-Traigo cien dólares –mintió María Luz. El oficial de la aduana mexicana miró a la muchacha extranjera, escéptico.

-A ver, muéstremelos.

-¿Por qué se los voy a mostrar, si son míos?

-¿No se da cuenta de que si yo no quiero, usted no entra?

“Y no, no me daba cuenta”, rememora María Luz casi cuarenta años después, en su casa de la colonia Portales, en la Ciudad de México. “Tuve mucha suerte de que ese hombre me dejara entrar a México, con un gesto como diciendo: ‘Pasa, pendeja, entra’”.

Era 1977 y ella, como muchos otros jóvenes argentinos, había cruzado todo el continente para pisar por primera vez en meses un país que no se encontraba bajo régimen militar. México, de todos los países de América Latina, era el que tenía una política exterior más permisiva; a él llegaban diariamente representantes de todas las guerrillas del mundo. Aunque tenía orden de captura en Argentina por militar en una organización, María Luz no pudo pedir asilo: entró al país como turista. Tenía 25 años y estaba sola. En el aeropuerto de la Ciudad de México tomó el primer camión que encontró, que la llevó hasta el hotel Francis, en la famosa avenida Reforma. Se gastó sus únicos veinte dólares en una habitación para pasar esa noche.

A la mañana siguiente, caminó hasta el Museo de Antropología, el punto de encuentro donde los compañeros de su organización habían acordado reunirse cuando eventualmente llegaran a México. Sin posibilidad de comunicarse, sin certeza de la fecha de llegada, la cita se repetía cada mañana y cada tarde. “Ahí estaba una compañera, esperándome. Si no, no sé qué hubiera hecho. No tenía dinero, no conocía a nadie”.

Nadie en el grupo tenía trabajo. Una noche la llevaron a un hotel de mala muerte en el Centro Histórico, donde María Luz arrimó los muebles del cuarto contra la puerta para evitar que los borrachos entraran por la madrugada.

Al mismo tiempo, en la ciudad de La Plata, Argentina, Alcira también arrimaba cada noche los muebles contra la entrada de su casa. “Sabíamos que al final, si los milicos querían entrar, no iba a servir de nada tener la mesa contra la puerta, pero igual lo hacíamos. Nos ayudaba a dormir”. Alcira, su marido y su bebé desayunaban todos los días escuchando la radio, para enterarse de a cuántas cuadras de su hogar se había encontrado esa mañana alguna zanja llena de cadáveres. “Nos parábamos a escuchar a quién habían matado, a ver si aparecían en la lista nombres de vecinos o conocidos”.

Alcira, a diferencia de María Luz, tuvo tiempo para planear su viaje a México. Estudiaba pintura y militaba en el Partido Comunista; no pendía sobre su cabeza una orden directa de captura, pero la vida en La Plata se había vuelto insostenible. Su idea era quedarse año y medio en el país de David Alfaro Siqueiros, intentar estudiar una maestría en pintura mural, esperar a que las cosas se calmaran. Llegó a la Ciudad de México de la mano de su esposo, con una maleta, una guitarra y un bebé. No volvería a pisar La Plata sino hasta 8 años después.

Su marido y ella le pidieron a una pareja de argentinos avecindados en México que los ayudaran a conseguir un empleo, el que fuera. A la semana, Alcira ya estaba trabajando como maestra de preprimaria en una escuela bilingüe. “Yo no sabía mucho inglés”, recuerda entre risas, sacudiendo su largo cabello rubio, “pero podía tocar algunas canciones en la guitarra, trataba de ser creativa con los niños”.

El primer trabajo de María Luz en México también fue en una escuela preprimaria. Ahí tuvo su primer desencuentro con la forma de hablar de los mexicanos. Le correspondía preparar con otra profesora la presentación de los alumnos para el Día de las Madres. “Deberían salir todos los niños en bola”, propuso su compañera. María Luz, desconcertada, pensaba: ‘Esta mujer está loca. ¿Cómo van a salir los niños en bolas (desnudos)?’”. No entendía por qué las maestras decían “Ándale” y “Quihúbole”; encontraba chocante la manera en que los mexicanos distorsionaban el español.

A la salida del trabajo, María Luz y sus compañeros argentinos se reunían para compartir la comida. “No teníamos un quinto. Nos juntábamos a comer una lata de sardinas con tomate y pan entre los cinco”. Se emplearon en trabajos “de porquería” porque ninguno tenía papeles. Al principio creyeron que no los necesitarían: el objetivo era estar en México unos seis meses y regresar a Argentina. Fue imposible.

Después de pasar un par de años en ese país, María Luz viajó con su esposo nicaragüense a Centroamérica, para militar en el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional). Allá tuvieron un hijo. En 1981, cuando estaban en Honduras, los secuestraron. Desaparecieron a su marido, pero ella logró asilarse en la Embajada de México con su bebé de un año. Una vez más, México fue su bote salvavidas. Regresó, pero ya no estaba sola: varios amigos y compañeros la esperaban, dispuestos a alojarla y a ayudarle a conseguir un empleo. Siguió militando desde México, terminó la carrera de Historia en la UNAM y consiguió trabajo en una ONG. Pudo pisar Argentina doce años después de haberse marchado. “Y el día que regresé, fue como si nunca me hubiera ido. Siempre que voy me pasa lo mismo”.

Para 1978, Alcira se había separado de su esposo y le informaba a su familia que planeaba regresar a La Plata. “Por favor, no vengas ahora. Están matando a tus amigos”, le suplicó su padre. Y la posibilidad de volver a vivir en Argentina comenzó a hacerse cada vez más remota. Se enteró de una vacante para coordinar el área de audiovisuales en una universidad en México. Alcira, que nunca había trabajado en el ramo, compró un libro sobre el tema y lo estudió antes de la entrevista de trabajo. Se quedó con el puesto. Años después y dedicada completamente a la enseñanza y desarrollo de proyectos audiovisuales, intentó regresar a Argentina con sus hijos, pero no logró conseguir un trabajo bien pagado. Paradójicamente, su país la rechazaba. Volvió a México, donde la esperaba su trabajo de profesora en el Instituto Politécnico Nacional, del que se jubiló hace apenas unos meses. A pesar de haber vivido casi cuarenta años en México y estar nacionalizada, su acento, su cabello rubio y ojos azules, la delatan casi inmediatamente como argentina. Y sí, Alcira se considera argenmex, una mezcla absoluta e inseparable de los dos países. En su primer día libre, Alcira pensó: “Ah, genial, hoy voy a poder tomar mate en lugar de café”.

María Luz se empleó como investigadora iconográfica desde hace más de dos décadas y es hoy una de las más reconocidas del país. “Lo más terrible que me ha pasado en la vida fue tener que dejar mi país. Lo más terrible”, cuenta, con la voz firme y el gesto duro. “Y mira que lo que vino después fue jodido”. María Luz nunca dejó de considerarse argentina. Pocas cosas le parecían tan insultantes como cuando la gente le dijera: “Tú no pareces argentina, qué buena onda que eres”. No se nacionalizó, no encontró razón para hacerlo. A pesar de sentirse muy integrada al país, de vivir hace 25 años con su marido mexicano, sigue sintiéndose “argentina hasta las cachas. Extraño horrores, cada vez extraño más. Los amigos, mi familia, la ciudad de Buenos Aires, el río”.

Alcira y María Luz se conocieron varios años después de llegar a México. Sus hijos, verdaderos herederos del exilio, escuchan tango y rock argentino, se formaron en universidades mexicanas, extrañan los alfajores y el dulce de leche, gritan gol cuando el equipo mexicano anota en los partidos y se nacionalizaron un día al mismo tiempo alegre y terrible, en el que tuvieron que firmar la renuncia a su nacionalidad argentina, su otra parte. “Pero descubrimos después que Argentina no permite que renuncies”, dice sonriente Aníbal, el hijo de Alcira, los mismos ojos azules de ella. “Allá soy tan argentino como aquí soy mexicano. Al final, nadie puede arrancarte un trozo de identidad, un país que también es tuyo”, aún si su madre tuvo que rehacer el nido tan lejos de él.