La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.

Milan Kundera

Si las dictaduras, para subsistir, necesitan el silencio, los sobrevivientes acuden a la palabra como vía de escape o salvación. Contra la violencia del Estado, la protesta y la denuncia; para impedir la repetición del horror, el relato histórico; para buscar el sentido dentro de la propia experiencia, la literatura, sea como ficción o como memoria. Nombrar es, en principio, abstraer la realidad, pero también puede ser un intento de dotar de cierta materialidad –la del sonido, al menos- lo que parece inaprensible. Por eso no extraña a nadie que las sociedades post-dictatoriales y los exilios produzcan literaturas abocadas al recuerdo del dolor y de los abusos sufridos. El caso argentino no fue la excepción: el tema fue abordado por varios autores, como Mempo Giardinelli o Juan José Saer, que se interesaron en el recuento de lo vivido en aquellos años. Pero dicho recuento puede ser minucioso, estricto, pleno de nombres y fechas -como han mostrado otras literaturas testimoniales-, o bien, mostrar una faceta distinta, en la que lo que se recuerda es elusivo, tangencial, lábil. En ese lado del espectro se encuentran dos escritoras cuyos trabajos convergen en ciertos sentidos: Tununa Mercado y Verónica Gerber, cuyas obras –En estado de memoria y Conjunto vacío, respectivamente- están ancladas en el exilio, pero que lo refieren oblicuamente.

En estado de memoria: “me habré dejado ganar por la insignificancia”

Tununa Mercado (Córdoba, Argentina, 1939) es un caso singular. Su nombre circula entre lectores y estudiosos de la literatura casi como un secreto, uno muy bien guardado. La mención de un cuento suyo en algún seminario; un rastro nebuloso en internet; en la Ciudad de México, nada en las librerías, ejemplares escurridizos en pocas bibliotecas. Al leerla, uno no puede explicarse por qué: en su escritura hay una fuerza y una inteligencia inusitadas; además, ella y su esposo desempeñaron un papel fundamental en la reunión y organización de los argentinos exiliados en México a raíz de la dictadura. Alrededor de las letras de Mercado hay una especie de misterio. Se trata, como muchas otras autoras del mundo hispano, de una escritora secreta.

A pesar de ello, su nombre aparece recurrentemente cuando se habla de literatura del exilio. La referencia obligada es En estado de memoria, libro sui generis que en algunos contextos es clasificado como novela o como libro de cuentos, aunque por momentos linda con el ensayo o parece ajustarse mucho más a lo que en la actualidad se denomina autoficción. Compuesto por dieciséis relatos, fue editado primero en 1990 y reeditado –por Seix Barral, ni más ni menos- en 2008. Sin embargo, en la actualidad está fuera de imprenta. Algunos fragmentos circulan clandestinamente en la red. Y, a pesar de la dificultad para acceder a sus textos, no es difícil construirse una imagen de la literatura de Tununa Mercado. Con poco más de la tercera parte del libro –lo que puede encontrarse en internet- conocemos su tono y sus recursos. El conjunto al que nos referimos está compuesto por los relatos “La enfermedad”, “El frío que no llega”, “Cuerpo de pobre”, “Curriculum”, “Celdillas” y “El muro”.

Lo que todos los relatos tienen en común es tomar como punto de partida lo cotidiano: el trámite para obtener atención psicológica; la decoración de una casa en un país extraño y la búsqueda de alimentos añorados –los de la patria y luego, si se regresa, los del exilio-; la dificultad para encontrar ropa que siente bien; los síntomas de una enfermedad y la incertidumbre sobre su origen emocional; las sensaciones producidas por una peculiar fobia; la sensación que produce volver a ver el edificio que solía habitar antes del exilio. En cada historia, una cadena de incidentes se representa de forma realista, compuesta de sucesos menores, hasta que en algún punto del relato la realidad se vuelve inmanejable: un acto que debería ser simple parece imposible de lograr o tolerar. La clave de esta asfixia se nos presenta de forma mínima con una referencia breve: los acontecimientos suceden en el contexto de la dictadura o el exilio.

Tununa Mercado no desea hacer un recuento de nombres y fechas, su ejercicio no es el de relatar para fijar en la historia. En vez de optar por lo singular, elige lo universal: una vez que nos identificamos con el desconcierto y la angustia que provienen –en circunstancias como éstas- de la memoria, esos efectos se vinculan al hecho histórico. No se considere este recurso como una evasión. Por el contrario, lo que la autora consigue mostrar es que la política se cuela en nuestras casas, en nuestros cuerpos –como huella de tortura, sí, pero también como enfermedad-, en nuestras sensaciones más íntimas, en nuestros guardarropas y en nuestros sueños. Y entonces, esa dictadura no nombrada, con sus muertos y sus deudos, aparecen magnificados ante el lector.

Por supuesto que este recurso narrativo no es bastante por sí solo para garantizar un efecto estético o un impacto emocional tan contundentes. Si los relatos son aplastantes, brutales y bellos se debe a la ajustada dicción de Mercado, precisa y elocuente, mesurada y de una agudeza extraordinaria. Podría decirse que a la autora le interesa narrar con morosidad lo nimio, volverlo plenitud, y crear con ello un silencio en torno a lo otro, lo difícil de nombrar, para que sea conspicuo en su ausencia.

Conjunto vacío: “todos estamos buscando huellas o haciéndonos preguntas”

Novela que nació premiada, Conjunto vacío fue una sorpresa en el panorama literario mexicano del año pasado. Publicada por Almadía, una editorial independiente, y escrita por una artista visual (Verónica Gerber, 1981, argenmex, es decir, hija de exiliados argentinos), se trata de una obra que corre el riesgo de lo experimental y lo convierte en su mayor fortaleza: el discurso está construido con la palabra, pero también con el silencio (hay páginas con una sola frase o párrafo) y complementado con representaciones gráficas que van del trazo esquemático más simple –en apariencia- a la abstracción de conceptos como la memoria, el éxtasis amoroso, la presencia o la ausencia y el tiempo.

La protagonista y narradora de la historia, Verónica, vuelve a la casa materna a raíz de su separación. Con estos dos eventos se desencadenan dos caminos para la memoria: uno que reconstruye (y desearía alejarse de) el fracaso amoroso y sus efectos, y otro que dialoga con el rastro que dejó su madre cuando desapareció[1]. Ninguna de las historias es lineal: se van construyendo a partir de fragmentos (por sinécdoque, dirían los teóricos). Las distintas anécdotas se aglutinan en torno a conceptos como secreto, tiempo, memoria y ausencia. Estos conceptos a su vez son variaciones o componentes de un asunto mayor que los imanta: el vacío. En esto, Gerber y Mercado parecen operar de manera semejante: aunque la historia que cuentan pareciera completamente personal, no puede sustraerse de la Historia. Esto se hace evidente en la tercera línea argumental de la novela: Verónica consigue un empleo como encargada de la organización del archivo de una escritora exiliada. Esta sub-trama, una especie de narrativa superpuesta, muestra la historia de Marisa, sin que llegue plena a Verónica (o a nosotros, los lectores): hay cartas que cuentan una historia de amor interrumpida, documentos legales sobre su vida en familia y fotografías recortadas donde sólo queda la silueta de la persona que se extrajo de la imagen.

Este rastro lleno de huecos permite entender algunas de las experiencias más significativas del exilio: interrumpir el curso de una vida y suplantarla con otra que nunca termina de parecer propia. Marisa, a pesar de ser nombrada por todos “escritora”, sólo produce una obra en su vida –con el elocuente título Destierro-. Su hijo supone que entre los papeles se encontrará algo inédito y, aunque Verónica sí encuentra algunos manuscritos, todos son borradores de la misma historia, comenzada una y otra vez. Si esta analogía no fuera suficiente para conmovernos, la protagonista intensifica su efecto cuando le agrega la angustia de la generación siguiente al apuntar que, al final, terminó sabiendo más del exilio de Marisa que del de sus propios padres quienes, como muchos, optaron por no tocar nunca el tema. En este sentido, Verónica Gerber nombra otro silencio construido por la dictadura: no es el de la censura, sino el que se crea en torno a la memoria doliente, el que se produce cuando la generación anterior de argenmex (la de Tununa Mercado precisamente) calla.

Ese silencio cimbra, en ocasiones, la identidad, como también sucede en la novela de Gerber. La protagonista viaja a Argentina, donde visita a su abuela. Se encuentra con lo que pudo (¿debió?) ser su niñez y se da cuenta de que para quienes se quedaron la vida también entró en suspenso: el tiempo se congeló en la espera de los que se fueron. Nadie sabe bien quién es, qué sucedió: todo el mundo está tratando de llenar los huecos.

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Conjunto vacío, en principio, no parecería tener una relación tan directa con la memoria; su exploración está más dirigida a la ausencia, sin embargo, la evocación del pasado termina siendo nuclear en su discurso. En cambio, En estado de memoria parece dar rodeos en torno a lo cotidiano: la memoria surge de ello como una fuerza incontrolable, un impulso involuntario que dota de presencia, que convoca y vuelve vigente a lo pasado y a lo ausente. Para ambas autoras, el exilio es una especie de tiempo suspendido, una vida que queda en espera. Ambas narraciones desembocan en la angustia de lo incompleto, del vacío, pero sobre todo en la aparente imposibilidad del contacto pleno con la realidad –la presente y la que fue, la propia y la de los otros-: se puede dar testimonio para que la colectividad no olvide, pero estas autoras nos muestran que eso no siempre es suficiente, pues en la memoria estamos siempre irremediablemente solos. Confundidos. Fragmentados.

 

Gerber, Verónica. Conjunto vacío. México: Almadía, 2015.

Mercado, Tununa. En estado de memoria. Barcelona: Seix Barral, 2008.

[1] Aunque en el contexto del exilio esta palabra resulta muy significativa, la narradora es cuidadosa al explicar que la madre “no desapareció como el resto” sino que simplemente “se desdibujó”.