(Los nombres de personas y lugares en este testimonio han sido modificados.)

Hace algunos años trabajé como instructora comunitaria en el rancho Las Moras, en el municipio de Tequila, Jalisco. Los instructores recibimos nuestra capacitación durante varias semanas en el pueblo de Tequila, a una hora en carretera de la ciudad de Guadalajara. El lugar está certificado como “Pueblo Mágico” como parte de un programa gubernamental para promover el desarrollo turístico de ciertas localidades. Además, el municipio goza de la denominación de origen para fabricar el tequila a partir del agave azul que ahí se cultiva; y el paisaje agavero fue declarado, junto con las antiguas instalaciones industriales de fabricación del tequila, Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 2006.

Mi noción inicial de la región no iba más allá de estos datos. Poco a poco aprendí que esas señales de aparente prosperidad podían ser engañosas. En realidad fue un pequeño grupo de empresarios, propietarios de las principales compañías tequileras, quienes promovieron la distinción de Tequila como Pueblo Mágico, a través de una transformación cosmética del primer cuadro del pueblo para consumo de los turistas. José de Jesús Hernández López analiza cómo este pequeño grupo monopolizó en buena medida las decisiones, el espacio público, los significados y las ganancias económicas de la ‘patrimonialización’ de Tequila[i].

El boom del tequila, por su parte, tampoco ha generado una adecuada socialización de las ganancias. El agave pasa por ciclos sucesivos de escasez y abundancia; esta última genera la caída dramática del precio de la planta. La situación de los pequeños productores se agrava cuando las grandes empresas se abastecen de las grandes plantaciones – dentro y fuera del territorio de la denominación de origen –, cuando los intermediarios se quedan con buena parte de las ganancias, o cuando las subvenciones estatales benefician a las empresas consolidadas en lugar de a los pequeños agaveros. Muchos productores se ven orillados a dejar pudrir sus cosechas, o dejan de cultivar agave por completo para evitar mayores pérdidas. La falta de empleos expulsa a muchos hacia Estados Unidos y Canadá. El narcocultivo y el narcotráfico ganan terreno en la vida (y muerte) de la región[ii].

La paradoja queda expresada en un letrero que alguien se tomó la molestia de elaborar en lámina y cementar al borde de la carretera: “BIENVENIDOS AL PAISAJE DEL AGAVE AZUL: PATRIMONIO MUNDIAL DE LA HUMANIDAD Y TIERRA DE DESASTRE  Y MISERIA PARA LOS AGAVEROS”. Existe, pues, un Tequila profundo, muy distinto al que visitan los turistas, y al que yo misma conocí inicialmente durante mis capacitaciones; el de las rancherías, las barrancas, los llanos y los cerros del municipio; el Tequila de la comunidad donde fui maestra por unos meses.

El Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE) se encarga de habilitar jóvenes egresados de secundaria o preparatoria para que trabajen como instructores de preescolar, primaria o secundaria en las localidades cuyo número de alumnos en cada nivel no llegue al mínimo requerido para la instalación de una escuela regular. Así, por cada año de servicio en las localidades más pobres y remotas de todo país, los instructores reciben una pequeña beca para continuar sus estudios durante tres años más.

Yo fui asignada para enseñar en la secundaria de la comunidad de Las Moras, que se encuentra en una barranca, no muy lejos del pueblo de Tequila. El grupo de alumnos – con edades entre los 12 y los 17 años – tenía fama de ser especialmente difícil. Tanto, que el instructor anterior había renunciado al mes de iniciado al ciclo escolar. Por eso ahora nos mandaban a dos instructoras, en vez de una, a reemplazarlo.

De los quince alumnos, los más aplicados eran los hermanos Lerma; Jazmín, Marcos y Armando. Eran huérfanos. A su mamá y a su papá – que había sido el ‘narco pesado’ de la zona – los habían matado a tiros hacía algunos años. Los demás estudiantes también venían en pares o tríos de hermanos, menos Chema, cuya hermana mayor, Laurita, tenía retraso mental y se quedaba en casa con su mamá, Doña Laura. Al papá de Chema y Laurita también lo habían asesinado, pero antes de eso habían sido tiempos prósperos para la familia, y Don Chema les había dejado la casa más rica del pueblo – la única con baño y cocina integral. Era ahí donde nos alojábamos las maestras.

También conocimos rápidamente las casas de los demás alumnos, porque las señoras se turnaban tres veces al día para darnos de comer sendos, picantísimos y deliciosos chilaquiles y guisados de todo tipo. Platicando con ellas pronto nos enteramos de que la cicatriz reciente que tenía en la sien José Merced – el mayor de otros tres hermanos – era de un balazo que le había rozado mientras su familia y él escapaban de una tiroteo en la caja de una pick-up.

Así, se nos fue desvelando el entramado de muertes y venganzas que se extendía por la comunidad y por los ranchos vecinos; que se extendía hacia el pasado, implicando a hacendados, arrieros y bandidos de antes de los tiempos del narco; que se extendía también hacia el futuro, pues prácticamente todos nuestros alumnos estaban bajo amenaza, con lo cual no era sorprendente que no los dejaran salir del rancho. El confinamiento quizás los protegía de los peligros externos, pero no de un clima exaltado, lleno de golpes e insultos en sus propias casas.

Una noche me despertaron inconfundibles balazos fuera de mi ventana. Tras el golpe de pánico me di cuenta de que la comunidad no se inmutaba: eran disparos al aire, y la gente debía de estar acostumbrada. Me quedé muy quieta en la cama, escuchando, y distinguí una tonada que se repetía una y otra vez, más y más fuerte. Era un narcocorrido que terminé por aprenderme la décima vez que lo tocaron:

Voy a cantar un corrido

Señores recordarán

Mataron a Alonso Lerma

Un hombre a carta cabal

Hombres como esos ya no hacen

Ni en cualquier parte se dan.

Alonso era un hombre bueno

Mucha gente lo quería

Las Moras y El Paradero

Son los ranchos que él tenía

Para ayudar a los pobres

Tenía su ganadería…

En cuanto amaneció, salté a preguntarle a Doña Laura qué había pasado. “Son los hermanos mayores de Jazmín, que salen a llorar a sus papás”. De paso me aclaró, para calmarme, que si algunos hombres llevaban armas no era porque fueran a matar a nadie, sino que las llevaban como adornos, como quien lleva un reloj o un cinto piteado – a lo mucho echarían tiros al aire, como los hermanos de Jazmín. No quedé muy tranquila que digamos.

Esa tarde les tocó a Jazmín y a José Merced el turno de hacer el aseo de la escuela. Pusieron música en la computadora, y mientras barrían y trapeaban cantaban Sálvame de RBD, Los puritos huesos de La Arrolladora y narcocorridos al por mayor.

En una de esas, algo me habrá notado José Merced, porque me preguntó:

– ¿Por qué no le gustan los narcocorridos, maestra?

José Merced seguido soltaba comentarios inquietantes, como “Cuando sea grande me voy a casar con usted, maestra”, o “Algún día cuando sea narco la voy a matar, maestra”, así que agradecí la pregunta más casual de ese día.

– Pues porque hablan de los narcos como héroes, como si lo que hicieran fuera bueno.

– ¡Pues sí es bueno, maestra! – Jazmín salió al quite con una vehemencia desacostumbrada en ella.

– ¡¿Bueno?! ¿Aunque por eso se hayan muerto tus papás? ¿Aunque por eso casi te hayan matado a ti, José? ¿Aunque por eso no puedan salir del pueblo?

– Los narcos son los que dan trabajo, maestra. El gobierno no da – concluyó Jazmín y siguió trapeando.

Pronto comprendí que ese trabajo que el narco daba no era exclusivo para los adultos. Mis alumnos no sólo se ganaban doscientos pesos por jornada de pizca, sino que tenían otra tarea más crucial, y sin paga: un día a media clase – unos regaban el jardín escolar y otros resolvían ecuaciones – se activaron de repente los radios que los hombres traían siempre colgados del cinturón. Inmediatamente soltaron regaderas y cuadernos, y algunos me alcanzaban a decir ‘perdón maestra’ al salir disparados.

¿Qué acababa de pasar?

Las Moras está en una barranca que sólo es accesible en auto por un camino que baja del llano, al paso de otro rancho: el Llano de las Moras. Cuando los del Llano veían pasar militares o policías no aliados, avisaban por radio a los muchachos de abajo para que corrieran a sus casas a esconder las armas, y a los campos de amapola y marihuana a advertir a los adultos.

El episodio se repitió varias veces, evidentemente dando al traste con las respectivas jornadas escolares. Pero no hacía falta que fuera un día de esos para que se interrumpiera el estudio. Eran los insultos, las exaltaciones y los golpes lo que a cada momento rompía la concentración de la clase, y era eso también lo que vencía mi entereza. No fui capaz de hacer frente a la situación, y finalmente renuncié en diciembre.

En ese entonces no había empezado la guerra contra el narco, ni era evidente todavía que ‘el presidente del empleo’ no lo sería. Pensaba que el caso de Las Moras sería más o menos excepcional. Hoy, con muertes por todo el país que a diario se suman a las 50,000 de esta guerra, con realidades como las que el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad se dedica a denunciar e inventariar, y con el corporativismo intacto en el sistema educativo mexicano, quisiera más que nunca conocer a los maestros que a pesar de todo logran con sus alumnos aprendizajes significativos – no sólo académicos, sino también cívicos y éticos.



[i] Hernández López, José de Jesús, “Tequila: centro mágico, pueblo tradicional. ¿Patrimonialización o privatización?” Andamios, v.6, n.12, México, dic. 2009. http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-00632009000300003&lng=es&nrm=iso Consultado el 26 de noviembre de 2011.

[ii] Ver Pérez Tapia, Manuel, El agave tequilero: entre el boom y la crisis, 1990-2000, Tesis de licenciatura en Economía, FES Acatlán, México 2007 y “Piden agaveros solucionar los problemas que enfrenta el sector” La Jornada, 16 de marzo de 2008 http://www.lajornadajalisco.com.mx/2008/03/16/index.php?section=politica&article=003n1pol Consultado el 26 de noviembre de 2011