Con tanto humo el fuego no se ve

Relato doblemente parcial de las elecciones que se vienen en la Argentina

Parte 1

Mi nombre es Guillermo Alén, y soy argentino. Tengo 27 años, soy Profesor en Letras y librero anticuario. Pertenezco a una generación que llegó a la edad de votar en un contexto de caos económico y político: la ola de saqueos de 2001 y la debacle política y económica de 2002 que constituye una bisagra en la historia argentina, el año en que el país tocó fondo. Pertenezco a la generación que vio a su hermano mayor ir a Europa con nuestro peso igual al dólar, pero cobró su primer sueldo a una devaluación de 3 a 1, los que pagamos a una fiesta a la que nunca asistimos. La indiferencia política, ya fuera por desinterés durante la –ficticia- prosperidad de los 90 o por desencanto en los 2000, ha sido también una característica de mi generación. Durante muchos años me limité a ser una persona moral y mantenerme lejos de la “sucia” política. No obstante, como muchos otros en los últimos cinco años, he tomado conciencia de que soy un ciudadano, de que si la política es un gran negocio es porque nosotros lo permitimos, y que la única manera de terminar con las lacras que consumen a mi país es involucrarme políticamente.

El momento no es casual. En este 2011, se elige en Argentina un presidente. Mientras tanto, los argentinos estamos metidos en una auténtica guerra que tiene a la información y a los significados como principales instrumentos de combate.

El apocalipsis a diario. ¿Crisis? ¿qué crisis?

El grupo Clarín, enquistado con el gobierno desde la presidencia de Néstor Kirchner, no se arredra en instaurar el miedo y la inseguridad, poniendo cada asesinato en primera plana cual tabloide amarillista y titulares catastróficos casi a diario, amén de dudosas afirmaciones sobre el gobierno. El lector promedio del Clarín, el diario de mayor tirada en nuestro país, cree que está a segundos de ser baleado en la calle o sufrir una devaluación de sus ahorros, y que la culpa es del gobierno.

En el otro extremo, siguiendo las cifras y datos oficiales, la Argentina se encuentra en un verdadero resurgimiento como no se lo ha visto desde la Florencia de los Medici. Desde que el diunvirato K está en el poder hay más empleo, más seguridad, más vivienda, más estabilidad económica, más planes sociales, más justicia social y más milanesas para todos los argentinos. La juventud kirchnerista, bulliciosa y en general acrítica, en verdad debe vivir en el mejor de los mundos posibles.

En esta atmósfera enrarecida, toda posición es vista por un bando u otro como funcional al opuesto. Tomemos por caso un momento pivote, el intento del gobierno de implementar, por decreto (la famosa Resolución 125) y sin una moción nacida desde el poder legislativo, un oneroso impuesto a la producción agrícola en el 2008.  ¿Uno sostiene que el gobierno ha marrado en la forma de implementar el famoso decreto a las rentas extraordinarias del agro porque lo hizo de forma apresurada, verticalista y poco constitucional? Será llamado un oligarca golpista que busca desestabilizar a un gobierno democrático.  ¿Y si, efectivamente, uno considera que hay una desproporción entre el valor de exportación de la soja y la inversión necesaria para producirla, y que por tanto es necesario implementar impuestos extraordinarios para asegurar una mejor distribución de la riqueza? Es claro que estoy vendido al gobierno oficialista y por lo tanto aliado a la corrupción y la concentración de poder. Mientras estos dos bloques, cada uno con su respectivo leviatán mediático, monopolizan la política y polarizan a la Argentina en un tablero de damas blanco y negro, aquellos que intentamos ver los matices entre todo este humo no encontramos nuestro lugar.

La situación se hace más grave en cuanto que éste no es un mero problema de la derecha contra la izquierda. Si fuera así, sería fácil alinearse. Sobre la derecha no hay mayores interrogantes: la derecha siempre sabe mantenerse coherente y unida, porque sus intereses raramente chocan o se confunden. Sin embargo, la perspectiva de considerar los ocho años de gestión de los Kirchner como francamente progresista y de izquierda provoca a muchos, incluyendo a quien suscribe, incomodidad, escepticismo o sorna.

Breve semblanza de la era Kirchner, o cómo hacer del peronismo un parque temático.

El secreto del éxito de los Kirchner es, probablemente, doble. Por un lado, una parte de su gestión ha sido innegablemente positiva. La nueva Ley de Radiodifusión es un golpe decisivo a los monopolios mediáticos. Las jubilaciones han aumentado, la economía se mantiene estable y con un crecimiento moderado pero sustentable desde el 2001, el valor del peso se mantiene parejo (a un costo de alrededor de un 15-20% de inflación anual) y ha habido una serie de medidas y subsidios para familias desocupadas y madres solteras que han paliado una parte de las inmensas desigualdades sociales heredadas de los 90. Sin duda el efecto más rescatable de este gobierno, y el menos medible, es que encauzó muchas demansas sociales hasta entonces desoídas por los gobiernos de turno y generó esperanzas en un momento en que muchos creyeron que no podríamos salir del pozo. Y está el detalle, no menor, del enemigo común: los desmanes y bravatas del gobierno, aunque inexcusables, han dejado en evidencia lo peor de la derecha y de la manipulación mediática en la Argentina.

El otro pilar es discursivo, fantasmagórico. La maquinaria electoral peronista, vaciada de su sentido original, sigue aceitada y funcionando: masivas marchas populares con los colores patrios, bombos, estruendo, choripanes, discursos llenos de patoteadas donde en realidad no se dice nada, confrontaciones inútiles con la Iglesia, y el culto a la personalidad, la canonización del difunto Néstor Kirchner y actos de Cristina enmarcada en gigantescas imágenes de Evita. Un elemento, sí, fue nuevo: Néstor Kirchner no vaciló en glorificar el terrorismo revolucionario de los ‘70 y usar como capital político a sus 30.000 desaparecidos, captando a aquellos intelectuales que se niegan a dejar nuestro pasado sangriento atrás.  La manipulación de los discursos históricos y las mitologías de las masas argentinas, la devoción popular a Evita y la invención de enemigos polìticos son todos terrenos en los que los peronistas fueron siempre artesanos consumados.

Sin embargo, pese al progresismo y la bandera de los Derechos Humanos, las empresas privatizadas por el menemismo permanecen privadas, incluyendo el petróleo. El modelo económico, más allá de la asistencia social, sigue siendo el mismo modelo agroexportador que sostiene Argentina desde 1860, modelo que ha mostrado eternamente sus limitaciones, su inestabilidad y su tendencia a concentrar la riqueza. Es por tanto un gobierno eminentemente conservador con una fachada progresista que no pocos jóvenes e intelectuales, nostálgicos de los 70 o hartos de indiferencia política, han abrazado con entusiasmo a pesar de sus flagrantes contradicciones. En este contexto, el kirchnerismo apela a la técnica “es nosotros o la derecha”, y se propone como salvación de la izquierda, considerando a otras fuerzas como “izquierda funcional a la derecha”…

Parte 2

¿Ud. es “gente bien”? Out of the closet! ¿No ve que se vienen los bárbaros?

La derecha argentina, acallada por los ajustes que exigió la crisis, nunca dejó de suspirar por el 1 a 1 y ha recogido el guante. Su más rancio representante es el PRO, una fuerza política nacida en los últimos seis años liderada por Mauricio Macri, empresario multimillonario que es actualmente Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Su discurso es del más recio corte derechista y neoliberal, y su política en la Ciudad, tras casi cuatro años de gestión, muestra inconsistencias y errores de todo tipo. Se ha invertido una cantidad descomunal de dinero en cambios cosméticos: las plazas de Buenos Aires lucen mejor que nunca, pero los barrios bajos de la ciudad se siguen inundando cada vez que llueve y las villas de emergencia reciben pintura y canchas de pasto sintético… pero de cloacas o agua potable ni noticias (no hablemos de planes de vivienda). Ni Macri ni ninguno de sus allegados pueden hilar un discurso coherente, pasando vergüenza en cuanto debate televisivo han pisado. No obstante, pueden mover millones de dólares encampaña, y movilizan a un sector social, la clase alta y la asediada clase media argentina, que están más preocupadas por mantener el statu quo, instalar bicisendas, leer Clarín, construir muros y poner policías en las esquinas que por solucionar la perversidad de un modelo económico que generan esa exclusión, indigencia e inseguridad que intentan tapar. Su plataforma podría ser representada en forma de un “lawn” suburbano norteamericano, debidamente regado y amurallado.

Mientras, Eduardo Duhalde, eterno caudillo de la Provincia de Buenos Aires, expresidente y piloto de tormenta de nuestra crisis del 2001, ha vuelto. Capitaliza su accionar en los dos años siguientes, en el que se tomaron una serie de medidas drásticas pero acertadas que devolvieron la normalidad a un país sobre el que se agitó fugazmente el fantasma de la anarquía. El hecho es menos sorprendente si tenemos en cuenta que es un secreto a voces que la ola de vandalismo de 2001 estuvo en buena medida orquestada por él mismo. Duhalde se mueve en las turbias aguas del Conurbano Bonaerense como un bagre experimentado. Las largas acusaciones de enriquecimiento ilícito, mafia, narcotráfico y feliz concubinato con la corrupción policial no lo asustan: las masas sindicales del transporte, que pueden paralizar al país, están de su lado. Su plataforma política es neoliberal y de centroderecha (ha buscado acercamientos con Macri), y sus métodos son los del peronismo más demagógico, que él ha sabido dividir y recuperar. Como fuerza opositora es temible y todo indica que quien gane tendrá que pactar con él.

¿A quién votar? ¿A la ilusión de progresismo de los Kirchner, a la derecha neoliberal, a la mafia sindical? Quedan opciones.

La memoria del saqueo: Pino se planta.

Mi voto está con Fernando “Pino” Solanas, candidato reciente y algo sorpresivo. ¿Por qué? Porque a diferencia de los otros candidatos, no es abogado, empresario, o líder sindical: es cineasta e intelectual. Porque orientado siempre a la izquierda, y afín al peronismo más rancio, el del ’45, su carrera fílmica es un corolario de coherencia política. Porque sufrió siete años de exilio durante la última dictadura. Porque en 1992, tras críticas furiosas a las políticas neoliberales de Carlos Menem, sicarios armados le dieron 6 balazos en las piernas, esto es, 6 más de los que el matrimonio Kirchner, con su supuesta militancia revolucionaria, pueden jactarse. Porque no se arredró, y fue diputado opositor en el período 1993-1997, con un accionar legislativo destacable; su proyecto para la cultura se plasmó en la Constitución Nacional de 1996. Porque sus últimos films, Memoria del saqueo (2004),  La última estación (2008) y La tierra sublevada (2010), que fueron financiados con su propio bolsillo, muestran la debacle producto del modelo neoliberal en la Argentina, el desmantelamiento de la red ferroviaria a favor de miserables intereses sectoriales y el abuso ambiental de las grandes empresas mineras foráneas. Porque escribió sobre el cine como arma de descolonización y sobre los negociados millonarios de la represa de Yacyretá. En suma: porque fue durante los últimos años un foco pequeño pero tenaz, un foco de lucidez y honestidad en un país donde ambas cosas escasean más y más.

En 2007 Solanas fundó Proyecto Sur. Es un partido de izquierda, de corte progresista, pequeño y sin un imperio económico o sindical detrás que financie su campaña. No apela al marxismo vetusto, ni a demagogias populistas, sino a propuestas concretas. Su plataforma política es atractiva, concisa y clara, y gira en torno de cinco “causas” o ejes. Concuerda en aquellas facetas más progresistas del actual régimen, como la defensa de los derechos humanos, una mejor repartición de la riqueza, planes sociales para familias vulnerables y una postura progresista en temas como el matrimonio gay. Por otro lado, propone un cambio radical en el modelo económico agroexportador: la nacionalización de los medios de transportes, la recuperación del ferrocarril para la reactivación del comercio interno, la prohibición del uso de agrotóxicos en los enclaves sojeros, planes de industrialización y la estatización del petróleo y los recursos minerales.

Con una campaña inaugural en extremo austera pero de mucha fuerza entre los jóvenes, pudo presentarse en las elecciones legislativas de 2007 y salir segundo, ganando varias bancas. Desde entonces, el bloque legislativo del PSUR, que sólo conforma el 4% de la cámara, presentó el 14% de todos los proyectos de ley, y no temió apoyar al gobierno oficial en aquellas materias en las que había acuerdo, demostrando que su papel va mucho más allá de una vil oposición “de desgaste”. Tampoco se arredró en hacer lo contrario, oponerse a medidas de mucho peso en el oficialismo.

La oposición lo acusa de romántico, inexperto, anciano, de su presencia escasa o nula en las provincias y de no contar con los recursos políticos para lanzarse a una candidatura por la presidencia. Esto último es cierto. Es opinión de quien aquí escribe y de muchos simpatizantes del PSUR que la candidatura a la presidencia es prematura: Pino Solanas debió postularse para las elecciones para Jefe de Gobierno de la Ciudad, en la cual posee una fuerte base de votantes y funcionarios, antes que a las elecciones nacionales, donde sus chances son magras. Con cuatro años de gestión en la Ciudad habría acabado con las habladurías sobre inexperiencia y romanticisimo y hubiera llegado a las elecciones de 2015 con un piso sólido desde el cual proyectarse a todo el país. No obstante, tras años de ser un pequeño foco de integridad, ahora va por todo. Con sus errores, con sus fallas, tiene mi voto y mi militancia.

La atmósfera electoral este año está espesa, las aguas turbias. Nadie se atreve a hacer pronósticos. La muerte de Néstor Kirchner en 2010 fue una patada al tablero, las fichas aún están reacomodándose. El juego, tanto de la derecha como del oficialismo, parece ser polarizar lo más posible la opinión pública, dividir aguas entre una supuesta izquierda peronista y la derecha recalcitrante, y cosechar todos los votos de cada sector. En el centro de esta guerra añeja, las fuerzas de cambio, los que estamos hartos del maquillaje neoliberal y la prepotencia demagógica del peronismo, parece que tendremos que esperar un turno más. Brasil apostó por el cambio y ganó, tengo esperanzas de que Argentina despierte.