Texto: Jessica Brahin

El viernes 25 de noviembre a las 10 de la mañana, los últimos aires primaverales fueron el andamio de las pisadas imaginarias de los “Zapatos Rojos” que dejaron sus huellas en la ciudad de Córdoba.
La tonada de los cordobeses se hundió en un silencio de profundo respeto hacia la instalación de arte itinerante, pública y colectiva, creada en el 2009 por la artista visual mexicana Elina Chauvet.

La pieza artística inició con 33 zapatos en Ciudad de Juárez (México) como un modo de canalizar el dolor personal que le generó el asesinato de su hermana a manos de su esposo en el año 1993. Pero sus réplicas se transformaron en una causa colectiva y están dando la vuelta al mundo. Ésta vez, el lugar anfitrión fue la Plaza San Martín. Las históricas baldosas vistieron el objeto de culto femenino para visibilizar los recurrentes femicidios que aún no cesan.

Para comprender la esencia de este tipo de arte y cuál es su lenguaje, es preciso saber que la muestra no es sólo lo visible, sino que comienza con una preparación moral. Un pedido, una donación, un arreglo de colorimetría y por último la disposición geográfica. Una semana antes de la intervención final, la Plaza Colón fue receptora de la buena dicha de manos de voluntarios citadinos que matizaron por completo zapatos descalzos. Los diferentes talleres de concientización que aglutinan el proyecto fueron organizados por el espacio Político, Social y Cultural Más Mendiolaza y la Fundación Pensando Córdoba, ambos unidos bajo el lema “Basta de Violencia” y “Ni una Menos”.

En el clima previo a la puesta en escena final, participaron manos intervenidas por tiempos diferentes: jóvenes, adultas y ancianas. Todas trabajaron mancomunadamente para hacer del 25N un día de repercusión social mediante la conexión de un pueblo ante las heridas ocasionadas por la culpabilización de las víctimas, el desconsuelo de los familiares dolientes, la desidia policial, el revestimiento barato del poder gubernamental y los tejidos sin punto de la justicia equidistante.

Pasada la intensa semana de acondicionamiento de los cientos de calzados que han irrumpido desde el vacío en las calles y plazas de México, Italia, España, Noruega, Chile, Ecuador, Estados Unidos y Canadá, el tinte rojo formó una vidriera a cielo abierto en la Plaza del Libertador General San Martín. No hubo quien pasara en frente de la intervención colectiva y la ignorara. Era imposible no sentir, no pensar, no sufrir, no fundirse con el dolor ajeno y hacerlo propio.

Parecía que el grupo de calzados rojos unidos por la soledad gritaran justicia; y que los papeles escritos por quienes caminaban dejando mensajes invadidos de ruegos, los entendieran. El simbolismo de ese conjunto de zapatos superaba el mero objeto. Marcaba tiempos apesadumbrados, nostálgicos, adoloridos, atormentados, atemporales, desvalidos, indefensos y vidas muertas.

Luego de cuatro horas llegó el momento menos esperado. A las dos de la tarde cada ausencia impresa en el calzado fue levantada con cautela y cariño para ser reservada para futuras donaciones. Aunque la instantánea marcó el final, su objetivo de visibilizar el luto seguirá latiendo porque como expresa Elina Chauvet: “Zapatos Rojos es una memoria colectiva, una evocación, un vacío, una marcha silenciosa, es un anhelo: el regreso a casa de nuestros seres Queridos.”