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Condensar, en unas cuantas palabras, todas las complejidades de lo que hemos llegado a denominar Rock Boliviano resulta limitante. Los protagonistas de este movimiento han sorteado la difícil tarea de abrir camino a la par de aprender a avanzar: en Bolivia no existe una industria de Rock o de cualquier otro género -para ser más amplio-; todo lo que se ha logrado consta de esfuerzos independientes que, sumados, han logrado avanzar contra viento y marea en busca de una idea, en busca de un norte todavía difuso.

En Bolivia somos pocos para todo, apenas bordeamos los 10 millones de habitantes esparcidos en todo el territorio; comprendiendo que toda nuestra población nacional es en ocasiones toda la población de una ciudad en algún punto del plantea, ya vamos configurando el panorama de consumo y demanda en todas las áreas imaginables. En el caso puntual de la música, y luego de hacer varios ejercicios caprichosos, podemos concluir que el grupo de gente que demanda específicamente rock hecho en nuestro país es sumamente reducido, insuficiente para sostener un mercado plagado de bandas de todo calibre, desde lo amateur hasta lo profesional y desde lo genérico hasta lo singular.

Hace casi 10 años que Bolivia fue abandonada a su suerte por los sellos discográficos que llegaron al país a conocer el mercado y luego se fueron si más. Debido al despunte de las nuevas tecnologías y del internet, la piratería terminó por sepultar la esperanza de armar una industria de rock en nuestro país, sustentada en el modelo mundial de la industria musical. Muchos proyectos ya encaminados quedaron truncos y otros tantos se quedaron literalmente con los crespos hechos.

La forma de promover o producir rock en nuestro país se convirtió en una labor casi renacentista, en la que el músico es a la vez productor, manager, distribuidor, booker, director de arte, en fin, todo cuanto sea necesario para llevar adelante el proyecto.

El concepto ”independiente”, tan de moda a nivel mundial, no resulta novedoso o extraño para nuestra comunidad musical; más allá del género, todos los músicos e intérpretes en nuestro país están acostumbrados a hacerlo todo solos, de principio a fin, desde componer hasta cobrar las entradas. En ese esfuerzo monumental se pierde enfoque y se descuidan muchos aspectos; ya lo dice el refrán: el que mucho abarca poco aprieta, y es cierto, nuestra producción no es sostenida y en muchos casos no va más allá de las buenas intenciones poco trabajadas pero dotadas de un gran potencial, en ocasiones resulta frustrante.

Al no contar con una industria establecida y sin los insumos necesarios, los profesionales indicados son prácticamente inexistentes. No me arriesgo a arrojar una cifra sobre cuántos productores o ingenieros de sonido titulados existen en este país, sin embargo sé que son muy pocos y que se encuentran rebasados por una gran cantidad de autodidactas que en mayor o menor medida están en esto con mas pasión que preparación. Poseer una copia del software necesario para grabar una canción no es sinónimo de poseer el conocimiento necesario y en muchos casos las diferencias son abismales. Las grabaciones de los pocos estudios profesionales de este país cuentan con un sonido aceptable y una técnica de grabación apropiada; en contraparte, la mayoría de las grabaciones procedentes de estudios independientes adolecen de problemas muy serios: le hacen un flaco favor a nuestra producción las bandas que en el afán de contar con un material grabado priorizan dinero sobre calidad con un  resultado audiblemente abismal.

El problema está en la ausencia de filtros. En otro momento estas grabaciones de baja calidad hubieran sido empleadas como demos y enviadas a los sellos disqueros para su consideración; si  el filtro es inexistente la grabación trasciende al siguiente plano, la difusión, y acá de nuevo se repite el esquema.

No quiero dejar de reconocer la inversión de tiempo, esfuerzo y dinero que implica la producción de material musical en nuestro país, y como yo piensa la mayoría de los encargados de la difusión de nuestra producción. Resulta fácil deformar la consigna “apoyemos lo nuestro” y a título de ponerse la camiseta, socapar  y dejar pasar errores de grabación y producción con tal de no desmoralizar ni despreciar un trabajo que ha costado mucho.

Se va configurando un círculo vicioso y aparentemente sin salida; el problema de fondo en el movimiento rockero boliviano es la visión que tienen los músicos, muchos de ellos estudiantes universitarios o inclusive colegiales, que ven en esto un pasatiempo y no una profesión.

La dedicación de horas y horas a ensayar a componer y producir las canciones es rara en nuestro medio; la visión profesional, tomar consciencia de que la música es una forma de vida cambia totalmente las perspectivas. Muchas veces he conversado con gente involucrada en el medio y he notado que no existe conciencia de lo que se hace; si tomamos en cuenta que para ser músico se debe invertir en formación, en instrumentos, en equipos e implementos en general, la perspectiva debería cambiar hacia una visión netamente empresarial en la que todo esto se asuma como una inversión que debe recuperarse y posteriormente generar ingresos. Mientras nuestros músicos lo conciban solamente como un pasatiempo, un “plan B”, las intenciones de construir una industria musical en nuestro país quedarán en eso, meras intenciones.

Por otro lado, si revisamos el inicio de la industria mas grande de música en el mundo, la industria americana, descubriremos que todo comenzó de la mano de aprendices e inexpertos en el tema, que las profesiones y los roles se fueron configurando tras décadas de aprendizaje y reciclaje, ¿qué nos diferencia entonces? Que en algún punto un puñado de gente se puso de acuerdo y decidió que la cosa debía marchar, se trazaron un plan y lo cumplieron, con un  resultado  beneficioso para todos.

En nuestro país existen profesionales muy capaces en cuanto a grabación, producción, distribución y difusión; sus servicios cuestan tanto como los de cualquier profesional y para pagarlos hace falta la conciencia plena de que se trata de una inversión que debe redituar, no un capricho, no un disparate.

El movimiento de rock en Bolivia todavía se encuentra en fases tempranas de desarrollo y lo digo con convicción: pese al tono de los anteriores párrafos, tengo plena confianza en que cada día estamos más cerca de despuntar hacia una nueva fase que estará signada por la competitividad de nuestra música con respecto a lo que se hace en países vecinos. [Nota del editor: acá puede consultarse un texto adicional para conocer una brevísima cronología del rock en Bolivia: “Hitos del rock boliviano“]

Quiero compartir con usted, amable lector, una experiencia reciente que me motiva a estas conclusiones. El pasado año asumí la tarea de rescatar el proyecto denominado “Los Premios RockAndBol”, un emprendimiento que  nació en la institución que dirijo de la mano del por entonces director. Se me ocurrió que podíamos probar un nuevo sistema de selección de ganadores y me impuse la difícil tarea de buscar contactos internacionales, profesionales reconocidos en el rubro de la música que pudiesen aportar su experiencia a nuestra naciente industria. [Acá puedes ver la lista completa de las bandas premiadas]

El resultado de la experiencia fue totalmente satisfactorio: no solamente porque pude conseguir 15 personas (entre músicos y productores) que se engancharon con la idea, sino por los comentarios que recibí al respecto del material escuchado. Los jurados quedaron gratamente sorprendidos por el nivel musical que tenemos en nuestro país, quedaron sorprendidos por lo que escucharon y en algunos casos pidieron no perder contacto; en otros pidieron revisar la manera de asistir físicamente a una próxima edición de la premiación.

Éste es un gran aliciente para un movimiento que necesita buenas noticias, que necesita motivación y que necesita urgentemente encontrar un lugar en el mapa mundial de la música, sobre todo porque hace tiempo que existen personas y agrupaciones que, pese a tener todo en contra, se las ingeniar para conseguir productos de calidad, en algunos casos internacional.

Algunas bandas bolivianas para seguir y escuchar (recomendaciones de nuestros lectores)

Octavia, recomendación de @Candiaman y @arquitecta):

Oil, recomendación de @Candiaman y @arquitecta

 

Atajo, recomendación de @Carlobrigante

Sergio Candia

Arquitecto, diseñador y creativo. Director de RockAndBol. http://www.rockandbol.com/

2 Comments

  • Muy interesante el artículo, pero el verdadero handicap del rock boliviano, como bien se apunta en el texto, es el insignificante mercado nacional. El rock, como expresión artística, seguirá siendo en Bolivia, y por muchos años, sensiblemente, una actividad de minorías, para un público reducido, mal nos pese !.

  • La Calaca dice:

    A mi me encanta Maldita Jakeca, que no se si aún existen. Siempre he apoyado a las bandas de nuestro continente, y me molesta mucho cuando usan la palabra AMERICA, para referirse a Estados Unidos. Vos y yo también somos AMERICANOS, y mucho más que ellos, no lo olvides! Interesante el artículo y aguante RockAndBol. Por qué no RockyBol?

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