Por Melina Amao Ceniceros

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Avanza tranquila la movilización hacia Centro de Gobierno. Luce pequeña comparada con las marchas que llegan por televisión al conocimiento fronterizo desde la capital del país. Son apenas unas 70 personas, habitantes de las colonias Cumbres II y Terrazas del Valle, ambas relativamente nuevas, penosamente marginadas, tristemente agredidas (por la ignorancia, el crimen, el abandono). Van guiados por unas banderas rojas que exhiben las siluetas amarillas de una hoz y un mazo entrecruzadas en una equis. Faltan tres días para conmemorar la revolución mexicana, cien años de su inicio.

El joven Ehécatl es líder del grupo y es discursivo, sin duda panfletario. Argumenta su lucha con teorías socialistas europeas de antaño, y aún así suena extrañamente vigente. Pertenece al Frente Popular Socialista, a la Unión de Jóvenes Revolucionarios de México y al Partido Comunista de México Marxista-Leninista (el cual no tiene registro electoral, así que no contiende en las urnas por llegar a ser gobierno).

En Tijuana casi no se escucha de ellos, en general no hay mucha noción de los movimientos y grupos de izquierda, sean partidistas o radicales. Y eso que Baja California ha marcado importantes avances democráticos hacia el resto del país: en 1983 la primera alcaldía ganada por un partido distinto al PRI la obtuvo el puerto de Ensenada con el Partido Socialista de los Trabajadores (PST); y en 1989 el estado volvió a hacer historia con la primer gubernatura arrebatada al régimen priísta, esta vez por la derecha con el Partido Acción Nacional (que desde ese año ha conservado el poder en el estado).

Quienes caminan de Palacio Municipal a Palacio Estatal son mujeres en su mayoría, jóvenes y adultas, algunas con sus niños. Van con buena actitud, no gritan ni se les ve iracundas, más bien marchan risueñas: han salido de la rutina doméstica para pedir a las autoridades (exigir, dice Ehécatl) servicios de agua, luz, pavimentación; becas escolares y despensas.

El grupo va detrás de dos muchachos que sostienen gráficos con la cara de cuatro bigotudos, desconocidos para muchos: Lenin, Marx, Engels y Stalin. Con altavoz o sin él los activistas gritan consignas que corean los colonos. Las vociferaciones “¡El pueblo callado jamás será escuchado!” y “¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir!” hacen la música del trayecto. Mas el ingreso al inmueble gubernamental se da discreto, tanto que al ver las banderas rojas un vendedor de boletos para el sorteo anual que organiza la Universidad Autónoma de Baja California sugiere a los manifestantes “Griten. Si no ¿cómo quieren que los escuchen?”. No se perciben hostilidades.

Ya en la placita central, rodeados por las dependencias estatales y ante la mirada morbosa de algunos burócratas, los gritos cambian a “¡Gobierno inconsciente, escucha al contingente!” y “¡Solución, solución a nuestra petición!”, sin olvidar el clásico “¡El pueblo unido jamás será vencido!”, cántico al que incluso se suma un señor que se encuentra en el lugar haciendo un trámite. Por un minuto se rebela (y se revela) para enseguida, lleno de documentos bajo el brazo, volver a su fila en Recaudación.

Uno de los manifestantes sube a las oficinas de la Secretaría de Desarrollo Social con una comitiva a exponer sus exigencias, al tiempo en que los más jóvenes (entre estudiantes y trabajadores de la universidad) colocan mantas en los balcones. Silenciosa escena. Luego baja el enviado especial para informar de las negociaciones con un “Compañeros: ya entró la comitiva, parece que esto va a ser ágil, parece que hay disposición”. Los ha recibido el funcionario encargado y no queda más que esperar. Sorprende la pronto atención, hay manifestantes a los que les niegan el acceso.

Ahí mismo le han cerrado la puerta en la cara a los antorchistas (que pelean por sus terrenos) y a la asociación contra la impunidad (que lucha por encontrar a sus desaparecidos y castigar a los que violan los derechos humanos de sus presos). A diferencia de los colonos, estos incómodos son un poco más sonoros, tienen rabia y dolor. Aunque comúnmente las movilizaciones en Tijuana (mientras no sean de los transportistas) no detienen el tráfico, y cuando lo han hecho se ganan el alarido intolerante de “¡pónganse a trabajar!”. Las causas de unos no son las causas de todos, situación que los de espíritu subversivo atribuyen a un triunfo neoliberal bajo conceptos como divisionismo, enajenación, consumismo, apatía, competencia, individualismo… es la famosa Ley de Herodes fortalecida por la proximidad con los Estados Unidos.

Todo transcurre tranquilo. En realidad la manifestación es bastante civilizada: sin confrontaciones, sin enojos, sin caos. Los colonos argüendean, emiten algunas risitas tímidas a la hora de hacer eco a las consignas, juegan con sus hijos (que se sienten de paseo). No son acarreados porque tienen demandas reales, sólo que van sin broncas. Se puede ser de abajo sin ser desgraciado. Ninguno teoriza como los líderes acerca del capitalismo enemigo, pero saben de las facultades del gobierno para resolver sus necesidades.

Termina la movilización y la ciudad intacta. Los colonos se reúnen para determinar si lo concedido por las autoridades es suficiente. El FPR planea continuar de vigía para volver a las calles cuando otra colonia o escuela requiera ser escuchada. Y el resto de la población sigue en su trabajo, en sus aulas, de compras o perdiendo horas vitales de su día en las líneas de cruce fronterizo.

Acaso algún reportero despistado o con bríos libertarios, tras atestiguar el gesto combativo, tratará de mostrar en una nota que en esa esquina de México (la última del tercermundismo latinoamericano y creciente empleadora de mano de obra maquiladora de toda la república) también existen estos grupos; sin negar todo lo otro que la ha popularizado: migración ilegal, narcotúneles, decomisos, ejecuciones, balaceras, farmacias, burros/cebra, Los Tucanes de Tijuana, Julieta Venegas y –como dice Manu Chao– tequila, sexo y marihuana.