El pasado noviembre una amiga y yo fuimos a un parque a escuchar unas bandas de jazz, rock alternativo e indie1.  Esto era parte de un festival llamado “Invasión al parque”, financiado por el Centro Cultural de España. Recuerdo haber escrito en mi blog lo sorprendida que me encontraba por la armonía en que los asistentes al evento convivimos, la ausencia total de humo, de sonidos de tráfico y de sirenas policiales, esto a pesar de estar justo a la entrada del Centro Histórico de San Salvador. Había niños corriendo bajo la mirada de sus padres, borrachos bailarines imitando a Gene Kelly en Singing in the Rain, adultos jóvenes sentados en la grama sintiendo la tierra vibrar al son del jazz. Si alguien me hubiese dicho antes que eso era posible en San Salvador, ¡y menos en un parque!, jamás le hubiese creído. Esas cosas simplemente no pasan, no en un parque, menos en el centro, menos en San Salvador.

 

El parque Cuscatlán, sitio en el que se desarrolló el evento, está situado sobre una alameda que conecta el centro de la capital con la principal ciudad de un departamento vecino. Dentro del parque hay cafeterías, el monumento a las víctimas civiles del conflicto armado, un monumento a Pablo Neruda; canchas, juegos infantiles y una sala nacional de exposiciones, mas lo que suele caracterizarle es la enorme cantidad de vendedores ambulantes que ofertan sus productos a viva voz. Eso y los ladrones, los vigilantes y los guardias municipales dormitando en las bancas. Nadie en su sano juicio decidiría cruzarse el parque en forma de atajo. Nadie. Si bien es cierto que eso aplica para casi cualquier parque de El Salvador, hay un motivo por el cual éste en particular me importa tanto: fue ahí, hace treinta y un años y en medio de una protesta por un país que convulsionaba, donde se conocieron mis padres.

 

No intente imaginarse grandes obras arquitectónicas: casi todos los parques salvadoreños caben en el clásico esquema del centro de una ciudad colonial. Es decir, forman parte del polinomio portal-iglesia-alcaldía-parque al centro. No tiene nada de fantástico ni de particular, aparte de ser mío. Bueno, mío y del resto de los dos millones de personas que viven en San Salvador. Así como comparten su sitio en la distribución de cualquier centro de cualquier pueblo o ciudad colonial, los parques salvadoreños también comparten esta maldición de ser intransitables. En ellos conviven estatuas olvidadas, prostitutas decadentes, ladrones, controladores de buses y palomas hambrientas. Das uno, dos pasos y te roban el celular. Esto se repite en casi cualquier parque. Qué va, eso se repite en todos lados. En San Salvador no se puede caminar. Quizá por eso la gente ha optado por hacer de los centros comerciales sus nuevos parques.

 

Metrocentro San Salvador es el centro comercial más grande de Centroamérica. Además, en los últimos años se ha convertido en una especie de neo-parque: todos los días hay gente vagando por sus pasillos, gente que no compra nada, gente que simplemente gusta de caminar en un lugar cerrado y matar el tiempo. La práctica incluso tiene un nombre, “vitrinear”. Hombres, mujeres, adolescentes que escaparon del colegio, todos ellos suben y bajan gradas en Metrocentro, se sientan a leer libros en las bancas; se enamoran sobre el pasto, se besan en sus pasillos. Sí, en definitiva los centros comerciales son nuestros neo-parques. Es algo verdaderamente lamentable de admitir.

 

Desde Metrocentro hasta el Parque Cuscatlán hay cinco incaminables cuadras. Se podría decir que el Parque Cuscatlán es la entrada poniente al Centro Histórico de San Salvador. El parque anuncia quince cuadras llenas de plazas memorables, estatuas, palacios, teatros, bibliotecas, iglesias y catedrales que en algún tiempo brillaron con encanto neocolonial (prácticamente todas las estructuras y monumentos datan del siglo XIX, dado que una seguidilla de eventos naturales e incendios derribaron las originales) y que invitaban a caminarse con calma y detenimiento, pero que ahora están rodeados por hedor a cañerías colapsadas, infinidad de unidades del transporte colectivo y vendedores ambulantes que son demasiados, indomables y renuentes a descongestionar de quioscos ilegales las fachadas de edificios realmente bellos, pero ocultos tras canastos llenos de fruta, maniquíes que exhiben prendas de vestir y publicidad variopinta. Lo ocultan todo. Están en todos lados desde que el desempleo azotó a los millares de desplazados por el conflicto civil que migraron a la capital en busca de una relativa seguridad y más oportunidades de empleo, oportunidades que nunca llegaron. Por eso tomaron las calles, los edificios, las aceras y la historia de San Salvador por asalto. Ningún alcalde capitalino de posguerra ha podido lidiar con ellos. Y, curiosamente, son ellos la razón -la única, en varios casos- por los que el capitalino se aventura a ir al centro: víveres y prendas baratas. De no ser por eso ni por la necesidad de abordar más de un bus para conducirse dentro de la ciudad, la gran mayoría de gente no iría ni de broma al muy venido a menos Centro Histórico.

 

Nunca he podido ser de esas personas. Supongo que haber nacido en San Salvador me hace tener cierto amor por lo decadente, el mismo que a veces me hace tomar un bus y caminar -de nuevo- el ya muy caminado Centro Histórico. Eso o la necesidad de rescatar la historia reciente desde las manchas en las paredes, los edificios en ruinas o las placas que anunciaban viejas glorias; la historia que no sabemos y que nadie nos prentende enseñar. Eso o querer conocer de cerca esos edificios que brillan en los ejemplares de periódicos antiguos y que aún yacen incólumnes detrás de dos, tres o cuatro filas de ventas callejeras. Ventas de todo, incluso de libros usados. Buscándoles se llega al centro neurálgico del Centro, a la Calle Delgado. Hace pocos meses, de tarde-noche y mientras buscaba en un quiosquito un ejemplar de un viejo libro, giré la cabeza y vi mi lugar favorito de la capital recién pintado, renovado y con un brillo de glorias pasadas: por algún motivo, alguien había decidido pintar el Teatro Nacional.

 

Después descubrí que no solo el Teatro, sino la mayoría de los edificios históricos del centro de San Salvador  -como parte de una iniciativa del gobierno central y no del municipal- iban a ser maquillados en honor al Bicentenario de nuestra “independencia” que se nos viene en noviembre. Misteriosamente, el resto de los edificios de las cercanías (el Palacio Nacional y la biblioteca pública) solo fueron medianamente mejorados una semana antes de la reciente visita de Barack Obama. Este afán de mejoramiento visual de la capital vendría acompañado por un largamente prolongado plan de transporte que pretende descongestionar de humo y automotores colectivos el centro de la ciudad. A poco menos de un mes de entrado en vigencia -y no sin algunos reclamos de los ciudadanos temerosos de caminar en San Salvador-, el plan funciona bastante bien. El objetivo final es también lograr acuerdos con los vendedores ambulantes para poder restaurar el esplendor de tres grandes avenidas que recorren el Centro Histórico antes del Bicentenario, para después declarar al Centro Histórico como zona turística protegida. Espero que entonces no tengamos que caminar solo en centros comerciales, que podamos presumir el encanto neocolonial de sus edificios y al fin poder decir con tranquilidad “vengan a El Salvador, los voy a llevar a conocer San Salvador.”


1 Crónica ilustrada en Qué Joder <http://quejoder.wordpress.com/2010/11/15/tripin-version-invasion-en-el-parque/>

 

* Breve descripición del Centro Histórico de San Salvador en Wikipedia  <http://es.wikipedia.org/wiki/Centro_hist%C3%B3rico_de_San_Salvador>

 

* Más sobre el ordenamiento del recorrido del transporte colectivo puede verse en   <http://www.laprensagrafica.com/el-salvador/social/178103-centro-historico-amanece-despejado-y-sin-humo.html>

 

* Listado de edificios principales del Centro Histórico en la página oficial de la Alcaldía Municipal de San Salvador: <http://www.sansalvador.gob.sv/?page_id=192>

 

* Sobre las pretenciones turísticas para el Centro Histórico: <http://www.elsalvador.com/mwedh/nota/nota_completa.asp?idCat=6375&idArt=5705794>