La discusión sobre temas de género y feminismo ha estado presente en el debate de los últimos meses por diversas razones. En estas discusiones públicas a través de espacios como las redes sociales, uno de los argumentos más repetidos ha sido aquel que propone que nuestras sociedades son cada vez más igualitarias y, por tanto, las luchas feministas se encuentran en una especie de crisis al no tener ya tanta claridad sobre sus metas políticas.

En un contexto histórico en el que las conquistas del movimiento de mujeres parecen apabullantes e incuestionables (¡hey amigas, hoy podemos votar, ir a la universidad, ser cualquier cosa que queramos, etc.!), se nos cuestiona una y otra vez cuál es la necesidad de seguir nombrándonos feministas, y seguir vinculando esta postura política con demandas de cambio muy concretas.

El presente texto tiene la intención de abonar a esta discusión centrándose en un tema que ha sido origen de interminables debates analíticos dentro de los estudios de género y que, a la vez, es una realidad concreta en la vida de todas las personas. ¿Cómo nos organizamos como sociedad para realizar el conjunto de actividades que requerimos para nuestra producción y reproducción como especie? ¿qué tiene que ver el género y el feminismo en todo esto? Para ir desarrollando las respuestas me concentraré en tres ideas básicas para entender una realidad cada vez más compleja, en tanto las desigualdades de género se vinculan con otras de clase y raza. En nuestras sociedades, las lecturas simplistas de lo que pasa a nuestro alrededor deberían ser, cada vez más, vistas con sospecha y recelo.

1.La división sexual del tiempo

Una idea de falso universalismo (“en esta sociedad todos somos iguales”) nos sugeriría que analizar el tiempo y la forma en la que cada quién vive las 24 horas que dura un día es un ejercicio ocioso o de mera curiosidad antropológica. ¿Qué cosa puede ser más neutral que la Tierra girando sobre su propio eje? ¿qué disparate es analizar la duración de los días desde una perspectiva feminista?

Pues bien, quienes nos dedicamos a los estudios de género argumentamos que la construcción de la masculinidad y la feminidad (es decir, el género), opera como una forma de organizar la sociedad en términos muy concretos. No se trata meramente de una identidad individual, sino de una serie de acuerdos colectivos que organizan todos nuestros intercambios.

Una de las formas de esta asignación diferenciada de las posiciones sociales es sin duda la referida al trabajo: quién hace qué en la sociedad, con qué propósitos, y en medio de qué acuerdos o redes de significados. Nuestras sociedades necesitan realizar actividades de producción y, al mismo tiempo, necesitan solucionar tareas relacionadas con la reproducción y los cuidados, es decir, no sólo de pan viven los hombres, sino también de una serie de actividades que no se transforman en productos concretos intercambiables en el mercado, pero que al mismo tiempo son indispensables para la vida humana: la necesidad de alimentarnos, de habitar espacios con condiciones básicas de limpieza, y de recibir cuidados a lo largo de toda nuestra vida, pero principalmente en ciertas etapas en las que esto es crucial para la supervivencia, es decir, durante la infancia y la vejez, periodos de tiempo en los que ninguno/a de nosotras podría ser autosuficiente.

A esto se ha llamado la división sexual del trabajo porque, aunque tanto hombres como mujeres son capaces de trabajar para producir, o de trabajar para cuidar a otros/as, el género ha organizado esta división de tareas de forma un tanto arbitraria, naturalizando las actividades femeninas y conceptuando el trabajo de reproducción y cuidados como una extensión de la capacidad de parir de las mujeres. Es aquí cuando decimos que el género no es una cosa biológica sino cultural: yo tengo una matriz, puedo gestar y parir y, como consecuencia de esto, debo responsabilizarme de: limpiar el hogar en el que habito con mi familia, cuidar a mis hijos/as, cuidar a los ancianos/as de mi casa, ir a hacer las compras, cocinar, lavar, planchar, ayudar a mis hijos/as con sus tareas, educarlos, etc. Seguramente el lector/a se estará preguntando qué tiene que ver saber trapear con tener una matriz, y justo en eso reside la trampa argumentativa: al yo decir que una cosa es una consecuencia o resultado de otra, tengo que desmarcarme de la base material o biológica (tener una matriz), pasar por una serie de elaboraciones culturales (la ideología, los significados de la maternidad, los estereotipos, las telenovelas, la religión, el arte, etc., etc., etc.), para finalmente llegar a la consecuencia: tienes matriz, por lo tanto eres responsable de trapear. Pero si digo que tengo matriz pero no sé trapear, o que no tengo matriz pero sí sé trapear, entonces de manera intuitiva develo justamente la ficción del género: ¿qué tiene que ver tener (o no) una matriz con saber (o no) trapear?

Sin embargo, aunque sea una ficción, está presente en nuestra sociedad con tanta contundencia que adquiere una materialidad como si de un hecho natural se tratara.

De esta división, además, interesa resaltar que la relación entre las actividades productivas y las actividades domésticas y de cuidados no es de complementariedad sino de jerarquía. Unas son las que se contabilizan en la sociedad, son nombradas, visibles, y tienen una remuneración económica, mientras que las otras ni siquiera son nombradas como trabajo (sino, como ya hemos dicho, como una extensión de la naturaleza sexuada), y no tienen ningún tipo de pago.

2.El impuesto reproductivo

¿Qué tanto de lo expuesto en la pista previa continúa presente en nuestra sociedad? Cada que hablo de este tema me encuentro (casi de manera inevitable) con opiniones como que la división sexual del trabajo está desapareciendo en nuestros países, ya que las mujeres tienen mayor participación en las actividades remuneradas, mientras que los hombres (quizás con menos rapidez, pero con igual continuidad) muestran un cambio generacional en el que con mayor frecuencia son corresponsables del cuidado de sus hijos/as, y de las actividades domésticas. Nuestros días y rutinas cada vez se parecen más.

No digo que estas dos cosas no sean válidas, sino que es necesario tener información más allá de las percepciones o experiencias cercanas. Justamente para esto desde hace varios años se realizan encuestas nacionales sobre usos del tiempo. En México se llama la ENUT, está a cargo del INEGI, y gracias a ésta se pueden obtener datos como las tasas de participación de hombres y mujeres en diversas tareas, así como el tiempo promedio que a esto se le dedica.

Por ahora quisiera sólo mencionar el caso de cinco actividades: limpieza de la vivienda, cuidado a integrantes del hogar de 0 a 14 años, cuidado a integrantes del hogar de 60 años y más, preparación de alimentos, y trabajo para el mercado. En la siguiente tabla se muestra la tasa de participación (de cada 100 personas, cuántas sí hacen estas tareas), así como el promedio de horas semanales.

Actividad Tasas de participación Promedio de horas semanales
Hombres Mujeres Hombres Mujeres
Limpieza de la vivienda 73.9 94.4 4.1 9.6
Cuidado a integrantes del hogar de 0 a 14 años 33.9 46.3 11.5 24.9
Cuidado a integrantes del hogar de 60 años y más 5.6 5.7 11.5 24.9
Preparación de alimentos 58.2 93.3 4.0 13.7
Trabajo para el mercado 76.3 44.8 48.1 38.0

Fuente: Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, México, 2015

Como se puede observar, en términos generales las mujeres mexicanas realizan en mayor proporción las tareas domésticas y de cuidados y, aún en los casos en los que esta diferencia en las tasas de participación no son muy elevadas (como en el rubro de cuidado a integrantes del hogar de 60 años y más), las diferencias en el promedio de horas semanales que se le dedican sí son muy grandes.

Así, aunque las mujeres participan cada vez más en las actividades remuneradas, éste sigue siendo un ámbito predominantemente masculino, mientras que la incursión de los hombres en las tareas domésticas y de cuidados es limitada y en menor cantidad de horas que las que las mujeres aportan a estas actividades.

Es importante insistir en que el problema con esta separación de tareas socialmente necesarias es que ésta está permeada por jerarquías y desigualdades: el ámbito de lo doméstico y el de lo público no son iguales, pues uno es valorado y el otro no.

Una segunda problemática es que aún cuando las mujeres se incorporan al trabajo para el mercado, continúan siendo quienes más horas destinan a las actividades domésticas y de cuidados (a esto se ha llamado en la literatura la doble jornada laboral), por lo que su tiempo total de trabajo (remunerado más doméstico y de cuidados) es mayor que el de los varones.

Volviendo al argumento de que las feministas hemos perdido la claridad en nuestras demandas políticas porque ahora podemos, por ejemplo, ser profesionistas y trabajar a cambio de un salario, este supuesto avance en la igualdad entre hombres y mujeres revela su punto flaco cuando pensamos que esa participación de las mujeres en la esfera de lo público no ha sido acompañada por una igual participación de los varones en el terreno de lo doméstico. Ni qué decir de la manera en que esto incide en la trayectoria laboral de las mujeres quienes, además de su trabajo profesional, deben llegar a su casa a preparar la cena, cosa que no siempre sucede con los varones.

  1. Una sociedad que ponga la vida al centro

Esbozada hasta aquí la problemática, a continuación presento dos contrapartidas a esto, y una tímida solución política surgida de los debates de la economía feminista:

  • Primera contrapartida: si todos nos vamos a realizar actividades remuneradas, ¿quién va a cuidar a los/as niños/as? Todo parece indicar que la participación de las mujeres en el mercado laboral seguirá creciendo, primero como resultado de los cambios sociales como sus mayores niveles de escolaridad, y después porque cada vez es más necesario que las familias tengan dos o más ingresos para cubrir sus necesidades de consumo. En este sentido, algunas familias perciben acuerdos igualitarios en torno al trabajo doméstico y de cuidados ‘solucionando’ este problema al contratar a una tercer persona: “en mi casa yo cocino el sábado, mi pareja el domingo, y la empleada doméstica el resto de la semana… o sea que somos muy igualitarios”. Pero si bien esto resuelve el problema en términos individuales, no lo hace en términos colectivos, pues las trabajadoras domésticas generalmente son mujeres (no desparece la división sexual del trabajo), así que únicamente se van cediendo las tareas de reproducción en una jerarquía ya no sólo por género, sino además por clase y por raza. La necesaria tarea de lavar el baño se va reorganizando para abajo: lo hace una mujer, pero además una mujer de clase baja, migrante rural, que trabaja por un salario insuficiente, etc.
  • Segunda contrapartida: si los varones no cuidan a los niños no es porque no quieran. Y esto es cierto tanto para hombres como para mujeres que participan en el mercado laboral: no es que no realicen las tareas domésticas y de cuidados por falta de voluntad, sino porque el diseño de los trabajos remunerados lo impide, ¿cómo cuidar a los hijos/as, cuando la jornada laboral inicia a las 9 de la mañana y ni siquiera tiene una hora fija de término? ¿no están siendo un poco cortas de miras las feministas cuando sitúan el problema de la baja participación de los varones en las tareas domésticas y de cuidados en términos voluntaristas?

La tímida propuesta feminista. Como se ha visto, el problema es mucho más complejo de lo que parece, y no se va a solucionar ni contratando a una tercera persona para que realice estas tareas, ni contratando a empleados domésticos (varones) en vez de a empleadas domésticas (mujeres), ni repitiéndoles a los hombres hasta el cansancio que ellos también pueden agarrar el trapeador o cambiar pañales. Todas estas soluciones, aunque importantes unas más que otras, remedian la situación sólo desviándola, y la pelotita/problema, como siempre pasa cuando hablamos de lo social, termina pegando ahí en donde de forma más aguda se presentan las desigualdades: en los hogares en los que no se puede recurrir al mercado para esto, en los hijos/as de las trabajadoras domésticas, en los hijos/as y padres o madres de las mujeres que migran para cuidar a los hijos/as o padres o madres de mujeres y hombres del Norte Global, etc.

Ante esto, las economistas feministas hemos tenido la ocurrencia de que no es posible solucionar este problema sin reorganizar por completo la forma en que nos organizamos para producir y reproducirnos. El desdibujamiento de la división sexual del trabajo no puede darse en una sociedad en la que el trabajo se organiza a partir de la producción, el consumo, y la acumulación de capital que de esto se deriva. Lo que sigue, entonces, es hacer uso de la imaginación política para pensar en otras sociedades posibles, en las que el cuidado de la vida, con toda la complejidad que ello conlleva, esté al centro de las actividades humanas.