Incluso en enero, Chilpancingo es una ciudad calurosa. Llegamos a ella muy temprano en la mañana para instalarnos en un salón de la Universidad Autónoma de Guerrero, sureño estado mexicano, que abrió sus puertas extraordinariamente por el fin de semana. Varios jóvenes –y no tan jóvenes– nos reuníamos para conocer, en un curso introductorio, qué es Unisur, a qué metas obedece, qué principios enarbola y cómo hace para sobrevivir y crecer en un ambiente que no parece el más adecuado. Ante un público entusiasta, cinco profesores se turnaron la palabra durante dos días para relatarnos la historia de la Universidad, una historia estrechamente ligada a las longevas luchas de los varios movimientos sociales guerrerenses.

Las guerrillas campesinas de los años sesenta, lideradas por Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, dieron pie a un sinnúmero de organizaciones sociales en Guerrero, muchas de ellas combativas y defensoras de un proyecto político claramente definido. El movimiento magisterial, importantísimo durante las décadas de los años setenta y ochenta, combinó las redes de comunicación y resistencia de la Montaña –en donde históricamente han operado las guerrillas del estado– con la movilización de grandes grupos en las ciudades. Poco a poco, ciertas vertientes de los movimientos rurales y magisteriales entraron en contacto con las comunidades indígenas y, entre varios proyectos más[1], nació la idea de edificar una universidad intercultural, pública y directamente comprometida con las necesidades particulares de la comunidad.

El entusiasmo reinaba. Los asistentes al curso comprendimos rápidamente la enérgica dinámica que requería el contacto con los demás “unisureños” y nos involucramos muy pronto mediante preguntas y comentarios de todo tipo. Debió quedarnos claro, para empezar, ¿qué es una universidad intercultural? Se trata de un proyecto educativo que posibilite y enriquezca el diálogo entre distintos grupos indígenas –o esferas culturales– de una misma región y el resto de la población mestiza. Un objetivo central es romper las barreras culturales y sociales que persisten entre la mayoría de la población mexicana –mestiza– y los pueblos indígenas. En segundo lugar, una universidad intercultural supone una plataforma para el diseño de propuestas políticas, culturales y económicas que crezcan estrechamente vinculadas con las condiciones particulares de cada comunidad y con las necesidades más apremiantes de éstas.

Y es así que Unisur (Universidad Intercultural de los Pueblos del Sur) intenta construir un modelo educativo siempre alerta de las expectativas, condiciones y necesidades de los pueblos originarios. La intención es que los estudiantes rescaten, revaloren y transformen los conocimientos de sus propias comunidades y de sus modos de organización social, política y económica. En las aulas se revisan, debaten y critican las condiciones reales de vida de los estudiantes y sus comunidades con el objeto de iniciar procesos de transformación que den nuevos significados a los problemas analizados, en aras de buscar soluciones precisas. Es por eso que el vínculo entre Unisur y las comunidades indígenas es central. Los cuatro pueblos indígenas de Guerrero, Me`phaa (tlapanecos), Nu savi (mixtecos), Na´mncue No´mndaa (amuzgos) y Naua (nahuas), lo mismo que los pueblos afromexicanos de la Costa Chica, participan activamente con la universidad desde sus organizaciones comunitarias.

Las comisarías de cada pueblo y los consejos de gobierno (pueden ser consejos de ancianos o consejos electos por la comunidad) aprueban los programas de estudio y participan en su elaboración. Del mismo modo, dan su visto bueno a los temas que los jóvenes quieren estudiar como parte de sus investigaciones finales. Así, estudiantes mixtecos estudiarían temas y problemáticas acordes a las condiciones de sus comunidades en permanente comunicación con la población local, razón que motiva la existencia de las actuales carreras de Unisur: Gobierno y procesos municipales; Identidad y Cultura; Desarrollo regional y Gestión de recursos locales. Así, la universidad cuenta con cinco sedes, ubicadas en regiones donde la mayoría de la población se asume como perteneciente a algún grupo originario: Xochistlahuaca en zona amuzga, Santa Cruz del Rincón en zona tlapaneca-mixteca, Xalitla en región nahua, Cuajinicuilapa como cabecera de la esfera afromexicana y, de muy reciente creación, José Joaquín Herrera, municipio también nahua.

“¿Y de qué das clases tú en Unisur?”. Para mí es siempre muy difícil responder a esa pregunta. Para empezar, ni yo ni nadie más damos clase de absolutamente nada; la idea central del modelo educativo es que no haya una relación directamente jerárquica entre quien supuestamente tiene el conocimiento y quien lo recibirá, relación que se reproduce en la idea de una clase o una cátedra. La dicotomía profesor-estudiante es un obstáculo para el buen funcionamiento del modelo. No significa que sea sencillo –de hecho es complicadísimo–, y la meta es crear espacios de reflexión y debate pluritemáticos donde asumamos que el conocimiento no es simplemente algo que se transmite unidireccionalmente. El conocimiento es producto del constante intercambio, del desarrollo de nuestras capacidades cognitivas y, sobre todo, de la reflexión en torno a temas y problemas que nos quitan el sueño y que quisiéramos resolver.

Entonces en Unisur nadie “da clases”; el sistema curricular es modular, a la usanza de la Universidad Autónoma Metropolitana de México (UAM). Hay bloques temáticos –o módulos– que duran un trimestre (dividido en seis sesiones de cuatro días cada una) y que proponen analizar un tema en particular (por ejemplo, democracia y autonomía) desde tres perspectivas principales hasta construir el siguiente esquema que combina la praxis con la teoría.

Contexto: lo que rodea al tema de estudio; sus características, su historia, su entorno social.

Sujeto: ¿quién o qué es protagonista de la transformación de este tema de estudio?

Proyecto: ¿cómo y por qué podría transformarse el problema?

En otras palabras, el modelo Unisur espera lograr el aprendizaje mediante la transformación práctica de las cosas y las situaciones: las relaciones sociales, de poder y la organización económica de una comunidad. En ese sentido, Unisur obedece también a un compromiso político muy claro: la lucha por las autonomías de las comunidades indígenas y campesinas y la reivindicación de los derechos políticos, de los espacios  y de los modos tradicionales de organización, todo eso dentro de las dinámicas nacionales y mundiales.

La educación intercultural, como proyecto, existe en México y en América Latina desde hace varios años. Las iniciativas suelen tener por objeto el impulso al desarrollo social y humano de las comunidades mediante procesos educativos que sean afines a las condiciones y necesidades locales, sin esquivar la trascendencia de los procesos políticos, sociales y económicos de las esferas nacional y mundial. No obstante, muchas universidades interculturales de nuestro país fueron creadas directamente por el gobierno (nacional o estatal) y obedecen a las políticas nacionales de integración indígena o de multiculturalismo que frecuentemente son incoherentes con la verdadera vida política, legal, social y económica de los pueblos indígenas.

Unisur sufre de una limitante distinta: los fondos para operar. Al no ser producto del Estado, la universidad, en su nacimiento, no recibió ningún tipo de fondos públicos, y como es de carácter público, jamás cobraría un solo centavo de colegiatura. El debate interno en Unisur fue (y sigue siendo) muy nutrido: ¿buscar el registro oficial ante las autoridades educativas nacionales y estatales para entonces recibir fondos públicos o, al contrario, mantener la autonomía total, pero sin ningún tipo de reconocimiento oficial –lo cual impide emitir títulos o recibir fondos, entre otras cosas? Y es que obtener el reconocimiento del gobierno implica coartar significativamente la autonomía de Unisur. Existe en México una disposición que limita a una la cantidad de universidades autónomas por estado de la República (permitiendo, eso sí, un número indefinido de ellas a nivel nacional). Como existe ya la Autónoma de Guerrero, Unisur no puede aspirar a ese grado de autonomía y recibir reconocimiento y recursos por parte del estado puede implicar, también, seguir ciertos lineamientos administrativos e incluso académicos. Finalmente, después de cuatro años trabajando sin dinero (excepto por ingresos provenientes de proyectos de investigación que lleva a cabo una Asociación Civil paralela a Unisur y a las donaciones –sobre todo en especie– que hacen los consejos comunitarios de los pueblos), Unisur decidió buscar la aceptación oficial y el reconocimiento político administrativo.

 

Salimos los jueves por la noche del Distrito Federal. La gran mayoría de los profesores somos chilangos, provenientes de distintas universidades nacionales: UNAM, ENAH, UAM, UACM… A veces recibimos prestada una camioneta para quince personas; a veces nos toca organizarnos en nuestros carros y emprender la ruta. Viajamos durante tres horas hasta Chilpancingo por la cómoda autopista del Sol. Ahí, en el centro de Guerrero, dormitamos algunas horas mientras nos reunimos con los demás profesores que nos albergan y regalan sándwiches para el camino. Viernes, 6 am y estamos de nuevo todos en la carretera, sólo que ahora divididos según nuestro destino. Las cinco sedes de Unisur comienzan cursos el viernes al medio día y esperan a sus profesores. Viajo hasta Cuajinicuilapa, a 340 kilómetros al sureste de Chilpancingo. Cuaji, de 27 mil habitantes, es por mucho la sede más grande de Unisur. Es donde vive la mayor población afromexicana y donde Unisur imparte su carrera en gobierno. Ahí, entre la hierba y tres salones de tabique, resistimos los húmedos calores costeños y trabajamos felizmente durante cuatro días, más de ocho horas al día. Los estudiantes, provenientes de las distintas comunidades indígenas y afros del estado, hacen el mismo viaje que nosotros y conviven entre ellos –y con los profes– durante todo el fin de semana. Unisur es más que un aula de clases; es un espacio de interacción y convivencia de lo más motivador y provechoso.

 



[1] Uno de tales proyectos es la CRAC (Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias), que aglutina distintos órganos de autogobierno local y, como mayor expresión de su presencia regional, organiza la Policía Comunitaria, cuerpo de voluntarios indígenas que busca garantizar la seguridad de alrededor de diez municipios de la montaña guerrerense.