(Videos realizados para el noveno número”¿Cómo nos movemos en América Latina?” de Distintas Latitudes. Si quieres ver los videos de Sao Paulo y Buenos Aires da click aquí o acá)

Taxi, burra o calafia… no hay más

Me dirijo a la esquina de mi casa con la intención de viajar al Centro. Deduzco, por mis opciones de transporte público, que vivo en zona privilegiada, pues no soy ajena a la falta de este servicio en colonias alejadas de los desarrollos industriales, comerciales.

Camino media cuadra. Taxistas anuncian a claxonazos su disponibilidad. Rechazo los ofrecimientos porque prefiero la burra (autobús), de tarifa costosa comparada con otras ciudades (8.50 pesos = 0.69 dólar), pero aquí lo más accesible (los rutas de taxi menos caras cuestan 11.50 pesos = 0.92 dólar). Además la burra llega al Palacio Municipal, garita fronteriza, Hospital General, aeropuerto, central camionera.

Pago al subir. Recibo mi boleto/seguro de viaje. En el trayecto observo el bordo, sus custodios en carro o helicóptero e incluso -si no hay bruma- veo nítidamente el otro lado. Dentro del camión, me detengo con las uñas para evitar caerme (hay choferes que se desbocan en las pendientes) y leo en las paredes mis obligaciones como usuaria: no ensuciar, pedir mi parada con tiempo, bajar por la puerta trasera. Con suerte presenciaré algún show musical, circense o faquir. Eso sí: lo infalible es la estación radiofónica grupera (con sus infames locutores) y algunas pasajeras haciendo la mímica del canto.

Aparte de burras y taxis, en Tijuana hay calafias. Éstos son microbuses, identificados como calafias porque así se llamó la primera compañía concesionada con ese tipo de unidades (mera cuestión de usos y costumbres). La empresa ahora se llama Calfia, cosa que no importa a los usuarios: perduró el nombre original, el cual envuelve cierto romanticismo pues hace alusión a la reina Calafia (leyenda sobre el origen de las Californias). Sin embargo -hay que decirlo- las calafias sólo tienen bello el apodo: son unidades viejísimas, incómodas, lentas, inseguras, que sus choferes atiborran de pasajeros como si se tratara de un acto de prestidigitación. Por otro lado, son las únicas que llegan a las lejanas colonias de la Zona Este (tras negociaciones entre ayuntamientos y líderes transportistas).

El transporte público aquí atiende una población que -según el censo INEGI 2010- anda por el millón y medio de habitantes (1,559,714), aunque este dato resulta impreciso porque no contabilizan población flotante (algo serio en las fronteras). Existen 107 rutas de transporte masivo y 147 de taxis, éstas dentro de un parque vehicular de 7 mil 449 unidades de sitio, libres y con itinerario. Mas no es secreto que circulan taxis clonados, cuya cantidad es incierta.

Al margen de irregularidades, la queja principal es lo alto de las tarifas, que elevan al aumentar los combustibles. Y promesas sobran: este 5 de enero anunciaron (nuevamente) un Plan de Reordenamiento del Transporte Público para brindar un servicio “ágil, moderno, barato y de mejor calidad”. Todos identifican el problema, sólo que en una ciudad tan desordenada, sin posibilidades subterráneas dada la topografía (fallas geológicas) y cara, cuesta vislumbrar una pronta mejoría.

Por fortuna la inseguridad no ha permeado al transporte público, pero qué robo se siente al pagar.