Por Alejandro Córdova, integrante de la 2da generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas

Ilustraciones de Mauricio Morán, artista salvadoreño radicado en Buenos Aires.

[Este texto es parte del especial “Lxs calientes en América Latina” que incorpora reportajes, crónicas e investigaciones desde 12 países de la región]

“El deseo es un vaso de infinita amargura,

un pulpo de tentáculos insaciables,

que a la par que se cortan,

renacen

para nuestra tortura”.

Amado Nervo

1

Primer dato importante: soy homosexual.

Para escribir esta crónica era necesario ser homosexual.

Es más,

Para escribir este texto tuve que tener sexo con varios hombres. Parece una excusa, pero no lo es. Los hombres que aparecen en esta historia no le habrían soltado una sola palabra a alguien que no esté dispuesto a jugar el mismo juego. Pero, ¿qué juego?

Segundo dato importante: en San Salvador hay cuatro clubes de entretenimiento sexual exclusivos para hombres.

Mi amigo Manuel y yo solíamos ir con frecuencia los miércoles de mitad de precio. Si coincidía con fecha de pago, era seguro que el lugar estaría reventando. El plan consistía en llegar entre las cuatro y las cinco (a la hora que la gente sale del trabajo) e irnos hasta que cierren. Con suerte, eso era tiempo suficiente para, digamos, tres orgasmos compartidos con seis o siete hombres. Tal vez un trío. Tal vez dos.

El primero que conocí está en la primera calle poniente, entre la cuarenta y siete y la cuarenta y nueve. Cerquita de Metrocentro, el centro comercial más grande de la ciudad. Fui una vez en el 2012. La entrada me costó cinco dólares. Se llama Baño Marroquí. Es una casa vieja que sirve de sauna improvisado. Para entonces, era el único lugar de la ciudad donde hombres gay podían tener sexo abiertamente.

Hoy existen cuatro clubes de entretenimiento sexual en la ciudad: Club Scandinavia, Club Spartakus, Club Premium y Baño Marroquí. En el Gran San Salvador (632 kilómetros cuadrados habitados por dos millones de personas) hay cuatro clubes exitosos donde hombres gays disfrutan de discretos circuitos de entretenimiento sexual a un precio de entrada de cine. Hay días para estudiantes, días al desnudo, días de sexo en vivo, días de orgías, días de pareja. Son como pequeñísimos parques de diversiones sexuales, paraísos prohibidos, el Sodoma del tercer mundo.

En un país con una altísima tasa de homicidios, una homofobia explícita y uniforme en todas las esferas públicas, numerosos crímenes de odio sin resolución judicial y un ambiente hostil con la disidencia sexual, ¿cómo es que estos lugares existen con tanta libertad y por qué su éxito va siempre en aumento?

Tuve sexo con varios hombres para descubrirlo.

2

 

Un sauna es un baño de vapor en un cuarto cerrado a muy alta temperatura. Los hay de dos tipos: el sauna húmedo o sauna turco, que suele ser un sistema de salas de calor a diferentes temperaturas, entre cuarenta y sesenta grados centígrados. El otro tipo es el sauna seco o sauna finlandés, donde la temperatura anda entre los setenta y cien grados centígrados. Es decir: mucho calor. Un calor intenso que te hace sudar a chorros en un instante.

Pero los saunas no nacieron para el sexo. Son muy comunes en los países nórdicos como métodos de relajación, higiénicos o terapéuticos. Los saunas gay en los que se tiene sexo nacieron después, quién sabe dónde, quién sabe cómo, pero se hicieron populares en los sesenta en Estados Unidos y fueron, en efecto, focos infecciosos en los años más terribles del vih.

No se trata de un prostíbulo. El usuario paga por las instalaciones. La actividad sexual, si ocurre, no es proporcionada por el personal del local, sino que con los propios usuarios y sin pago de por medio. Ninguno de los clubes sexuales en San Salvador permite la prostitución. Si existe, no es aquí donde hay que buscarla.

¿Cómo es que en San Salvador se instala una casa de baños para que hombres tengan sexo con otros hombres?

3

Yo sobreviví al Club Scandinavia.

La colonia Escalón es una de las zonas más caras de la ciudad. Fue la más exclusiva durante la guerra civil en los ochenta. Club Scandinavia está ubicado en Escalón Norte a la par del McDonalds del Paseo General, muy cerca del World Trade Center. Es una casa grande con un jardín abierto desde donde se escuchan los cláxones histéricos de la hora pico.

En la entrada no hay letrero alguno. Un vigilante armado cuida los carros estacionados a la orilla de la calle y revisa los bolsones de todos, sin excepción. Después del breve cateo, una puerta hace un ruido y se abre. Hay que subir a un segundo piso. Ahí está la recepción. Una vitrina muestra calzoncillos de colores, dildos y otros juguetes sexuales a la venta.

El recepcionista se llama Bryan. Es homosexual, lo sé porque suele usar las instalaciones de vez en cuando. Bryan te pregunta tu nombre y tu talla de sandalias. El nombre lo anota en la computadora. Tranquilo, podés dar un nombre falso. Lo que importa es que pagués. Pagá. El tipo te entrega una llave con un número de casillero y te comparte las reglas: hoy es día de ropa interior, hoy es día de desnudo, hoy es día de toalla, hoy es día de sexo en vivo. Por último, te cuenta la promoción del día: hoy tres cervezas por cinco dólares, hoy cover consumible, hoy shots de tequila.

Los casilleros están limpios y en buen estado. Dentro de tu casillero hay una toalla pequeñísima y un par de sandalias de tu talla. Te quitás la ropa con vergüenza. Frente a vos otros hombres también se desvisten con vergüenza. Aquí no hay insinuaciones ni toqueteos. Nadie platica. Este es terreno seguro. Detrás de esa puerta del fondo, todo es distinto. Ahí comienza el juego. Todo lo tuyo lo dejás guardado en el casillero 35. La llave está atada a una pulsera de hule que te ponés en la muñeca o en el tobillo. Dale, entrá, hoy ya estás aquí.

El centro del lugar es el bar. Un hombre musculoso en calzoncillos de colores fluorescentes te ofrece un coctel de cortesía: jugo de mandarina del supermercado con un toque de vodka. Ese hombre, a pesar de estar semidesnudo, no está disponible para nadie. De hecho, ni siquiera es gay. Así lo ha decidido el dueño del club: el bartender debe darte morbo, debe ser ese a quien todos desean pero nadie puede tener. Hay cervezas, licores, gaseosas y agua. Frente al bar está el jardín, el sauna seco, varias sillas y un jacuzzi burbujeante con agua caliente. En los jardines nadie tiene sexo: es un lugar para platicar.

A la derecha del bar está el cine porno. Sobre una pared pintada de negro se proyecta pornografía gay de todo tipo. Algunos hombres miran con mucha concentración, otros se masturban a sí mismos, otros masturban a otros, otros miran a quienes se masturban hasta que alguien se atreva a hacer algo más.

Después del cine están las cabinas privadas. Tres compartimentos muy reducidos con puertas corredizas. Cada cabina cuenta con una cama de un material parecido al cuero y un basurero pequeño. Todo huele a sudor y semen. Puro sudor y semen. Las cabinas existen para quienes quieren sexo en privado. Pero no todos quieren.

Cuidado, viene la parte más oscura.

La cosas se pone peor. O mejor, depende de dónde se le mire. A la derecha del bar están las duchas abiertas. Frente a las duchas hay unas sillas para quien quiera mirar hombres lavándose el cuerpo. A la par de las sillas, una mesita con un tazón repleto de condones genéricos. Hay fotografías de dorsos, glúteos y penes en las paredes.

A la derecha de la ducha están los laberintos oscuros. Es decir, semioscuros: entrás y solo te ilumina la luz que se cuela por una ventana cerrada. Una estructura de madera hace las veces de laberinto. Hay tres recovecos sin salida donde suceden tríos, cuartetos, orgías. Eso sí, si tenés sexo ahí, es una invitación abierta. Se une quien quiera. Al final del laberinto hay dos pequeños cuartos con cadenas y colchones de cuero barato, por si te gustan otros juegos más intensos.

Es en el laberinto donde te volvés animal, donde se te olvida que estás bautizado. Ya no sos vos, sos un cuerpo poseído por el deseo, sos un pene que piensa. Todo se vuelve instintivo, sensorial. Hay quienes esperan en la entrada del laberinto a que entrés y luego te siguen. Una vez dentro solo hace falta un gesto mínimo para empezar. Podés negarte, no pasa nada. Es parte del juego decir que no cuando no te interesa. Lo vuelve todo más carnal. Como describen Sodoma. Como describen el infierno mismo.

A la izquierda de las duchas hay dos puertas[1] que dan al mismo lugar: el sauna húmedo, la capital de Sodoma. Dentro hay mucho vapor y muy poca luz. Te calienta nomás abrís la puerta. Podés sentarte a los lados y solamente relajarte. Antes o después del sexo. Con o sin cerveza. Podés cerrar los ojos y hacer que el resto del mundo desaparezca. Hay cierta paz, quizá ficticia, que conseguís después de unos minutos de sudoración excesiva. Y como música de fondo, un concierto de gemidos masculinos y el goteo incesante de sudor. Clac, ay, clac, ay, clac, ay…

Pero eso no es todo.

Al fondo hay un pasillo completamente oscuro. Ahí hay un nudo de cuerpos sudorosos donde no importa tu nombre, tu nacionalidad, si tu madre está enferma o si tu jefe es una mierda, no importa tu ideología política ni tu signo del zodíaco. Ni siquiera importa tu apariencia física, porque nadie puede ver a nadie. Y ahí es donde el corazón se te acelera, donde aprendés a mirar con los poros. Todas las manos, todas las bocas, todos los penes y todos los anos no son de nadie. Son de todos. Lo olvidás todo, hasta la vergüenza. Alguien te la chupa, alguien te besa y alguien te lame el pecho al mismo tiempo. Los orgasmos se anuncian, se dilatan, se celebran. Por un segundo y por efectos de la temperatura y el vapor, sentís que estás muerto. Lo digo en serio.

Le petite morte es una expresión en francés para nombrar eso que ocurre inmediatamente después de un orgasmo. La pequeña muerte es esa pérdida de consciencia, ese breve desvanecimiento, ese gasto espiritual, el corto período de melancolía o trascendencia que gobierna tras eyacular. Metido en ese nudo de hombres, te sentís muerto por un instante. Muerto.

Afuera el mundo se enmudece, se silencia el tráfico de hora pico.

  • Facebook
  • Twitter
  • Google+

4

Si encontrás diez justos, este lugar no se quema.

En la biblia hay 46 referencias directas a Sodoma y Gomorra como un símbolo de perversión. En la historia que nos contaron, los habitantes de Sodoma y Gomorra un día sobrepasan todos los límites en materia sexual y, por tanto, Dios los condena al fuego eterno porque su pecado es grave e irreversible.

Dios le dice a Abraham que si encuentra al menos diez justos, salvará la ciudad.

Esa es mi parte favorita: un dios pirómano y castigador.

Se ha discutido mucho la veracidad de la historia, pero como herencia judeocristiana, nos quedó el término sodomita para nombrar a los hombres que tienen sexo con otros hombres.

La mayoría de los argumentos de las organizaciones LGBTI en el debate religioso están construidos sobre la base de desvincular semánticamente al homosexual de la lujuria y la promiscuidad, entendiendo como pecado únicamente las dos últimas.

¿Homosexual y puto no es la misma cosa?

5

Las ventajas de tener un pene entre las piernas.

Frente a mí, el dueño de Club Scandinavia. Estamos en el patio, cerca de los casilleros donde tres o cuatro cuerpos se visten o desvisten. Cae la tarde. Hace cuatro años y un mes el hombre que entrevisto decidió abrir un negocio que él mismo llama “santuario del sexo”. ¿Por qué lo hizo?

“No quiero ser sexista”, se excusa Martín, “pero para uno de hombre el sexo siempre es importante, es prioritario”. Habla bajito. Dice: “yo creo que es mejor darle rienda suelta a esos impulsos”.

Martín es fornido, calvo y con barba en forma de candado, pero su voz es aguda y sus manos se mueven como bailarinas. Hace un esfuerzo por ser discreto y políticamente correcto. De hecho, se disculpa antes de emitir opiniones severas, maquilla las palabras duras, las mira de soslayo. Suele ser jurado en algunos certámenes de travestismo en pequeñas ciudades del interior del país. Sus padres solo saben que su hijo maneja un lugar de masajes y vapor para relajarse. El resto no se lo dice. No lo considera necesario.

Para él, levantar un sauna gay nació de tres necesidades: su sostenibilidad económica, su interés por “dignificar” a los hombres (en sus palabras: “darle a la comunidad un espacio digno, seguro, de confianza, ordenado, limpio”) y la intención de alcanzar un nuevo público en una de las zonas más exclusivas de la ciudad.

Una vez el tipo que hacía la visita de la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador (OPAMSS) no pudo ocultar su incomodidad. Martín lo torturó más:

“Usted tiene sexo, ¿verdad?”

“No me pregunte eso”, contestó el tipo nervioso.

“Mi gente también tiene sexo y no quiere contarle a nadie”.

Pero su gente son solamente hombres que tienen sexo con hombres. No hay clubes sexuales como este tipo nervioso ni para ninguna persona heterosexual, no lo hay para mujeres lesbianas, para personas trans. Esta es la hegemonía del pene. Solo el hombre tiene el derecho supremo al sexo. De él es el mundo y de nadie más.

“No vamos a ocultar el país en el que vivimos”, dice Martín.

Un día Martín tuvo un problema.

En una sucursal de Office Depot, una de las cadenas de tiendas de artículos de oficina más grande del mundo (con mil seiscientas tiendas en veinticinco países), se negaron a imprimir el material de ambientación del local. Era una fotografía de dos hombres besándose. “Me dijeron que no se podía”, cuenta Martín. ¿Qué hicieron?

Martín hizo ruido con sus amigos y su abogado. Tocaron puertas de la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y la Defensoría del Consumidor. ¿Qué consiguieron? Una carta de Office Depot México con una disculpa oficial.

Pero no sus impresiones.

Otro día una vecina llamó al Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) para denunciar que en ese lugar se cometen actos contra la moral. Un agente metropolitano tocó la puerta. Martín no lo dejó entrar. “Yo me asesoré con mi abogado. Mostré los permisos y le dije al agente que esa vecina tiene problemas de esquizofrenia y nadie la soporta en el vecindario”.

Martín sospecha que esa mujer tenga algo que ver con las ocho denuncias que ha recibido su página de Facebook. Sin embargo, no puede comprobarlo. Ni siquiera puede ignorar el problema. Ocho veces su página ha sido cerrada por denuncias de contenido inapropiado.

Los usuarios de Scandinavia están conscientes de los riesgos del juego.

Las enfermedades de transmisión sexual son algo que preocupa a Martín lo suficiente para mantener tazones de condones genéricos gratuitos e ilimitados los siete días de la semana. “No es ninguna cosa inmoral, solo me importa que usen condón”, me dijo.

Garantiza que hay consciencia del problema en los usuarios. Le alegra saber que los condones se usan. Esa es su mejor prueba, el mejor termómetro. Todas las mañanas, mientras limpian las instalaciones, miden la salud sexual de los usuarios según el número de condones usados que encuentran tirados en el suelo, en los basureros, en las camas, en cada recoveco. Esa es su garantía, su más fiel fuente de tranquilidad.

Último dato importante: El Salvador es un país violento.

Más de mil 600 personas han sido asesinadas en lo que va del año.

Mi amigo Manuel y yo…

Mi amigo Manuel y yo procuramos vestirnos antes de las ocho. El lugar cierra a las diez, pero tengo que manejar en mi motocicleta hasta su casa y luego manejar hasta la mía. Ambos vivimos en puntos conflictivos de la ciudad.

A Manuel debo dejarlo un poco lejos de su casa porque su mamá no puede enterarse.

La mía tampoco.

 


[1] El lugar fue remodelado en las últimas semanas. Antes una de las puertas llevaba a la cama de orgías, que medía dos o tres metros cuadrados y era también de cuero barato. Un escenario para los exhibicionistas. Si te atrevías a tener sexo ahí, el ruido o el aroma llamaba al resto de animales que, en silencio, se iban acercando, rodeaban la cama/escenario y se masturbaban ante el espectáculo. Algunos, más atrevidos, querían involucrarse. Dependía de vos autorizarlos. Vi que caben seis o siete hombres en diferentes posturas. Estuve en ella.