Por Flavia Borja (Paraguay, 1989), integrante de la 2da generación de la Red Latinoamericana de Jóvenes Periodistas

[Este texto es parte del especial “Lxs calientes en América Latina” que incorpora reportajes, crónicas e investigaciones desde 12 países de la región]


Yrén es una persona imponente con un discurso político que viene puliendo desde hace un par de años. Todo lo que instala, propone e impone se basa en su experiencia de vida, que comenzó durante el apogeo del verano de 1981 en el populoso Barrio Obrero de Asunción, Paraguay. Como activista, casi siempre con muchas ocupaciones, abre la puerta, va y viene de un lado a otro con papeles que acomoda por toda la oficina.

Quizás no voy a cambiar el mundo, quizás no voy a cambiar Paraguay, pero algo voy a dejar en el tintero para que se comience a discutir y ese es mi grano de arena como parte de la sociedad. Porque eso soy, constructora de sociedades”, se reafirma mientras se toca el pelo largo rubio y mueve los ojos negros hacia arriba y hacia un lado como buscando palabras perdidas, un gesto que repite incansable.

La mayor parte del tiempo se desenvuelve en Asunción, aunque allí no puede vivir porque a gente como ella no le dan en alquiler “lugares decentes”. Es un tema que la mortifica, porque tiene que rentar un sitio en alguna de las ciudades aledañas a la capital y siempre le cobran más caro y siempre con la amenaza de que al mínimo escándalo la echan. Por eso quiere comprar una casa y por eso, de noche estudia para ser abogada.

Pasa que Yrén, antes de ser Yrén, antes de ser activista por los derechos humanos con énfasis en derechos LGBTI, antes de ser trabajadora sexual y una figura mediática con aspiraciones políticas como es hoy, fue Nery y Nery, fue un niño feliz y valiente, que creció “bien”, creció “normal”, recuerda don Ignacio, su padre.

Yrén no dice que fue infeliz en su infancia, de hecho tiene recuerdos felices como cuando escapaba de la escuela para juntarse a unas amiguitas que le prestaban ropa de nena,  como cuando se apoderó  a escondidas de la muñeca de su hermana Lorena, a la que también le robaba el tutú de vez en cuando para verse como se sentía, como una nena.

Pero más allá del tutú, la muñeca y la ropa de nena que la hacían feliz, hay también recuerdos dolorosos. “Me decían mariquita”, se acuerda y está segura de que todos se daban cuenta de su orientación pero nadie trató de explicarle nada. A la primera comunión y a la escuela quiso ir con vestido y no se lo permitieron.  Una vez sus vecinas y los niños de ellas la acusaron de hacer enojar a Dios después de que una tormenta destrozara el escenario que tenían preparado para la dramatización del pesebre. La alejaron así de la Iglesia Católica, aunque sigue creyendo que existe un ser superior.

La adolescente

Cuando Yrén asumió su identidad (de mujer trans) le pasó lo que le pasa a prácticamente todas: las puertas se le cerraron en la cara una tras otra y se quedó sola. El circuito de exclusión es casi siempre el mismo, primero las expulsan del hogar, después del sistema educativo, les prohíben profesar su fe y se ven obligadas a migrar para poder ser.  Las marginan. El ritmo, dice, es siempre igual, buscar un lugar donde vivir, encontrar alguna trans solidaria que las ayude, aunque eso no siempre signifique que las guíen de la mejor manera. Como Yrén, muchas comienzan a ser trabajadoras sexuales desde muy joven, caen en las drogas, tratan de suicidarse, mueren o son asesinadas.

En 1996 fueron asesinadas en Paraguay Susan, Madonna y Xuxa, las primeras dos por policías y la tercera durante un servicio. En 1996 Yrén tenía 15 y se convirtió en trabajadora sexual. Veinte años después lo sigue haciendo pero ya no en la calle. Para ella el trabajo sexual no es indigno, no es delito y además es una opción laboral; son las condiciones en la calle las que denigran a las trans. La calle, vacía y oscura, donde brillan amenazantes las luces de las patrullas de la policía, fue dura también con ella. Subió de la mano de la bebida y las drogas a un tobogán de decadencia, y de bajada recibió maltratos, escupitajos y hasta baldazos de agua.

Le tomaría un par de años reaccionar, pero allá por el año 2000, cuando estaba a punto de perder el último ápice de dignidad, un arranque de lucidez la impulsó a levantarse. Fue entonces, cuando comenzó a protestar contra la policía que le cobraba plata por ocupar una esquina o extorsionaba a sus clientes, fue cuando nació la Yrén que hoy se muestra y evoluciona. De alguna manera, tomó toda su vida como una palanca de propulsión y caminó hacia adelante.

 

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Yren Rotela tene 36 años y fue expulsada del colegio cuando tenía 14 después de asumirse como transexual. Hoy es una importante activista en Paraguay.

La activista

“No me van a doblegar en mi identidad, no me van a decir que está mal. Y siempre digo que si es verdad que existe el que ellos dicen que me va a condenar, que sea él –Dios– y no un ser humano, porque el ser humano no puede”, dice Yrén.

Una persona no puede condenarla, pero puede mirarla de manera despectiva; puede codearse con otra cuando ella sube al transporte público y pueden gritarle insultos  a su padre cuando ella lo acompaña en la calle.

–¡Puerco! –le gritan a mi papá–. Terrible para él y para mí.

Don Ignacio, su padre, un hombre que habla con frases cortas en guaraní cerrado, dice que es una estupidez que discriminen a su hija, que como ella hay en todas partes, en todas las clases sociales y que él no tiene nada que reclamarle. Es un hombre con reglas básicas inquebrantables, por ejemplo que la sangre no se niega.

“Me gusta su trabajo, no tengo nada que objetarle. La mejor virtud es que defiende sus derechos, eso es lo mejor, ese es su fuerte”, dice el hombre.

Pensando en su padre, en su madre y en todas las familias que en el momento de quiebre –cuando la persona asume su orientación – no comprenden lo que ocurre, Yrén se anotó entre sus metas construir un lugar para brindar orientación y contención psicológica a las trans, pero sobre todo a papá y mamá, a los hermanos y los tíos, a todo el que necesite ayuda para entender y apoyar a sus hijos, porque tener apoyo familiar abre otros caminos que no sean la calle, ese lugar donde las trans luchan, mueren o las matan.

Es miércoles de mañana y en la Escalinata de Antequera, lugar de referencia LGTBI de la capital paraguaya, la prensa espera a que Yrén aparezca. Victoria, la actual presidenta de Panambí –Asociación de travestis, transexuales y transgéneros– ya está sentada a la mesa con otra compañera, pero la prensa espera a Yrén, que tiene carisma, sabe atrapar los flashes y puede sobrellevar con facilidad una hora de entrevista.

Si Yrén logra ser diputada como lo desea, será beneficioso para la asociación, dice Victoria, quien sin embargo no comparte el ideal de su compañera, porque considera que la política es sucia e ingresar a ese ámbito implica casi siempre ensuciarse las manos.  La ex presidenta de la misma organización, Mari García, cree que es incoherente tratar de ser parte del Estado cuando este es el principal opresor de las trans, a través de la falta de leyes y políticas públicas que les garanticen salud, educación y trabajo.

Yrén no opina lo mismo. “Es importante que nosotras las personas trans ocupemos cargos públicos y esto porque es la única forma de conseguir respuestas a nuestras necesidades además de tener representatividad de la colectividad LGBTI”, escribió en su cuenta de Facebook una noche. Sabe que mucha gente la cuestiona y a veces se cansa, porque ser activista la deja sin vida propia.

“Y decís… ¿vale la pena?  Y sí, para mí vale la pena. Yo siento que ya me instalé, que mi lucha es importante, que mi lucha es necesaria y que tenemos que caminar, porque si yo me hubiera quedado parada en una esquina nomás, no sé si hoy estaría viva”.

La lucha de Yrén, como la de sus compañeras de organización, es contra la impunidad de 60 crímenes de odio que se dieron desde 1989 hasta la actualidad y que quedaron impunes. Luchan contra el impedimento al cambio de identidad civil, la expulsión del sistema educativo, la discriminación laboral y la falta de asistencia en salud para los tratamientos con hormonas, porque la mayoría de las trans tienen silicona industrial  en distintas partes de su cuerpo.

Yrén es carismática y expresa con claridad sus ideas. Se ha ido construyendo para ser lo que es y la que quiere llegar a ser en el futuro: una diputada. Por eso, desde este año, cada noche asiste a una universidad privada donde estudia una carrera universitaria. Costear sus estudios y culminarlos es una de sus principales preocupaciones.

También anda ocupada respondiendo llamadas de varios medios de comunicación. La llaman porque hace unos meses inició una demanda para cambiarse oficialmente el nombre, de Nery a Yrén. Una jueza ya le dio la razón, pero el Ministerio Público apeló esa decisión y ahora está a la espera de que la Cámara de Apelaciones determine si el fallo a su favor queda firme o no.

“Mi identidad, mi derecho”, escribe cada día en su cuenta de Facebook. “Ni un paso atrás”, se reafirma. Le encantan las selfies, todos los días hay una en su muro. En los últimos meses, en las imágenes aparece su nueva compañera, India, una cachorra de pelaje negro y marrón con cara de yo no fui, como casi todos los cachorros. Al menos una vez al mes, dice que amigos suyos ya le habían advertido del encanto de los perros, pero que no sabía que podían llegar a ser tan compañeros.

La política

Son las  siete de la tarde y el bullicio frente al pabellón de los estudiantes de periodismo de la Universidad Nacional de Asunción es ensordecedor. Yrén está retrasada, todos la esperamos. La mesa, el parlante, el proyector, las sillas, varios números del informe sobre violencia y muchos más de la primera guía de comunicación inclusiva para personas transexuales están perfectamente ordenados para entregárselo a los estudiantes.

Yrén llegó, recorrió las aulas para invitar a los alumnos a acercarse al acto. Volvió y le dio paso a Vicky para que ella dé apertura a la presentación.  Trata de opacarse pero le cuesta, sus esfuerzos por instalarse como figura le dieron resultados. En algún momento Yrén toma la palabra, tiene la atención de todos y se siente cómoda con eso. Sabe cómo capturarlos, enseguida le saca una risa al joven público y aprovecha para reclamar una comunicación más inclusiva.

Al otro lado del teléfono Yren dice que no hay nada concreto sobre una candidatura para el próximo año, en el marco de las elecciones generales. Le gustaría lograr una banca a través de Kuña Pyrenda, un movimiento político feminista que viene asentándose hace siete años. De todos modos, dice que si no lo logra seguirá haciendo lo que hace: política. Seguirá construyendo sociedad, una más inclusiva y menos violenta.

Quizás la mayor ambición de Yrén –ser diputada-–no sea más que un sueño, pero en proporciones más pequeñas, ella concretó algunos que tenía. Además, su padre, don Ignacio, está seguro que ella pueda ganar.