Cuando pregunté a Horacio Blanco, fundador de la legendaria banda Desorden Público (la única sobreviviente del “big three” del rock nacional completado en los 80 y 90 por Sentimiento Muerto y Zapato 3) por la situación actual del rock nacional, me contestó que estaba pasando “por un buen momento”. Justo después, afirmó que si en el país se diese un crecimiento económico muy grande, “esto estallaría”.

El rock venezolano (o eso que engloba el “rock venezolano” que incluye además bandas de ska, funk, fusión y hasta reggae) SIEMPRE está pasando por un “buen momento”. Al menos eso es lo que la mayoría de los músicos, periodistas y entusiastas responderán casi como un acto reflejo, al ser interpelados al respecto. Sin embargo, justo después, así como Horacio Blanco, empezarán a enumerar problemas y obstáculos que terminarán demostrando que el “buen momento” no lo es tal.

La revista LaDosis de Diciembre 2011 hizo un buen compendio de esas razones que tienen estancado a nuestro rock, tras entrevistar a figuras claves de la movida. Unos señalaron falta de promoción, infraestructura, managers e identidad. Otros señalaron el exceso de divismo. Otros, los mas frontales pero también los mas entraditos en años, le echaron la culpa a CADIVI[1] y a la inseguridad. Otros, mas desafiantes, exclamaron que lo que le faltaba al rock nacional eran “bolas”.

De las respuestas recopiladas, creo que quien mas dio en el clavo fue Reynaldo Goitía, de la agrupación Tomates Fritos cuando sentenció: “tenemos que dejar de ser un culto”. Eso es el rock venezolano. Un culto. Un ente independiente cultural para unos pocos.

Veamos. La Vida Boheme es en la actualidad la banda de rock venezolana mas popular. Tiene un tema en el gran videojuego de fama internacional FIFA 12, tuvo nominaciones al Grammy latino y el gringo (ese premio que todos despreciamos excepto cuando nominan a uno de los nuestros), sale en MTV gringo (en el MTV latino, cuya M al parecer significa “Mexico”, ya han salido muchas bandas venezolanas, cuando no pasaban realities o programas de bromas pesadas) y ya tienen hasta un documental que narra sus dos primeros años de vida. Sus conciertos, ergo, son llenos totales asegurados. Esto último suena maravilloso, hasta que constatas que no estamos hablando de estadios de fútbol o recintos con aforo mediano como el Teatro Teresa Carreño o el Poliedro de Caracas, sino de pequeños locales y/o bares.

Temiendo equivocarme, creo que las únicas bandas venezolanas que pueden vivir exclusivamente de su música son Desorden Público, Los Amigos Invisibles, Dame Pa’ Matala y Caramelos de Cianuro. Unos por cobrar en fiestas y eventos privados. Otros por participar en toques patrocinados por alcaldías y gobernaciones. Otros por tener además un moderado espacio en el mercado internacional.

La enorme mayoría de las bandas nacionales no viven de vender discos. Tampoco viven de girar por el país en numerosos conciertos. El dinero obtenido por la venta de sus discos (por lo general vendidos en los mismos toques) o por la entrada de sus conciertos por lo general son solo para “quedar tablas” o reinvertir. La enorme mayoría de músicos tienen su “trabajo serio”. Son “los rockeritos” de su oficina. Otros logran ser sus propios jefes, pero en trabajos relacionados. Otros se van a otro país buscando conseguir lo que aquí no pudieron. La música es sin duda su vida, pero en la mayoría de los casos, las circunstancias reducen concretamente la pasión a un hobby.

El venezolano es musical, casi por definición

Las emisoras de radios y a veces hasta la TV tienen programas especializados, pero lo que reina en los medios nacionales, ademas del obvio reggaeton y el pop pagado por la mafia mayamera de los Estefan, es ese sonido pre-fabricado que ahora es denominado “pop nacional” y que ha sabido cubrir la cuota obligatoria de “talento nacional” impuesto por la Ley RESORTE. Baladas hiperglucémicas con cantantes promedio, canciones “moviditas” con ese instrumento de contrabando como lo es el acordeón, acompañado siempre de unas trompeticas alegres y fiesteras. Música de Meridiano TV como cortina de partido de fútbol de la vinotinto. Tonaditas efectistas para que las parejitas se las dediquen y redediquen o para que muevan sus caderas en las fiestas, mientras se muerden los labios y entrecierran sus ojos. O eso que hace Caramelos de Cianuro ahora, por ejemplo.

En este pequeño culto, sin embargo, lo mas jodido de conseguir está logrado. La calidad es innegable. La damos por sentado. No hay espacio para músicos regulares o mediocres. O mejor dicho, sí lo hay, en el eterno sonido de la banda regional de pequeña ciudad, con guitarra distorsionada torpemente y batería aburrida, que nunca surgirá pero que logrará agitar una que otra cabeza con covers y par de temas “originales”.

Ejemplos hay muchos.

ViniloVersus se montó a telonear a Nine Inch Nails ante la predisposición de todos, y con su hard-rock mascachicle muy bien hecho, se ganaron el respeto. Cuando Cunaguaro Soul y Chucknorris existían, solían dejarnos maravillados con sus descargas e inventos sonoros. Las fusiones de Los Amigos Invisibles, Bacalao Men y El Quinto Aguacate (bandas muy distintas entre sí) logran que bailemos una sabrosa salsa mientras sentimos (y sabemos) que estamos rockeando poderosamente. Candy 66, Distrust y Dischord hacen lo suyo en diferentes espectros del metal. Discos clásicos de Claroscuro, La Misma Gente, Spiteri y Vytas Brenner sólo siguen generando admiración. Aún hoy el aporte de Cayayo (fallecido en 1999) en Sentimiento Muerto, Dermis Tatú y P.A.N. inspira a cientos. Bandas sólidas como Alfombra Roja, La Vida Boheme, Los Humanoides, Feel the Blade,  Dias de Septiembre, Tan Frío el Verano, Los Mesoneros y Americania, entre muchas otras, están apenas comenzando su trayectoria. Y Hasta en terrenos algo distante al rock (pero no tanto como se podía pensar), la Movida Acústica Urbana y el Sistema Nacional de Orquestas son otros buenos ejemplos de nuestro potencial musical. El venezolano es musical casi por definición.

Sin embargo, este pequeño culto (el del rock) es uno centralizado. Los discos de las bandas no se consiguen fácil, ni originales, ni pirateados. Para saber de los toques, es casi obligatorio tener una cuenta en twitter o darle “like” a tu banda predilecta en facebook, si es que tiene pagina. No hay espacio para los rockstars, fans o groupies, pues el culto es tan reducido que muy probablemente esos músicos que tienen ese proyecto que tanto te interesa, se conviertan en tus amigos personales, colegas de trabajo, amantes o novia(o)s.

Sí, faltan managers, propuestas y eliminación de mafias culturales y mediáticas. Falta mas apoyo de las empresas privadas, mas allá de posicionar su agendita de marketing y ya. Falta que los entes oficiales sean menos conservadores y promocionen aún mas las propuestas emergentes y consolidadas. Falta que MTV deje de pasar Jersey Shore y a niñitas quinceañeras celebrando sus cumpleaños. Mejor, hacen falta nuevos canales que se caguen en MTV.

Ciertamente también falta, en algunos casos, “bolas” para asumir una postura clara. Desorden Público está sufriendo esto. Las bandas tienen derecho a su “ninismo”, pero el centrar su propuesta alrededor de la obsesiva neutralidad, no genera lealtad de nadie sino desconfianza de muchos. Ni siquiera de los estoicos. Ante la coyuntura, el huir despavorido NO es ni será nunca la solución.

¿Es posible tener una postura política clara en Venezuela y seguir haciendo música?

Paul Gillman, leyenda indudable del metal venezolano, ha manifestado desde hace años su total apoyo a Hugo Chavez. Esto le ha generado, lógicamente, nuevos detractores y admiradores. Pero su aporte a la música es y será siempre respetado. Además, cada año organiza los ya populares GillmanFest donde miles de personas asisten y observan diferentes bandas nacionales e internacionales, sin distinción ideológica alguna. Sí es posible. No hay nada determinado. El power trío Atkinson, ideológicamente, podrán ser unos viejos quejones malcriados cuartorepublicanos y dramáticos. Sin embargo, respeto el que no anden con medias tintas a la hora de expresar sus mensajes. Son viejos zorros con un buen sonido. He pagado por su música y los he visto en vivo. También lo he hecho con Dame Pa’ Matala, ideológicamente más afines, aunque muchas de sus letras sean conservadoras, abuelosas y tecnofóbicas. Ahora es que hay libertad y democracia para que todos nos expresemos sin problemas y sin temor a quedar aislados.

Y aunque suena paradójico -pues ciertamente el rock nacional sufre bastante-, pareciese que mas que bolas, lo que hace falta es pelabolismo (venezolanismo para “pasar trabajo por tener pocos recursos”). El músico pelabolas de hoy no es como el de los años ochenta, que se compraba instrumentos de segunda y hacia honor al garaje. El músico urbano con poco dinero, hoy en día, pareciese preferir el Hip-Hop, el reggaeton o la música electrónica porque se conecta mas con su espíritu y accesibilidad.

El rock nacional actual no se ha ganado su fama de “sifrino” (fresa, de “hijito de mamá”) en vano. No hay calle, aventura o sangre, sino chicles mascados, poses, niños lindos, subsidios paternalistas o elevados sueldos que costean un hobby. Esto no influye necesariamente en la calidad de la ejecución, pero sí en el sentido de pertenencia que pretenden crear. Mas allá del determinismo clasista, el pelabolismo es necesario para que nadie “juegue a seguro”. Las bandas pareciesen estar más interesadas en “no quedar mal con nadie” (como esa canción de los chilenos Los Prisioneros) y ser “bien chéveres”, que en realmente dar su opinión y aporte.

El resentimiento debe dejar de ser percibido como un antivalor. Nacido de la sed de justicia (por subjetiva que ésta sea) es uno de los elementos fundamentales del rock. Sólo así, ya sea mascando chicle o malandreando, mandando a bailar o retando al poder, los mensajes serán contundentes, reales e, indignándola o alegrándola, conectarán mucho más con la gente. Ésa que mayormente sigue refugiándose en lo primitivamente entretenido del mal pop prefabricado.

Sólo así podremos lograr, a mediano plazo, que el “trabajo serio” de los músicos sea su propia pasión. Sólo así, el rock nacional dejará de ser un culto.

 

Nota del editor: en este texto se mencionan bastantes bandas venezolanas. Es justo, sobre todo para aquellos lectores no venezolanos, hacer un set de videos de algunas de ellas.

Desorden público. Valle de balas

 

La vida boheme. Radio Capital.

Caramelos de cianuro. Sanitarios.

 

ViniloVersus. Amnesia invocada

 

Chucknorris. Malabares.

Chucknorris – Malabares (HD) from Gregory David Escobar on Vimeo.

 

Dame pa matala. Tú crees.


[1] CADIVI es la Comisión de Administración de Divisas de Venezuela, creada por decreto presidencial en 2003 para supervisar el control cambiario y la salida de capitales.