Skip to main content

Gloria Esquivel (Bogotá, Colombia)

Me piden que escriba sobre la crisis y la cultura, y lo primero que viene a mi cabeza son los numerosos titulares que leo a diario en donde se pinta un panorama negro para la industria cultural.

El Museo del Prado estima que sus visitantes descenderán entre un 10% y un 15% en los próximos años; la fotógrafa Annie Libovitz entrega sus retratos como garantía de un préstamo que solicitó por 15 millones de dólares; La venus frente al espejo de Fernando Botero no encuentra comprador en Madrid por su alto precio; las distribuidoras de cine independiente Picturehouse y Warner Independent cierran sus oficinas; de las 5000 películas independientes que se realizaron el año pasado en Estados Unidos sólo 603 se distribuyeron en teatros gringos y de esas sólo la mitad reportaron ganancias. La lista sigue y sigue. Pareciera que el mercado cultural se desangra con cada desplome de la bolsa.

Sin embargo, en un artículo publicado en el NY Times el 15 de febrero de este año, Holland Cotter toma el tema de la cultura y de la crisis y nos muestra otra cosa. Este no es un artículo fatalista. En él no se botan cifras sobre cuantas obras se han dejado de vender, o sobre cuantas personas han dejado de ir a los museos. Su artículo propone una tesis más interesante: es en los tiempos de crisis cuando la cultura da un vuelco y se reinventa.

Cotter rememora la época de los setenta en Nueva York, una ciudad afectada por las secuelas de la guerra de Vietnam y con la economía desplomada. Un grupo de artistas decidió trasladarse a una zona industrial abandonada en Manhattan, zona que hoy se conoce como el glamoroso SOHO, y desde ahí hacer instalaciones con los pocos materiales que tenían a la mano. Este fue en momento en el que Trisha Brown echó mano de lo que tenía cerca para hacer danza experimental, urbana, que jugaba con los techos de las fábricas y que reinventaba la manera de hacer coreografías. Danza, ciudad y crisis. Fue también el momento en el que Gordon Matta Clark creó su anarquitectura: performances en los que casas y edificios abandonados eran intervenidos a tal punto, que eran cortados en mitades idénticas. Anarquía, edificios y crisis. Fue el momento en el que la música cambió, se simplificó, y el movimiento punk tomó las calles con la estética de Hazlo tú mismo. No era necesario gran virtuosismo para dar conciertos, no era necesario siquiera saber tocar un instrumento. Sólo bastaba tener una conciencia expresiva inmensa. Gritos, música y crisis.

Han pasado treinta años desde esa crisis new yorkina. SOHO se ha convertido en uno de los barrios más costosos del mundo, los bailarines de Tisha Brown ya no cuelgan de tablas sino de arneses y el punk hace parte de las pasarelas de Milán. Podría decirse que lo que antes surgió de la crisis, se tomó el mainstream cuando la cíclica economía se recuperó. Podría decirse también, que esas manifestaciones artísticas y culturales que surgieron de la crisis reconfiguraron la manera de reflexionar sobre el mundo desde la cultura creando nuevos imaginarios a partir de la realidad en los que se vieron inscritos.

Pareciera que hasta el 2009 la industria cultural decidió despertar del sopor, mirar alrededor y decir: ¡Hay crisis! Aunque para muchos este nuevo grito de pánico hace sólo parte de una paranoia colectiva, es claro que el mercado del arte ha cambiado, y si antes el precio de las obras de Damian Hirst eran sinónimos de una economía boyante, ahora esos precios han decaído y la historia es otra. Sin embargo, estos índices no deben condenar a la industria cultural o al mercado del arte. Deben ser aceptados como signos de transición. El becerro forrado en lingotes oro hace parte de otro tiempo.

Entonces, ¿qué deparará esta época de crisis para la cultura? Re-configuración. Re-invención. Nuevos lenguajes para nuevos tiempos, dirían algunos críticos optimistas como Cotter. Lo cierto es que en crisis económicas pasadas se ha producido dos tipos de fenómeno: la reinvención de lenguajes artísticos, consecuencia de la recursividad del artista al verse frente a la escasez de recursos, y un arte que sale desde la crisis, la refleja, para posteriormente convertirse en eco de ese momento.

En tiempos de crisis recuerdo la película de Woody Allen La rosa púrpura del Cairo. Ambientada en los años 30, post caída de Wall Street en 1929, narra la historia de Cecilia, una mesera que encuentra en el cine un escape a su pobre realidad. Es en el cine en donde se olvida de su terrible matrimonio, de su paupérrimo sueldo y de la gran depresión que afecta a Norteamérica. El cine en este caso, no sirve como mera herramienta para registrar y dar cuenta de un momento sino que aparece como una alternativa para el público frente a ese momento de crisis. De pronto eso es lo que le espera a la industria cultural en este nuevo momento de crisis: generar contenidos que reflexionen sobre lo que sucede y reconfigurarse, adaptarse camaleónica a las nuevas condiciones del juego.

Sólo nos resta esperar y cruzar los dedos pensando que el arte, como siempre, se convertirá en el más fiel testimonio de la época, abriendo nuevos interrogantes y explorando sus límites creativos para el deleite de todos.

Deja un comentario