Tengo el terrible defecto de mezclarlo todo con la política. No es un vicio académico ni una búsqueda caprichosa. Tampoco es algo que vaya sufriendo por ahí, pero no logro desabotonar nunca lo que me rodea de la política. Siempre, por más pequeña que sea la ligazón, aparece detrás el velo de la política. Por eso, cuando me pidieron que escribiera algo sobre rock –y sobre todo por ello—me pareció inmejorable la ocasión de contarles algo novedoso. Algo que, aunque parezca de lo más normal, es una especie de revolución contracultural en la contracultura que el rock representa. Y, claro, algo novedoso y que parece normal, pero que tiene que ver con la política.

En Argentina, en los últimos meses –años, dirán algunos—se produjo un loop infinito hacia la búsqueda incansable de la rebeldía, pero apaciguado. Sonriente. Cómodo. Los revoltosos de ayer son los que hoy sonríen para la foto.

Debo confesar que me hace ruido. La idea de que aquella cultura que fuera marginal, comercial, multitudinaria, under y nuevamente comercial, pero siempre rebelde y al costado de los mandatos sociales circulantes, se vuelva “cultura oficial” me rebela. Fue música, fue refugio, acuñó una filosofía de vida. Y ahora se acomoda. No entiendo por qué.

Por otro lado, es injusto y excesivo exigirle al rock que sea la reserva moral en un sistema que corrompe e integra todo lo que puede. El capital, lo explicaron otros y tantos, se expande hasta cada resquicio de producción humana. Pero si el rock ha nacido como expresión de contracultura en los márgenes que el sistema dejaba a los siempre rebeldes, cabe al menos cuestionar su modorra, su acomodamiento a las mieles del status quo.

Y ahí emergen los que se imprimen en los oficialismos de ocasión. ¿Está mal adherir a algo? ¿Está mal que ese algo, por una vez, no sea en contra de nada? ¿Tiene el rock en  sus genes la obligación de ser contra?

En Argentina pasan cosas raras. Deliciosas. De esas que dan ganas de contarlas a cada rato. Asumo que esa es la verdadera razón del éxito de Twitter en nuestro país. Eso y el ego terrible que nos aqueja como karma perverso. Ahora lo que pasa es que los rockeros, esos seres que se dejaban crecer barbas y pelos y eran capaces de agitar a las masas en pos de la rebeldía, están contentos. Y no contentos como Andrés Calamaro, que siempre le escribió al amor y a las zonceras. Contentos partidarios. Contentos militantes. Contentos que militan.

La relación entre rock y política en Argentina ha sido dispar, pero nunca tuvo una unión tan clara. Tan a la vista. Hoy en día el vicepresidente Amado Boudou juega al rocker con Manuel Quieto, líder de la Mancha de Rolando, que a su vez le hizo terrible desplante a Mauricio Macri, y la novia del vice saca una revista gratuita a todo trapo con la idea fija: “Rock y política”.

Y de pronto, aquellos que se suponía le cantaban al sistema oprobioso y totalitario, se encuentran a la vuelta de la historia, en los dobleces de esta era, a cantarle a los logros. A lo que hay y no a lo que falta.

Hay dos o tres cosas, recortes de la realidad que no pueden ni deben ser tomados como la totalidad ni la verdad, que ilustran el panorama político y rockero de la Argentina actual. Una aclaración, eso sí: los Calle 13, además de no ser locales, no se han puesto banderas oficiales en ningún sitio.

“El rock no tiene ni mierda que ver con la política”, me dijo hace poco Sergio Colombo en una entrevista para Página 12. Y lo mismo creen otros tantos. Lo más normal solía ser eso. Históricamente ligado a la cultura rebelde y apartidaria, marginal o no, y luego también con el devenir apolítico y el showbusiness de los ‘90. Pero siempre hubo quienes resistieron esa idea.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Bersuit Bergaravat, Las Manos de Filippi, La Renga. Cuatro emblemas de cierta épica resistente, más allá de sus valías musicales, sus regalías comerciales y sus elixires artísticos, que hoy andan todos por diversos senderos. Bersuit se ha descompuesto, el pelado Cordera brama por ahí por la espiritualidad y descree –aún hoy en épocas de oficialismo rockero—de todos y todas, valga la ironía.

Los Bersuit la siguen. Incluso su antiguo y mítico productor Gustavo Santaolalla se reivindica kirchnerista y toca en cuanto acto oficial pueda. La Renga critica todo lo que puede aún, pero hacen mucho menos gala de sus apariciones públicas. Se recluyen, emulando la mística del Indio Solari, quizás. Un Indio que, lejos de otras épocas, confía en este momento político del país, aunque aclara que no cree en la militancia del artista. Y eso, por cierto, se debate a diario como pocas veces.

Y en la disputa, porque toda política conlleva disputa -de poder, de relato, de visión de mundo-, emerge la izquierda revolucionaria. Los rockeros que, abierta y novedosamente, han seguido a Las Manos de Filippi en su militancia revelada. Los rockeros de Altamira, les llamaron jocosamente en alusión al último candidato presidencial del Frente de Izquierda y los Trabajadores en octubre pasado. Más allá de la chicana, más allá de los límites de tolerancia que el sistema tiene para con los rockeros que si bien antes cantaban contra él, no militaban en su contra.  Al menos no partidariamente. Militantemente.

Y ahí va la cosa. Con esa novedad tan política que tiene a unos contentos, a otros inflamados y a otros preocupados. Eso sí, oficialistas o izquierdistas, a ninguno se le ocurrió acercarse a Macri. La derecha, conservadora por antonomasia, no seduce a ningún rocker. Incluso despertó los odios de Fito Páez, cuando aquella polémica indómita.

Hay, por todo concepto, una activación. Pero puede ser una mera puesta en escena, una fotografía, una cara feliz. O puede ser una puesta del arte al servicio de la transformación. Un legado que el rock supo hacer emblema y filosofía. En la Argentina, nunca hubo rock militante ni partidario. Hubo politizado, porque todo es político, pero siempre se achacó –incluso en épocas de auge rockero y también auge de la dictadura militar—la falta de participación de los rockeros. Hoy se la juegan varios y, errantes y a los tumbos, van forjando sus caminos. Está la Unión de Músicos Independientes más vinculada con el oficialismo. Está también el Movimiento Unidos por el Rock de neto corte izquierdista. Y está la duda, otra vez como pregunta y para que alguien arriesgue a descorrer el velo: ¿puede el rock ser oficialista o se torna pop irremediablemente? ¿Debe el arte ser militante? ¿Existe arte que no sea político? Y –adelanto que mi respuesta es NO en ese caso—si es político, ¿por qué no debiera ser partidario?

Quizás haya dos cosas que hagan ruido, a fin de cuentas. Si el rock nació y creció en ese costado que le tocó como expresión artística contracultural y de transformación, suena extraño asociarlo a una celebración de la actualidad. Eso y, por otro lado, la duda acerca de si es posible la creación artística estando amarrado a los confines de una ideología. Dirán que sí, dirán que no y habrá quienes discutan acerca de la libertad en los límites de la cultura. Y juzgarán que aún la contracultura es el espacio que emerge como encarnación de la cultura y su reconocimiento. Pues entonces habrá que discutirlo todo siempre. Y al fin, si pudiéramos, andar por la existencia en permanente actitud rockera.