Por Rocío Romero (Perú, 1990), integrante de la 2da generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas

[Este texto es parte del especial “Lxs calientes en América Latina” que incorpora reportajes, crónicas e investigaciones desde 12 países de la región]

Las Cucardas es el prostíbulo legal más conocido de la capital peruana fundado hace más de medio siglo en el Cercado de Lima y dirigido desde la década de los noventa por Víctor Hugo Shimabukuro Nakajima. Este hombre de 55 años y de ascendencia japonesa, tildado varias veces de mafioso, ahora prefiere alejarse de la prensa y llevar una vida más ‘discreta’.

Víctor Shimabukuro es talentoso con la guitarra acústica y también con las armas. Confesó ante cámaras haber disparado para proteger su vida y defendido a sus trabajadoras de novios vividores y otros individuos irrespetuosos. Nunca se desplaza sin seguridad.

Incursionó en la literatura con Viaje a Las Cucardas y El fantasma elegante, y presumió haberse acostado con más de cien mil mujeres a lo largo de su vida.

Ahora asiste con poca regularidad al prostíbulo que heredó de su abuelo. ¿Por qué? Según las meretrices y extrabajadores del local, recurre a programas de rehabilitación para superar sus vicios con las drogas y el alcohol; sin embargo, su hermano José Anthony no confirmó esa versión.

“No puedo decir dónde trabaja ni en qué momento lo puedes encontrar”, aseguró el despreocupado familiar en su vivienda de Carmen de la Legua-Reynoso en el Callao. Esta propiedad, de tres pisos, paredes blancas y de fácil acceso, está situada en una esquina y es la misma que reportó Víctor como domicilio en el Registro Nacional de Identificación y Estado Civil. José, vestido con sandalias, pantalón corto y una camisa abierta, añade: “eso es una pantalla”, al consultarle sobre la fundación que iba a crear su hermano y su interés por la música criolla.

Víctor es un hombre respetado y temido por las prostitutas de Las Cucardas. Para muchas de ellas, es la persona que les dio la oportunidad para mejorar su estabilidad económica; para otras, un simple hombre de ‘negocios’. Hoy ‘Toño’, un personaje de piel clara, cabello negro, ojos rasgados y contextura gruesa, toma el mando de la empresa que recibe a clientes anónimos y figuras de la esfera pública.

“Es una mierda. No te le acerques. Es igual que Víctor Hugo”, dijo una prostituta bajo el seudónimo de Nidia.

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Víctor Hugo Shimabukuro Nakajima en Las Cucardas en 2015.

HORA DE TRABAJAR

Nidia tiene 22 años y no llegó a Las Cucardas de casualidad. En 2013 ya alquilaba su cuerpo a clientes exclusivos. Visitaba departamentos y viviendas en Miraflores como kinesióloga y además ofrecía servicios sexuales por delivery. El negocio no era malo, pero tenía problemas con sus clientes: “a veces me pagaban menos”, comentó con nerviosismo.

“Una amiga me dijo de este sitio, vine un día, me presentaron a ‘Toño’ y él me dijo que me haga los chequeos (médicos) respectivos para ver si no estaba ‘quemada’. Pasé y acá estoy”, añadió la joven visiblemente operada, como la mayoría de las chicas. Es peruana y comparte clientes con mujeres colombianas, ecuatorianas, venezolanas y de otras nacionalidades, mayores o de su misma edad.

El rostro de Nidia no expresa tristeza ni alegría. Su voz es suave y no balbuce al hablar. Prefiere no comentar las razones por las que decidió convertirse en prostituta ni da muchos detalles sobre ella o su familia. No estudia y asegura que en algún momento llevará otro tipo de vida. Sabe que su trabajo es mal visto por la sociedad, pero digno como cualquier otro. Como ella, cerca de 30 mujeres por turno (mañana y noche) se prostituyen en Las Cucardas.

En Perú ejercer la prostitución no es un delito, lo es el proxenetismo; es decir, obtener dinero a través de la explotación sexual, como lo comenta en un artículo Hugo Muller Solón, coronel de la Policía Nacional del Perú (R) y abogado penalista. Supuestamente, Las Cucardas solo renta las habitaciones y obtiene ganancias del bar.

El turno de Nidia empieza a las cuatro de la tarde. Llega al local situado en la cuadra 8 del jirón Ricardo Treneman, cerca de la avenida Argentina y a espaldas de Las Malvinas (un mercado de la informalidad), ingresa y se prepara para los clientes que empezará a atender desde la próxima media hora.

Cruzar la puerta es todo un ritual y una osadía prohibida para las mujeres, a excepción de las que trabajan ahí. Cuatro personas de seguridad vigilan el ingreso: una registra los taxis que parten del prostíbulo, pues también ofrece el servicio de movilidad; dos imponen orden en el ingreso; y otra revisa a los clientes con un detector de metales.

Los celulares, las maletas y cualquier objeto de gran tamaño están prohibidos. En la recepción, un hombre viejo y de rasgos japoneses guarda los aparatos y cobra la entrada: 38 soles (12 USD aproximadamente) en efectivo o con tarjeta. El comprobante de pago sale con el nombre de Rosa Hatsue Shimabukuro Shimabukuro S.A.C. que tiene su dirección fiscal en la avenida Argentina, una sucursal y un depósito en la avenida Guillermo Dansey, y el local de Las Cucardas.

El pago por la entrada incluye dos bebidas de cortesía, un preservativo y un ticket de control. Otro guardia realiza una nueva inspección antes de ingresar al pasillo de la sensualidad: “alza las manos, abre las piernas, gira…” exige con voz gruesa y con la seriedad que caracteriza a a todos de los trabajadores del night club. Para las mujeres que trabajan ahí está prohibido conversar con los clientes. En realidad, pocas personas van a conversar.

La primera vista es un amplio corredor con puertas en ambos lados. Las mujeres están en ropa interior o de látex y se paran afuera de cada habitación. Cual fuera un mercado, el cliente elige a la chica con la que quiere pasar el rato. Son altas, bajas, delgadas, de contextura gruesa, mayores… para todos los gustos y fantasías.

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Las luces rojas iluminan este primer escenario que se replica en el segundo piso del local. Algunas habitaciones tienen pequeñas colas de hombres ansiosos por ingresar y otras no. Los asiduos asistentes, en diferentes foros de la web, crean sus propios rankings sobre las ‘atenciones’ de las mujeres. Unos prometen regresar; otros dicen que el servicio ya no es el mismo y algunos simplemente las describen: “Danuska, la enmascarada; Valesca, buena atención…”

Nidia empezó sus servicios. A veces se acuesta con 25 hombres en el mejor de los casos, si se piensa monetariamente; en el peor, solo con 10. Pero ella, al igual que varias prostitutas no solo tienen sexo en sus habitaciones, también bailan sensualmente a ritmo de rock, pop y salsa, y con vestimentas diminutas en los escenarios que tienen un tubo en el centro. El objetivo: excitar a los clientes.

NEGOCIO MILLONARIO

Las Cucardas se ubica en una zona de Lima con poca seguridad y callejones desolados. Los taxis privados abundan en el ingreso, al igual que las vendedoras de cigarrillos y chicles. El frío no es impedimento para que trabajen en la intemperie hasta la madrugada. Sus clientes son los mismos del prostíbulo: hombres bien vestidos y de corbata en su mayoría.

Para quienes prefieren no entrar en ‘acción’ inmediatamente, un bar bien surtido los espera al final del ingreso. No hay una carta con precios, el consumo es previo pago y tampoco hay aperitivos. Una cerveza personal cuesta 15 soles (4.5 USD), más del doble que una tienda cualquiera. Dos mozos entregan las bebidas. Esta vez la boleta arroja el nombre de Homy Producciones E.I.R.L., también con dirección fiscal en la cuadra 18 de la avenida Argentina, la misma ubicación que el de la boletería.

Paty es una exprostituta que aceptó, desde su natal Ecuador, conversar sobre su estadía en Las Cucardas. Cuando llegó a Lima un taxista del night club llamado Daniel la ayudó a conseguir su carné de extranjería para laborar en Perú, sin ningún tipo de trámite personal. Trabajó bajo el mando de Víctor Shimabukuro durante tres años, hizo dinero y se alejó de los pasillos del prostíbulo. “Tuve muchos problemas y mi vida corría peligro”, expresó. Hoy es casada y tiene un hijo.

La vida de Paty no fue sencilla. Su situación económica la obligó a migrar y a refugiarse en el primer trabajo que encontró en Lima. Atendía 30 hombres en promedio cada día, soportaba la indecencia de muchos de ellos y el enamoramiento de otros. Ella entregaba un porcentaje de su dinero a Las Cucardas por cada servicio ofrecido, algo que el mismo Víctor negó incansablemente.

“Acá no hay cafichos (…) ni nos llevamos el 50% de su trabajo”, presumía Víctor Shimabukuro en una entrevista para la revista Caretas en 2009. El polémico personaje  aseguraba en aquella época que solo alquilaba los cuartos a 100 soles. Hoy, la historia es otra. Si bien la administración de Las Cucardas no se lleva la mitad de lo que ganan las prostitutas por cliente, sí recibe al final el 25% de esos ingresos; es decir, 20 soles.

En un turno, ya sea de día o de noche, cada una de mujeres atiende a 15 clientes en promedio. La tarifa básica, que no incluye sexo sin protección ni pedidos ‘especiales’, es de 80 soles por 20 minutos.

Solo en un día una meretriz como Nidia se lleva a casa 900 de los 1200 soles que obtuvo dándoles placer a hombres; es decir, 50 soles más del salario mínimo mensual de un peruano. Las 60 prostitutas en conjunto generan solamente por servicios sexuales 25.9 millones de soles (US$ 7.7 millones) en un año: 19.4 para ellas y 6.4 para Las Cucardas.

A diferencia de la prostitución clandestina característica en el centro de Lima y algunas veces por explotación sexual, en Las Cucardas cada chica alquila su cuerpo por decisión propia, basada en diferentes circunstancias. Hay quienes trabajan algunos años y otras que tienen una vida ahí.

En este vaivén de clientela, ‘Toño’, que va para todos lados con su arma de fuego, según indican trabajadoras del prostíbulo, tiene una peculiar función: recolectar el dinero que pagan los clientes por sexo. Recorre uno a uno los cuartos del primer y segundo nivel para cumplir este objetivo. Es un hombre aparentemente callado y que con una mirada da indicaciones. Es el turno de Nidia.

En su habitación, que no supera los cuatro metros cuadrados, además de la cama de plaza y media, un retrete, lavadero y una mesa de noche, hay un botón que comunica con la administración. Nidia lo presiona, “Toño” aparece en la puerta al instante y recibe el dinero que ella cobró. Todo pago es por adelantado.

Ella cierra la puerta de madera con cerrojo y mientras se le dice al cliente que se lave las manos con el alcohol que hay en la habitación recibe debajo de la puerta el vuelto y un papel: “20 soles (por el) cuarto y 60 (por el) trabajo”. Con ese cupón recuperará su dinero al finalizar esta y todas las jornadas de la noche.

A diferencia del cobro por el ingreso y el consumo en el bar, las prostitutas no emiten boletas ni ningún comprobante de pago a sus clientes. Siguen trabajando, generando dinero, día tras día… nuevos fondos para el fortín de Las Cucardas. El negocio continúa siendo dirigido como mucha cautela. Pocos cuestionan algo de él.

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