El Nacionalismo Revolucionario es el valor primordial de nuestra ideología política. Nacionalismo y revolución son conceptos inseparables. La historia nos ha hecho nacionalistas por necesidad vital de subsistencia, ante las ambiciones y agresiones externas, así como ante las fuerzas de disgregación que nos afectaron en otros tiempos. Somos revolucionarios por la voluntad permanente de construir la sociedad libre, justa y próspera que ambicionamos los mexicanos. Regido por la libertad, la justicia y la democracia, el nacionalismo revolucionario está enraizado en nuestra cultura nacional y en nuestro proceso histórico. Es el resultado de la secuencia ideológica de nuestras luchas populares de independencia, Reforma y Revolución. Es la filosofía política que arranca con Hidalgo y Morelos, se reafirma con Juárez y los liberales, se plasma con Madero y Carranza en la Constitución de 1917 y se continúa en los regímenes post revolucionarios.[i]

Miguel de la Madrid Hurtado, “Primer Informe de Gobierno del Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos… 1º de septiembre de 1983”

Hemos llegado al año de la contienda electoral. En un marco de campañas y mutuas descalificaciones se hace presente el tema de la “memoria histórica”: por una parte como un intento del actual partido en el poder para hacer que la ciudadanía no olvide que el “nuevo” PRI no es sino el viejo dinosaurio que dominó la escena política mexicana durante la mayor parte del siglo XX; por otra parte, este partido quiere que los votantes recuerden tanto los logros materiales como las “conquistas sociales” obtenidas por los gobiernos emanados de la Revolución. No obstante la importancia de esta cuestión, en los argumentos presentados por los partidos contendientes se puede apreciar la evidente ruptura de los lazos que estas instituciones deberían tener con la sociedad, de quienes en última instancia son representantes, haciendo de la praxis política una cruda disputa por el poder[ii].

En un ejercicio de memoria histórica podemos apreciar que el PRI presenta dos visiones contradictorias: por una parte materializó, revitalizó y resignificó el “gran acontecimiento” que fue la Revolución Mexicana. Por otra parte, y debido a un cambio estructural, fue el responsable de la “Transición a la Democracia” en el año 2000, la que ha derivado en la actual carencia de bases ideológicas, por no hablar de la sensación de vacío identitario, de la disolución cultural y de la desmemoria. Como dijera el gran historiador inglés, Eric Hobsbawm, en su Historia del siglo XX: “los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven”[iii]. En efecto, nuestro presente se hace permanente gracias a la intercomunicación otorgada por el internet y los constantes avances tecnológicos: la memoria se disuelve y, por ende, el desarrollo de la ciudadanía en todos los aspectos se somete también a las reglas del mercado.

México: su tiempo presente

Esta situación nos ha convertido en pasivos observadores de un lejano espectáculo montado por los políticos y secundado por los miembros “destacados” de la sociedad civil, cuyo argumento se basa en un discurso maniqueo sobre el autoritarismo y la democracia. Al mismo tiempo, nos ha impedido conceptualizar la política para poder orientar al país hacia un rumbo definido. El primer paso de este análisis debe comenzar, indudablemente, con la revisión de nuestro pasado reciente para entender qué es lo que hemos hecho, cómo lo hicimos y saber cómo hemos llegado al punto en el que nos encontramos; esto es, cómo hemos construido nuestro presente. La importancia de estudiar a fondo la construcción de nuestro sistema político durante el siglo XX nos llevará a entender por qué el Partido Revolucionario Institucional sigue siendo el referente por excelencia de la política nacional.

Retomemos los argumentos de las campañas políticas. Por una parte, se presenta al PRI como el  representante de un régimen autoritario. En este punto podemos apoyarnos en los escritos de Hannah Arendt sobre el concepto y la naturaleza de la autoridad. Grosso modo, la autora nos recuerda que etimológicamente la auctoritas, base de la política romana, hacía referencia al hecho de crear, “y el auctor resultaba, entonces, el autor -tal y como ha permanecido en las lenguas modernas- como sinónimo del fundador”.[iv] Y no sólo esto: Arendt remarcaba que “en el concepto político que los romanos tenían de la autoridad la base inevitable era un comienzo”. En este sentido, el revestirse de autoridad era cualidad exclusiva de aquel que había fundado una nueva institución política. Además, si dicha fundación tenía carácter sacro, la autoridad compartía también una cierta dosis de sacralidad. De ahí que todos los acontecimientos importantes se relacionen con el momento de sacralidad por excelencia: el momento del origen.[v]

Bajo esta óptica podemos entender el proceso de construcción de la autoridad del partido único. Recordemos que la imaginación política del siglo XX mexicano estuvo determinada en gran medida por la Revolución Mexicana. Como acontecimiento y como mitología, la Revolución constituye un paradigma en el siglo XX. Como acontecimiento definió la creación y desarrollo de una estructura estatal encargada de reconstruir un país devastado por la guerra; como mitología, estructuró las relaciones entre este Estado y la ciudadanía, configurando códigos de convivencia y un sentido de identidad y Nación. El camino hacia dicha mitificación se inicia con la institucionalización de la misma, a través de un Partido que la materializara. En las asambleas de constitución del partido, se declaró que éste conllevaría a la unificación de todos los revolucionarios del país, para poder canalizar los dispersos esfuerzos con el objetivo de proseguir con la materialización de los objetivos de la Revolución. En palabras de Manuel Pérez Treviño:

La lucha (revolucionaria) no ha terminado. Podemos decir que apenas se inicia, y los miembros del Partido Nacional Revolucionario, que resultará organizado en esta imponente y soberana Asamblea, serán los legionarios que en toda la extensión del territorio nacional defiendan las conquistas realizadas por la Revolución en el campo de las ideas y del derecho escrito, y sigan conquistando y consolidando, cada día más, todas las que el pueblo necesite para su bienestar y su emancipación.[vi]

En otras palabras, los “revolucionarios” empiezan a estructurar el mundo en torno a una ideología y al sentirse dueños de ella, creando el partido de la vanguardia.[vii] La vanguardia revolucionaria cosifica la ideología convirtiéndola en dogma (el Nacionalismo Revolucionario) perteneciente a unos pocos, quienes se adjudican el deber de educar al pueblo desde el partido y con dicha ideología. Finalmente, se configura la burocracia de partido que será quien se encargue de guiar a la sociedad. Dicha burocracia tenía como eje a la figura presidencial.[viii] En este sentido, el autoritarismo priísta puede entenderse como el resultado de la burocratización de la Revolución cosificada. Tenía un fundamento y una finalidad. En otras palabras, el viejo PRI contó con una ideología rectora para la práctica política durante el siglo XX, sin embargo, dicha ideología se fue desgastando debido a las condiciones tanto internas como externas. En este sentido, el no haber hecho constantes adaptaciones al Nacionalismo Revolucionario, el conservar el dogma, llevó a que en la práctica, la política priísta fuera rebasada por los embates de la globalización, hasta que sucumbió ante ella en 1988.

Para cerrar

La globalización nos alcanzó. De nuevo entró en escena la vanguardia, esta vez disfrazada de “transición democrática” para llevarnos a vivir en un constante presente en el cual se han desvanecido las ideas y las ideologías para instaurar la flamante “democracia liberal”. El propio PRI ha aceptado que el desvío ideológico impulsado desde el sexenio de Carlos Salinas de Gortari “deterioró las alianzas tradicionales del partido con los sectores sociales”.[ix] Es de notar que aún a pesar de las fracturas al interior del PRI, la sociedad sigue relacionando en términos básicos al partido con una cierta sensación de estabilidad, ya que a pesar de haber dogmatizado la ideología revolucionaria, también contribuyó a la construcción del país por medio de sus postulados básicos: “el nacionalismo revolucionario, la democracia y la justicia social; el derecho a la tierra, al trabajo, a la seguridad social; la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la defensa de los derechos de las minorías, de los grupos vulnerables y de quienes tienen o adoptan una condición diferente; (y) el Estado laico como un compromiso histórico irrenunciable”.[x]

Aún así, todavía estamos lejos de estructurar nuestra memoria histórica en torno a los acontecimientos  contemporáneos más próximos que han constituido nuestro presente; los procesos son todavía poco entendidos y se observa solamente lo superficial. Para muestra un botón: el argumento básico de los precandidatos del PAN se centra en evitar a toda costa que el PRI regrese a Los Pinos, puesto que esto significaría un retroceso democrático. El argumento es contradictorio, puesto que en la práctica de una democracia liberal no se debe imponer frenos a la participación política de ningún individuo; en este sentido, el programa político del PAN se muestra más autoritario que lo que el viejo PRI demostraba; al mismo tiempo, carece de un verdadero proyecto, contentándose con ser sólo el Partido de la alternancia unipartidista. En este sentido, debemos entender cómo construimos nuestro presente para evitar caer en otros 70 años de autoritarismo.[xi]



[i]    Miguel de la Madrid Hurtado, “Primer Informe de Gobierno del Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos… 1º de septiembre de 1983”, Informes Presidenciales. Miguel de la Madrid Hurtado, Centro de Documentación, Información y Análisis, Cámara de Diputados, lx Legislatura, México, 2006, p. 4.

[ii]   Es de todos sabido que el principal problema que enfrenta el Presidente de la República no es en cuestiones económicas, de salud pública o aún en educación: el punto clave de la política es que su partido no pierda el poder debido a una derrota del candidato presidencial.

[iii]   Hobsbawm, Eric, Historia del siglo XX, Crítica, Buenos Aires, 1998, p. 13.

[iv]   Box Varela, Zira, La fundación de un régimen. La construcción simbólica del franquismo, memoria para optar al grado de doctor, Universidad Complutense, Madrid, 2008, p. 8.

[v]    En palabras de Arendt: “De esta imbricación se derivaba la autoridad política en Roma: de ese acontecimiento primigenio que relacionaba cada acto con el comienzo sagrado de la historia romana, y que añadía, ‘por decirlo así, a cada momento todo el peso del pasado’”. Ídem.

[vi]   Discurso del General Manuel Pérez Treviño al Inaugurar la Convención Constitutiva del Partido Nacional Revolucionario. Marzo 1, 1929.

[vii] En el concepto de vanguardias sigo a Feinmann, José Pablo, Filosofía y Nación. Estudios sobre el pensamiento argentino, Ariel, Buenos Aires, 1996, p. 75.

[viii] El análisis de la figura presidencial ha llevado en los últimos años a diferenciar y definir toda una serie de mitos y rituales que conformaban el ceremonial de “la presidencia imperial”. Uno de los puntos más virulentamente criticados por muchos autores es precisamente el de la apoteosis de la figura presidencial. El presidente encarnaba pues, todo el peso de la tradición.

[ix]   Cuellar, Mireya, “El desvío ideológico, culpa de CSG y Zedillo”, La Jornada, 21 de noviembre de 2001.

[x]    Id.

[xi]   Hay que recordar que al declararse interesado en contender por la Presidencia de la República, Ernesto Cordero señaló que “había llegado la hora de la ciudadanía” y que esperaba que el PAN gobernara a México por lo menos otros tres sexenios. Incluso, algunas de las proyecciones de gobierno de Felipe Calderón se basan en que su partido conserve el control del gobierno en México hasta el año 2030. Sobran los comentarios.