Un alma colectiva: el triunfo de una Selección.

 

El momento en que la multitud, exaltada por la zozobra, grita al unísono el ansiado monosílabo. El gol, el instante cumbre. La honesta alegría que puede verse en los rostros de unos y el contraste con la frustración de los contrarios. El instante mágico en el que un grupo de personas se convierte en un alma colectiva que disuelve cualquier diferencia.

Un freudiano probablemente diría que se trata solamente de la multiplicación de una identificación colectiva cohesionada a través de mecanismos psicológicos primitivos pero, cualquiera que haya sentido la emoción del gol no estaría de acuerdo. Gustave Le Bon, a quien debemos la expresión alma colectiva para referirse a estos asuntos, observó que en una multitud la psicología individual parece disolverse: “(…) cualesquiera que sean los individuos que la componen y por diversos o semejantes que puedan ser su género de vida, sus ocupaciones, su carácter o su inteligencia, el solo hecho de hallarse transformados en una multitud les dota de una especie de alma colectiva. Este alma les hace sentir, pensar y obrar de una manera por completo distinta de cómo sentiría, pensaría y obraría cada uno de ellos aisladamente[1].”

Para que un grupo de personas se convierta en una multitud, explica ese autor, es preciso que éstos tengan algo en común, un elemento de vinculación. El gol es el momento clave, el de mayor comunión. Pero la ebullición emocional no es espontánea; es producto de un proceso.

En un artículo sobre el fútbol como organizador de la masculinidad del individuo argentino[2], Débora Tájer señala que en aquel país sudamericano un niño recibe tres elementos de identificación: un nombre, un apellido y una camiseta. Explica:

“La pertenencia a la escuadra familiar, identificada con la camiseta, instituye el linaje en un intento de construirse una pertenencia nacional. (…) La afición por un equipo permite un anclaje identificatorio de gran relevancia frente a otros posibilitadores de identidades fuertes y depositarios de ansiedades de la modernidad, que han adquirido el status de perecedero: el matrimonio, el trabajo, los partidos políticos, los pactos, los referentes y los líderes, entre otros.”

Una persona puede cambiar de trabajo, de residencia, de cónyuge, de afiliación política; pero muy rara vez cambiará de equipo de fútbol. El buen aficionado se considera parte del mismo y goza los triunfos de su escuadra como si fuesen propios al tiempo que experimenta frustración y tristeza en la derrota. Reconoce sus colores y gusta de vestirlos.

Así, el equipo de fútbol es el equivalente moderno del tótem; figura a la que Freud destinó algún trabajo[3]. El tótem representa al grupo y éste se congrega en torno a él para celebrarlo. Soy Chiva, soy Azul, soy Jaguar. Aunque sea para verlo por televisión, los aficionados se reúnen para ver el juego: compran bebidas y botanas, todos visten la camiseta o portan algún distintivo.

Pero además del equipo local, de la camiseta totémica, hay algo aún más grande: la Selección Nacional. Con mayúsculas. El equipo que, idealmente, concentra a los mejores elementos y los hace funcionar en una maquinaria que lleva sobre sí las esperanzas de gloria de millones de aficionados.

De tanto en tanto, los torneos internacionales tienen lugar y los aficionados olvidan temporalmente sus diferencias regionales para vestir todos los mismos colores: los del combinado nacional. Se reconocen en las calles, el ambiente social se percibe distinto. “¿A qué hora es el juego?”, preguntan los despistados.

Al menos en México, un partido de la Selección es un asunto de interés nacional. Las escuelas y los centros de trabajo se acondicionan para que todos puedan ver el juego, si se trata de uno importante. Aún quienes no son aficionados de algún club, suelen sentirse identificados con el seleccionado y esperan con expectación el juego. No hace falta “saber de fútbol”, ni siquiera tener nociones básicas de las reglas de juego, los nombres y posiciones de los jugadores. Lo único que hace falta es saber que existe el gol.

Este, naturalmente, es un fenómeno más grande que del que me he ocupado hasta ahora. Trataré de explicar siguiendo un poco algunas ideas de Erich Fromm[4]: los grupos humanos recurren a ciertas formas de cohesión que les dan carácter y funcionamiento particulares. En concreto, este autor plantea la existencia de un “narcisismo de grupo”. Un fenómeno relativamente normal, que deviene del narcisismo individual y que, a su juicio, puede observarse en el orgullo y aprecio que el grupo siente por sus logros presentes o pasados, por sus miembros destacados o por cualquier cosa que valga la pena en sí misma. Un narcisismo benigno, si cabe tal expresión, que es resultado del esfuerzo.

En su entrada “Los Nuevos Niños Héroes”, a propósito de la victoria de la Selección Mexicana Sub-17 en la Copa del Mundo de la especialidad, Eduardo Salles[5] lo sintetiza de la siguiente forma: “Los intelectualoides (que están de moda) dirán que es sólo un partido de futbol, y que meter una pelota dentro de una portería no tiene nada que ver con un país. Difiero. Quien habla así olvida la importancia de los símbolos, su trascendencia en el imaginario colectivo y sus efectos en la actitud nacional.”

(Imagen tomada de www.cinismoilustrado.com con el permiso de @Sallesino)

Si seguimos a Fromm, los éxitos de los individuos se convierten en parte del grupo. Hoy, todos los mexicanos somos campeones de la Copa Oro y Mundial Sub-17. “Esto es lo que necesita la gente”, dicen los comentaristas deportivos y tienen algo de razón. La realidad está llena de malas noticias, fracasos y sinsabores. Las buenas noticias inyectan optimismo y reavivan el deseo de que todo vaya mejor. El peligro está en la falta de objetividad. El logro pertenece a quienes literalmente sudaron la camiseta, a quienes los entrenaron, cuidaron de su salud, prepararon físicamente. A quienes se desvelaron para hacer que funcionara.

En la otra cara, tenemos a nuestro representante en Copa América. Un desastre que nos pertenece. Un conjunto que, en tanto muestra del grupo, contiene la falta de compromiso y trabajo por las que también somos tristemente famosos. De igual forma, la derrota sólo pertenece a ellos pero nos marca a todos.

La objetividad y la razón están en apreciar los logros y las derrotas del grupo como lo que son y no como más, o menos. Pero mientras llegamos a esa meta ideal, no podemos evitar sentirnos como parte de ello y enorgullecernos o entristecernos por lo que nuestros compatriotas hacen. Porque, quién puede negarlo, nos gusta vivir el momento en que las diferencias se borran, el Yo se disuelve y somos, por un instante, el alma colectiva que grita al unísono el monosílabo mágico. Gol.


[1] Gustave Le Bon, citado por Sigmund Freud en “Psicología de las masas y análisis del Yo”.

[2] Tájer, Débora. “El fútbol como organizador de la masculinidad” en Revista de estudios de género. La ventana, Núm. 8. 1998.

[3] Me refiero a “Tótem y Tabú”, obra de Sigmund Freud publicada por primera vez en 1913.

[4] Especialmente en el capítulo “Narcisismo individual y narcisismo de grupo” en, El Corazón del Hombre, publicado por primera vez en 1964.