La formación como actriz eclipsa la carrera de la argentina Camila Fabbri, pero la pulsación por escribir siempre presenta su fuga. Los talleres literarios a los que asistió han sido fundamentales para la evolución de su escritura, y tiene publicados un libro de cuentos, Los accidentes, y una antología de teatro, Condición de buenos nadadores. Nació en 1989, en Buenos Aires, y si se hace una búsqueda en Google con su nombre se encuentran una cantidad considerable de entrevistas que le han hecho. Parece que Camila Fabbri tiene mucho que decir.

Aquí cuenta a Distintas Latitudes sobre su trabajo como escritora, su experiencia y parecer. Ella es una de las 22 autoras de toda América Latina y el Caribe que participan en el Proyecto Arraigo/Desarraigo.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos alrededor de la escritura?

Recuerdo que cuando tuve mi primera computadora, fue más o menos en el año 98 con aquel Windows que traía diapositivas en el programa Power Point. Me gustaba sentarme a seleccionar algunos de esos dibujos y después inventar una historia con base en eso. Debo haber escrito muchos cuentos con esa excusa, que después imprimía y encuadernaba con hojas tamaño carta. Cuando tenía diez años fundé mi propia editorial, solamente me publicaba a mí misma y les vendía los ejemplares a mis familiares. Toda una negociante, más que una escritora. En fin…

¿Qué es para ti la escritura?

Sospecho que la escritura es ese deseo perpetuo de sentarme a escribir durante una hora y que la historia aparezca, y ese penar por no poder sentarme y que aquello ocurra. Hay una relación muy conflictiva con la escritura, porque, a la vez, escribir es también buscar, es componer un conflicto por más sentidos diversos que le demos a esa palabra.

¿Qué te ayudó a definir tu estilo propio?

Lo cierto es que no sé si encontré mi propio estilo, supongo que eso debería definirlo quien lea los cuentos que publiqué en Los accidentes. Paciencia, hay tiempo.

¿Qué personas han sido importantes para tu carrera como escritora?

Todos los talleres a los que asistí fueron fundamentales para mi escritura, para empezar a dudar o a fundar ciertos territorios propios o incluso para iluminar algunos lugares a los que volvía con recurrencia y no reconocía. Romina Paula, Oliverio Coelho, un paso breve por el taller de Juan Forn, mis talleres de Dramaturgia en la Escuela Municipal de Arte Dramático con Mauricio Kartun, Luis Cano e Ignacio Apolo, y ahora mismo, con Liliana Heker. Todavía estoy en un proceso de búsqueda.

¿Qué te impulsa a escribir? ¿Cuál es tu musa?

Los sueños o las pesadillas me impulsan a escribir, el silencio de los animales o sus alternativas a la comunicación, sus maneras. Los diálogos que oigo en la calle, los episodios traumáticos pero llevaderos, como los vuelos en aviones, las pistas de aterrizaje, las noticias, las catástrofes naturales, los animales marinos gigantes, los mitos urbanos, los ruidos y movimientos de un bebé.

¿A quién le escribes?

Es difícil saber a quién le escribo. Sospecho que varía; que le escribo a quienes imagino que irán a leerme, a quienes alguna vez se sintieron atraídos por algo que escribí. Escribo para conquistarlos de nuevo.

¿Cómo es ser una escritora joven en Buenos Aires?

En Buenos Aires hay muchos escritores jóvenes, que también dirigen cine o escriben para teatro, o tal vez canten en algún ensamble o busquen ser solistas. Hay una pluralidad muy grande. Ser escritor aquí es tener un diálogo constante con otros que hacen lo mismo, descubrir que en muchos puntos nuestras búsquedas se encuentran. Existe una gran cantidad de editoriales independientes, con editores igual de jóvenes, que están interesados en hacer notar esas voces. Hay un deseo por expandir la literatura muy grande, tan grande que supera a los fondos internacionales, tal vez, más instalados.

¿Cuáles son tus arraigos y desarraigos?

Mis arraigos y desarraigos varían constantemente. Cuando creía poder aferrarme con seguridad a algo, quizá en un tiempo breve eso viró hacia otro lado, entonces vuelvo a sentir desolación. Hay una relación muy inquieta con la seguridad y la certeza. Nunca estamos seguros de nada y es eso lo que impulsa.

Si fueras un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo? 

Tengo un sueño recurrente en donde viajo sola en un ascensor que sube infinitamente. No hay piso en donde esta caja se detenga. Es un sueño hiperrealista, pero con un agregado espantoso: no hay final. Sospecho que si fuera un personaje literario, tendría que vérmelas con la paciencia, con la conciencia tranquila de que tarde o temprano, ese ascensor llegará a un piso en un edificio céntrico en donde alguien me recibirá en una casa desconocida, me ofrecerá un té y charlaremos. Y ése será el final.