Basta tomar cualquier libro de Sergio Pitol y leer la contraportada para enterarnos de que es mexicano  (¡veracruzano!, exclaman con orgullo algunos), que es uno de los escritores más importantes en lengua española y que ostenta algunos de los premios más significativos: Herralde (1984), Juan Rulfo (1999) y  Cervantes (2005), entre otros.

Leemos sobre su extensa obra: cuentos (Nocturno de Bujara, Infierno de todos, Los climas, Cuerpo presente y muchos más), novelas (destacan: El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal), libros de ensayos (El arte de la fuga, El viaje, El mago de Viena) y obra autobiográfica. Descubrimos que fue diplomático y viajó por todo el mundo, lo que por supuesto marcó su literatura; sin embargo, y ya al final -sólo para no olvidarlo- la contraportada nos dice que también es traductor.

Es esta faceta, la del Sergio Pitol traductor, la que queremos mencionar aquí, rescatando al mismo tiempo la importante labor editorial que ha emprendido la Universidad Veracruzana desde hace unos años a la fecha al publicar la colección “Sergio Pitol Traductor”, que se pretende cuente con 25 títulos en total.

Nuestro autor pertenece a una generación y a una forma de hacer literatura que poco a poco ha ido desapareciendo; las traducciones ya no se proponen, ahora se piden. Pitol, a contracorriente, a lo largo de muchos años, de muchos viajes y de muchas narraciones, ha propuesto traducciones de obras específicas a grandes compañias editoriales, como por ejemplo la de Jorge Herralde.

Pero nos podemos cuestionar con justicia ¿por qué es importante su labor como traductor? Las respuestas son variadas: van desde la traducción como parte de la formación del escritor y de su propia poética hasta parte de un proyecto cultural. Poner en las manos de los lectores hispanohablantes grandes obras de la literatura mundial (algunas de ellas nunca traducidas al español) no es un esfuerzo vano.

Y ¿de dónde proviene la inquietud por querer traducir y para qué hacerlo? En principio nuestro autor dice que: “Traducir permite entrar de lleno en una obra, conocer su osamenta, sus sostenes, sus zonas de silencio.”[i]; es decir, que al principio la traducción es una parte formativa del lector, y por lo tanto del escritor que busca en otras tradiciones y horizontes nuevos impulsos. Es, entonces, una lectura del mundo que influye en la construcción de la literatura a través de diferentes puertas y visiones a las que no podríamos acceder por la limitante del lenguaje.

De esta manera podemos ver  la labor realizada por el escritor/traductor: un trabajo constante, un esfuerzo que pasa por la elección, que conjunta en sí la pasión por la trama y la forma; la interpretación de ideas, pensamientos, nociones, etc., de un lenguaje ajeno y la final reproducción de la obra en una nueva cultura, transportándola a otro código, a otra forma de pensar. Deja de ser un acto individual del escritor formándose y descubriendo para convertirse en una función social.

La traducción, así, le regresa a la literatura su caracter comprometido, una forma de ampliar sus funciones  al convertirse en un verdadero proyecto cultural de largo alcance y mayor aliento.  Traer al español obras del chino, ruso, italiano, húngaro, inglés y polaco abre posibilidades infinitas, pues “De lo que en verdad se trata, me imagino, es de impedir que el lenguaje pase por pura inercia de un libro a otro y se convierta en parodia de sí mismo, adormecido por la energía del impulso adquirido”[ii].

Aquí es donde entra la labor de las editoriales: la Universidad Veracruzana, en principio, y actualmente en coedición con el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) sostienen a esta colección que reúne bajo un mismo sello -y bajo un mismo proyecto- las obras traducidas por un mismo autor, cosa nunca antes hecha, que hace posible el acceso a títulos como El buen soldado de Maddox, La vuelta de tuerca de Henry James, Emma de Jane Austen, El ajuste de cuentas y otros relatos de Tibor Déry, Diario de un loco de Lu Hsun, Cosmos de Witold Gombrowicz, En torno a las excentricidades del Cardenal Pirelli de Ronald Firbank, Salto mortal de Luigi Malerba, Cartas a la señora Z de Kazimierz Brandys, El volcán, el mezcal, los comisarios de Malcolm Lowry, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, Las puertas del paraíso de Jersy Andrzejewski sin dejar de lado las obras de Chejov, autor por el cual Sergio Pitol manifiesta gran admiración.

Que se apueste por un proyecto de tal magnitud (25 títulos de diferentes latitudes, traducidos por un autor, en una misma colección) es algo que no debe dejarse de lado. Es la vuelta a un proceso editorial, que sin dejar de lado las necesidades comerciales, busca una actividad cultural de mayor impacto. Y qué mejor que hacerlo de la mano de Sergio Pitol quien nos demuestra que la traducción (así como la misma escritura) es, a fin de cuentas, una forma de dejar testimonio de la constante mutación del mundo.

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[i] Sergio Pitol, El arte de la fuga, Ediciones Era, México, 1996, p. 177.

[ii] Ibid. p.180.