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El año pasado, la matrícula de estudiantes registrados en un programa de posgrado de alto nivel –es decir, programas que cuentan con apoyos económicos del Consejo Nacional de Cienca y Tecnología (Conacyt)– se elevó de 16,170, en 2009, a 21,019, lo que representa un incremento del 30%. Aquí el informe. Esto está muy bien, porque significa que hay más gente pensando en un país en que ya nadie parece hacerlo y porque, además, el Estado está apoyando la generación de conocimiento. Hasta aquí de optimismo: en realidad, al Conacyt se le otorga el 0.2% por ciento del PIB y con eso hay que hacer lo que se puede (“Diputados contra inteligentes”, Letras Libres). Hablaré de Humanidades, que es el tema que menos ignoro.

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Hay muchas y muy buenas razones para no estudiar un posgrado. Un ejemplo está en el blog 100 reasons not to go to graduate school (http://100rsns.blogspot.com/), en el que cada semana se analizan de manera parcial temas que para un estudiante de posgrado se convierten en obstáculos: la poca oferta laboral, el tedio de la universidad, el egoísmo académico, la insana competencia, la implícita renuncia a una vida “normal”, el aislamiento, el complejo de Peter Pan. La continuación de la vida universitaria después de la universidad, es decir, después de haber terminado una licenciatura, también ha sido retratada en la página Phdcomics.com, un cómic que narra los infortunios de un grupo de estudiantes de posgrado.

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¿Qué implica estudiar un posgrado? Las respuestas son tan variadas como las motivaciones que existen para matricularse en uno, y aquí empiezan los problemas. En un país donde la expectativa laboral es complicada –y  más aún si uno estudió alguna carrera humanística–, el posgrado es la mejor opción frente al desempleo. Uno estudia un posgrado en una institución de alto nivel académico porque el monto de la beca es superior al sueldo que podría recibir dando clases a nivel preparatoria. El deseo de especialización y el afán de generar conocimiento pasan a segundo plano. Al concluir un doctorado, cinco o seis años después si hay suerte y empeño, el estudiante se encuentra con otros dos problemas: la saturación del mercado laboral académico y una sobrecalificación que le impide acceder a otro tipo de empleos fuera de una institución universitaria.

Hablar de estos problemas se convierte en una cadena sin fin. Los estímulos que los miembros del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) reciben para retirarse no son suficientes, por lo que extienden su vida laboral a extremos conocidos por todos los que hayan pasado por un aula universitaria. Luego de una competencia atroz, el estudiante de posgrado que logra acceder a un puesto fijo se encuentra con espacios de trabajo reducidos –el departamento de historia, de literatura, de filosofía, etc.– en donde la intriga parece una de las mejores herramientas para sobrellevar el tedio. Además de las clases que imparte, para formar parte del SNI debe preocuparse por dirigir tesis, publicar artículos en revistas arbitradas, asistir a congresos, organizar charlas, y demás actividades que posteriormente serán evaluadas por sus pares con el fin de otorgarle estímulos que se traducen en dinero. Esta viñeta explica claramente el casi imperceptible proceso de descomposición de quien en su momento comenzó una carrera académica por buenas razones:

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La investigación, ese noble acto de dedicarse al estudio, queda reducida a la producción artesanal, y por tanto masiva, de tesis, artículos y conferencias cuya principal intención es la de abultar el currículo. El trabajo se vuelve menos estimulante y parafrasea el pequeño texto de Salvador Elizondo titulado “El grafógrafo”: Estudio. Estudio que estudio. Mentalmente me veo estudiar que estudio y también puedo verme ver que estudio… Los estudiosos, cada vez más concentrados, olvidan que la justificación y alabanza del oficio fue uno de los grandes temas de una época en la que floreció la actividad académica, el Renacimiento. Hoy, la justificación implícita de los programas de posgrado es la de mantener el sistema de estudios de posgrado: estudiamos para poder seguir estudiando; enseñamos para poder seguir enseñando; asistimos a congresos para que sea posible organizar más congresos, publicamos artículos y reseñas para que sigan existiendo las revistas académicas. La actividad académica gira sobre sí misma, sin ningún otra voluntad más que la del mantenimiento de la especie.

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La primera lección que esperamos muchos estudiantes de posgrado es la que nos obligue a reflexionar qué hacemos aquí. La academia, como práctica profesional, es un espacio conservador por definición. No podría existir la idea de canon, por ejemplo, sin la consecuente necesidad de fijar, de conservar algo, sea esto una obra de arte, un acontecimiento, los usos y prácticas de las sociedades, una idea . La academia es la encargada de conservarnos como humanidad, y esta ácida tarea necesita de reflexiones previas que la reconcilien con los espacios y las prácticas que estudia. Para que su función conservadora destaque, el discurso académico debe concentrarse no en su reproducción, sino en la creación de una gramática que funcione como contrapeso a otros discursos cuyo interés no es el de la memoria sino el del olvido, por ejemplo, el publicitario y el político, enfocados a la venta y la persuasión perpetua.

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El discurso académico no vende nada, o no debería hacerlo; tampoco busca persuadir. Su virtud consiste en oponerse al egoísmo y la mezquindad, pero para generar un contrapeso suficiente tiene que establecer un lazo mucho más fuerte con lo que sucede afuera del espacio universitario y tiene que recordar que sus motivaciones parten del deseo de saber más y de decir algo; cuando alguna de estas dos condiciones no se cumple, cuando se olvida o se ignora o se decide ignorar, entonces no hay nada que hacer.