La Argentina no sería lo que es sin las corrientes migratorias. Sobran las historias fantásticas y discriminatorias sobre las migraciones de países limítrofes. No es extraño para ningún argentino las afirmaciones que algunos aventuran a hacer –basadas en prejuicios alejados de la realidad- sobre los problemas internos como la desocupación y el desempleo en relación con la creciente tasa de extranjeros residentes en el país.

Sin embargo, ¿qué tanto de verdad tiene tales afirmaciones?  Teniendo en cuenta que el preámbulo de la Constitución nacional promete garantizar las mismas libertades para los extranjeros que quieran radicarse en territorio argentino como para los nacionales, no resulta extraño ni ajeno que la tasa total de inmigrantes en la ciudad de Buenos Aires sea de un 15%. A pesar de que el número no es menor, se aleja del 30% que registró el censo de 1914.

Las políticas migratorias del país austral son, por decreto, amigables con la inmigración. Es abierta y por ende carece de los signos represivos aplicados en Europa: cualquier turista que excede su estancia legal sólo debe pagar una multa al salir. Además, los trámites de radicación son poco complejos. Al llegar, el extranjero recibe una residencia temporal por dos años. En ese lapso obtiene el Documento Nacional de Identidad de extranjero y posteriormente, una residencia permanente.

Ahora, no es una mentira que las políticas de privatización en América Latina han llevado a que muchas personas vivan en situaciones de pobreza poco deseables. Tampoco es falso que más allá de la precariedad y las deficiencias de las entidades estatales, la Argentina se caracteriza por mantener empresas públicas en el área de salud y educación. Entonces, ¿qué de raro tiene que un país con baja densidad de población, que desde 1853 fomentó la inmigración europea bajo la consigna de “Gobernar es poblar”, reciba corrientes migratorias de países limítrofes? Y si se tiene en cuenta que las remesas enviadas por muchos de estos migrantes mueven las economías internas de sus países, ¿cuál es entonces el problema? ¿Dónde quedó la historia de la hermandad latinoamericana?

El panorama estadístico

Según estadísticas de la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) en el último censo realizado en 2001 se registraron 1.5 millones de extranjeros en la Argentina. Aún sin conocer los resultados oficiales del censo del pasado 27 de octubre, se estima que el número de extranjeros haya incrementado en más de 10%. Sin embargo, los datos se verán afectados por la gran cantidad de extranjeros que viven en la clandestinidad.

De ese 1.5 millones de extranjeros censados en 2001, la mayoría son paraguayos, bolivianos y peruanos. Si se tienen en cuenta aquellos que aún no están legalizados y se hiciera una estimación, la DNM asegura que los nacionales de estos tres países juntos representarían más de la mitad del número de extranjeros del país.

Los pedidos de radicación se multiplicaron por diez desde el principio de la década cuando la tasa subió 74%. Según la DNM, esto podría deberse a la devaluación de la moneda de los países vecinos y las malas condiciones económicas que atravesaron. Según los consulados de los tres países mencionados “la tasa de retorno es mínima” y muchos de ellos se asientan en provincias del conourbano bonaerense.

Pero de lo que aquí se trata es de hablar de la migración paraguaya a la Argentina. Según el censo de 2001, el número de paraguayos registrados en su país vecino era de 325 mil. Hoy la suma debe ascender a un estimado de 371 mil. Estos datos convierten a la colectividad paraguaya como la más numerosa del país austral.

El “Little Paraguay” argentino

Según el informe “Ampliando horizontes: Emigración Internacional Paraguaya” elaborado por la Oficina del Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), los migrantes paraguayos tienen tres destinos predilectos: España, Estados Unidos y la Argentina. ¿Las razones? Por lo general tienden a ser de índole económica y laboral, aunque no se pueden descartar las motivaciones académicas y de intercambio estudiantil.

Se estima que el perfil de la mayoría de inmigrantes paraguayos se ajusta a personas jóvenes, con nivel educativo secundario y en mayor proporción mujeres. Las mujeres, según Naciones Unidas, trabajan como empleadas domésticas mediante incorporación informal que suele vulnerar los derechos laborales. Por su parte, los hombres suelen trabajar como obreros en la industria de la construcción, así como también en empresas dedicadas a la manufactura de cuero, calzado y plásticos. Muchos de ellos han llegado a diversificarse hacia el comercio e incluso a establecer PYMES dedicadas a la construcción.

Si bien los guaraníes ya habían emigrado hacia el noreste argentino mucho antes de la llegada de los españoles en el siglo XVI, las primeras migraciones paraguayas como tal se estiman de 1947. La guerra civil paraguaya de marzo a agosto de ese año dio lugar a la creciente salida hacia la Argentina. Años después, la dictadura de Alfredo Stroessner contribuyó de manera determinante el fenómeno. Tanto así que, según Gerardo Halpern, Doctor en Antropología, Buenos Aires es la segunda ciudad del mundo con mayor número de paraguayos.

Esto, por supuesto, tiene sus efectos económicos. Según el Banco Central del Paraguay (BCP), en los primeros meses del 2010 hubo un incremento de 32% de las remesas recibidas en ese país. La mayoría de ellas, hay que decirlo, provienen de España. Sin embargo, las remesas provenientes de Argentina no se quedan atrás. El aumento de los envíos de dinero con respecto al año anterior fue de un 130%. Así, los migrantes paraguayos en Argentina son un factor importante en la economía y contribuyen con el movimiento financiero de su país.

Sin embargo, no todo es miel sobre hojuelas. El problema central que tiene la migración paraguaya en Argentina es el trabajo esclavo y la falta de acceso a la salud que padecen algunos indocumentados.

Cultura vs. Discriminación

Gerardo Halpern, en su libro Neoliberalismo y migración: paraguayos en Argentina en los noventa manifiesta que, según cifras de las autoridades de Asunción, Paraguay tenía fuera casi dos millones de emigrantes. Según Halpern, este volumen sólo se da en casos de catástrofes naturales, genocidios o guerras. Como se sabe, este no es el caso del Paraguay actualmente.

Lo que sí es un hecho es que la migración hacia Argentina no ha parado por décadas. Tanto así que la Argentina ha sido altamente influenciada culturalmente por los paraguayos. Desde la música hasta el mate, yerba cultivada por los pueblos guaraníes y trasladado en las primeras corrientes migratorias de siglos anteriores, y que ahora está íntimamente relacionada con la nacionalidad argentina.

Históricamente, la Argentina ha sabido adaptarse a las culturas de otros pueblos, adaptándolas, modificándolas e incorporándolas hasta crear una cultura nueva, propia y nacional. Si bien el tema de las corrientes migratorias suele ser complicado, corresponde un atentado en contra de la constitución nacional segregar a quienes tienen las bases constitucionales para establecerse en un país que promete garantizar un trato equitativo a quienes deseen radicarse en él.

Siguiendo a Halpern, el problema más grave de la migración son los relatos para discriminar: una “alteridad de indeseables sobre los que hace recaer la culpa de los problemas que afectan al país”. Así, los inmigrantes paraguayos cargan sobre sí los estigmas de la desocupación, el clientelismo y el aumento de la delincuencia, y hasta las culpas por el aumento de las epidemias de dengue y cólera. No es un asunto menor. Según el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo de Argentina (INADI) más de un tercio de las denuncias por segregación tienen su causa en la nacionalidad.

Si bien la Argentina garantiza constitucionalmente derechos para los extranjeros que deseen habitar el territorio nacional, el tema de la discriminación a nivel social es evidente. Es normal escuchar a gente del común diciendo que el futuro que le espera al país austral es obnubilado y poco grato y que la causa mayor de esto son las corrientes migratorias. Resulta ridículo -inclusive jocoso- que los habitantes de un país que conocen su historia y la importancia de las migraciones en su desarrollo cultural rechacen a sus vecinos – a pesar de ser sumamente semejantes- mientras, por otro lado, se jactan de sus raíces europeas.