Responsabilidad ¿de quién?

La idea de que las empresas tienen una responsabilidad con el entorno en el que se encuentran y del que obtienen sus beneficios no es nueva y, por supuesto, se ha vuelto cada vez más importante, particularlmente ante las políticas de desregulación gubernamentales que se han aplicado a lo largo y ancho de América Latina. Sin embargo, esto no quiere decir que todas las empresas ni en todos los sectores deseen ser partícipes de esta nueva tendencia o tomen medidas que aumenten su responsabilidad.

Por qué sí o por qué no

Una de las principales variables que influencian la participación de empresas en esquemas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) es el poder de los consumidores. Cuando una empresa puede ver su mercado en peligro debido a la falta de reformas, es más sencillo que establezca, al menos por imagen, ciertas reglas de RSC. Por otro lado, si el mercado está compuesto de pocos actores, es más sencillo actuar en conjunto con reglas que beneficien a todos pero, sin la presión del consumidor, las empresas carecen de incentivos para cambiar su modo de producción.

Un caso en particular es interesante para ver en acción estas ideas. Las empresas mineras son un ejemplo casi de libro de texto de que para que una compañía establezca esquemas de responsabilidad social corporativa necesita haber presión por parte de los consumidores. Muchas de las cosas de uso diario contienen metales: nuestras computadoras, teléfonos celulares, y cualquier cantidad de aparatos electrónicos. Pero casi ningún consumidor final, por no decir ninguno, compra metales como cobre, nickel u oro puro directamente. Por ello somos menos concientes del daño ambiental o los abusos a los derechos humanos que se dan dentro de las industrias de extracción de metal que, por ejemplo, de los abusos de derechos humanos que se dan en las plantaciones de cacao.

Y así, mientras muchos consumidores exigen responsabilidad en cuanto a alimentos se refiere, sus reproductores de música siguen siendo una fuente importante de destrucción de recursos, pero una invisible y, por ende, totalmente ignorable e ignorada. Sin la presión de los consumidores entonces, la industria de extracción de metales tiene pocos incentivos para cambiar. Por otro lado, hay pocos actores dentro del mercado, y estos no están dispuestos a cambiar su forma de actuar; sus productos son considerados necesarios y la demanda por su producción no ha disminuído a pesar de que no han llevado a cabo reformas hacia la responsabilidad social corporativa.

Pascua Lama

Quizá uno de los casos más conocidos en la historia reciente es la mina de Pascua Lama, en la frontera entre Chile y Argentina. Esta mina produce oro, plata, cobre y otros minerales, y es explotada por la compañía canadiense Barrick Gold, una de las multinacionales más grandes del mundo, con más de 27 minas en 15 países.

Esta empresa ha asegurado que el daño ecológico de esta producción minera es controlado, mínimo y, a pesar de las protestas, tanto el gobierno de Chile como el de Argentina han aprobado el proyecto después de estudios de impacto ecológico, que algunas organizaciones consideran poco honestos. El principal problema es que esta mina se encuentra cercana a áreas de glaciar protegidas, en la fuente del sistema fluvial de Huasco (Chile) y el Valle de Cura (Argentina). En Argentina, la mina se encuentra en los territorios protegidos de la Biosfera de San Guillermo.

Pero quizá el principal problema no es sólo la pérdida del glaciar, sino la contaminación de mantos acuíferos y otras fuentes de agua potable para la población que vive en los alrededores de la mina [barrick final sml.pdf]. Barrick Gold, por medio de su filial, la Compañía Minera Nevada Ltda., es de hecho dueña de los derechos al agua en esta área.  La empresa insiste en que sus operaciones son transparentes, que invita a quien desee monitorear el proyecto a hacerlo y, más importante aún, que cumple con todas las regulaciones impuestas no sólo por los países en cuestión, sino también con los estándares internacionales impuestos por la OECD. Aún más, en noviembre de 2010 Barrick Gold se convirtió en la primera minera canadiense en unirse a los Principios Voluntarios de Seguridad y Derechos Humanos. De esta manera, se comprometió a someterse a auditorías anuales independientes y a la transparencia en su utilización del agua y otros recursos naturales asociados.

Sin embargo, la idea detrás de la responsabilidad social corporativa es que las empresas vayan más allá de lo que es legalmente su responsabilidad ante las autoridades de los países en donde operan. En buen funcionamiento este principio involucra no sólo transparencia en cuanto a las reglas que utilizan, sino un verdadero compromiso con la comunidad en la que se encuentran inmersas. Hay quienes dicen que los activistas que se manifiestan en contra de la minera, no sólo en el Cono Sur sino en todos los lugares en donde opera, no entienden cómo funciona la industria minera y simplemente ven a las empresas mineras como ilegítimas sin importar su comportamiento.

Quizá es necesario preguntarnos, y preguntarle a quienes opinan esto, si empresas como Barrick Gold en realidad llevan beneficios a las comunidades en donde se establecen, y si estos beneficios son suficientes para paliar el posible daño a formas de vida y ecosistemas. Si bien la extracción de metales es necesaria para mantener otros sectores, como la producción de electrodomésticos y la industria médica, es necesario preguntarse a costa de qué se obtienen estos beneficios.

El proyecto Pascua Lama es legal y legítimo en cuanto a legislación se refiere. La empresa mantiene su postura de que no han incurrido en faltas que afecten la vida de los habitantes de la región, de acuerdo con los estándares mínimos de la industria. Pero todo esto se ha dado en papel, por medio de estudios de impacto, y con base en estándares voluntarios impuestos por la industria misma. Es necesario evaluar ahora que la mina está en producción, si todas estas buenas intenciones y buenos dichos son una realidad. Este puede ser el caso, con lo que Barrick Gold estaría cumpliendo a pie juntillas con responsabilidad social corporativa. Pero la duda persiste, y la transparencia es más necesaria que nunca.

Queda también la responsabilidad como consumidores de ser proactivos y preguntarnos de dónde vienen los insumos que nos mantienen ocupados, con música, conectados, y cómo afectan a las comunidades de donde son extraídos. Si Pascua Lama fuese una plantación de cacao o de banano quizá muchos más pensaríamos dos veces antes de consumirlo sin la etiqueta de Rainforest Alliance o alguna otra certificación. Desgraciadamente no sucede lo mismo con nuestros productos electrónicos. La pregunta es si en realidad como consumidores tenemos una opción o, al menos, espacio para crearla.