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I. Paréntesis introductorio

(En el primer capítulo de su libro The Life you can Save, el filósofo australiano Peter Singer plantea un dilema ético aparentemente sencillo: ¿rescataría el lector a un niño que está a punto de ahogarse en un estanque aunque eso significara que a causa de la zambullida se le echaran a perder los zapatos?

La respuesta es tan obvia que parece que Singer nos está tomando el pelo: todos nosotros lo haríamos. Pero entonces viene la segunda parte del dilema. Tras escuchar nuestra entusiasta afirmación, Singer plantea algo subversivo: dado que ya hemos reconocido que no nos importaría echar a perder parte de nuestros preciados bienes materiales si de salvar una vida humana se trata, ¿por qué no entregamos una cantidad equiparable a la de nuestros hipotéticos zapatos empapados como donativo a alguna organización dedicada a salvarle la vida a los más pobres? ¿O será que no sabemos que lo que valen unos mocasines en cualquier centro comercial es suficiente para alimentar a una familia de cuatro africanos durante un mes?

El problema ético planteado por Singer no tiene una solución cómoda pues no existe una buena razón moral por la que no debamos, en caso de que poseamos un sobrante de dinero, donarlo a los pobres en lugar de utilizarlo para comprar un ipod o una televisión nueva. Sin embargo, lo que sí se puede argumentar es que ambos sujetos del dilema –el niño que está a punto de ahogarse frente a nosotros y una familia africana que no conocemos– están en situaciones muy diferentes, al menos desde el punto de vista del individuo responsable de hacer un juicio moral. Y la principal diferencia entre ambos es la distancia: no está igual de cerca un hipotético niño enfermo en un lugar que no conocemos ni de nombre (digamos, en algún pueblucho de los altos de Etiopía) que un niño que se ahoga, como ya he dicho, justo frente a nuestros ojos.

El planteamiento de Singer es noble, casi cristiano: propone darle la misma consideración  al sufrimiento de personas a quienes no conocemos que el que le daríamos al de nuestros vecinos. Sin embargo, debido a la cuestión de la distancia, nos damos cuenta de que la única forma de hacer esto sería mediante un ejercicio racional de acercamiento moral cuya función sería convertir al otro en sujeto concreto de nuestra conciencia. Sin esto, el otro sigue y seguirá siendo lejano y abstracto.)

II. Apuntes críticos

La marcha que se llevó a cabo el 6 de abril convocada en varias ciudades de la república mexicana por Javier Sicilia, tras el asesinato de su hijo Juan Francisco Sicilia, y que llenó las calles del centro de la Ciudad de México con personas que vestían de blanco y clamaban contra la torpeza gubernamental y la violencia, fue una marcha necesaria. Fue, también, una marcha que tardó demasiado.

40,000 es el en número aproximado de personas que han muerto en México en los últimos cuatro años a causa de la violencia relacionada con el narcotráfico. Es una cifra espeluznante. Una cifra digna de una guerra (y más: la cifra es siete veces el número de soldados estadounidenses que han muerto en Irak y Afganistán). 40,000 muertos son demasiados. ¿Cómo explicar que no se haya fraguado antes una manifestación en contra de algo que hace mucho se salió de control?

Al respecto pueden esgrimirse varias explicaciones. Por ejemplo, la reticencia entre las personas de izquierda por unirse a cualquier movimiento que exija “el fin de la violencia”, esto debido a que en años anteriores las marchas que han movilizado a la sociedad civil en contra de la criminalidad han sido promovidas por grupos empresariales y de la derecha para exigir –por ejemplo, a partir del asesinato de Fernando Martí en 2008- mayores penas de cárcel a los secuestradores. Dado que la retórica antiviolencia se ha utilizado para promover soluciones militaristas y de mano dura (incluyendo la pena de muerte) al problema de la inseguridad, la izquierda ha hecho bien en mirar dichas marchas con la suspicacia que merecen.

Otra explicación a nuestra tardanza es que quizá nos ocurrió como sociedad lo mismo que a la rana del experimento: eso de que si pones una rana en agua a cien grados, ésta hace un esfuerzo enloquecido por salir, pero que si la colocas en agua tibia y subes la flama poco a poco, se supone que no se percata del cambio de temperatura y muy pronto queda convertida en sopa. Quizá lo mismo sucedió con nosotros: primero fueron unas cabezas tiradas en la pista de una discoteca en Michoacán, luego una balacera en un pueblo de las montañas de Chihuahua, luego otra en Acapulco. Un par de días después apareció un encajuelado en Tampico, un vendedor de drogas balaceado en Juárez, etc. Y así, poco a poco (gota a gota, muerto a muerto) el número de cadáveres pasó de cero a cuarenta mil, y debido a que fue paulatino, a que no ocurría en el Distrito Federal, a que pasaba en las barriadas de las ciudades fronterizas y no en las colonias clasemedieras de las ciudades del centro del país, nadie salía a la calle a manifestarse.

Estas me parecen explicaciones posibles. Sin embargo, hay otras realidades que vale la pena tomar en cuenta: como sociedad nos hemos vuelto sumamente individualistas y una consecuencia de esto es que vivimos una profunda crisis de empatía ciudadana. También nos hemos vuelto egoístas tanto económica como moralmente: nos importa menos la desgracia ajena que ir a nuestros trabajos, que cobrar nuestras quincenas a tiempo.

Creo que, debido a esta falta de empatía, los mexicanos en general no hemos logrado entender que esos muertos que salen todos los días en la televisión, en los periódicos, son personas reales. Que, contrario al ejemplo de la familia pobre del dilema de Singer, ni siquiera están lejos de nosotros. Eso es importante porque, vaya, a veces parece que lo están. Sobre todo porque las voces discursivas dominantes han hecho un formidable trabajo de mantener a los muertos en abstracto y minimizar el impacto de sus desgracias.

Pienso en lo que ocurrió con algunas personas que se presentaron –aterradas, dolidas- en días pasados a levantar denuncias por la desaparición de sus familiares en Tamaulipas y que, en lugar de apoyo, recibieron de agentes del Ministerio Público la cordial sugerencia de que “mejor no hicieran mucho ruido, no les fuera a pasar también algo” (esto fue antes de la aparición de las fosas en San Fernando con, hasta el 26 de abril del 2010, 183 cadáveres). El mensaje institucional en un caso así es: tu sufrimiento no nos compete, tus muertos no nos importan. No pidas justicia, que aquí no la encontrarás.

Y es que, sin una narrativa que los acompañe, sin un esfuerzo del gobierno por castigar a los culpables, los muertos se convierten en rostros sin nombre, en cuerpos carentes de historias. Se vuelven números, marcas anónimas en un tablero. Sin nadie que nos diga quiénes eran, es como si los muertos nunca hubieran tenido vida. Mediáticamente, sólo importaron en el momento en que se volvieron cadáveres; sólo fueron útiles en tanto sirvieron para rellenar las páginas de los periódicos.

Lo que ha hecho con mucha valentía Javier Sicilia es contarnos la historia de un muerto, de su muerto, para así despertar nuestra empatía e indignación. El asesinato de los jóvenes de Cuernavaca tiene capacidad de hacer esto porque afecta de forma directa a un miembro de la clase pensadora. Porque uno de esos muertos era hijo de un miembro destacado de la intelectualidad, de alguien que, como poeta y periodista, tiene por una parte acceso a la palabra y, por otra, a los medios.

Aclarémoslo: las personas que fueron a la marcha eran, por lo general, personas al menos de clase media, con estudios universitarios y suficiente acceso a medios de comunicación impresos y en línea como para saber, al menos a raíz de los sucesos, quién era Javier Sicilia. Esto incluye a académicos, intelectuales, escritores, poetas, etc. ¿Será que la única forma de movilizar a este sector de la población es atacándolo cerca de casa? El 6 de abril, en la calle, la multitud lo confirma: no es hasta que el muerto está en nuestras narices (o para dar continuidad al argumento de Singer: no es hasta que el niño flota bocabajo en el agua) que por fin reaccionamos.

Seré muy franco: me resulta penoso que los intelectuales, académicos, estudiantes…que la intelligentsia mexicana en general no haya podido articular un esfuerzo así antes. Que, más allá de los artículos de opinión y de cambiar nuestras fotos en Twitter por una de NO + SANGRE, no hayamos salido antes a manifestar nuestras inquietudes, de forma masiva, ahí donde somos más visibles: en la calle.

Sería muy triste pensar que los otros cuarenta mil muertos no nos importaron porque no eran hijos de académicos, de escritores, de periodistas. Sería muy triste pensar que no nos importaron porque eran jornaleros, vendedores de quesos, obreros, o bien, narcomenudistas, pandilleros, sicarios, qué más da: eso también es una tragedia. Es muy triste que los intelectuales de un país se esperen tanto en reaccionar ante circunstancias urgentes porque se han vuelto incapaces de sentir un ápice de empatía moral hacia las “clases populares”, estrato social de donde ha salido la inmensa mayoría de los muertos de esta guerra.

Todo movimiento de masas requiere de un catalizador, claro está, y quizá sea ingenuo creer que ese catalizador pueda ser algo distante, algo que no provenga de nuestro entorno inmediato. Al respecto, opino dos cosas: la primera es que, salvo que cierres los ojos con todas tus fuerzas y te tapes los oídos, no hay manera en que cuarenta mil muertos puedan ser entendidos como una mera abstracción: las consecuencias de esta guerra están en todas partes. La segunda es que quienes participaron en la marcha del 6 de abril en la Ciudad de México no fueron precisamente “las masas” sino, ya se sabe, personas mucho más educadas que el mexicano promedio. Y bueno: son justo esas personas quienes tienen las herramientas y disposición para realizar un ejercicio moral abstracto como el que propone Singer (y no sólo eso: son quienes deberían poder convencer a más personas de la validez de estas formulaciones). Como lo estipula cierta corriente humanista pasada un poco de moda: nuestra responsabilidad civil es proporcional a nuestra educación.

En fin: a pesar de que considero que el surgimiento de este movimiento pone en evidencia una serie de omisiones cívicas, intelectuales y morales previas que merecen, cuando menos, ser sometidas a una reflexión crítica, creo que no apoyarlo sería absurdo. Hoy por hoy, tenemos la responsabilidad de salir a la calle, de manifestarnos y, sobre todo, de proponer formas concretas de acabar con la violencia en el corto y largo plazo. Ya tardamos mucho en echar a andar la máquina, pero la buena noticia es que ya está avanzando: ahora depende de nosotros que tome potencia, que marche en la dirección más efectiva.

 

3 Comments

  • Xx dice:

    Dos comentarios:

    1. Creo que hay un elemento que no mencionas en tu texto, y que también es muy importante para explicar el comportamiento de la población ante nuestros 40mil muertos. Que no se haya hecho algo antes no significa necesariamente que no nos importe. Es más, ni siquiera haber decidido no asistir a la marcha significa indiferencia ante la gravísima situación actual. Puede más bien ser un dato de un fenómeno quizás más profundo (y que tiene raíces fortalecidas desde hace un montón de años en la sociedad mexicana): el descreimiento de la política. La aceptación del discurso comunicado por el Estado de que ‘aquí no tienes voz, y tu voto tampoco nos importa mucho’. ¿Qué otro mensaje podrían estar comunicando autoridades que no responden a manifestaciones como las organizadas por lo que pasó en la guardería ABC, que matan a reconocidas activistas, que dejan en el poder a personajes tan nefastos como el gober precioso, aún existiendo pruebas contundentes para su destitución, que prefieren silenciar y perseguir maestros antes que considerar la opción de pedir la renuncia a un tipo tan detestable como URO? Te acabo de mencionar un montón de ejemplos de lo que pasa no cuando ‘nadie hace nada’, sino de cosas que pasan AÚN CUANDO hay una manifestación ciudadana, y movimientos más o menos organizados. El mensaje es bien clarito: manifiéstense todo lo que quieran – nos tiene sin cuidado -, ciudadanos anónimos como los habitantes de Oaxaca, pero también ‘personajes públicos’ como Lydia Cacho, o hasta organismos internacionales como la CIDH. Por eso, – justo por eso – es tan importante insistir en estos movimientos hasta alcanzar un resultado, porque después se refuerza un círculo vicioso en el que: la gente se indigna y se moviliza – las autoridades no hacen nada – se socializa el desánimo y la apatía – cada vez es más difícil que la gente se vuelva a movilizar. Imagínate lo difícil que es convencer a alguien que estuvo un mes en el plantón de reforma exigiendo el ‘voto por voto’, (y que casi 6 años después sigue sin aclararse bien a bien lo que pasó en el 2006) de que ‘se pueden cambiar las cosas’. Hay demasiados contraejemplos, demasiadas ‘evidencias empíricas’ de que, marchemos o no, las cosas irán peor.

    2. Eso no significa, claro, que marchar o no marchar de igual. No da igual. Tampoco cambiar las fotos en el facebook por la imagen de ‘no más sangre’. Son actos que importan, por supuesto, en tanto generan un discurso de inconformidad. Y ya sabemos que los discursos importan. Entonces claro, importa ver en mi perfil de fb una imagen de inconformidad en vez de una de unas vacaciones en la playa, indolentes y ajenas. Importa que decida mostrar una cosa en vez de la otra, porque eso quiere decir que, de alguna forma, estoy tomando postura. Importa que prefiera salir a la calle en vez de quedarme a ver la tele, porque estoy socializando mi hartazgo. No importan como hechos en sí (que son mínimos), pero sí por la incidencia que tienen en la construcción de un discurso de resistencia. EL problema es que ese ejercicio de crítica y de reflexión colectiva es algo muy incipiente, apenas un inicio de algo que podría cambiar el curso de las cosas. SIento muchísimo decir que es algo a lo que tendríamos que estar acostumbrados, y que tendríamos que haber hecho con otros ‘hechos menores’ pero no menos escandalizantes de la política mexicana (o sea, otros hechos que no involucraban 40mil muertos, pero sí robo, corrupción e impunidad). El problema ahora es que los hechos nos rebasan, que de pronto estas ‘pequeñas acciones’ parece algo que importa, pero que para que fuera efectivo tendría que haber iniciado hace mucho. Los ciudadanos estamos desfasados con nuestras imágenes y nuestras marchas pacíficas ante el horror de la violencia actual. Estamos apenas aprendiendo a organizarnos muy endeblemente, cuando la corrupción, la violencia, el poder opresivo y otras cosas igual de bonitas tienen muchísimos años consolidándose y perfeccionando sus estrategias.

    Y en fin, que yo no quiero ser pesimista. Tampoco quiero colgarme con el comentario (más). Así que termino con la frase de que ‘quien hace imposible el cambio pacífico, hace inevitable el cambio violento’. ¿Lo constante? El cambio. Ojalá.

  • Sarasuadish dice:

    Totalmente de acuerdo con la reflexión en general, la sociedad tardó mucho tiempo en despertar, aunque eso no significa que antes no se hayan realizado acciones en contra de la militarización, ya que al menos desde noviembre del año pasado, sectores estudiantiles en la UNAM, UAM y el Poli, principalmente, han estado trabajando el tema, teniendo círculos de estudio, foros académicos y han realizado eventos políticos-culturales contrarios a la militarización
    Otra cuestión que no se comenta de forma profunda es la reflexión por parte de la sociedad sobre el fenómeno mismo de la militarización, es decir las causas estructurales que nos han llevado al estado actual de las cosas… pienso que eso sigue siendo un tema pendiente de reflexión colectiva

  • Tr ge dice:

    Parte del problema es que no somos dueños de nuestro país, es más cómodo sentarse en casa y ver televisión, que apropiarse de lo que como ciudadanos nos corresponde. Por otra parte, nos han inculcado que sólo importamos como masa, y no como individuos; creo que si cada uno pusiera presión en medios de comunicación, en la calle, o dondequiera que se pueda hacer escuchar, y no sólo en un día específico, no sólo en una marcha, TODOS LOS DÍAS, haríamos nuestro el país, y con ello unirnos como sociedad…

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