11,680 días. 32 años exactos.

El mismo día, el mismo maldito día en que el centro de México se cimbró en 1985, fue el mismo en que ocurrió otro terremoto que colapsó la capital del país.

A las 13:14 horas, un sismo de magnitud 7.1 inició en los límites de los estados de Puebla y Morelos.

Y la vida de millones de personas se detuvo.

Estoy frente al computador, en una planta baja en una casa de la Del Valle. El día de ayer un corte de luz afectó mi oficina, en San Luis Potosí y Medellín en la colonia Roma y por eso no fuimos a trabajar.

Lo primero que siento es un jalón hacia la derecha. Como si una fuerza invisible, literalmente, me empujara hacia un lado. De inmediato se siente otro. Y otro más. Salgo corriendo. Soy el primero en llegar a la puerta, pero está cerrada con doble llave y a ningún vecino se le ocurrió salir con las llaves en la mano. Excepto uno, pero está tan nervioso que no logra atinar la cerradura. Sigue temblando. Ladran los perros. Caen vidrios del edificio de enfrente. El vecino lo logra. Salimos.

Pasan los primeros minutos. Los primeros mensajes a familiares y amigos. Las primeras noticias desde redes sociales. Alguien graba un video desde un edificio alto donde se ve la Ciudad de México llena de polvo y humo. El temor golpea el estómago: edificios colapsados.

Seguimos en la calle. No nos atrevemos a entrar al edificio porque todos estamos aún temblando. Un vecino, largo y flaco como una espiga de trigo, que debe rondar los 55 años, lanza –nos lanza- un grito agudo y frenético: “¡¿Por qué?!”, grita. Una señora lo mira. ¡No existes, dios! ¡Señora, no existe dios!”, le avisa. Otro vecino llega e intenta calmarlo. Los perros siguen ladrando.

Son las 13.50 horas. Empiezan a llegar noticias puntuales de edificios colapsados. Roma, Condesa, Guerrero. Todas en la zona centro de la Ciudad de México. También aparece otra colonia: Del Valle. Veo la dirección. El edificio colapsado está a cinco o seis cuadras, cuatrocientos o quinientos metros de donde me encuentro. Intento comer algo apresuradamente. Voy a la zona.

Al llegar veo un edificio completamente derrumbado. Ya hay un camión de volteo y acaba de arribar una ambulancia. Habrá cien personas paradas en los escombros. Todos quieren ayudar pero muy pocos saben qué hacer. Los albañiles de la zona son los que toman la iniciativa. Con palas, picos y mazos comienzan a quebrar, recoger, quitar piedras que antes eran muros, paredes, techos. Veo una mochila y un colchón que sobresalen de la construcción. Zapatos. Cuadernos. Hago una transmisión desde el lugar. Debo ser el segundo periodista en llegar al sitio. Alguien me ayuda a subir al camión de volteo para grabar desde lo alto. Y veo que no es uno, sino dos edificios caídos.

Cierro la transmisión y me acerco. Quiero ayudar pero la verdad no sé cómo. Ayudo a pasar picos, palas y botes que los vecinos comienzan a llevar. Veo que llegan más trabajadores de la construcción, cuadrillas enteras de albañiles de las obras aledañas. También meseros y chefs. Esa imagen se me quedará toda la tarde.

No sabemos, pero aprendemos, que el puño levantado significa guardar silencio. Al lugar ya llegaron los primeros paramédicos, policías y un bombero. Todos con la cara desencajada. Llegan cuerdas. Poleas. Y un altavoz. Y con este una mínima organización. El bombero pide silencio, que no llega. El batir de mazos, palas y picos es incesante. Pero de pronto algo pasa. Y entonces sí: nadie habla. Se contiene la respiración. Sale la primera persona rescatada. Una mujer de playera azul, jeans y una pulsera roja en la mano derecha. Tiene la cara gris por el polvo. Cuando llega la camilla y comienzan a bajarla, algo similar a una sonrisa aparece en su rostro. Será la primera, pero no la única que se rescatará ese día.

Sigue la búsqueda frenética. La pasión inicial por ayudar viene siempre con algo de desorganización. Las personas que están en la punta del edificio, en el nuevo techo de escombros del edificio, nos avisan que van a arrojar una piedra muy grande, cuadrada, con varillas salidas. Nos hacemos a un lado. Lanzan la piedra. Se desliza por una especie de resbaladilla de piedras hasta que topa con algo. La piedra se levanta. Hace un giro. Y cae exactamente en las piernas de un albañil. Se escucha un “no mames” general. La piedra le fractura, completamente, las dos piernas. El albañil tendrá 50 años. Bigote blanco. Piden inmediatamente una camilla. Llega. Lo suben. En todo momento el albañil se tapa los ojos. No grita. No dice nada. No pide ayuda. Sólo se tapa los ojos. Intento acercarme para saber su nombre. No llego a tiempo. Lo suben a una ambulancia y parte.

Son las 17:30 horas. Estoy sobre Gabriel Mancera y Escocia, cerca de un Soriana. Veo a un señor sin camisa, flaco, sentado en la banqueta, justo detrás de una valla de cientos de personas que se ayudan para pasar botellas de agua para los improvisados rescatistas. El señor habla solo. Pareciera casi en trance. Me siento a su lado y le pregunto cómo se llama. Esteban, me dice. Y sin que le haga otra pregunta, me lanza palabras tan rápido y tan bajito que apenas alcanzo a entenderle. “Me tocó el del 85 en Tlatelolco… Terrible… Caídos… Polvo… Hubo un olor fuerte… Y ahora aquí también… Justo frente a mi casa… Mire… Aquí mismo… Derrumbado…”

18.10 horas. Llega la Marina. Llega también la primera retroexcavadora. Los vecinos que ayudan ya no se cuentan por decenas. Deben ser cientos. Todos con cubrebocas.


El tráfico, aún a esta hora, es imposible. Entre los nervios, un motociclista choca contra uno de los camiones de volteo que van hacia Gabriel Mancera. No hay heridos. Sólo un susto.

Llega un correo. Luego otro. Luego mensajes de Whatsapp. Un edificio en San Luis Potosí y esquina Medellín, justo enfrente de donde trabajo habitualmente, se derrumba con personas adentro. Lo que se sabe es que durante el temblor todos lograron salir. Pero 20 minutos después, un grupo regresó al edificio y este se derrumbó.

19.20 horas. Nos enteramos del Jardín de Niños en el sur colapsado. Está será, con seguridad, la noticia más triste del día. Son varios los niños atrapados.

Cientos de bicimensajeros acuden a los centros de la Cruz Roja en la Ciudad de México a llevar y distribuir medicamentos. En donde estoy vemos pasar un pequeño contingente. Son cuatro y llevan paliacates blancos en el brazo. La organización ciudadana es, quizá, lo único que da esperanza en un momento así.

Es de noche. A alguien en la estación de radio que escuchamos se le hace buena idea retransmitir el momento exacto de cuando fue el temblor. Mala idea. Algunos, como yo, pensamos que era otro temblor real. La paranoia es fuerte.

Miles de universitarios se reúnen en el Estadio Olímpico para organizar brigadas y llevar víveres a algunos de los sitios críticos. Un amigo me dice que en las ferreterías de la Ciudad de México ya se vendieron todas las palas y picos posibles. En redes hace un comentario similar: en los supermercados ya no hay agua embotellada. Prácticamente toda esta en los centros de acopio de los sitios caídos.

Es de noche. A las 23 horas, llega información de nuevos edificios colapsados. Algunos en Tlalpan. Otros en la Del Valle.

La cifra de muertos totales a las 4 de la mañana es de 224 en todo el país. De ellos, 117 son de la Ciudad de México. Más de 40 edificios derrumbados. Cientos con daños estructurales permanentes.

Se conoce que al menos cuatro estudiantes del Tecnológico de Monterrey Campus Ciudad de México murieron durante el terremoto.

6 de la mañana. 37 muertos hasta ahora en el Jardín de Niños “Enrique Rébsamen”. 32 niños y 5 adultos. Siguen las labores de rescate. Ya es 20 de septiembre, pero este día aún no termina.


Las labores de rescate continúan en todos los sitios.