Caroline Rodrigues se acercó a la literatura siendo una hija única solitaria, que crecía en una casa llena de libros. Empezó a hacer sus propias creaciones como un estudio del lenguaje, que poco a poco fue mutando para llegar a su estilo propio. Rodrigues compara su proceso de escritura con el de esculpir. Asegura que pasa mucho tiempo lapidando la “materia prima” para llegar a su obra final. Desconfía de la razón, y por eso trata de no ser muy racional cuando escribe. Sus ideales y convicciones van fluyendo desde su inconsciente. Distintas Latitudes conversó con la joven escritora brasileña, queintegra la antología digital de 23 autores de toda América Latina y el Caribe del Proyecto Arraigo/Desarraigo.

Cuéntanos, Caroline, ¿cómo te acercaste a la literatura?

Creo que fue un comienzo un poco cliché, de la niña solitaria, hija única. Mis padres estudiaban maestría y doctorado cuando yo era pequeña, y yo siempre me quedaba cerca de ellos. La casa siempre fue muy silenciosa, entonces ese hábito de la lectura vino de casa, de mis padres.

Yo recuerdo de jugar que leía, es decir, que no lo hacía directamente sino de jugar a la lectura para estar cerca de ellos, para compartir un momento. Me siento muy privilegiada en ese sentido, es una cosa que la mayoría de las familias brasileñas no tienen. No sé ni explicar cómo empezó, pareciera que fue así siempre.

¿A qué edad empezaste a escribir?

Yo estudié en un colegio católico en el interior del estado de São Paulo, y a pesar de que había muchos problemas de conservadurismo, en el colegio había una misión muy interesante de incentivar la producción artística entre los alumnos. Entonces había festivales de poesía. La primera cosa que escribí y que le mostré a otras personas fue ese poema, que inclusive ganó el festival del colegio, cuando yo tenía 13 años. Se llama Animal de palitó (Animal en chaqueta), y yo muero de vergüenza de ese poema hasta hoy. Bueno, en realidad la vergüenza ya pasó, ya empieza a parecer algo bonito y gracioso. Pero es el retrato de una persona que está empezando a pensar la política nacional y la poesía, de una manera muy ingenua todavía, pero que tenía algún nivel de verdad.

Yo creo que uno empieza a escribir cuando empieza a mostrar lo que escribe a otras personas. Creo que escribir es exponer, tirárselo al mundo. Por eso pongo ese comienzo a los 13 años.

¿Cómo empezó a gustarte leer y escribir cuentos en particular?

Yo hice talleres de escritura aquí con dos cuentistas brasileños muy buenos. Una fue Márcia Denser, una cuentista muy reconocida aquí en Brasil, y ella siempre habló de una manera muy apasionada sobre el cuento como un instrumento político, por la intensidad que contiene, que deja el texto más bruto, en un volumen más consistente. A partir de ese momento me empezó a interesar y comencé realmente estudiar ese género, separado de otros géneros literarios.

En realidad, yo siempre tuve mucha dificultad, porque yo empecé a escribir pensando en el lenguaje. Entonces, yo escribía mirando la estructura de las palabras y de las frases, pero no conseguía contar historias. Era un gran viaje abstracto, más un estudio del lenguaje lo que estaba haciendo. Luego hice un taller con Marcelino Freire, que es un cuentista también muy reconocido aquí en Brasil. Él me fue llevando a contar historias. Me decía: “¿Dónde está el cadáver?, ¿qué está sucediendo aquí?”, y él me ayudó a unir el lenguaje con alguna historia. Fue un proceso largo hasta que llegué a decir que realmente escribí un cuento.

En todo este proceso, ¿cómo llegaste a desarrollar tu estilo propio?

Creo que en mi caso fue un trabajo de hormiga. Yo escribo mucho más de lo que publico. Yo tiro más de la mitad de lo que escribo, o lo borro, o lo cambio. Esto va por el exceso, por la obsesión, y hoy en día veo mi escritura más como un proceso no de decir cosas, sino de esculpir. Me gusta la imagen de la escultura en la escritura. Uno tira una materia prima, que es un texto inicial, pero el trabajo verdadero está en la lapidación de esa prima que uno produjo.

Yo paso mucho tiempo lapidando. Coloco una coma, la quito, y en ese trabajo de lapidación fui descubriendo, por ejemplo, que las preposiciones atragantan mucho el texto. A mí me gusta un texto que sea bien fluido. Fui probando cómo quedan las cosas si uno les quita las preposiciones y otras categorías gramaticales. Me gusta mucho el discurso indirecto libre. Me gusta la voz en realidad, me gustan los textos que se pueden escuchar. Creo que es eso.

¿Te gusta viajar?, ¿cuáles son los destinos que más te llaman la atención?

Sí, me gusta bastante. México es el lugar, de los que he conocido, que más me impactó. Fui en 2011, a escribir un artículo para la maestría que estaba haciendo en aquel momento, en estudios internacionales de performance. El enfoque era pensar cuáles eran las estéticas de las políticas, mirar cómo los movimientos políticos se colocan estéticamente. Entonces, escribí un artículo sobre el movimiento zapatista. Hice un viaje a México, a Chiapas, y conocí uno de los Caracoles, y sobre eso es en lo que hablo en el texto que voy a publicar en el Proyecto Arraigo/Desarraigo. Ese otro territorio fue una de las cosas que más me impresionó.

Tiendo a apasionarme por las latinidades. Creo que en Brasil nos sentimos muy distantes, entonces viajar es una forma de tener algún encuentro, por lo menos. Tanto para mí, como para muchos de mis amigos, es algo muy frecuente, es el destino que más buscamos para tratar de investigar alguna forma de identidad.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

Estoy por publicar una novela. Como la literatura no es algo oficial, profesional, ni paga las cuentas, a lo mucho una cerveza, eso da también libertad. Creo que la creación debe ser libre. Entonces, yo siempre veo los proyectos como nuevos desafíos estéticos. De momento, estoy tratando de darle más aliento a mis textos, salir de los cortos muy cortos. Este será un cuento largo, de unas cuarenta páginas. Saldrá con una editora digital que solo publica e-books aquí en Brasil.

Tengo un romance también en construcción. Pero ese sé que durará mucho tiempo en realizarse, no sabría decir cuándo estará listo.

¿Como influye tu identidad como brasileña en tu trabajo y tu literatura?

Yo creo que es justamente la ausencia de identidad. En Brasil estamos viviendo un proceso tardío, pero muy necesario, que es el reconocimiento del racismo general del país, mirar la Historia de Brasil, reconocer los privilegios de los blancos aquí. Eso está sucediendo de unos dos años para acá. Este es el momento de que la población negra de Brasil busque su protagonismo y su identidad. Y yo, como mujer blanca, me quedo en ese grupo que realmente no tiene una identidad, porque los brasileños son todos hijos, nietos, bisnietos, de refugiados, digamos, que vinieron de un millón de lugares diferentes, y nosotros no tenemos esa búsqueda, ni ese interés.

La apuesta tal vez sea buscar nuestra identidad en el otro, en los otros. Eso es lo que yo trato, por lo menos en mi primer libro. Fue una tentativa de imaginar a otros, inexistentes o existentes, en los interiores de Brasil, en los lugares que no accedo, en lugares que no veo. Esa ausencia de identidad tal vez sea lo que más me mueve.

¿Cuáles convicciones o ideas se materializan en tu trabajo?

Yo trato de no ser muy racional en la creación. Yo tengo mucha desconfianza de la razón, inclusive por el estado actual de las cosas. Creo que realmente no resulta que coloquemos todos los procesos humanos en esa llave de la razón.

He pensado mucho sobre esto. Trato de llegar a la escritura como en un proceso de otro estado de conciencia, así como la meditación, por ejemplo. Trato de estar en un estado no racional para escribir, pero como estoy ampliamente inmersa en las cuestiones actuales, éstas van a surgir en el texto, lo quiera o no. Cuestiones de género, por ejemplo, pensar la existencia de la mujer, trato de no colocarlo racionalmente en los textos, pero como están en mi vida y en mi cuerpo, estas cuestiones van a aparecer.

Si fueses un personaje literario, ¿cuál sería tu nudo y tu desenlace?

Vaya, ¡qué pregunta! Nunca pensé sobre eso, qué difícil.