Imagina que el paso ensordecedor de un convoy del metro a tan sólo unos pasos de distancia te despierta todos los días. Imagina que un riel de mil 500 volts te podría quitar la vida a media noche. Imagina que duermes junto a otros tres o cuatro chavos en un hoyo, y que te has acostumbrado a sentir por las madrugadas a las ratas paseándose por tus pies. Imagina que eso es mejor que pasar frío allá arriba, debajo de un puente o en medio de una plaza pública.

Imagina ahora a Brian. Tiene 19 años, pero su rostro está hinchado y quemado por el sol. Parece un adulto en cuerpo de niño. Brian ha vivido prácticamente toda su adolescencia en la calle.

“Dormía en alcantarillas, en los respiraderos del metro. Al lado de la vía del tren, en unos hoyos. Ahí viví como seis meses”, dice.  “Con tal de no pasar frío no te importaba si te pasaban las ratas por los pies”.

Brian dejó su natal puerto de Veracruz porque quería alejarse de su familia y cambiar su vida. “Es difícil olvidar cómo empezaste a consumir. Empecé con una bolsa de thinner. Tenía 12 años. Así me fui metiendo en la droga. Luego ya no era el thinner, era el resistol. Luego una mona, un cigarro de mota, grapas en la nariz… después ya me sangraba sola la nariz. ‘¿Qué me pasa ahora?’, decía”.

Brian estuvo algún tiempo en la Fundación Casa Alianza, institución que protege y brinda atención a niños en situación de calle. En 2009 la fundación respondió a la invitación de una organización civil para participar en un torneo de futbol. La cita era en unas canchas ubicadas dentro del camellón que se extiende en la estación Universidad del la línea 3 del Metro, sobre la avenida Delfín Madrigal, en la Colonia Pedregal de Santo Domingo, Coyoacán.

“Todo el piso estaba roñoso, no era piso liso”, recuerda Brian cuando se le pregunta cómo era la cancha a donde llegó a jugar futbol. Era un espacio insalubre, igual utilizado como baño que como picadero de heroinómanos.  Estaba llena de graffiti, tenía piedras, vidrios, condones, latas de cerveza, botellas de alcohol…

Brian lleva un año sin probar drogas. “Me fui dando cuenta que le tenía que poner un valor a mi vida. ¿Qué valor podría darle a mi vida? Primero que nada dejar el consumo y echarle ganas a lo que quería ser, que es portero profesional”.

Esa cancha que era deplorable ha cambiado. Ahora tiene pasto artificial, malla ciclónica para evitar se pierdan balones, reflectores que alumbran los partidos nocturnos y a su alrededor hay un espacio público bien conservado.

Brian también cambió. Ha vuelto a ser José Luis Díaz, el nombre que durante años ocultó para no ser encontrado por su familia.

“Tenía miedo de que me encontraran, hablarles… les hice un chingo de daño cuando estaba allá en Veracruz, me porte muy mal, quería que ellos ya no supieran de mí. Pero ahora quiero tener la oportunidad de conocer a mi familia y que ellos me conozcan como soy el día de hoy”.

A José Luis le cambió la vida el futbol y una organización llamada Street Soccer México. Y esa misma organización cambió un espacio público abandonado y lo convirtió en un espacio en donde entrenan jóvenes que podrían convertirse en campeones de la copa mundial de las personas en situación de calle, la Homeless World Cup.

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Los vecinos de las casas que rodean la Delfín Madrigal todavía recuerdan cuando en ese  camellón no había más que pasto seco y piedras.

Con la iniciativa de unos cuantos se decidió plantar árboles y rodear con malla el perímetro. “Queríamos un espacio para los niños —recuerda Jaime, un vecino con treinta años de residencia en el lugar—. Yo todavía ni me casaba, y pensaba en que mis hijos irían ahí a jugar. Y así lo hicieron. Todos los vecinos éramos muy unidos. Eso hace 25 años”.

La participación de los vecinos transformó un simple camellón en un parque público. Pero con el paso de los años y la falta de interés de las autoridades por conservar el lugar, el espacio se fue convirtiendo en tierra de nadie.

“Era un lugar conflictivo. Estaba completamente descuidado. Se traficaban drogas, en una parte se metía gente que se inyectaba heroína… muy loco”, recuerda el colono.

Daniel Copto, psicólogo de la UNAM, es el presidente de Street Soccer México. Estando en Canadá haciendo una especialidad en adicciones descubrió los efectos que el futbol tenía sobre un grupo de adultos consumidores de drogas. Pronto se organizó una liga, y Daniel se convirtió al tiempo en entrenador del seleccionado canadiense en la Homeless World Cup.

Luego de la experiencia del torneo mundial, Daniel decidió hacer del futbol callejero el proyecto más importante de su vida. Regresó a nuestro país y junto con amigos y colegas creó Street Soccer México.

Daniel identificó que las canchas de la Delfín Madrigal reunían las características de una cancha reglamentaria de la organización, según las define el comité internacional de la Homeless World Cup  (22 metros de largo por 16 de ancho).  “Cuando llegamos a esa cancha las condiciones eran pésimas. Era un espacio tomado por el vandalismo, y la comunidad no se había involucrado para mantener el espacio de manera adecuada”, recuerda.

Street Soccer se acercó a la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno del Distrito Federal, para presentar un proyecto que, mediante el Programa Comunitario de Mejoramiento Barrial, permitiera la recuperación de ese espacio público.

Los proyectos a financiar pueden obtener desde 500 mil hasta 5 millones de pesos y, según cifras de la propia Secretaría, de 2007 a 2010 se aprobaron 199 proyectos en las 16 delegaciones del D.F.

Para que la propuesta reciba los recursos, primero tiene que ser respaldado por la comunidad en una asamblea vecinal. Daniel Copto se acercó a los líderes vecinales y les presentó una proyecto que constaba de tres secciones: un área con juegos infantiles, tres  canchas, y un espacio central —aún no construido— que constaría de un gimnasio al aire libre y un aula techada pero sin muros donde pudieran darse todo tipo de clases, incluidas pláticas de la Liga Formativa de Street Soccer.

“Ese espacio es ahora un espacio de convivencia. Ahora puedes ver padres que llevan a sus hijos. En las canchas hay otras ligas: llegan los niños uniformados, árbitros y familias enteras a ver los juegos. Ese espacio es uno de convivencia familiar, y eso aleja a los chavos que quieren vandalizar, está siendo muy bien aprovechado por la comunidad”, asegura Copto.

La idea es que suceda lo mismo en otros estados. La organización en México planea abrir Ligas Formativas en todos los estados del país. De hecho, hace unos días comenzó la de Monterrey, en el estado de Nuevo León. Así, los jóvenes en situación de vulnerabilidad (pobreza, en situación de calle, con consumo de drogas o provenientes de barrios marginales) podrán tener un espacio en dónde practicar futbol cada semana, participar en una liga local, prepararse para los torneos estatales y nacionales y, sobre todo, podrán acceder a un apoyo colectivo e individual contra las adicciones.

“A través de nuestros torneos tratamos de generar un espacio de convivencia, de respeto. En ese espacio los jóvenes actúan como actores sociales; su identidad sufre un cambio importante, porque ya no son los marginados, los malos o los drogadictos, sino que se vuelven atletas observados por los seleccionadores, la prensa y el público. Se conciben diferentes, mejores”.

El año pasado fue Chihuahua el estado que se coronó campeón nacional de Street Soccer en el torneo “De la calle a la cancha” —patrocinado por Fundación Telmex—. Todos los integrantes del equipo vivían en Ciudad Juárez, la ciudad más violenta del país, y hasta antes de compartir uniformes, estrategia y triunfos, pertenecían a bandas rivales de distintas colonias.

La organización, junto con una  asociación llamada CASA que se dedica a atender a jóvenes en situación de vulnerabilidad o riesgo, localizaron a las pandillas más conflictivas de la ciudad, delimitaron su territorio, y seleccionaron a los chavos que dentro de esas bandas tenían cierta influencia o liderazgo. La intención era que, luego del torneo, se volvieran agentes de cambio, agentes de paz.

El torneo selectivo de Chihuahua se llevó acabo en un espacio público neutral, que no había sido reclamado por ningún grupo delictivo en particular. Ahí se enfrentaron, con un balón de por medio, jóvenes que fuera de las calles podían ser enemigos a muerte. A la postre, los ocho seleccionados juarenses resultaron los campeones del país, y más importante aún, terminaron consolidando una gran amistad.

“Somos un conjunto, un equipo, una familia, y tenemos que estar en las buenas y en las malas. Eso es lo que me da pa’rriba”, decía Emmanuel Cruz Almaraz, uno de los integrantes del equipo, luego de recibir su medalla de campeón.

“Que los chavos tengan las condiciones para practicar un deporte es fundamental —continúa Daniel Copto— pero también no han tenido acceso más que a espacios muy maltratados. Que podamos tener una cancha digna, decente, en buenas condiciones, les motiva mucho más para tomar parte en esas actividades. Se esfuerzan por mantener bien el espacio, lo hacen suyo, y lo protegen. Es algo que jamás han tenido”.

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Una mujer platica con su hija en una de las bancas del parque-camellón de la avenida Delfín Madrigal. Un niño le da vueltas a una de las canchas del lugar a bordo de su flamante triciclo, al tiempo que su papá domina un balón de hexágonos blancos y negros.

Y mientras, José Luis termina de ajustarse su uniforme de portero de la Selección Nacional. Desde que comenzó a jugar futbol en las actividades de la organización, dejó la calle y se fue a rentar un cuarto. Actualmente asiste a un hogar para jóvenes en proceso de reinserción social llamado Puente de Vida.

“Me sentí contento, bien padre, porque ya teníamos cancha e íbamos a poder entrenar a gusto, y no tanto por mí, sino por nuestros compañeros que también se sienten a gusto así”, responde José Luis cuando se le pregunta qué sintió la primera vez que vio la cancha remodelada. Las tres horas que le dedica cada fin de semana al futbol son sagradas.

“Aquí estoy todos los sábados, a Street Soccer no le fallo. Me motivan los torneos que vienen. Yo no voy a descansar hasta estar en el internacional. Y siento que vengo más fuerte que el año pasado, traigo mejor condición”. Este año, la Homeless World Cup se celebrará en Paris, Francia, y México será sede en 2012.

“Nadie me quita el sueño de ir a París —continúa—. Sé que voy a ir. No por ser mejor que los demás, simplemente porque sería una motivación para todos los de la liga que uno de nosotros vaya, no importa que sea yo u otro”.

— ¿Qué te han dado las personas de Street Soccer México? —se le pregunta.

— Confianza —ataja de inmediato—. Siempre me han tenido confianza, tanto en los partidos como en la convivencia. Y a todos les importamos. A ellos les importo y a mí me importan ellos. Como nuestra playera dice: ‘Somos una familia, la familia Street Soccer’.