Texto de Florencia Gordillo (Argentina, 1989), integrante de la 2da generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas

[Este texto es parte del especial “Lxs calientes en América Latina” que incorpora reportajes, crónicas e investigaciones desde 12 países de la región]


Sole tiene los labios pintados de rojo. El cuello es grueso y los hombros están descubiertos. Ella está sentada y las manos caen con pesadumbre y desgano a la altura de las piernas. Frente a ella está Teo que empieza a desvestirla y la acuesta sobre una cama de una plaza. Las manos de Teo se convierten en una extensión del cuerpo de Sole: por primera vez sus manos entran en contacto con su piel. No tiene motricidad. Si otra persona no mueve su mano, ella no puede recorrer su cuerpo. Y eso lo puede hacer porque Teo mueve sus manos y la ayuda a tocarse. 

Hay personas que se dedican a facilitar el acceso al sexo a otras. Ponen su mano sobre otra que no tiene motricidad y así la desplazan por todo el cuerpo, o inclusive tienen sexo con ella. Son asistentes sexuales de personas con diversidad funcional y emocional. Y Teo es una de ellas. Sole tiene 43 años y discapacidad de nacimiento, usa silla de ruedas y es el primer día que podrá experimentar el autoerotismo. Las dos debutaron juntas.

La escena antes descrita pertenece a la película Yes, we fuck. Sí, las personas con diversidad funcional también cogen. Un documental se estrenó en el 2015 con la clara idea de mostrar a las personas con discapacidad como sujetos sexuales y sexuados, como cuerpos deseantes y deseables. Está dirigido por Raúl de la Morena y Antonio Centeno, que es activista del movimiento “Vida Independiente”, una comunidad de reflexión filosófica y de lucha por los derechos de las personas con diversidad funcional. Antonio es parapléjico y empezó el activismo con cuestiones fundamentales como bañarse, hasta que llegó a la sexualidad.

En Argentina, Silvia Peirano es la pionera, es profesora de educación especial y titular de Sex Asistent, una red internacional abocada al desarrollo de esta práctica: la asistencia sexual para personas con diversidad funcional.

En Córdoba, hay una sola mujer ejerciendo este trabajo: Sofi. Ella se define a sí misma como una militante de los derechos sexuales de las personas. Las chicas que trabajan en la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR) —un sindicato de trabajadoras sexuales en este país—, no hacen este trabajo.

El sexo, para Sofi, es vital. Es como bailar. Cuando bailas, dice, te pisan los pies porque no están coordinando los pasos. Con el sexo pasa lo mismo. Ella no atiende a personas con quienes previamente no empatiza porque en cada encuentro, asegura, se entrega mucho, y se permite sentir cariño o pasarla bien. Lo afectivo en el sexo está presente. Pero no es el único trabajo donde irrumpe entre relaciones laborales. Su mamá era enfermera. Cuando salían juntas a la calle y se encontraba con algún paciente ella era testigo del amor incondicional que sentían; incluso las  paredes de su casa eran testigo de los regalos que le hacían, pues algunos ahí permanecían. Sofi era una niña y sentía celos de su madre que dejaba la vida en su trabajo; ahora ella se entrega cuando trabaja.

Implica madurez emocional porque una se involucra emocionalmente con las personas que trabaja. Con cada persona es diferente, porque cada persona se predispone y se abre a cosas diferentes. Hay una relación afectiva. No sé en qué trabajo no hay, si estás en una computadora llenando planillas o cálculos supongo que no. Es un prejuicio hacia el sexo, no hacia el trabajo sexual”, dice Sofi.

No tiene clientes comunes porque le aburre que no cuestionen su sexualidad. Ahora tiene tres pacientes. La propuesta es que los encuentros sean periódicos, pueden ser de media hora, una hora o una hora y media, fragmentados. El precio depende del tiempo. Una hora puede costar entre 1200 y 1500 pesos argentinos (68 y 85 dólares). También depende de otras variables: si es una persona en silla de ruedas tiene que bajar la cama desde el primer piso hasta la planta baja. La primera vez conversan, quizá la segunda se acuesten en la cama y recién la tercera se desnuden. Y la cuarta vez tengan relaciones sexuales.

Sí hay una diferencia clara entre el trabajo sexual y la asistencia sexual, no es lo mismo. Tiene que ver con que una cosa es contratar un servicio sexual y otra es que te ayuden a tener sexo, es terapéutico y tiene que ver con cierto grado de especialización.

Querer tener relaciones sexuales con alguien y que ese alguien también quiera a veces no alcanza. Los accesos a los hogares u hoteles de alojamiento no están adaptados para personas con silla de ruedas. Cuando Sofi tuvo que atender a un paciente, que por la cirrosis había sufrido otros trastornos en el cuerpo que lo habían dejado inválido, tuvo que pedir ayuda. Al hombre tuvieron que meterlo, alzarlo y acostarlo.

La sociedad está diseñada para personas sin discapacidades; es decir, partiendo de la suposición de que quien circule por la ciudad puede caminar, ver, hablar, escuchar y mover las cuatro extremidades, estar en posición erecta, junto a eso una funcionalidad “mental” para poder hacerlo.

“El capacitismo es parte fundante de la heterosexualidad, sin capacitismo no hay heterosexualidad, porque naturaleza y heterosexualidad van de la mano: si yo tengo un cuerpo sumamente capaz seguro soy heterosexual y en ese juego las personas con diversidad funcional siempre tuvieron que ocupar otros lugares. ¿Somos los monstruos de la humanidad? Bueno, lo somos y desde ahí vamos a activar”, dice Emma, quien es feminista prosexo.

“Yo monstruo de mi deseo”, dice Susy Shock activista trans en un poema donde reivindica su derecho a ser monstruo:

Mi derecho a explorarme

a reinventarme

hacer de mi mutar mi noble ejercicio

veranearme otoñarme invernarme:

las hormonas

las ideas

las cachas

y toda el alma.

Y si de derechos se trata, Sofi dice que los derechos sexuales y la distribución de las políticas sexuales son también igual de importantes que el derecho a la vida.

Cuando una persona hace pública su orientación sexual el dicho común es “salió del closet”. Estaba escondido y salió a la luz. Para las personas con diversidad funcional no hay closet posible. No hay armario donde esconderse. El mundo te va a indicar continuamente desde que naces que estás en el no lugar. El que sale del closet tiene al menos la posibilidad de esconderse, para quien tiene diversidad funcional no es posible, no hay closet posible: si no puedes caminar, no hay closet para fingir que caminas bien y encajas.

“Para las personas con Síndrome de Down es muy difícil acceder al trabajo sexual. No en el sentido de si está permitido o no, sino porque no conozco trabajadoras sexuales acá en Córdoba que lo quisieran hacer. Tiene que ver con la distribución diferencial del deseo. Ni siquiera tienen esa posibilidad de ser rechazados”, dice Emma.

El problema es que nunca hay una mayoría de edad completa para una persona con diversidad funcional o Síndrome de Down. Están a cargo de un tutor, que inclusive maneja su economía. Bajo esa lógica esa persona no puede disponer de su dinero y tiene que pedir permiso para gastarlo. Si ese dinero fuera para una asistente sexual, es difícil que alguien lo consienta.

Algunas personas tienen pensión por discapacidad. La ley 26378 aprobó la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (mediante resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas del 13 de diciembre de 2006) y garantiza en el artículo 28 un nivel de vida adecuado, así les garantiza una pensión. La plata no la pueden manejar ellos sino que la maneja un tutor y esa es la persona que decide si la persona va tener sexo o no.

“En la Argentina no creo que sea posible avanzar a nivel legislativo si primero no se reconoce el trabajo sexual, para que el Estado pueda cubrir los tratamientos o las asistencias o que pueda hacerse cargo de los gastos que implica; por ejemplo, transportar a alguien. El Estado es el único que puede soportar ese tipo de gastos”, dice Emma.

Emma también organiza talleres sobre orgías o usos de dildos, aunque nunca accedieron personas con diversidad funcional. Y aunque produce videos porno para romper con las narrativas hegemónicas todavía no incluyó a personas con diversidad funcional. Dice que en Córdoba no hay producciones porno que muestren cuerpos diversos. En sus videos sí. Justo la mesa que hay en la cocina donde hago la entrevista, antes fue escenario de un trío donde las piernas de la mujer protagonista son anchas e inquietas.

“¿Un padre va a acompañar a su hija con discapacidad para que tenga sexo con una mujer o con un hombre? No lo haría nunca. Ni siquiera lo harían si la chica no tuviera discapacidad. Pero sí es común que los padres lleven a sus hijos a una puta, que se desvirgue y aprenda a coger. Que un padre lleve a su hija para que aprenda a coger, es impensable”, asegura Sofi.

Por eso, en esta actividad el tacto tiene potencia. Sofi tiene un paciente que no olvida: un hombre que tenía rigidez en las piernas por una cirrosis que le provocó demencia. A ella la llamó su hija. Le contó que su papá le había dicho que quería tener relaciones sexuales y ella decidió buscar una asistente sexual para su papá. Sofi siente ternura cuando recuerda a la mujer que ayudó a que su papá que había nacido funcional pero que su cuerpo ahora funcionaba distinto volviera a tener relaciones sexuales. Fue la vez que bajó la cama desde el primer piso hasta la planta baja. El placer a veces empieza después de mover una cama.

“El contacto físico o el encuentro entre pieles hace que se produzca algo emancipador y revelador”, concluyó Sofi.