Texto y fotos: Graciela Tiburcio Loayza

Eran las tres de la tarde cuando el retumbar de los tambores se apropió de las calles limeñas de Perú. El ritmo de la batucada feminista anunciaba el inicio de la marcha por el Día Internacional Contra la Violencia hacia la Mujer. Las asistentes, mujeres de diversas identidades, convirtieron, una vez más, la histórica Plaza San Martín en el escenario de una multitudinaria manifestación que tiñó de luto las principales avenidas del centro de la capital.

A una sola voz, cientos de mujeres se concentraron por los alrededores de la plaza para demandar justicia y denunciar la violencia machista que cada día roba la vida de una nueva compañera. Por ellas, por las que ya no están, por las que aún sufren violencia, por las sobrevivientes, marcharon casi tres kilómetros vestidas de negro en señal de duelo por todas aquellas mujeres víctimas de feminicidio.

El ardiente sol de la tarde del 26 de noviembre no amilanó el espíritu de lucha ni aplacó las arengas que resonaban entre las casonas del centro histórico. Incluso, desde el último piso del edificio más alto se podían escuchar las proclamas que acompañaban a la gran alfombra humana de color negro que se extendía por las pistas marcando el paso de la movilización. “Ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, era el grito unísono que protestaba por los 108 feminicidios y 222 tentativas de feminicidios que se han registrado desde inicios del 2016, cifras que ya superaron el total del año anterior.

Con tambores, panderetas, carteles y flores fúnebres, mujeres afrodescendientes, lesbianas, bisexuales, heterosexuales, mujeres trans, en sillas de ruedas, con muletas, niñas, adolescentes, jóvenes, adultas y ancianas llegaron hasta el frontis del Palacio de Justicia, donde el clamor de ¡Poder Judicial, vergüenza nacional! se oía cada vez más fuerte conforme las manifestantes se unían al finalizar el recorrido de la marcha.

Y aunque el trayecto había terminado, la jornada recién llegaba a su clímax. En la entrada del Poder Judicial la policía y el rochabús (camión cisterna) aguardaban, expectantes, a la movilización de mujeres que marchaba contra la violencia. Ante aquel recibimiento, la respuesta no se hizo esperar, una larga banderola cubrió la fachada del Palacio ocultando tras la tela a los agentes. La frase “Vivas y Luchando nos Queremos” enmarcó la fotografía más significativa de aquel día. La banderola que llevaba escrito el lema en mayúsculas, fue la mejor descripción de lo que sucedía: cientos de mujeres que, una vez más, demostraron que no dejarían de luchar hasta poder vivir libres de violencias.

Hubo performance final: un grupo de mujeres con vestidos negros llenaban de flores la silueta de un útero dibujado en medio de la pista. ¡Esterilizaciones forzadas nunca más!, clamaban exigiendo justicia para las mujeres víctimas de esterilización forzada en el gobierno del expresidente Alberto Fujimori en los años 90, Somos 2074 y muchas más, decían al culminar su arenga.

El sol ya se ocultaba y la fiesta feminista recién iniciaba. ‘Vivas y luchando nos queremos’ era su lema, si la violencia machista las quiere muertas, ellas respondieron con su mejor artillería: sus ganas de lucha, de resistencia y vitalidad. El retumbar de los tambores se apropió nuevamente de las calles, y al ritmo de la batucada feminista cientos de mujeres demostraron que la mejor autodefensa es seguir viviendo, luchando y disfrutando.