-Doctora: ¿Usas algún método anticonceptivo?
-Paciente mujer: No.
-Doctora: ¿Estás buscando quedar embarazada?
-Paciente: No.
-Doctora: ¿Y cómo haces?
-Paciente: Es que soy lesbiana, tengo pareja mujer.

Verónica Berardo, una doctora joven de Montevideo, realizó el cuestionario un día del año 2016, en una consulta de emergencia del Sanatorio La Española. La paciente, una mujer de entre 30 y 35 años, acudió al centro de salud por ataques de pánico. El interrogatorio, de rutina, lo hace cualquier médico general a cualquier paciente sin importar el motivo por el que consulta. Una rutina que se centra en la heteronormatividad y que deja fuera a otras formas de vincularse y vivir la sexualidad más allá de las relaciones hombre-mujer, como el caso de las lesbianas, mujeres que tienen deseo sexo-afectivo con mujeres. Una rutina médica que se repite en todo el Uruguay y, posiblemente, se extiende a la región.

¿Cómo se cuidan las lesbianas cuando tienen sexo? ¿Se cuidan? ¿Existe riesgo de que contraigan Enfermedades de Transmisión Sexual (ITS)? ¿Cuáles son las políticas de prevención y cuidados para la salud sexual y reproductiva de las mujeres lesbianas y bisexuales? ¿Existen campañas de concientización e información? ¿Cuáles son los riesgos a los que están expuestas? ¿Qué formación y sensibilización sobre el tema tiene el sistema médico?

Las preguntas pueden rondar la cabeza de cualquier ignorante del tema. Y es que la información que existe sobre la prevención y cuidados en el sexo lésbico, las políticas públicas, los estudios científicos, es casi inexistente. Históricamente, a las lesbianas no se las mira ni comprende. El ser lesbiana es salirse de la norma, es ser una mujer que por decisión propia no elige el pene como gran proveedor de placer ni se suscribe a las relaciones heterosexuales como única opción. Una mujer que incomoda, que no le es funcional al sistema patriarcal, más que para el show pornográfico.

Nunca usé preservativo y ninguna de las mujeres con las que me he acostado lo usan. No conozco lesbianas que lo hagan. Me encantaría que algún día alguien me invite a cuidarnos”. En entrevista con Distintas Latitudes, la uruguaya Tatiana Gámbaro (23 años) va directo al grano. La joven estudiante de psicología y educación sexual se define como lesbiana, dice conocer la existencia de métodos de prevención para el sexo entre mujeres, pero jamás los usó. Es más, ella que milita en un colectivo feminista y se reúne una vez por semana con un grupo de lesbianas a discutir estos temas, no conoce a nadie que lo haya hecho.

De un pequeño bolso saca un folleto explicativo creado en el marco de la Campaña de Salud Sexual “Mujeres que tienen Sexo con Mujeres” (MSM). Con un dedo sobre el folleto, indica las diferentes opciones que tienen para cuidarse y cómo se usan. Además del “preservativo femenino” (sería más correcto preservativo para vagina), que se introduce en la vagina y tapa parte de la vulva, está la barrera de látex que se crea a través del “preservativo masculino” (sería más correcto preservativo para pene) para “colocar sobre la vagina o el ano”; el “campo de látex o dental camp”: “un protector bucal que evita las ITS durante el sexo oral”; y los “dediles o guantes de látex” para la “penetración manual”. Una vez que termina el recorrido, Gámbaro quita el dedo del folleto y es bien gráfica: “Parece que te tenés que vestir como para entrar a un quirófano cuando hay sexo entre mujeres; esto es lo menos erótico que existe”.

Verónica Delbono, Obstreta-Partera, educadora sexual e impulsora de la campaña MSM, explica a Distintas Latitudes que el método de prevención de ITS ideal para lesbianas no existe, y “nadie se ha preocupado por diseñarlo”. Desde que hizo su trabajo final para el curso Abordajes Terapéuticos en Sexualidad sobre el caso de una mujer lesbiana, Delbono supo que a las lesbianas “el sistema médico no las ve”. Ella es profesora en la Escuela de Parteras de Uruguay, donde en 2014 surge la Campaña MSM, una experiencia que la ha llevado a entender la discriminación que sufren. “No hay información, ni está disponible en la consulta diaria con el médico. Además de que el sistema médico tiene una visión patológica del asunto, enfocada a lo reproductivo, y jamás desde el placer”, explicó.

Por la falta de métodos de prevención de ITS, Gámbaro intenta no realizar ciertas prácticas más riesgosas, como sexo oral, con personas con las que no tiene confianza. Es su forma de ser precavida. Y agrega un detonante a la discusión: “todas estas prácticas [sexo oral, penetración manual] se repiten para todos, pero a nadie se le ocurre decirle a una pareja heterosexual que use dediles o barrera de látex”. Una forma más de sesgar información, como si estas fueran prácticas restringidas al sexo lésbico, y el coito, al sexo heterosexual.

“Si se las invisibiliza se las está echando del sistema de salud”. Delbono lo comprobó, y la Licenciada María José Sacaniello lo confirma en su tesis La Invisibilidad de las Lesbianas en el Sistema Sanitario Uruguayo, para la Maestría de Género y Políticas Públicas de Flacso Uruguay. En el texto maneja el siguiente dato: “las lesbianas tienen mayor prevalencia de cáncer de mama y cuello de útero por los escasos controles ginecológicos a causa de las barreras de acceso a los servicios de salud”. Estar excluidas del sistema médico, definitivamente las vuelve más vulnerables que al resto.

Scaniello va más allá, y a través de las ideas de las teóricas feministas Judith Butler y Beatriz Preciado le pega directo al Estado: “La violencia simbólica que acarrea no encontrar un espacio para la diversidad sexual, el no ser sujeto de la consulta es no existir, no ser visibles, excluidas. Se podría entender esta situación como un ejemplo de discriminación y violencia institucional”. Con todo lo que implica, quitarles reconocimiento es una piedra para poder reconocerse como seres plenos e integrales.