La canción protesta, la música con contenido y la poesía acompañada de acordes y arpegios han sido elementos fundamentales de la tradición musical latinoamericana. No cabe duda de que música y movilización social, música y política o música y activismo son binomios reales. Lo interesante, sin embargo, aparece cuando resaltamos qué tipo de música se ha identificado con qué tipo de movilización social o de activismo político. Durante muchas décadas, la música tradicional o folklórica, aquella que combina ritmos propios del continente con las aportaciones venidas de Europa, destacó como el emblema más certero de la protesta en América Latina. En la peor época de las dictaduras y gobiernos golpistas, varios grupos que recuperaron ritmos andinos y les agregaron textos de libertad, justicia y crítica, sobresalieron en la escena (local y, después, una vez exiliados, europea). Ese emblema latinoamericano, al que definitivamente debe agregársele la trova (con una gran aportación cubana, sobre todo), sigue delimitando claramente a un sector específico de las clases medias, un sector politizado, comprometido con ciertas causas y luchas en la región y, por lo general, culto y muy bien leído.

El rock como instrumento de protesta, en cambio, es un tanto más difícil de ubicar y de delimitar en el contexto latinoamericano porque, transversalmente, toca fibras mucho más variadas: distintos sectores sociales, muy distintas estrategias de creación y difusión y, por supuesto, muy distintos contenidos. Es cierto que el rock nació con el estigma de la protesta-rebeldía y que lo mantuvo durante décadas. De hecho, la idea que quiero compartirles aquí es que esa relación entre rock – protesta – crítica existe todavía en nuestros días, pero que tiene un enemigo radical, nacido de la misma madre: el rock comercial, el rock hecho pop, el rock que aspira, sobre todas las cosas, a vender.

No en vano fue el rock, en el inicio, música de negros escuchada por negros en Estados Unidos, combinando y acelerando ritmos de blues y haciendo referencia a la marginalidad de la cultura afroestadunidense, provocada por el exacerbado racismo de la época. Pero el rock rápidamente dio un giro al estrellato cuando fue recuperado por figuras blancas (y, por lo tanto, con mucho mejor acceso a los medios de difusión) y, luego, exportado a Europa. Los años sesenta iniciaron con una promoción impresionante del rock: exponencialmente, éste se convertía en moneda corriente en prácticamente todo el Occidente (incluyendo América Latina) sólo que, principalmente, en una variante pop por popular, comercializable, de melodías pegajosas y textos poco complejos.

Claro que el rock combativo se mantuvo siempre bajo los reflectores. El estigma mismo del rock, las imágenes y los efectos que provoca son, sin duda, combativos desde su propia trinchera: la crítica a la sociedad tradicional, a la moral conservadora y a los dogmas impuestos. Sin embargo, en ocasiones contenido e imagen se separaron. Como en el resto del mundo, en América Latina el rock se convirtió en una estampa social, en un instrumento de identificación de la juventud, mucho menos por su contenido que por la representación que de él nació. Me explico: el rock rápidamente creó imágenes, creó estilos y creó modas. Cabellos largos, ropa descuidada, actitud relajada e irreverencia frente a la moral tradicional y conservadora de nuestras sociedades. Antes que juzgar al rock por su contenido, se le juzgó por la apariencia de los rockeros (y de los jóvenes que lo escuchaban). En América Latina eso fue muy claro: intolerancia, descalificación e incluso persecución se orquestaron desde los gobiernos y las autoridades de algunos espacios sociales (universidades o iglesias, por ejemplo) contra los jóvenes más bien afines al rock, aun si esta identificación de los jóvenes con esa música estuviera más relacionada con el hecho de que era novedosa, sobre todo extranjera (Beatles, Rolling Stones, Bob Dylan, Pink Floyd) y que representaba un corte generacional, una crítica a las convenciones sociales y a las tradiciones religiosas y morales, pero no necesariamente un llamado a la revolución armada. Ahora bien, tampoco tenía por qué serlo: el rock hizo (y en cierta medida sigue haciendo) una revolución cultural entre la juventud. Sí, quizá no sirvió para coordinar grandes protestas sociales, articulando nuevos modelos económicos o de organización política, pero sí ha sido, definitivamente, un punto de quiebre en cuanto a ideas y comportamientos sociales en América Latina se refiere.

El rock más crítico de la época era, sin duda, aquel que repetía los ecos de paz y antimilitarismo que florecían en Estados Unidos. En Argentina, por ejemplo, la gente de Javier Martínez y Los Beatnick cantaba: “cambien las armas por el amor/y haremos un mundo mejor/Rebelde me llama la gente/ rebelde es mi corazón/ soy libre y quieren hacerme esclavo de la tradición/…”

En México, si bien se criminalizó radicalmente a la juventud y, por consiguiente, al rock (basta recordar los sangrientos episodios del 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971), un amplio movimiento musical tomó las guitarras en Avándaro para crear el ahora mítico concierto colectivo de rock. Los hippietecas, como se calificaba a los mexicanos que gustaban del rock y de las consignas hippies, fueron un sector importante de esa juventud mexicana marginalizada y poco comprendida (aunque hay varias excepciones: una de ellas, quizá la más conocida pero de ningún modo la única, es José Agustín, joven en esa época y excelente escritor de la cultura rock en México).

Eso sí, muy pronto el rock sufrió, a diferencia de la trova o de la canción folklórica de protesta, un proceso de comercialización acelerada. El rock extranjero (particularmente anglosajón) marcó un común denominador entre la juventud latinoamericana de clases medias y altas de manera más o menos homogénea presentándose como la música de moda, atractiva, y permitiendo a jóvenes de varios países comunicarse con un mismo lenguaje. El radio y la televisión ayudaron considerablemente, pero también el hecho de que el rock, en otros países, ya era un pilar de la industria del entretenimiento. Los grupos de rock latinoamericano que surgieron durante esa época podían identificarse, en ocasiones, con esa tendencia más bien consumista del género.

Sin embargo, a diferencia de la música pop tradicional (y mucho más comercial que el rock mismo), una buena parte del rock latinoamericano, debido precisamente a las condiciones políticas y sociales de la región, permaneció activo con ese bajo perfil público y su alto contenido social. Había, por supuesto, rock muy combativo (influenciado, sobre todo a partir de los años setenta, por el punk británico), pero la constante en este rock no comercial –pero sí con consciencia social– era la representación lírica de una sociedad latinoamericana carcomida por la injusticia, la impunidad y la desigualdad. En la medida en que el rock fue pluralizándose y dejó de ser un elemento distintivo de clases medias altas y altas, amplios sectores de las capas medias y medias bajas se apropiaron de él. En México, por ejemplo, el rock tiene un espacio especial en Monterrey, la ciudad con más clases medias del país proporcionalmente hablando. En la Ciudad de México, los barrios del noreste están plagados de pequeños bares que acogen al rock, incluso al más local y desconocido, con mucho gusto, manteniendo siempre un bajo perfil y un estilo “subterráneo”.

En la década de los años ochenta, algunos rockeros mexicanos  cantaron mucho sobre las pésimas condiciones de vida en el país y se convirtieron en emblemas de la protesta urbana. Rockdrigo González, Trolebús (por cierto, banda originaria de Ciudad Neza, uno de los suburbios más pobres de la Ciudad de México en los años ochenta) o La Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio fueron muy bien recibidos por las clases medias capitalinas que vieron, en la década de los años ochenta, la posibilidad de obtener nuevos espacios públicos después de las épocas más autoritarias del gobierno mexicano. Fenómenos similares ocurrieron en prácticamente toda América Latina, donde la paulatina liberación política permitió también a los rockeros expresarse de nuevas maneras. Así, el rock como elemento distintivo de la protesta urbana regresó poco a poco a las calles, al mismo tiempo que, paradójicamente, una nueva ola de rock comercial se abalanzaba sobre las sociedades latinoamericanas.

Rockdrigo González “No tengo tiempo (de cambiar mi vida)

Trolebus “Balada chilanga”

Maldita vecindad y los hijos del quinto patio “Un gran circo”

Hoy en día las cosas son menos claras. El rock combativo existe, por supuesto, pero al mismo tiempo es impresionante el nivel de comercialización al que el rock ha llegado. El consumismo desenfrenado ha permitido, por ejemplo, que la consigna de muchas bandas latinoamericanas parezca ser obtener los acuerdos más jugosos con las empresas disqueras, vender tantos álbumes como sea posible y organizar el concierto más caro del año. Soda Stereo, Maná, Los Tres, Los Aterciopelados… todos ellos son ejemplos de bandas de rock latinoamericano que no necesariamente integraron el discurso social a sus letras sino que apostaron por la ligereza de los contenidos, los ritmos que gustan y los conciertos masivos. No significa que no pueda haber un atisbo de crítica o cierta insinuación a temas sociales; lo que sucede es que, en su mayoría, el rock latinoamericano no sirve de pistón a los motores de la movilización social; no necesariamente aglutina fuerzas y energías para la protesta social de manera que se creen movimientos populares coordinados y fuertes.

Por lo general, incluso las bandas de rock con discursos más combativos no logran superar la catarsis colectiva que ofrece el concierto mismo. En lo personal, he asistido a varios conciertos de rock encabezados por bandas con discursos políticos y sociales muy claros, pero jamás he podido ver que el entusiasmo que congrega a 50 mil jóvenes en un concierto los vuelva a congregar, dos semanas después, en una manifestación concreta, en un paro de actividades, en una huelga general o en cualquier otro elemento de la organización social. Como diría Nora de la Cruz, “los jóvenes fueron al concierto, le aplaudieron al rockero rebelde y con eso cumplieron su cuota”.

Considero, en suma, que el rock latinoamericano tiene un enorme potencial para transmitir mensajes de inconformidad y hartazgo hacia las condiciones políticas y sociales de su entorno; el rock latinoamericano puede ser un rock con causa. Pero el rock es tan versátil y tan asimilable que una buena parte de él se ha vuelto un elemento más del panorama consumista. La culpa es de las grandes disqueras, de MTV y de los grandes organizadores de conciertos, conscientes de que la mediatización de las bandas de rock es mucho más provechosa para sus bolsillos que la difusión de contenidos críticos. Pero la culpa también es de los rockeros, tanto las bandas como los escuchas. En vez de ofrecer/exigir un rock un tanto más consciente, socialmente hablando, hemos optado por seguir alimentando el que ya tenemos o, en algunos casos, migrar hacia ritmos que han amalgamado posiciones más criticas (para sectores más reducidos de la sociedad), como lo son el ska y buena parte del reggae latinoamericano.

Ahora bien, el rock no comercial, el que sí responde a una crítica social y, sobre todo, moral –o una crítica de tipo contracultural–, sigue estando presente en nuestras sociedades. No digo que haya desaparecido, ni mucho menos; pero sí que, ante la mayoría de la población, ha sido opacado por ese rock comercial que no trasciende más allá de los estilos y las apariencias.