea comprensible dentro del programa artístico de Piglia que, como unos cuantos escritores, en lugar de escribir libros, escribe una obra.